El aliento de los dioses Capítulo 7
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Capítulo 7

su espalda, la puerta se cerró.

Un gran fuego ardía en una chimenea a la izquierda, bañando el dormitorio con una titilante luz anaranjada. Las paredes negras parecían atraer y absorber la iluminación, creando profundas sombras en los confines de la estancia.

Siri esperó callada con su hermoso vestido de terciopelo, el corazón desbocado y la frente sudorosa. A su derecha distinguió una cama enorme, con sábanas y colcha negras, a juego con el resto de la habitación. La cama parecía vacía. Siri escrutó la penumbra mientras se le ajustaban los ojos.

El fuego chisporroteó, lanzando una chispa de luz hacia un gran sillón en forma de trono situado junto a la cama. Estaba ocupado por una figura vestida de negro, envuelta en la oscuridad. La miraba con ojos destellantes, sin parpadear, al resplandor de la chimenea.

Siri contuvo la respiración por un instante y bajó la mirada, angustiada al recordar las advertencias de Dedosazules. «Vivenna era quien debía estar aquí, no yo —pensó desesperada—. ¡No puedo enfrentarme a esto! ¡Mi padre se equivocó al enviarme!».

Cerró los ojos con fuerza, la respiración cada vez más rápida.

Movió los dedos temblorosos y tiró nerviosa de los lazos del costado de su vestido.

Sentía las manos resbaladizas por el sudor.

¿Estaba tardando demasiado en desnudarse?

¿Se enfadaría él? ¿La mataría incluso antes de que terminara la primera noche?

¿Preferiría ella eso, tal vez?

«No —se dijo con determinación—. No. Tengo que hacer esto. Por Idris. Por los campos y los niños a los que llevaba flores. Por mi padre y Mab y todos los demás del palacio».

Por fin logró soltar los lazos, y entonces el vestido cayó con sorprendente facilidad.

En ese momento Siri comprendió que lo habían confeccionado con ese objetivo.

Dejó que el vestido se deslizara hasta el suelo y se quedó mirando su ropa interior.

El tejido blanco desprendía un espectro de colores, como la luz a través de un prisma.

Siri lo miró con sorpresa, preguntándose por la causa de ese extraño efecto.

No importaba. Estaba demasiado nerviosa para pensar en eso. Apretando los dientes, se obligó a desnudarse del todo. Se arrodilló en la fría piedra y se encogió, notando latir el corazón en las sienes mientras su frente tocaba el suelo.

La habitación quedó en silencio a excepción del chisporroteo de la chimenea. El fuego no era necesario en el calor de Hallandren, pero ella lo agradeció, desvestida como estaba.

Esperó, su pelo de un blanco puro, la arrogancia y la testarudez olvidadas, desnuda en más de un sentido.

Ese era el final del camino, donde toda su sensación de independencia y libertad tocaba a su fin.

No importaba lo que dijera o cómo se sintiese: al final, tenía que inclinarse ante la autoridad. Como todo el mundo.

Apretó los dientes, imaginando al rey-dios allí sentado, viéndola sumisa y desnuda ante él.

Apenas lo había visto, excepto para advertir su tamaño.

Era casi dos palmos más alto que la mayoría de los hombres que Siri había visto, más ancho de hombros y más fornido también.

Más significativo que otros hombres inferiores.

Era un retornado.

En sí mismo, retornar no era pecado. A fin de cuentas, también había retornados en Idris. Pero la forma en que los hallandrenses mantenían al retornado vivo, alimentándolo con almas de campesinos, despojando de sus alientos a cientos de personas cada año…

«No pienses en eso», se ordenó. Sin embargo, mientras intentaba aclararse la mente, recordó los ojos del rey-dios. Aquellos ojos negros que parecían brillar a la luz del fuego. Los sentía encima, observándola, tan fríos como la losa sobre la que estaba arrodillada.

El fuego chisporroteó. Dedosazules había dicho que el rey la llamaría.

¿Y si ella no se daba cuenta? No se atrevió a alzar la cabeza.

Ya había cruzado la mirada con él una vez, aunque fuese por accidente.

No podía arriesgarse a irritarlo más. Continuó allí arrodillada, los codos sobre el suelo, notando que empezaba a dolerle la espalda.

«¿Por qué no hace nada?».

¿Estaba insatisfecho con ella? ¿No era tan bonita como el rey-dios había deseado, o quizá estaba furioso porque Siri lo había mirado a los ojos y había tardado mucho en desvestirse?

Sería particularmente irónico si lo ofendía cuando se estaba esforzando tanto por no mostrar su frivolidad habitual.

¿O algo iba mal? Le habían prometido la hija mayor del rey idriano, pero en vez de eso había recibido a Siri.

¿Notaría la diferencia? ¿Le importaría siquiera?

Pasaron los minutos y la habitación se fue oscureciendo a medida que la leña se consumía.

«Está jugando conmigo —pensó—. Me fuerza a esperar a su antojo».

Obligarla a estar arrodillada en una postura tan incómoda probablemente transmitía un mensaje, el de quién detentaba el poder. La tomaría cuando él lo deseara, no antes.

Siri apretó los dientes mientras pasaba el tiempo.

¿Cuánto llevaba allí arrodillada? Una hora, tal vez más.

Y, sin embargo, el silencio era absoluto: ninguna llamada, ningún carraspeo, ni siquiera un leve movimiento por parte del rey-dios.

Tal vez era una prueba para ver cuánto aguantaría ella.

Tal vez Siri estaba siendo demasiado suspicaz.

En todo caso, se obligó a continuar en aquella postura, moviéndose un ápice solo cuando era absolutamente necesario.

Vivenna tenía la formación. Vivenna tenía el saber y el refinamiento.

Pero Siri tenía la testarudez. Solo había que repasar su historia de lecciones y deberes repetidamente pasados por alto para apreciarlo.

Con tiempo, incluso habría podido con su padre.

Ya había empezado a dejarla hacer lo que quisiera, aunque solo fuese por conservar la cordura.

Y por eso continuó esperando, desnuda al fulgor de las brasas, mientras la noche se alargaba.

Los fuegos artificiales esparcieron chispas en un chorro ascendente de luz. Algunos cayeron cerca de donde estaba sentado Sondeluz, y esos refulgieron con una iridiscencia frenética hasta apagarse.

Estaba reclinado en un diván al aire libre, viendo la exhibición.

Los criados esperaban a su alrededor, pertrechados con sombrillas, un carrito con bebidas, toallas humeantes y heladas para frotarle la cara y las manos según sintiera la necesidad, y un puñado de otros lujos que para Sondeluz eran normales y corrientes.

Contempló los fuegos artificiales con leve interés.

Los maestros artificieros se agrupaban nerviosos cerca de allí.

Junto a ellos había una tropa de trovadores a los que Sondeluz había convocado, aunque aún no les había pedido que actuaran.

Pese a que siempre había gente del espectáculo en la Corte de los Dioses para disfrute de los retornados, esa noche, la noche de bodas de su rey-dios, la concurrencia era aún más extravagante.

El propio Susebron no estaba presente, por supuesto.

Esas festividades no eran dignas de él. Sondeluz miró a un lado, donde el palacio del rey se alzaba sobrio por encima de toda la corte.

Al cabo de un rato, Sondeluz sacudió la cabeza y devolvió su atención al patio.

Los palacios de los dioses formaban un círculo, y cada edificio tenía un patio debajo y un balcón encima, ambos encarados hacia la zona central.

Sondeluz estaba sentado a poca distancia de su patio, sobre el mullido césped de su amplia terraza.

Otro chorro de fuego se desplegó en el aire, arrojando sombras.

Sondeluz suspiró, aceptó otra bebida de frutas de un criado.

La noche era fresca y agradable, adecuada para un dios.

O dioses. Sondeluz podía ver a los demás delante de sus respectivos palacios.

Diferentes grupos de músicos y faranduleros ocupaban los lados del patio, esperando su oportunidad para satisfacer a uno u otro de los retornados.

El fuego se consumió y los maestros artificieros miraron a Sondeluz, sonriendo esperanzados a la luz de las antorchas. Sondeluz asintió con su mejor expresión benévola.

—Más fuegos artificiales —dijo—. Me habéis complacido.

Esto hizo que los tres hombres susurraran emocionados y llamaran por gestos a sus ayudantes.

Mientras se preparaban, una figura familiar entró en el anillo de antorchas de Sondeluz. Llarimar llevaba, como siempre, sus hábitos de sacerdote. Incluso cuando salía a la ciudad, que era donde debería haber estado esa noche, representaba a Sondeluz y su clerecía.

—Veloz —lo llamó Sondeluz, sentándose.

—Divina gracia —saludó Llarimar, inclinando la cabeza—. ¿Estáis disfrutando de las festividades?

—Desde luego. Podría decirse que estoy infiestado del todo. Pero ¿qué haces tú aquí, en la corte? Deberías estar con tu familia.

—Solo quería asegurarme de que todo fuera de vuestro gusto.

Sondeluz se frotó la frente.

—Me estás dando dolor de cabeza, Veloz.

—No os puede doler la cabeza, divina gracia.

—Eso te gusta decirme. Supongo que la fiesta fuera de la Sagrada Prisión es casi tan sorprendente como la que tenemos aquí dentro, ¿verdad?

Llarimar frunció el ceño ante la despectiva referencia de Sondeluz al complejo divino.

—La celebración en la ciudad es fantástica, divina gracia. T’Telir no ha visto un festival tan grandioso desde hace décadas.

—Entonces insisto en que deberías estar allí disfrutándolo.

—Solo quería…

—Veloz —lo interrumpió Sondeluz, mirándolo con determinación—, si hay algo que puedes confiar que haga completamente por mi cuenta, es disfrutar.

Te prometo con toda solemnidad que me lo pasaré escandalosamente bien bebiendo en exceso y viendo a estos simpáticos hombres pegarles fuego a cosas. Así que vete con tu familia.

Llarimar vaciló, pero luego se puso en pie, hizo una reverencia y se retiró.

«Este hombre se toma su trabajo demasiado en serio», pensó Sondeluz, y dio un sorbo a su bebida de frutas.