Capítulo 6 #3
Y entonces lo vio. Tuvo que mirar con mucha atención, pero el suelo amarillo alrededor del cirujano parecía un pelín demasiado brillante. La propia Siri se sintió apagada, y eso que el nerviosismo ya había vuelto su pelo blanco del todo.
«El doctor es un despertante —pensó—. Hay un despertante aquí, en esta habitación. Y me ha tocado».
Se estremeció, con la carne de gallina. No estaba bien quitarle el aliento a otra persona.
Era la arrogancia definitiva, el completo opuesto a la filosofía de Idris.
Había gente en Hallandren que llevaba colores brillantes para llamar la atención, sin más, pero los despertantes…
robaban la vida de los seres humanos y eso era lo que usaban para destacar.
El uso pervertido del aliento era uno de los principales motivos de que el linaje real se hubiera exiliado a las montañas en un principio.
El Hallandren moderno existía basándose en robar por la fuerza el aliento de su pueblo.
Siri se sintió más desnuda en esos momentos que cuando estaba sin ropa. ¿Qué podía saber aquel despertante sobre ella gracias a su fuerza vital antinatural? ¿Se sentía tentado de robarle a Siri su biocroma? Trató de respirar lo más suavemente posible, por si acaso.
Al cabo de un rato, Dedosazules y aquel terrible cirujano salieron de la estancia. Las mujeres se acercaron para quitarle de nuevo la bata y trajeron ropa interior.
«El rey será peor —comprendió Siri de sopetón—. No es solo un despertante, sino también un retornado. Necesita absorber el aliento de la gente para sobrevivir».
¿Le quitaría su aliento?
«No, eso no sucederá —se dijo con firmeza—. Me necesita para que le proporcione un heredero de linaje real. No arriesgará la seguridad del niño. Me dejará mi aliento, aunque solo sea hasta entonces».
Pero… ¿qué le sucedería cuando ya no fuera necesaria?
Su atención se apartó de esos pensamientos cuando varias sirvientes se acercaron con un gran fardo de ropa. Una saya. No, un vestido, un precioso vestido plateado y azul. Concentrarse en él parecía mejor que pensar en lo que el rey-dios iba a hacerle en cuanto Siri le diera un hijo.
Esperó en silencio mientras las mujeres le ponían el vestido.
El tejido era sorprendentemente suave sobre su piel, el terciopelo parecía sutil como los pétalos de una flor de las montañas.
Mientras las mujeres se lo ajustaban, Siri advirtió extrañada que se cerraba por el lado en vez de por la espalda.
Tenía una cola larguísima y mangas que colgaban más de un palmo por debajo de las manos si ponía los brazos a los costados.
Las mujeres tardaron varios minutos en atar los lazos bien, en situar correctamente los pliegues y alinear la cola a su espalda.
«Y todo esto, para que vuelvan a quitármelo dentro de unos minutos», pensó con distante y fría ironía mientras una sirviente se acercaba con un espejo.
Siri se quedó asombrada.
¿De dónde había salido todo aquel color? ¿Las delicadas mejillas rojas, los misteriosos ojos oscuros, el azul sobre sus párpados? ¿Los profundos labios rojos, la piel casi resplandeciente? El vestido brillaba en plata sobre azul, aparatoso pero bello, con ondas de rico terciopelo.
No se parecía a nada que hubiera visto en Idris. Era aún más extraordinario que los colores que había visto en las gentes de la ciudad. Al contemplarse en el espejo, Siri casi pudo olvidar sus preocupaciones.
—Gracias —susurró.
Debía de ser la respuesta adecuada, porque las sirvientes sonrieron, mirándose unas a otras.
Dos la cogieron de las manos, moviéndose con mucho más respeto que cuando la habían sacado del carruaje a toda prisa.
Siri caminó con ellas, arrastrando la cola del vestido, y las demás mujeres se quedaron atrás.
Cuando Siri se volvió, las mujeres le hicieron reverencias una tras otra, inclinando la cabeza.
Las dos últimas, las que la guiaban, abrieron una puerta y luego la empujaron suavemente hacia el pasillo. Cerraron la puerta, dejándola sola para afrontar su destino.
Allí reinaba un negro absoluto. Siri casi se había olvidado de lo oscuras que eran las paredes de piedra del palacio. El pasillo estaba vacío a excepción de Dedosazules, que la esperaba libro en mano. Sonrió, inclinando la cabeza con respeto.
—El rey-dios se sentirá satisfecho, receptáculo —dijo—. Vamos exactamente según lo previsto; el sol acaba de ponerse.
Siri se volvió. Frente a ella había una puerta grande e imponente, recubierta por completo de oro. Cuatro lámparas en la pared brillaban sin cristal de colores, reflejando la luz del portal dorado. Siri no tuvo ninguna duda de quién había más allá de tan impresionante entrada.
—La alcoba del rey-dios —dijo Dedosazules—. O, más bien, una de sus alcobas. Ahora, mi señora, debéis volver a prestarme atención. No hagas nada que ofenda al rey. Estáis aquí por su voluntad y para atender sus necesidades. No las mías, ni las vuestras, ni siquiera las de nuestro reino.
—Comprendo —dijo ella en voz baja, con el corazón latiéndole cada vez más rápido.
—Gracias. Es hora de presentaros. Entrad en la habitación y entonces quitaos el vestido y la ropa interior. Arrodillaos ante la cama del rey, tocando el suelo con la cabeza. Cuando él desee que os acerquéis, golpeará el poste de la cama y podréis alzar la cabeza. Entonces os indicará que avancéis.
Ella asintió.
—Y… procurad no tocarlo demasiado.
Siri frunció el ceño, abriendo y cerrando las manos, nerviosa.
—¿Cómo queréis que haga eso, exactamente? Vamos a mantener relaciones sexuales, ¿no?
Dedosazules se ruborizó.
—Sí, supongo que sí. Esto también es terreno desconocido para mí, mi señora.
El rey-dios… bueno, solo un grupo de sirvientes especialmente dedicados puede tocarlo.
Os sugiero evitar besarlo, acariciarlo o hacer cualquier otra cosa que pudiera ofenderlo.
Simplemente permitidle hacer con vos lo que desee, y debería iros bien.
Siri inspiró profundamente, y asintió.
—Cuando terminéis, el rey se retirará —añadió Dedosazules—. Entonces recoged la ropa de cama y quemadla en la chimenea. Como receptáculo, sois la única persona que tiene permitido manipular esos objetos. ¿Comprendéis?
—Sí —dijo Siri, cada vez más ansiosa.
—Muy bien, pues —contestó Dedosazules, que parecía casi tan nervioso como ella—. Suerte.
Dicho eso, extendió la mano y abrió la puerta.
«Oh, Austre, Dios de los Colores», pensó ella, con el corazón redoblando y las manos sudorosas, aturdida.
Dedosazules le dio un leve empujón por la espalda y Siri entró en la alcoba.