El aliento de los dioses Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

»Su inmortal majestad es… especial. Las doctrinas enseñan que la tierra misma es demasiado vulgar para él.

Él ya había alcanzado la trascendencia antes incluso de nacer, pero entonces regresó para traer a su pueblo bendiciones y visiones.

Se os está concediendo una confianza especial.

Por favor, no la traicionéis… y, por favor os lo pido, no provoquéis su ira. ¿Entendido?

Siri asintió despacio, sintiendo que su pelo se blanqueaba de nuevo.

Trató de controlarse, pero el valor que pudo acumular le pareció una farsa.

No, no iba a poder digerir a esa criatura tan fácilmente como a los sinvidas o los colores de la ciudad.

Su reputación en Idris no era exagerada.

Dentro de poco, él iba a tomar su cuerpo y hacer con él lo que deseara.

Una parte de Siri se enfureció por ello, pero era la furia de la frustración.

La furia que procedía de saber que algo horrible iba a suceder y ser absolutamente incapaz de evitarlo.

Las sirvientes se apartaron, dejándola medio flotando en el agua jabonosa. Una de ellas miró a Dedosazules e inclinó la cabeza con respeto.

—Ah, ¿hemos terminado? —preguntó él—. Excelente. Tus damas y tú sois muy eficientes, Jlan, como de costumbre. Prosigamos, pues.

—¿No pueden hablar? —preguntó Siri en voz baja.

—Claro que pueden. Pero son dedicadas siervas de su inmortal majestad. Durante sus horas de servicio, su deber es ser tan útiles como puedan sin resultar una distracción. Y ahora, si proseguimos…

Siri continuó dentro del agua, incluso cuando las silenciosas mujeres trataron de sacarla. Dedosazules se volvió con un suspiro, dándole la espalda. Extendió una mano e hizo volverse también al muchacho.

Siri permitió por fin que la sacaran de la bañera.

Las mujeres la dejaron y fueron a una habitación lateral, probablemente para secarse y cambiarse, y otras la condujeron a una bañera más pequeña para enjuagarla.

Siri se metió en el agua, mucho más fría que la anterior, y ahogó un grito.

Las mujeres le indicaron que se sumergiera.

Ella se encogió al hacerlo, pero obedeció y se quitó casi todo el jabón.

Después de eso había una tercera y última bañera.

Mientras Siri se acercaba, tiritando, olió un fuerte aroma a flores que surgía de ella.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Un baño perfumado —explicó Dedosazules, todavía de espaldas—. Si lo preferís, una masajista de palacio puede frotaros perfume por el cuerpo. Pero no os lo aconsejo, dada la escasez de tiempo.

Siri se ruborizó al imaginar que alguien, hombre o mujer, frotara su cuerpo con perfume.

—Con esto bastará —dijo, metiéndose en el agua.

Estaba tibia, y las fragancias florales eran tan intensas que tuvo que respirar por la boca.

Las mujeres señalaron hacia abajo y Siri, con un suspiro, se sumergió bajo el agua perfumada.

Luego salió del baño y varias sirvientes se acercaron por fin con mullidas toallas.

Empezaron a secarla, con un contacto tan delicado y suave como duro había sido el frote anterior.

Las toallas se llevaron parte del fuerte aroma, cosa que Siri agradeció.

Otras mujeres se acercaron con una bata de un azul vívido, y ella extendió los brazos para que se la pusieran y la cerraran.

—Podéis daros la vuelta —le dijo al mayordomo.

—Excelente —dijo Dedosazules mientras lo hacía. Fue a zancadas hacia una puerta lateral y le hizo un gesto con la mano—. Ahora, deprisa. Todavía tenemos mucho que hacer.

Siri y las criadas lo siguieron, pasando de la habitación granate a una que estaba decorada en brillantes tonos de amarillo. Tenía más muebles, ninguna bañera y un gran diván mullido en el centro.

—Su majestad no está asociado con un tono único —dijo Dedosazules, señalando los brillantes colores de la sala mientras las mujeres dirigían a Siri al sillón—. Representa todo el espectro y cada uno de los Tonos Iridiscentes. Por tanto, cada habitación está decorada con un color distinto.

Siri se sentó y las mujeres empezaron a ocuparse de sus uñas. Otra se aplicó con un cepillo para intentar quitarle los enredos que le había producido el vigoroso lavado. Siri frunció el ceño.

—Cortadlo y ya está —dijo.

Las mujeres vacilaron.

—¿Receptáculo? —preguntó una.

—Que me cortéis el pelo.

Dedosazules les dio permiso y, tras unos cuantos cortes, gran parte de su cabello estaba amontonado en el suelo. Entonces Siri cerró los ojos y se concentró.

No estaba segura de cómo lo hacía. Los Mechones Reales habían formado siempre parte de su vida, y alterarlos era para ella como mover cualquier músculo, aunque más difícil. En unos instantes, hizo que el pelo creciera de nuevo.

Varias mujeres dieron un suave respingo mientras el pelo brotaba de la cabeza de Siri y caía hasta sus hombros. Hacerlo crecer le daba hambre y cansancio, pero era mejor que dejar que las mujeres lucharan contra los enredos. Cuando terminó, abrió los ojos.

Dedosazules la miraba con expresión inquisitiva, sosteniendo el libro.

—Esto es… fascinante —dijo—. Los Mechones Reales. Hemos esperado mucho tiempo a que vuelvan a agraciar este palacio, receptáculo. ¿Podéis cambiar de color a voluntad?

—Sí —respondió Siri. «Algunas veces, al menos»—. ¿Está demasiado largo?

—El cabello largo se considera un signo de belleza en Hallandren, mi señora. Sé que en Idris lo lleváis recogido, pero aquí el pelo suelto es del gusto de muchas mujeres, sobre todo las diosas.

Una parte de ella quiso mantener el pelo corto solo por llevar la contraria, pero estaba empezando a darse cuenta de que semejante actitud podría hacer que la mataran en Hallandren.

De modo que cerró los ojos y volvió a concentrarse.

El pelo le llegaba hasta los hombros, pero Siri lo extendió durante varios minutos, haciéndolo crecer hasta que calculó que le alcanzaría el final de la espalda cuando se irguiese.

Abrió los ojos.

—Precioso —susurró una sirviente joven, y al instante se ruborizó y continuó trabajando en las uñas del pie de Siri.

—Muy bonito —convino Dedosazules—. Os dejo aquí. Tengo que ocuparme de ciertos asuntos, pero regresaré en breve.

Siri asintió mientras el mayordomo se marchaba, y varias mujeres se acercaron y empezaron a aplicarle maquillaje.

Lo sufrió con paciencia, mientras otras sirvientes seguían con sus uñas y su pelo.

No era así como había imaginado el día de su boda.

El matrimonio siempre le había parecido algo lejano, algo que solo sucedería después de que se hubieran elegido cónyuges para sus hermanos.

De hecho, cuando era muy joven, siempre había dicho que pretendía criar caballos en vez de casarse.

Había superado aquello al crecer, pero una parte de ella añoraba aquellos tiempos más sencillos.

No quería casarse. Aún no. Seguía sintiéndose una niña, aunque su cuerpo se hubiera convertido en uno de mujer.

Quería jugar en las montañas y recoger flores y chinchar a su padre.

Quería tiempo para saborear más la vida antes de verse obligada a las responsabilidades de engendrar hijos.

El destino le había arrebatado esa oportunidad.

Ahora se enfrentaba a la perspectiva inminente de ir a la cama de un hombre.

Un hombre que no le hablaría, y a quien no le importaría quién era ella ni qué quería.

Siri conocía los requerimientos físicos de lo que iba a suceder, y le agradecía a Mab la cocinera algunas charlas sinceras sobre ese tema, pero emocionalmente estaba petrificada.

Quería correr, esconderse, huir lo más lejos posible.

¿Se sentían así todas las mujeres, o solo aquellas que eran lavadas, acicaladas y enviadas a satisfacer a una deidad con el poder de destruir naciones?

Dedosazules regresó poco después, seguido por un hombre mayor con la ropa azul y plateada que Siri empezaba a asociar con aquellos que servían al rey-dios.

«Pero… Dedosazules viste de marrón —pensó frunciendo el ceño—. ¿Por qué será?».

—Ah, veo que llego en el momento perfecto —dijo Dedosazules mientras las mujeres terminaban.

Se retiraron a los lados de la habitación, con la cabeza inclinada. Dedosazules señaló con el mentón al hombre mayor.

—Receptáculo, este es uno de los sanadores del palacio.

Antes de que os lleven con el rey-dios, tendrá que inspeccionaros para determinar que sois doncella y asegurar que no padecéis ciertas enfermedades.

No es más que una formalidad, pero me temo que he de insistir en ello.

En consideración a vuestro recato, no he traído al joven sanador a quien había asignado originalmente el trabajo.

Supongo que un sanador más viejo os hará sentir más cómoda, ¿verdad?

Siri suspiró, pero asintió. Dedosazules señaló una mesa acolchada que había a un lado de la habitación, y entonces él y su joven criado se dieron media vuelta. Siri se abrió la bata y se dirigió a la mesa. Se tumbó para continuar con lo que estaba resultando el día más embarazoso de su vida.

«Y aún empeorará», pensó mientras el cirujano la examinaba.

Susebron, el rey-dios. Asombroso, terrible, santo, majestuoso.

Había nacido muerto, pero retornó. ¿Qué le provocaba eso a un hombre?

¿Sería humano siquiera, o un monstruo horrible de contemplar?

Se decía que era eterno, pero obviamente su reinado terminaría tarde o temprano, o no necesitaría un heredero.

Siri se estremeció, deseando acabar de una vez, pero también agradecida por todo lo que retrasara un poco más las cosas, incluso una experiencia tan humillante como aquel reconocimiento. Sin embargo, terminó pronto y Siri volvió a cerrarse la bata y levantarse.

—Está bastante sana —le dijo el cirujano a Dedosazules—. Y lo más probable es que sea todavía doncella. También tiene un aliento muy poderoso.

Siri vaciló. ¿Cómo podía saber ese hombre…?