El aliento de los dioses Capítulo 6
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Capítulo 6

iri bajó del carruaje. Inmediatamente, docenas de criados vestidos de azul y plata la rodearon y se la llevaron. Siri se volvió, alarmada, buscando a sus soldados. Los hombres dieron un paso al frente, pero Treledees alzó la mano.

—El receptáculo irá sin compañía —declaró el sacerdote.

Siri sintió una punzada de temor. Había llegado el momento.

—Regresad a Idris —les dijo a sus hombres.

—Pero, mi señora… —objetó el jefe de los soldados.

—No —lo interrumpió Siri—. Aquí no podéis hacer nada más por mí. Por favor, regresad y decidle a mi padre que he llegado bien.

El jefe de los soldados miró a sus hombres, indeciso.

Siri no llegó a ver si obedecían o no, pues las sirvientes la llevaron doblando una esquina a un largo y negro pasillo.

Trató de no mostrar su miedo. Había ido a ese palacio para casarse, y estaba decidida a causar una impresión favorable en el rey-dios.

Pero, a la hora de la verdad, estaba aterrada.

¿Por qué no había huido? ¿Por qué no se las había ingeniado para escaquearse de aquello? ¿Por qué no podían dejarla en paz?

Ya no había escapatoria. Mientras las sirvientes la llevaban por un pasillo al interior del negro palacio, los últimos restos de su antigua vida desaparecieron tras ella.

Se había quedado sola.

Las paredes estaban jalonadas por lámparas de cristal de colores. Siri se dejó conducir por oscuros pasadizos que daban vueltas y más vueltas, y al menos por cinco tramos de escalera. Trató de recordar el camino, pero pronto se sintió absolutamente perdida.

Las sirvientes la rodeaban como una guardia de honor; aunque todas eran mujeres, tenían edades diferentes.

Todas llevaban toca azul con el pelo suelto por atrás y mantenían la mirada gacha.

Sus titilantes túnicas azules eran amplias, incluso en el busto.

Siri se ruborizó al ver los escotes. En Idris, las mujeres mantenían cubierto incluso el cuello.

El negro pasillo acabó por desembocar en una habitación mucho más grande.

Siri vaciló en la puerta. Aunque las paredes de piedra de esa habitación eran negras, estaban cubiertas con sedas de un profundo granate.

De hecho, todo en la habitación era granate, desde la alfombra hasta los muebles, pasando por las bañeras rodeadas de losetas en pendiente que había en el centro de la sala.

Las sirvientes empezaron a tirarle de la ropa para desnudarla.

Siri se sobresaltó, apartó varias manos e hizo que se detuvieran, sorprendidas.

Entonces atacaron con renovado vigor y Siri comprendió que no tendría más remedio que apretar los dientes y soportar aquel tratamiento.

Alzó los brazos, dejando que le quitaran el vestido y la ropa interior, y sintió que su cabello se volvía rojo mientras se ruborizaba. Al menos la estancia era cálida.

Se estremeció de todos modos. Se vio obligada a permanecer allí de pie, desnuda, mientras otras mujeres se acercaban con cintas de medir.

Hurgaron y apretaron tomando diversas medidas, incluyendo las de la cintura, el busto, los hombros y las caderas.

Cuando terminaron, retrocedieron y la habitación quedó en silencio.

La bañera principal seguía humeando en el centro de la cámara. Varias mujeres se la señalaron.

«Supongo que se me permite lavarme yo sola», pensó Siri con alivio, acercándose a la pendiente enlosada. Se introdujo con cuidado en la enorme tina, y le satisfizo lo calentita que estaba el agua. Se sumergió y se permitió relajarse un ápice.

Oyó sonidos de salpicaduras a su espalda y se volvió.

Varias sirvientes, completamente vestidas de marrón, estaban metiéndose en la bañera con manoplas y jabón.

Siri suspiró, rindiéndose a sus cuidados mientras empezaban a frotarle vigorosamente el cuerpo y el pelo.

Cerró los ojos, soportando el tratamiento con tanta dignidad como fue capaz.

Eso le dejó tiempo para pensar, lo que no era bueno. Sirvió para que pudiera plantearse exactamente qué era lo que le estaba sucediendo. Su ansiedad regresó de inmediato.

«Los sinvidas no son tan malos como en las historias —pensó, tratando de tranquilizarse—. Y los colores de la ciudad son mucho más agradables de lo que esperaba. Tal vez… tal vez el rey-dios no sea tan terrible como dice todo el mundo».

—Ah, estupendo —dijo una voz—. Vamos bien de tiempo. Perfecto.

Siri se quedó petrificada. Era una voz de hombre.

Abrió los ojos de golpe y vio a un anciano con túnica marrón de pie junto a la bañera, escribiendo algo en un libro de cuentas.

Se estaba quedando calvo y tenía el rostro redondo y agradable.

A su lado había un muchacho, con más papel y un frasquito de tinta para que el hombre humedeciera su pluma.

Siri gritó, sobresaltando a algunas sirvientes cuando se movió para cubrirse con los brazos, salpicando agua por todas partes.

El hombrecillo del libro vaciló y miró hacia abajo.

—¿Hay algún problema, receptáculo?

—Me estoy bañando —replicó ella.

—En efecto. Ya lo veo.

—Bueno, ¿y por qué estáis mirando?

Él ladeó la cabeza.

—Pero si soy un sirviente real, muy por debajo de vuestra categoría… —dijo, y entonces pareció recordar algo—. Ah, claro. Las sensibilidades idrianas. Me había olvidado. Señoras, por favor, salpicad y hacer más burbujas en la bañera.

Las sirvientes obedecieron, creando abundante espuma en el agua jabonosa.

—Eso es —dijo el hombre, volviendo a su libro de cuentas—. Ya no se ve nada. Adelante, continuemos. ¡No estaría bien hacer esperar al rey-dios el día de su boda!

Reacia, Siri dejó que el baño continuara, aunque tuvo cuidado de mantener bajo el agua ciertas partes de su anatomía. Las mujeres trabajaron con brío, frotando tan fuerte que Siri casi temió que fueran a despellejarla.

—Como supondréis —dijo el hombre—, vamos con un calendario muy justo. Hay mucho que hacer, y me gustaría que todo saliera como la seda.

Siri frunció el ceño.

—¿Y… quién sois vos, exactamente?

Él la miró, haciendo que Siri se agachara un poco más entre la espuma. Su pelo estaba más rojo brillante que nunca.

—Me llamo Havarseth, pero todo el mundo me llama Dedosazules.

—El hombre alzó una mano y agitó los dedos, manchados de tinta azul de tanto escribir—.

Soy el jefe de los escribas y mayordomo de su excelente gracia Susebron, rey-dios de Hallandren.

En términos más simples, dirijo a los sirvientes del palacio y superviso a todos los criados de la Corte de los Dioses.

—Se detuvo y la miró—. También me aseguro de que todo el mundo cumpla los horarios y haga lo que tiene que hacer.

Algunas de las chicas más jóvenes, vestidas de marrón como las que bañaban a Siri, empezaron a traer cubos de agua a la bañera, y las mujeres las emplearon para aclararle el pelo. Siri se volvió para facilitarles la tarea, aunque trató de mantenerse ojo avizor con Dedosazules y su criado.

—Bien —dijo Dedosazules—. Los sastres de palacio trabajan a destajo en vuestras vestiduras. Teníamos una estimación decente de vuestra talla, pero necesitábamos algunas medidas definitivas para completar el proceso. Vuestro atuendo debería estar listo dentro de poco.

Las mujeres enjuagaron de nuevo la cabeza de Siri.

—Hay algunos temas que deberíamos tratar —continuó Dedosazules, su voz distorsionada por el agua en los oídos de Siri—. Supongo que os habrán enseñado el método adecuado de tratar a su inmortal majestad.

Siri se quedó observándolo un momento antes de apartar la mirada. Debían de habérselo explicado, pero no se acordaba. Y, en todo caso, no estaba en condiciones de concentrarse.

—Ah —dijo Dedosazules, al parecer interpretando acertadamente su expresión—. Bien, entonces esto podría ser… interesante. Permitidme haceros algunas sugerencias.

Siri asintió.

—Primero, debéis saber que la voluntad del rey-dios es ley. No necesita ningún motivo ni justificación para lo que hace. Vuestra vida, como la de todos, está en sus manos. Segundo, debéis saber que el rey-dios no habla con gente como vos y como yo. No hablaréis en su presencia. ¿Entendido?

Siri escupió un poco de agua jabonosa.

—¿Queréis decir que no puedo ni siquiera hablar con mi esposo?

—Me temo que no —confirmó Dedosazules—. Ninguno de nosotros puede.

—Entonces ¿cómo juzga y gobierna? —preguntó ella, frotándose los ojos.

—El Consejo de Dioses maneja las necesidades más mundanas del reino —explicó Dedosazules—. El rey-dios está por encima del gobierno diario. Cuando le es necesario comunicarse, transmite sus juicios a sus sacerdotes, quienes los revelan al mundo.

«Magnífico», pensó Siri.

—Es poco convencional que se os permita tocarlo —continuó Dedosazules—. Engendrar a un hijo es una molestia necesaria para él. Nuestro trabajo consiste en presentaros de la manera más agradable posible y evitar, a toda costa, irritarlo.

«Austre, Dios de los Colores —pensó ella—. ¿Qué clase de criatura es esta?».

Dedosazules la miró.

—Estoy al tanto de vuestro temperamento, receptáculo —dijo—.

Naturalmente, hemos investigado a los hijos de la monarquía idriana.

Permitidme ser un poco más directo de lo que preferiría.

Si le habláis directamente al rey-dios, mandará que os ejecuten.

Al contrario que vuestro padre, no es un hombre paciente.

»Debo insistiros a este respecto. Comprendo que estáis acostumbrada a ser una persona muy importante.

Y, de hecho, seguís siendo así de importante, si no más.

Estáis muy por encima de mí y de esta gente.

Sin embargo, por muy superior que seáis a nosotros, el rey-dios está incluso más por encima de vos.