Capítulo 5
odo va a complicarse , pensó Vasher, de pie en las sombras desde lo alto del muro que rodeaba la Corte de los Dioses.
¿Qué problema hay? , preguntó Sangre Nocturna. Muy bien, sí, al final los rebeldes han enviado a una princesa. Eso no cambia tus planes.
Vasher eludió responder, observando, mientras el carruaje de la nueva reina subía lentamente por la pendiente y desaparecía en el foso del palacio.
¿Qué? , espetó Sangre Nocturna. Incluso después de tantos años, la espada tenía muchas reacciones de niño pequeño.
La utilizarán , pensó Vasher. Dudo que podamos salirnos con la nuestra sin tratar con ella. No había creído que los idrianos fueran a enviar a un miembro de la familia real a T’Telir. Habían entregado un peón de muchísimo valor.
Vasher se dio la vuelta y se envolvió un pie, calzado con sandalia, en uno de los estandartes que colgaban por el paramento exterior de la muralla. Entonces liberó su aliento.
—Bájame —Mandó.
El gran tapiz, tejido con hilos de lana, absorbió cientos de alientos suyos. No tenía forma humana y su tamaño era enorme, pero Vasher ya tenía el suficiente aliento para gastarlo en despertares así de extravagantes.
El tapiz se retorció, un ser vivo, y formó una mano que levantó a Vasher del adarve.
Como siempre, lo despertado trataba de imitar la forma de un ser humano: al mirar con atención los pliegues y las ondulaciones del tejido, Vasher distinguió contornos de músculos e incluso venas.
No había ninguna necesidad de ellos, ya que el aliento animaba el tejido y no necesitaba ningún músculo para moverse.
El tapiz bajó a Vasher con delicadeza, cogiéndolo por un hombro, y colocó sus pies en el suelo.
—Tu aliento al mío —Mandó Vasher.
El gran tapiz-estandarte perdió de inmediato su forma animada, la vida desapareció, y regresó con un aleteo contra la pared.
Algunas personas se detuvieron en la calle, pero se mostraron interesadas, no asombradas.
Aquello era T’Telir, hogar de los mismísimos dioses.
Las personas con más de mil alientos eran poco frecuentes, pero no inauditas.
La gente se quedó boquiabierta, como los campesinos de otros reinos podían detenerse a ver cómo pasaba el carruaje de un señor, pero no tardaron en reanudar sus actividades cotidianas.
La atención era inevitable. Aunque Vasher aún iba vestido como de costumbre, con sus pantalones raídos, una desgastada capa a pesar del calor y una cuerda envuelta varias veces a modo de cinturón, ahora hacía que los colores brillaran enérgicamente cuando estaban cerca de él.
El cambio era perceptible para la gente normal y más que evidente para quienes habían alcanzado la primera elevación.
Sus días de poder esconderse y pasar inadvertido habían quedado atrás.
Tendría que acostumbrarse de nuevo a llamar la atención.
Era uno de los motivos por los que se alegraba de estar en T’Telir.
La ciudad era lo suficientemente grande y estaba llena de las suficientes rarezas, desde soldados sinvida hasta objetos despertados que cumplían funciones cotidianas, como para poder confiar en que no destacaría demasiado.
De no ser, claro, por Sangre Nocturna. Vasher se movió entre la multitud llevando el arma, ahora extremadamente pesada, en una mano, con la punta envainada casi arrastrándose por el suelo tras él.
Algunas personas se apartaron temerosas de la espada.
Otros posaron en ella una mirada demasiado larga.
Tal vez era hora de volver a guardarla en el morral.
Ah, no, ni hablar , protestó Sangre Nocturna. Ni se te ocurra pensarlo. Llevaba demasiado tiempo encerrado.
Pero ¿a ti qué más te da?
Necesito aire fresco. Y luz.
Eres una espada , pensó Vasher, no una palmera.
Sangre Nocturna guardó silencio. Era lo bastante listo como para darse cuenta de que no era una persona, pero no le gustaba enfrentarse a ese hecho. Solía ponerlo de mal humor. A Vasher le parecía bien.
Se dirigió a un restaurante que había unas calles más abajo de la Corte de los Dioses.
Era una de las cosas que sí que había echado de menos de T’Telir: los restaurantes.
En la mayoría de las ciudades había pocas opciones para cenar.
Si uno pretendía quedarse un tiempo, contrataba a una lugareña para que le diera de comer en su mesa.
Si iba a quedarse poco tiempo, comía lo que le pusieran en la posada.
En T’Telir, sin embargo, la población era lo bastante grande, y lo bastante rica, como para sustentar a proveedores de comida profesionales.
Los restaurantes aún no se habían propagado por el resto del mundo, pero en T’Telir eran comunes.
Vasher ya había reservado mesa, y el camarero lo saludó con la cabeza nada más verlo.
Vasher se sentó y apoyó a Sangre Nocturna contra la pared.
Le robaron la espada menos de un minuto después de soltarla.
Vasher hizo caso omiso al robo, pensativo mientras el camarero le traía una taza de té al limón.
Vasher bebió la infusión endulzada, preguntándose mientras sorbía el trozo de cáscara por qué diantres un pueblo que vivía en tierras bajas tropicales prefería el té caliente.
Después de unos minutos, su sentido vital le advirtió que estaba siendo observado.
Al cabo de un rato, el mismo sentido le alertó que alguien se acercaba.
Desenvainó la daga de su cinturón con la mano libre mientras bebía.
El sacerdote se sentó frente a él en el reservado. Llevaba ropa de calle, en vez de túnica religiosa. Pero, quizá inconscientemente, había elegido vestir los colores aguamarina y cobre de su deidad. Vasher volvió a envainar su daga, dando un sonoro sorbo para enmascarar el sonido.
El sacerdote, Bebid, miró alrededor, nervioso.
Tenía suficiente aura de aliento para indicar que había alcanzado la primera elevación.
Era donde la mayoría de la gente que podía permitirse comprar aliento se detenía.
Ese aliento ampliaría su esperanza de vida en más de una década y les proporcionaría un sentido vital acrecentado.
Además, les permitiría ver auras de aliento, distinguir a otros despertantes y, a una mala, practicar algún despertar menor por sí mismos.
Era bastante buen negocio, a cambio del dinero suficiente para alimentar a una familia campesina durante cincuenta años.
—¿Y bien? —preguntó Vasher.
Bebid dio un respingo al oírlo. Vasher suspiró, cerrando los ojos. El sacerdote no estaba acostumbrado a ese tipo de encuentros clandestinos. No habría acudido en absoluto si Vasher no hubiera ejercido ciertas… presiones sobre él.
Vasher abrió los ojos y los fijó en el sacerdote mientras el camarero llegaba con dos platos de arroz especiado.
La comida tektense era la especialidad del restaurante; a los hallandrenses les gustaban las especias extranjeras casi tanto como los colores raros.
Vasher había hecho la comanda por anticipado, junto con el pago que aseguraba que los reservados de alrededor estuvieran vacíos.
—¿Y bien? —repitió.
—Eh… —dijo Bebid—. No lo sé. No he podido averiguar gran cosa.
Vasher le dirigió una severa mirada.
—Tienes que darme más tiempo.
—Recuerda tus indiscreciones, amigo —dijo Vasher, y se terminó el té con una punzada de irritación—. No querrás que se sepan, ¿verdad?
«¿Tenemos que volver a pasar por todo esto?».
Bebid guardó silencio un rato. No tocó su comida.
—No sabes lo que me estás pidiendo, Vasher —dijo, inclinándose hacia delante—. Soy sacerdote de Visonbrillante la Fiel. ¡No puedo traicionar mis juramentos!
—Menos mal que no te pido que lo hagas.
—No podemos difundir información sobre la política de la corte.
—Bah —replicó Vasher—. Esos retornados no pueden ni mirarse unos a otros sin que media ciudad se entere en menos de una hora.
—No estarás dando a entender…
Vasher apretó los dientes, y dobló la cuchara con el dedo, molesto.
—¡Ya basta, Bebid! Los dos sabemos que tus juramentos son solo parte del juego. —Se inclinó hacia delante—. Y yo odio los juegos.
Bebid palideció. Vasher miró su cuchara y, serenándose, volvió a enderezarla. Tomó una cucharada de arroz y la boca le ardió por las especias. No era nada partidario de dejarse comida en el plato, porque nunca se sabía cuándo iba a tener que marcharse a toda prisa.
—Ha habido… rumores —dijo Bebid por fin—. Esto va más allá de la simple política de la corte, Vasher, más allá de los juegos entre los dioses. Es algo muy real, y muy secreto. Tanto que incluso los sacerdotes más atentos apenas oyen atisbos.
Vasher continuó comiendo.
—Hay una facción de la corte que presiona para atacar Idris —añadió Bebid—. Aunque no puedo imaginar por qué.
—No seas idiota —repuso Vasher, deseando tener más té para bajar el arroz—. Los dos sabemos que Hallandren tiene motivos de sobra para masacrar a todos los habitantes de las tierras altas.
—La realeza —dijo Bebid.
Vasher asintió. Los llamaban rebeldes, pero eran la auténtica familia real de Hallandren.
A pesar de ser simples mortales, su linaje era un desafío para la Corte de los Dioses.
Todo buen monarca sabía que lo primero que debía hacerse para estabilizar el trono era ejecutar a cualquiera que tuviese más legitimidad para acceder a él que tú.
Después de eso, solía ser buena idea ejecutar a cualquiera que creyera tener alguna legitimidad.
—Muy bien —dijo Vasher—. Lucháis y Hallandren gana. ¿Dónde está el problema?
—En que es mala idea, ahí está el problema —respondió Bebid—.
Una idea terrible. ¡Por los fantasmas de Kalad, Vasher!
Idris no caerá fácilmente, digan lo que digan en la corte.
Esto no será como aplastar a ese necio de Vahr.
Los idrianos tienen aliados de más allá de las montañas y las simpatías de docenas de reinos.
Lo que algunos consideran un simple aplastamiento de facciones rebeldes podría convertirse de un día para otro en una nueva Multiguerra.
¿Es lo que quieres? ¿Miles y miles de muertos?
¿Que caigan reinos para no volver a alzarse?
¿Y todo para apoderarnos de un poco de tierra helada que no quiere nadie?
—Los pasos comerciales son valiosos —advirtió Vasher.
Bebid resopló.
—Los idrianos no son tan tontos como para cobrar unos aranceles demasiado altos.
Esto no es cuestión de dinero, sino de miedo.
La gente de la corte habla de lo que podría suceder si los idrianos cortan los pasos, o de lo que podría suceder si dejan que los enemigos se cuelen y asedien T’Telir.
Si esto fuera por dinero, nunca iríamos a la guerra.
Hallandren vive muy bien de sus tintes y su comercio textil.
¿Crees que ese negocio florecería en la guerra?
Tendremos suerte si no sufrimos un colapso económico total.
—¿De verdad crees que me preocupa el bienestar económico de Hallandren? —preguntó Vasher.
—Ah, claro —dijo Bebid secamente—. Olvidaba con quién estoy hablando. ¿Qué quieres, entonces? Dímelo para que podamos acabar de una vez.
—Háblame de los rebeldes —ordenó Vasher, masticando arroz.
—¿Los idrianos? Ya te he dicho que…
—Ellos no —lo interrumpió Vasher—. Los de la ciudad.
—No tienen ninguna importancia ahora que Vahr ha muerto —dijo el sacerdote, meneando la mano—. Nadie sabe quién lo mató, por cierto. Probablemente los propios rebeldes. Supongo que no les hizo gracia que se dejara capturar, ¿eh?
Vasher no dijo nada.
—¿Eso es todo lo que quieres? —preguntó Bebid, impaciente.
—Necesito contactar con esa facción que has mencionado. La gente que presiona para que haya guerra contra Idris.
—No te ayudaré a enfurecer a…
—Ni se te ocurra decirme lo que tengo que hacer, Bebid. Tú dame la información que prometiste, y podrás quedar libre de todo esto.
—Vasher —repuso el sacerdote, inclinándose aún más—, es que no puedo ayudarte. Mi señora no está interesada en este tipo de política, y yo no me muevo en los círculos adecuados.
Vasher comió un poco más mientras juzgaba la sinceridad del hombre.
—Muy bien. ¿Quién, entonces?
Bebid se relajó y se secó la frente con la servilleta.
—No lo sé —dijo—. Tal vez algún sacerdote de Mercestrella. También podrías probar con Dedosazules, supongo.
—¿Dedosazules? Un nombre extraño para un dios.
—Dedosazules no es un dios —rio Bebid—. Es solo un apodo. Es el mayordomo del Alto Palacio, el jefe de los escribas. Viene a ser quien mantiene la corte engrasada, de modo que, si alguien sabe algo sobre esa facción, será él. Claro que también es tan envarado y recto que te costará doblegarlo.
—Te sorprenderías —dijo Vasher, llevándose a la boca la última cucharada de arroz—. Lo hice contigo, ¿no?
—Supongo.
Vasher se puso en pie.