Capítulo 4
iri notó que su carruaje se detenía ante T’Telir, la capital de Hallandren.
Se asomó a la ventanilla y comprendió una cosa que daba muchísimo miedo: que su pueblo no tenía ni idea de lo que significaba la palabra «ostentoso».
Las flores no eran ostentosas. Veinte soldados protegiendo un carruaje no eran ostentosos.
Tener un arrebato de genio en público no era ostentoso.
El campo cubierto por cuarenta mil soldados, vestidos de brillante azul y oro, formados en filas perfectas, las lanzas alzadas con tiras de tela azul ondeando al viento: eso sí era ostentoso.
La fila doble de jinetes montados en enormes caballos de gruesos cascos, tanto hombres como bestias envueltos en telas doradas que titilaban al sol: eso sí era ostentoso.
La enorme ciudad, tan grande que observarla aturdía la mente, con sus cúpulas y sus torres y sus paredes pintadas compitiendo para atraer la atención: eso sí era ostentoso.
Siri había creído estar preparada. El carruaje había pasado por otras ciudades de camino a T’Telir. Ella había visto las casas pintadas, los colores y pautas brillantes. Se había alojado en posadas con camas mullidas. Había comido alimentos cocinados con especias que la hicieron estornudar.
No estaba preparada para aquella recepción en T’Telir. En absoluto.
«Bendito Señor de los Colores», pensó.
Sus soldados recularon hasta pegarse al carruaje, como deseando poder subir y ocultarse de aquel espectáculo abrumador.
T’Telir se alzaba contra la orilla del mar Brillante, un cuerpo de agua extenso pero interior.
Siri alcanzaba a verlo en la distancia, reflejando la luz del sol, extraordinariamente fiel a su nombre.
Un hombre ataviado en azul y plata cabalgó hasta el carruaje.
Su voluminosa túnica no era sencilla como la que llevaban los monjes en Idris.
Tenía unas enormes hombreras terminadas en pico que casi daban aspecto de armadura a la prenda.
Y su cabeza estaba adornada con una mitra a juego.
Eso, combinado con los brillantes colores y las complejas capas de tejidos, hizo que el pelo de Siri palideciera hasta un intimidado blanco.
El hombre hizo una reverencia.
—Lady Sisirinah Real —dijo con voz grave—. Soy Treledees, sumo sacerdote de su inmortal majestad Susebron el Grande, dios retornado y rey de Hallandren. Aceptarás que esta guardia de honor simbólica te guíe hasta la Corte de los Dioses.
«¿Simbólica?», pensó Siri.
El sacerdote no esperó respuesta. Volvió grupas y emprendió el camino de regreso a la ciudad.
El carruaje de Siri rodó tras él, con los soldados marchando incómodos alrededor del vehículo.
La jungla dio paso a esporádicos grupos de palmeras, y Siri se sorprendió al ver cuánta arena se mezclaba con la tierra.
Su visión del paisaje pronto quedó bloqueada por el enorme campo de soldados que permanecían firmes a cada lado del camino.
—¡Austre, Dios de los Colores! —susurró un guardia de Siri—. ¡Son sinvidas!
El pelo de Siri, que había empezado a volverse castaño, se convirtió de nuevo en atemorizado blanco.
El guardia tenía razón. Bajo sus coloridos uniformes, los soldados de Hallandren eran de un gris apagado.
Sus ojos, su piel, incluso su cabello: todo estaba completamente vaciado de color, dejando solo un monocromo.
«¡No pueden ser sinvidas! —pensó ella—. ¡Parecen hombres!».
Siri había imaginado a los sinvidas como criaturas esqueléticas, de carne podrida y desgajada de los huesos.
Al fin y al cabo, eran hombres que, tras morir, habían sido devueltos a la vida como soldados sin mente.
Pero aquellos parecían muy humanos. No había nada que los distinguiera, excepto la falta de color y la expresión rígida.
Eso y el hecho de que permanecían antinaturalmente inmóviles.
No cambiaban de postura, no respiraban, no había ningún temblor de músculos o miembros.
Incluso sus ojos estaban inmóviles. Parecían estatuas, sobre todo con aquella piel gris.
«Y yo… ¿voy a casarme con una de estas cosas?
», pensó Siri. Pero no, los retornados eran diferentes a los sinvidas, y ambos eran distintos a los apagados, que eran la gente que había perdido su aliento.
Siri tenía el vago recuerdo de cuando alguien de Bevalis retornó.
Había ocurrido casi diez años antes, y su padre no le permitió visitar al hombre.
Siri recordaba que el retornado había sido capaz de hablar e interactuar con su familia, aunque no se acordara de ellos.
Volvió a morir una semana más tarde.
El carruaje por fin dejó atrás las filas de sinvidas.
La muralla de la ciudad se aproximaba ya, inmensa y sobrecogedora, aunque parecía más artística que funcional.
Su cima se curvaba en enormes semicírculos, como colinas, y el borde estaba recubierto de un metal dorado.
Los portones tenían la forma de dos retorcidas y esbeltas criaturas marinas que se alzaban en un gigantesco arco.
Siri las atravesó acompañada por la guardia de jinetes de Hallandren, que parecían ser hombres vivos.
Siempre había pensado que Hallandren era un lugar de muerte.
Sus impresiones se basaban en las historias que contaban los buhoneros de paso o las viejas al calor del fuego en invierno.
Hablaban de murallas construidas con cráneos y pintadas con zafias y feas vetas de color.
Siri siempre había imaginado que los edificios del interior serían un batiburrillo de tonos enfrentados. Obscenos.
Se equivocaba. Por supuesto que había una cierta arrogancia en T’Telir.
Cada nueva maravilla parecía querer llamar su atención y atenazarla por los ojos.
Había gente flanqueando la calle, más gente de la que Siri había visto en toda su vida, apelotonada para ver el carruaje.
Si había pobres entre ellos, Siri no pudo notarlo, pues todos vestían de brillantes colores.
Algunos tenían atuendos más exagerados; serían comerciantes, ya que se decía que Hallandren no tenía nobles aparte de sus dioses.
Pero incluso la más simple de las vestimentas tenía un brillo alegre.
Muchos edificios pintados contrastaban, como Siri había anticipado, pero ninguno era zafio.
Había una sensación de habilidad y artesanía en las fachadas, en la gente, en las estatuas de soldados poderosos que adornaban muchas esquinas.
Era extremadamente abrumador. Estridente.
Una vibrante y entusiasta estridencia. Siri sonrió sin darse cuenta y su pelo se volvió de un rubio vacilante, aunque sintió que se acercaba un dolor de cabeza.
«Tal vez… tal vez por eso me envió mi padre —pensó—. Con formación o sin ella, Vivenna nunca habría encajado aquí. Pero a mí siempre me ha interesado mucho el color».
Su padre era un buen rey con buenos instintos. ¿Y si, tras veinte años de criar y educar a Vivenna, había llegado a la conclusión de que no era la adecuada para ayudar a Idris? ¿Sería por eso por lo que, por primera vez en sus vidas, su padre había elegido a Siri antes que a Vivenna?
«Pero, si fuera así, ¿qué se supone que tengo que hacer?». Siri sabía que su pueblo temía que Hallandren invadiera Idris, pero no creía que su padre hubiese enviado a una de sus hijas si creía que la guerra era inminente. ¿Esperaba tal vez que ella pudiera aliviar las tensiones entre los reinos?
Esa idea tan solo sirvió para aumentar su ansiedad. El deber era algo que le resultaba desconocido, y no poco inquietante. Su padre estaba confiándole nada menos que el destino y la vida de su pueblo. No podía correr, ni escapar, ni esconderse.
Y menos de su propia boda.
Mientras su pelo se teñía de blanco por la punzada de temor ante lo que le esperaba, desvió de nuevo su atención hacia la ciudad.
No era difícil dejar que la atrajese. Era enorme, y se extendía como una bestia cansada enroscada alrededor de las colinas y sobre ellas.
Mientras el carruaje subía por el sector sur de la ciudad, Siri pudo ver, entre los edificios, que el mar Brillante se detenía en una bahía.
T’Telir se curvaba alrededor de esa bahía, alcanzando el agua, formando una media luna.
La muralla, por tanto, solo tenía que trazar un semicírculo que limitaba con el mar, encajonando la ciudad.
No parecía abarrotada. Había mucho espacio abierto en la ciudad, paseos y jardines, extensos terrenos sin utilizar.
Había palmeras flanqueando muchas calles, junto con vegetación de otros tipos.
Además, con la fría brisa que llegaba del mar, el aire era mucho más templado de lo que había esperado.
La carretera llevaba hasta un mirador dentro de la ciudad, una pequeña planicie con excelentes vistas.
O las habría tenido, de no estar rodeada por una gran muralla.
Siri vio con aprensión como las puertas de esa pequeña ciudad dentro de la ciudad se abrían para permitir el paso al carruaje, los soldados y sacerdotes.
La gente corriente se quedó fuera.
Había otra muralla dentro, una barrera para impedir que nadie viera a través de la puerta.
La procesión giró a la izquierda y rodeó el muro hasta entrar en la Corte de los Dioses de Hallandren, un patio cerrado, cubierto de hierba.
Docenas de enormes mansiones rodeaban el lugar, cada una pintada de un color distintivo.
Al fondo del patio había una gigantesca estructura negra, mucho más alta que los otros edificios.
El patio amurallado estaba tranquilo y silencioso.
Siri distinguió figuras sentadas en terrazas, contemplando su carruaje.
Delante de cada palacio había un grupo de hombres y mujeres postrados sobre la hierba.
El color de su ropa era igual que el de su edificio, pero Siri dedicó poco tiempo a observarlos.
En cambio, miró nerviosa la enorme estructura negra.
Tenía una base piramidal, formada por gigantescos bloques en forma de peldaños, y estaba coronada por una amplia torre.
«Negro —pensó—. En una ciudad de color». Su cabello palideció aún más. De repente deseó ser más devota. Dudaba que Austre estuviera muy contento con sus estallidos, y la mayoría de los días incluso le costaba nombrar las Cinco Visiones. Pero Austre cuidaría de ella por el bien de su pueblo, ¿no?
La procesión se detuvo ante la base del enorme edificio.
Siri miró por la ventanilla del carruaje y vio los recodos y los salientes del tejado de la torre, que hacían que la arquitectura pareciera cargada en lo más alto.
Le dio la impresión de que los bloques oscuros iban a caer en avalancha para enterrarla.
El sacerdote se acercó a caballo hasta su ventana. Los jinetes esperaron en silencio y el piafar de sus bestias fue el único sonido en el enorme patio abierto.
—Hemos llegado, receptáculo —dijo el hombre—. En cuanto entremos en el edificio, te prepararán y te llevarán ante tu esposo.
—¿Esposo? —preguntó Siri, incómoda—. ¿No habrá una ceremonia nupcial?
El sacerdote sonrió.
—El rey-dios no necesita justificaciones ceremoniales. Te convertiste en su esposa en el momento en que él lo deseó.
Siri se estremeció.
—Esperaba verle antes de… bueno, ya sabéis…
El sacerdote le dirigió una mirada dura.
—El rey-dios no actúa para tu capricho, mujer.
Estás bendita por encima de todas las demás, pues se te permitirá tocarlo…
aunque solo a su discreción. No pretendas que eres otra cosa más que lo que eres.
Has venido porque él así lo desea, y obedecerás.
De lo contrario, serás apartada y se elegirá a otra en tu lugar.
Cosa que, según creo, resultaría desfavorable para tus amigos rebeldes de las tierras altas.
El sacerdote volvió grupas de nuevo y subió por una gran rampa de piedra que conducía al edificio. El carruaje se puso en marcha con una sacudida, llevando a Siri hacia su destino.