El aliento de los dioses Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

La niña se volvió apagada. El color de sus labios y sus ojos se deslució levemente. Su pelo castaño perdió algo de brillo, sus mejillas palidecieron un poco.

«No es nada —pensó él—. La mayoría de la gente dice que ni siquiera notan que han perdido su aliento. Vivirá una vida plena. Feliz. Su familia cobrará bien por su sacrificio».

Y Sondeluz viviría otra semana. Su aura no se hizo más fuerte con el aliento del que se había alimentado; era otra diferencia entre un retornado y un despertante. Los despertantes a menudo se consideraban aproximaciones inferiores y creadas por el hombre de los retornados.

Sin un aliento nuevo cada semana, Sondeluz moriría.

Muchos retornados fuera de Hallandren vivían solo ocho días.

Sin embargo, con un aliento donado cada semana, un retornado podía continuar viviendo sin envejecer nunca, experimentando visiones nocturnas que, en teoría, proporcionarían adivinaciones del futuro.

De ahí la Corte de los Dioses con todos sus palacios, donde los dioses podían ser criados, protegidos y, lo más importante, alimentados.

Los sacerdotes se apresuraron a sacar a la niña de la habitación. «Para ella no es nada —se repitió Sondeluz—. Nada en absoluto…».

Cruzaron la mirada mientras ella salía, y Sondeluz vio que el brillo había desaparecido de sus ojos. Se había convertido en una apagada. Una gris, una desvanecida. Una persona sin aliento. Nunca volvería a crecerle. Los sacerdotes se la llevaron.

Sondeluz se volvió hacia Llarimar, sintiéndose culpable por aquella súbita energía.

—De acuerdo —dijo—. Veamos las ofrendas.

Llarimar alzó una ceja por encima de sus lentes.

—Os veo muy dispuesto de repente.

«Necesito devolver algo —pensó Sondeluz—. Aunque sea algo inútil».

Cruzaron varias salas más, rojas y doradas, la mayoría perfectamente cuadradas y con puertas en los cuatro lados.

Cerca del extremo oriental del palacio, entraron en una habitación larga y estrecha.

Era blanca por completo, algo muy poco habitual en Hallandren.

Las paredes estaban adornadas con cuadros y poemas.

Los criados se quedaron fuera, y solo Llarimar se unió a Sondeluz mientras se dirigía al primer cuadro.

—¿Y bien? —preguntó Llarimar.

Era un cuadro pastoral de la jungla, con hojas de palmera combadas y flores coloridas. En los jardines alrededor de la Corte de los Dioses había varias de esas plantas, y por eso Sondeluz las reconoció. Nunca había estado en la jungla, o al menos no durante aquella encarnación de su vida.

—El cuadro está bien —dijo—. No es mi favorito. Me hace pensar en el exterior. Ojalá pudiera visitarlo.

Llarimar lo miró, intrigado.

—¿Qué pasa? —dijo Sondeluz—. La corte aburre a veces.

—No hay mucho vino en el bosque, divina gracia.

—Podría hacer un poco. Fermentar… algo.

—Seguro que sí —dijo Llarimar, haciendo un gesto con la cabeza a un ayudante que esperaba fuera de la sala.

El sacerdote subalterno anotó lo que Sondeluz acababa de decir sobre el cuadro.

En alguna parte, había un patrono de la ciudad que buscaba una bendición de Sondeluz.

Lo más probable era que tuviese algo que ver con la valentía: quizá el patrón planeaba proponer matrimonio, o tal vez era un mercader a punto de firmar un acuerdo comercial arriesgado.

Los sacerdotes interpretarían la opinión de Sondeluz sobre el cuadro, y entonces ofrecerían un augurio a esa persona, fuera para bien o para mal, junto con las palabras exactas que había dicho Sondeluz.

En todo caso, el acto de enviar un cuadro al dios le valdría al patrono cierto grado de buena fortuna.

En teoría.

Sondeluz se apartó del cuadro. Un sacerdote menor corrió a retirarlo.

Seguramente el patrono lo habría encargado, en vez de pintarlo en persona.

Cuanto mejor era un cuadro, mejor reacción tendía a obtener de los dioses.

Al parecer, la fortuna podía modificarse en función de cuánto pudiera uno pagarle a un artista.

«No debería ser tan cínico —pensó Sondeluz—. Sin este sistema, habría muerto hace cinco años».

De hecho, había muerto cinco años antes, aunque aún no supiera qué lo había matado. ¿De veras había sido una muerte heroica? Tal vez no se permitía a nadie hablar sobre su vida anterior porque no querían que se supiera que Sondeluz el Audaz había muerto de un retortijón de tripas.

El sacerdote menor desapareció por la puerta con el cuadro de la jungla.

Lo quemarían. Esas ofrendas se hacían específicamente para el dios pretendido, y solo él, además de unos pocos de sus sacerdotes, tenía permitido verlas.

Sondeluz pasó a la siguiente obra de arte de la pared.

Era un poema, escrito en el alfabeto de los artesanos de Hallandren.

Los puntos de color ganaron brillo cuando Sondeluz se acercó.

La letra era un sistema especializado de escritura que no se basaba en la forma, sino en el color.

Cada punto de color representaba un sonido distinto en el lenguaje hallandrense.

Combinado con algunos puntos dobles, uno de cada color, creaba un abecedario que era una pesadilla para los daltónicos.

Poca gente en Hallandren admitiría tener ese problema concreto. Al menos, eso era lo que Sondeluz había oído. Se preguntó si los sacerdotes sabían cuánto chismorreaban sus dioses sobre el mundo exterior.

El poema no era muy bueno, obviamente compuesto por un campesino que luego había pagado a alguien para que lo pasara a la escritura artesana.

Los puntos simples eran un indicativo. Los verdaderos poetas usaban símbolos más elaborados, líneas continuas que cambiaban de color o glifos que formaban imágenes.

Se podían hacer muchas cosas con unos símbolos que no perdían su significado al cambiar de forma.

Acertar los colores era un arte delicado, que requería la tercera elevación o más para perfeccionarlo.

Ese era el nivel de aliento donde la persona obtenía la capacidad de sentir los matices perfectos de color, igual que la segunda elevación concedía el tono auditivo perfecto.

Los retornados eran de la quinta elevación.

Sondeluz no sabía cómo era vivir sin la capacidad de reconocer al instante los tonos exactos de color y sonido.

Podía distinguir el rojo ideal de una mezcla, aunque fuera con solo una gota de pintura blanca.

Le dirigió al poema del campesino el mejor comentario que pudo, aunque generalmente sentía el impulso de ser sincero cuando miraba las ofrendas. Parecía que era su deber, y por algún motivo era una de las pocas cosas que se tomaba en serio.

Continuaron por la fila, y Sondeluz fue comentando las diversas pinturas y poemas.

La pared estaba notablemente llena ese día.

¿Había una fiesta o una celebración que no conociera?

Cuando llegaron al final, Sondeluz estaba cansado de mirar tanto arte, aunque su cuerpo, impulsado por el aliento de la niña, continuaba sintiéndose fuerte y jubiloso.

Se detuvo ante la última pintura. Era una obra abstracta, un estilo que se había popularizado mucho últimamente, sobre todo en los cuadros que le enviaban a él, ya que había hecho comentarios favorables a otros en el pasado.

Casi le dio a aquel una mala nota solo por eso.

Era bueno mantener a los sacerdotes en la duda de lo que le gustaría, o eso decían algunos dioses.

Sondeluz tenía la impresión de que muchos de ellos eran bastante más calculadores en cómo hacían sus comentarios, añadiendo intencionadamente mensajes crípticos.

Sondeluz no tenía paciencia para esos truquitos, sobre todo teniendo en cuenta que lo único que la gente parecía querer en realidad de él era su honestidad.

Le dedicó a ese último cuadro el tiempo que merecía.

El lienzo estaba cargado de pintura, hasta el último centímetro coloreado con grandes y gruesas pinceladas.

El tono predominante era un rojo oscuro, casi escarlata, que Sondeluz identificó al instante como una mezcla de rojo y azul con una pizca de negro.

Las líneas de color se solapaban unas sobre otras, casi en progresión. Eran una especie de… olas. Sondeluz frunció el ceño. Si lo miraba de cierto modo, parecía un mar. ¿Y eso del centro podía ser un barco?

Regresaron a él unas vagas impresiones de su sueño. Un mar rojo. El barco marchándose.

«Son imaginaciones mías», se dijo.

—Buen color —comentó—. Bonitas pautas. Me hace sentirme en paz, y, sin embargo, también transmite tensión. Lo apruebo.

A Llarimar pareció gustarle esa respuesta. Asintió mientras los sacerdotes menores permanecían apartados, registrando las palabras.

—Bien —dijo Sondeluz—. Eso es todo, supongo.

—Sí, divina gracia.

«Queda un solo deber», pensó. Concluidas las ofrendas, era hora de pasar a la última, y menos atractiva, de sus tareas diarias. Las peticiones. Tenía que acabar con ellas antes de poder pasar a actividades más importantes como echar una cabezadita.

Pero Llarimar no abrió el paso hacia la sala de peticiones. Llamó a un monje menor y se puso a hojear los papeles sujetos a una tablilla.

—¿Y bien? —preguntó Sondeluz.

—¿Y bien qué, divina gracia?

—Las peticiones.

Llarimar negó con la cabeza.

—No vais a atender ninguna petición hoy, divina gracia. ¿Recordáis?

—No. Te tengo a ti para que recuerdes esas cosas.

—Entonces —dijo Llarimar, pasando una página—, considerad recordado oficialmente que hoy no tenéis ninguna petición. Vuestros sacerdotes se emplearán en otra cosa.

—¿Ah, sí? —replicó Sondeluz—. ¿En qué?

—En bajar al patio a arrodillarse reverentemente, divina gracia. Nuestra nueva reina llega hoy.

Sondeluz se detuvo. «Tengo que prestar más atención a la política».

—¿Hoy?

—Así es, divina gracia. Nuestro señor el rey-dios va a casarse.

—¿Tan pronto?

—En cuanto ella llegue, divina gracia.

«Interesante —pensó Sondeluz—. Susebron se busca una esposa».

El rey-dios era el único de los retornados que podía casarse.

Los retornados no podían engendrar hijos, a excepción del rey, que nunca había respirado ni una sola bocanada como hombre vivo.

A Sondeluz la distinción siempre le había parecido extraña.

—Divina gracia —dijo Llarimar—, necesitaremos un Mandato sinvida para disponer nuestras tropas delante de la ciudad y que reciban a la reina.

Sondeluz alzó una ceja.

—¿Planeamos atacarla?

Llarimar le dirigió una severa mirada. Sondeluz soltó una risita.

—Fruta fugaz —dijo, revelando una de las frases de seguridad que permitirían a otros controlar a los sinvidas de la ciudad.

No era el Mandato primario, naturalmente.

La frase que le había dado a Llarimar permitiría a una persona controlar a los sinvidas solo en situaciones que no fueran de combate, y expiraría un día después de su primera utilización.

Sondeluz a menudo pensaba que el retorcido sistema de Mandatos empleado para controlar a los sinvidas era innecesariamente complejo.

Sin embargo, ser uno de los cuatro dioses que custodiaban los Mandatos sinvida le hacía ser bastante importante en ocasiones.

Los sacerdotes empezaron a hablar en voz baja sobre los preparativos. Sondeluz esperó, todavía pensando en Susebron y su inminente boda. Cruzó los brazos y se apoyó contra el quicio de la puerta.

—¿Veloz? —llamó.

—¿Sí, divina gracia?

—¿Tenía yo una esposa? Antes de morir, quiero decir.

Llarimar vaciló.

—Sabéis que no puedo hablar de vuestra vida antes de vuestro retorno. El conocimiento de vuestro pasado no le hará ningún bien a nadie.

Sondeluz echó atrás la cabeza, la apoyó en la pared y miró al techo blanco.

—En ocasiones… recuerdo un rostro —dijo en voz baja—. Un rostro hermoso y joven. Creo que puede ser ella.

Los sacerdotes guardaron silencio.

—Cabello castaño tentador —prosiguió Sondeluz—. Labios rojos, a tres grados del séptimo armónico, de una profunda belleza. Piel morena oscura.

Un sacerdote se adelantó a toda prisa con el libro rojo y Llarimar empezó a escribir furiosamente. No instó a Sondeluz a dar más información, sino que fue anotando las palabras del dios tal como surgían.

Sondeluz calló y les dio la espalda a los hombres y sus plumas. «¿Qué importa? —pensó—. Esa vida ya no existe. En cambio, ahora soy un dios. Dejando aparte que no creo en la religión en sí, las ventajas están bien».

Echó a andar, arrastrando un séquito de sirvientes y sacerdotes menores que atenderían sus necesidades. Terminadas las ofrendas, registrados los sueños y canceladas las peticiones, Sondeluz era libre para dedicarse a sus propias actividades.

No regresó a sus aposentos principales. Se encaminó hacia el patio y, con un gesto, indicó que emplazaran un pabellón para él.

Si ese día iba a llegar una nueva reina, quería echarle un buen vistazo.