Capítulo 3
ástima que Sondeluz no recordara haber muerto.
Sus sacerdotes, sin embargo, le aseguraban que su muerte había sido de lo más inspiradora.
Noble. Grandiosa. Épica. No se retornaba a menos que uno hubiera muerto de un modo que ejemplificara las virtudes de la existencia humana.
Por eso los Tonos Iridiscentes enviaban de vuelta a los retornados, para que actuasen como ejemplos, y dioses, para la gente que aún vivía.
Cada dios representaba algo. Un ideal relacionado con el modo heroico en que había muerto. El propio Sondeluz había caído mostrando una valentía extraordinaria. O, al menos, eso le decían sus sacerdotes. Él no lo recordaba, igual que no recordaba nada de su vida antes de convertirse en dios.
Profirió un suave gruñido, incapaz de seguir durmiendo. Se dio la vuelta, sintiéndose débil mientras se incorporaba en su majestuosa cama. Las visiones y los recuerdos acosaban su mente, y sacudió la cabeza tratando de despejar la bruma del sueño.
Entraron los criados, respondiendo sin hablar a las necesidades de su dios.
Sondeluz era una de las divinidades más jóvenes, pues había retornado hacía solo cinco años.
Había unas dos docenas de deidades en la Corte de los Dioses, y muchos eran bastante más importantes, y más duchos en política, que él.
Y por encima de todos gobernaba Susebron, el rey-dios de Hallandren.
Aunque Sondeluz era joven, le correspondía un palacio enorme.
Dormía en una habitación adornada con sedas, teñidas de brillantes rojos y amarillos.
Su palacio contenía docenas de aposentos, todos decorados y amueblados según sus caprichos.
Cientos de criados y sacerdotes atendían sus necesidades, lo quisiera o no.
«Todo esto —pensó mientras se levantaba—, porque no logré atinar la forma de morir». Ponerse en pie lo mareó un poco. Era su día del festín. Carecería de fuerzas hasta que comiera.
Los criados se acercaron con una brillante túnica roja y dorada.
Al entrar en su aura, la piel, el pelo, la ropa y los adornos de cada sirviente estallaron en exagerados colores.
Los tonos saturados eran mucho más resplandecientes de lo que podría producir ningún tinte o pintura.
Era un efecto del biocroma innato de Sondeluz, que tenía suficiente aliento para llenar a miles de personas.
Veía poco valor en ello. No podía utilizarlo para animar objetos o cadáveres; era un dios, no un despertante.
No podía dar, ni siquiera prestar, su aliento divino.
Bueno, excepto una vez. Sin embargo, eso lo mataría.
Los criados continuaron sus atenciones, envolviéndolo con preciosos ropajes. Sondeluz era cabeza y media más alto que ninguno de los presentes en la sala. También era ancho de hombros, con un físico musculoso que no se merecía, considerando la cantidad de tiempo que permanecía cruzado de brazos.
—¿Habéis dormido bien, divina gracia? —preguntó una voz.
Sondeluz se dio media vuelta. Llarimar, su sumo sacerdote, era un hombre alto y corpulento, que llevaba lentes y tenía modales tranquilos.
Sus manos quedaban casi ocultas por las gruesas mangas de su túnica roja y dorada, y llevaba un grueso libro.
La túnica y el libro irradiaron color cuando entraron en el aura de Sondeluz.
—He dormido de maravilla, Veloz —dijo Sondeluz, bostezando—. Una noche llena de pesadillas y sueños oscuros, como siempre. Estoy de lo más descansado.
El sacerdote alzó una ceja.
—¿Veloz?
—Sí —dijo Sondeluz—. He decidido ponerte un nuevo apodo. Veloz. Te cuadra, porque siempre estás corriendo de un lado a otro y trasteando con cosas.
—Me siento honrado, divina gracia —dijo Llarimar, sentándose en una silla.
«Por los colores —pensó Sondeluz—, ¿es que no se enfada nunca?».
Llarimar abrió su libro.
—¿Empezamos?
—Qué remedio —dijo Sondeluz.
Los criados terminaron de atar lazos, cerrar presillas y alisar sedas. Todos hicieron una reverencia y se retiraron a un lado de la habitación. Llarimar cogió su pluma.
—¿Qué recordáis de vuestros sueños?
—Bueno, ya sabes. —Sondeluz se dejó caer en uno de los sofás y se recostó—. Nada importante, en realidad.
Llarimar frunció los labios, insatisfecho.
Otros criados empezaron a entrar, portando platos de comida.
Prosaica comida humana. Como retornado, Sondeluz no necesitaba comer esas cosas: no le darían fuerzas ni desterrarían su fatiga.
Eran solo un capricho. No tardaría en alimentarse de algo mucho más…
divino. Eso le daría fuerzas para vivir otra semana.
—Por favor, intentad recordar los sueños, divina gracia —pidió Llarimar con su estilo amable, aunque firme—. No importa lo poco interesantes que parezcan.
Sondeluz suspiró y miró hacia el techo. Tenía pintado un mural, por supuesto. Mostraba tres campos rodeados de muros de piedra. Era una visión que había experimentado uno de sus predecesores. Cerró los ojos, tratando de concentrarse.
—Estaba… caminando por una playa —dijo—. Y un barco zarpaba sin mí. No sé adónde iba.
La pluma de Llarimar empezó a garabatear rápidamente sobre el papel. Seguramente encontraba todo tipo de simbolismos en ese recuerdo.
—¿Había algún color? —preguntó el sacerdote.
—El barco tenía la vela roja. La arena era marrón, como de costumbre, y los árboles verdes. Por algún motivo, creo que el agua del océano era roja, como el barco.
Llarimar continuó escribiendo con brío. Siempre se animaba cuando Sondeluz recordaba colores. Este abrió los ojos y miró al techo y sus campos de brillantes colores. Extendió la mano con languidez y cogió cerezas del plato de un sirviente.
¿Por qué tenía que hacer a nadie partícipe de sus sueños?
Pero aunque la adivinación le parecía una necedad, no tenía derecho a quejarse.
Era inmensamente afortunado. Tenía un aura biocromática divina, un físico que envidiaría cualquier hombre y lujo de sobra para surtir a diez reyes.
De toda la gente del mundo, tenía menos derecho que nadie a ponerse tiquismiquis.
Era solo que… bueno, que debía de ser el único dios del mundo que no creía en su propia religión.
—¿Había algo más en el sueño, divina gracia? —insistió Llarimar, levantando la cabeza del libro.
—Tú estabas allí, Veloz.
Llarimar palideció un poco.
—¿Estaba… yo?
Sondeluz asintió con la cabeza.
—Me pedías disculpas por molestarme sin cesar e impedir mis desenfrenos. Luego me traías una gran botella de vino y bailabas. Ha sido una cosa muy memorable.
Llarimar lo miró inexpresivo. Sondeluz suspiró.
—No, no había nada más. Solo el barco. Incluso eso se me está olvidando.
Llarimar asintió, se puso en pie y ordenó retirarse a los criados, aunque, claro está, permanecieron en la habitación con sus platos de nueces, vino y fruta, por si se requería algo de ello.
—¿Nos ponemos en marcha, pues, divina gracia?
Sondeluz suspiró y se levantó, exhausto. Un criado corrió a cerrarle un broche de la túnica, que se le había soltado.
Sondeluz caminó detrás de Llarimar, alzándose palmo y medio por encima del sacerdote.
Los muebles y puertas estaban adaptados al tamaño aumentado de Sondeluz, así que eran los criados y sacerdotes los que parecían fuera de lugar.
Avanzaron de estancia en estancia sin hacer uso de pasillos.
Los pasillos eran para los sirvientes, y bordeaban el exterior del edificio formando un cuadrado.
Sondeluz caminaba sobre mullidas alfombras traídas de las naciones del norte, pasando ante la más fina porcelana del mar Interior.
Cada sala estaba decorada con cuadros y poemas de hermosa caligrafía, creados por los mejores artistas de Hallandren.
En el centro del palacio había una sala pequeña y cuadrada que se apartaba del patrón de rojos y dorados que componían el motivo de Sondeluz.
La sala brillaba con cintas de colores más oscuros: profundos azules, verdes, rojos sangre.
Cada una era de un color verdadero, de su tono exacto, como solo una persona que había alcanzado la tercera elevación podía distinguir.
Cuando Sondeluz entró en la habitación, los colores ardieron cobrando vida.
Se volvieron más resplandecientes e intensos, pero de algún modo permanecieron oscuros.
El granate se convirtió en un granate más real, el azul marino en un azul marino más poderoso.
Oscuros y, sin embargo, brillantes, un contraste que solo el aliento podía inspirar.
En el centro de la habitación había una niña.
«¿Por qué tienen siempre que ser niños?», pensó Sondeluz.
Llarimar y los criados esperaron. Sondeluz dio un paso adelante y la niñita miró a un lado, hacia dos sacerdotes con túnica roja y dorada. Ambos asintieron, animándola. La niña miró de nuevo hacia Sondeluz, a todas luces nerviosa.
—Vamos, vamos —dijo él, tratando de parecer animoso—. No hay nada que temer.
Y, sin embargo, la niña temblaba.
Por la cabeza de Sondeluz pasó una lección tras otra, formuladas por Llarimar, aunque él afirmase que no eran lecciones porque nadie aleccionaba a los dioses.
No había nada que temer de los dioses retornados de Hallandren.
Los dioses eran una bendición. Proporcionaban visiones del futuro, además de liderazgo y sabiduría.
Para subsistir solo necesitaban una cosa.
Aliento.
Sondeluz vaciló, pero su debilidad empezaba a afectarlo. Se sentía mareado. Maldiciéndose en voz baja, se postró sobre una rodilla y tomó la cara de la niña entre sus manos enormes. Ella empezó a sollozar, pero dijo las palabras con claridad, como le habían enseñado.
—Mi vida a la tuya. Mi aliento es tuyo.
El aliento fluyó de ella, hinchándose en el aire. Viajó por el brazo de Sondeluz (el contacto era necesario) y él lo absorbió. Su debilidad desapareció, el mareo se evaporó. Ambos fueron sustituidos por una nítida claridad. Se sintió reforzado, revitalizado, vivo .