Capítulo 2 #2
Le parecía un poco traído por los pelos.
Había formas más fáciles de ocuparse de Siri, formas que no incluían enviarla a representar a Idris en una corte extranjera.
¿Por qué, entonces? ¿De veras pensaba su padre que Siri haría un buen trabajo?
Eso la hizo reflexionar. Entonces llegó a la conclusión de que era ridículo.
Su padre no podía haber decidido que Siri iba a hacerlo mejor que Vivenna. Nadie hacía nada mejor que Vivenna.
Suspiró, sintiendo que su pelo se volvía de un pensativo castaño.
Al menos el paisaje era interesante y, para eludir la frustración, se dejó distraer por las vistas.
Hallandren estaba en las tierras bajas, un lugar de bosques tropicales y extraños y pintorescos animales.
Siri había oído las descripciones de los buhoneros y había confirmado sus relatos con algún libro de los que la obligaban a leer de vez en cuando.
Creía saber qué esperar. Sin embargo, cuando las montañas dieron paso a las praderas y los caminos por fin comenzaron a jalonarse de árboles, Siri empezó a darse cuenta de que había algo que ningún libro ni relato podía describir adecuadamente.
Los colores.
En las tierras altas, los lechos de flores eran raros e inconexos, como si comprendieran lo mal que encajaban con la filosofía idriana.
Allí abajo parecían estar en todas partes.
Unas flores diminutas cubrían grandes extensiones de terreno.
De los árboles colgaban grandes capullos rosados, como racimos de uvas, flores que crecían casi unas encima de otras en un gran amasijo.
Incluso las hierbas tenían flores. Siri habría cogido algunas, si no hubiera sido por la forma hostil en que las miraban los soldados.
«Si yo estoy así de ansiosa —comprendió—, los guardias deben estarlo más». Ella no era la única a la que habían enviado lejos de su familia y amigos. ¿Cuándo se les permitiría a esos hombres regresar? De repente, se sintió aún más culpable por someter al joven soldado a su estallido.
«Los enviaré de regreso nada más lleguemos», pensó. Entonces sintió su pelo volverse blanco. Enviarlos de vuelta la dejaría sola en una ciudad llena de sinvidas, despertantes y paganos.
Sin embargo, ¿de qué iban a servirle veinte soldados? Era mejor que alguien, al menos, pudiera regresar a casa.
—Lo normal sería que estuvieras feliz —dijo Fafen—. Al fin y al cabo, ya no tienes que casarte con un tirano.
Vivenna dejó caer una baya de color oscuro en la cesta y pasó a otro arbusto.
Fafen trabajaba cerca. Llevaba la túnica blanca de los monjes y la cabeza afeitada.
Fafen era la hermana mediana en casi todos los sentidos, a medio camino entre Siri y Fafen en estatura, menos correcta que Vivenna, pero no tan descuidada como Siri.
Tenía algo más de curvas que ambas, cosa que había atraído las miradas de varios jóvenes de la ciudad.
Sin embargo, el hecho de que tuvieran que convertirse también en monjes si querían casarse con ella los mantenía a raya.
Si Fafen se daba cuenta de lo popular que era, nunca lo demostraba.
Tomó la decisión de hacerse monja antes de cumplir los diez años, y su padre lo había aprobado de mil amores.
Todas las familias nobles o ricas, por tradición, estaban obligadas a proporcionar un miembro a los monasterios.
Iba contra las Cinco Visiones ser egoísta, incluso con tu propia sangre.
Las dos hermanas recogían bayas que Fafen distribuiría más tarde entre los necesitados. Los dedos de la monja tenían un leve tono púrpura por el trabajo. Vivenna llevaba guantes. Tanto color en sus manos no sería apropiado.
—Sí —añadió Fafen—. Creo que te estás tomando todo esto al revés. Caramba, si actúas como si quisieras irte allá abajo y casarte con ese monstruo sinvida.
—No es un sinvida —replicó Vivenna—. Susebron es un retornado, que es una cosa muy distinta.
—Sí, pero es un dios falso. Además, todo el mundo sabe la terrible criatura que es.
—Pero era mi misión casarme con él. Eso es lo que soy, Fafen. Sin eso, no soy nada.
—Tonterías. Ahora heredarás el trono tú, en vez de Ridger.
«Para desequilibrar aún más el orden de las cosas —pensó Vivenna—. ¿Qué derecho tengo a quitarle su puesto?».
Sin embargo, dejó pasar ese aspecto de la conversación. Llevaban varios minutos discutiendo sobre el tema, y no sería apropiado continuar. Apropiado. Rara vez se había sentido Vivenna tan frustrada por tener que ser apropiada. Sus emociones se estaban volviendo bastante… inconvenientes.
—¿Y Siri? —se descubrió diciendo—. ¿Te alegras de que le haya pasado esto?
Fafen alzó la cabeza y frunció un poco el ceño. Tendía a evitar pensar en las cosas a menos que se la obligara a enfrentarse a ellas. Vivenna se sintió un poco avergonzada por haber hecho un comentario tan brusco, pero con Fafen no solía haber otro modo.
—En eso tienes razón —dijo Fafen—. No entiendo por qué tenían que enviar a nadie.
—El tratado protege a nuestro pueblo.
—Austre protege a nuestro pueblo —replicó Fafen, pasando a otro arbusto.
«¿Protegerá a Siri?», pensó Vivenna. La pobre, inocente, caprichosa Siri.
Nunca había aprendido a controlarse, de modo que se la comerían viva en la Corte de los Dioses de Hallandren.
Siri no comprendería la política, las puñaladas por la espalda, las caras falsas y las mentiras.
Y, para colmo, se vería obligada a engendrar al próximo rey-dios de Hallandren.
Cumplir ese deber no era algo que hubiera entusiasmado nunca a Vivenna.
Habría sido un sacrificio, pero habría sido el suyo, ofrecido voluntariamente por la seguridad de su pueblo.
Esos pensamientos continuaron acosándola mientras Fafen y ella terminaban de recoger bayas.
Después bajaron por la colina en dirección al pueblo.
Fafen, como todos los monjes, dedicaba todo su trabajo al bien de la gente.
Cuidaba los rebaños, cosechaba alimento y limpiaba las casas de quienes no podían valerse por sí mismos.
Sin un deber propio, la vida de Vivenna tenía poco sentido. Sin embargo, ahora que lo consideraba, había alguien que todavía la necesitaba. Alguien que había partido una semana antes, llorosa y asustada, mirando a su hermana mayor llena de desesperación.
Vivenna no era necesaria en Idris, dijera lo que dijese su padre. Allí era inútil. Pero ella sí que conocía a las gentes, la cultura y la sociedad de Hallandren. Y así, mientras seguía a Fafen hacia el camino, una idea empezó a germinar en su cabeza.
Una idea que no era, en modo alguno, apropiada.