El aliento de los dioses Capítulo 2
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Capítulo 2

iri iba sentada, aturdida, en un traqueteante carruaje, mientras su tierra natal iba quedando más y más lejos con cada bache y cada sacudida.

Habían pasado dos días, y seguía sin comprenderlo.

Se suponía que aquello iba a ser la tarea de Vivenna.

Era lo que pensaba todo el mundo. Idris había festejado el día del nacimiento de Vivenna.

El rey había iniciado su formación desde el momento en que supo andar, instruyéndola en las costumbres y los modales de la corte.

Fafen, la segunda hija, también había recibido lecciones por si Vivenna moría antes del día de la boda.

Pero Siri no. Ella había sido redundante. De escasa importancia.

Ya no.

Miró por la ventanilla. Su padre había enviado el carruaje más hermoso del reino y una guardia de honor de veinte hombres para que la escoltara hasta el sur.

Eso, junto con un mayordomo y varios sirvientes, formaba la procesión más grande que Siri había visto jamás.

Bordeaba la ostentación, cosa que podría haberla entusiasmado si no la estuviera alejando de Idris.

«Las cosas no tenían que ser así —pensó—. ¡Nada de esto tendría que haber sucedido así!».

Y, sin embargo, así había sucedido.

No tenía sentido. El carruaje dio un bote, pero ella solo permaneció sentada, entumecida. «Al menos podrían haberme dejado ir a caballo, en vez de obligarme a sentarme en este carruaje», pensó. Pero esa, por desgracia, no habría sido una forma adecuada de entrar en Hallandren.

Hallandren.

Notó que su cabello se volvía blanco de miedo.

La enviaban nada menos que a Hallandren, un reino al que su pueblo maldecía a cada dos palabras que pronunciaba.

Siri no volvería a ver a su padre en mucho tiempo, si es que llegaba a verlo alguna vez.

No hablaría con Vivenna, ni escucharía a los tutores, ni sería regañada por Mab, ni montaría los caballos reales, ni iría a buscar flores en el bosque, ni trabajaría en las cocinas. Tendría que…

Casarse con el rey-dios. El terror de Hallandren, el monstruo que nunca había inhalado un aliento vivo. En Hallandren, su poder era absoluto. Podía decretar una ejecución por mero capricho.

«Pero yo estaré a salvo, ¿no? —pensó—. Seré su esposa.

Su esposa. Voy a casarme. Ay, Austre, Dios de los Colores».

Se sintió enferma y se encogió con las piernas contra el pecho, mientras el pelo se le ponía tan blanco que parecía brillar, y entonces se tumbó en el asiento, sin saber si el temblor que sentía era propio o era por el carruaje, que continuaba su inexorable camino hacia el sur.

—Creo que tendrías que reconsiderarlo, padre —observó Vivenna, tranquila y sentada en postura decorosa, tal y como le habían enseñado, con las manos en el regazo.

—Lo he considerado y vuelto a considerar —dijo el rey, agitando la mano—. La decisión está tomada.

—Siri no es adecuada para esta tarea.

—Lo hará bien —dijo su padre, examinando unos papeles que había sobre la mesa—. En realidad, solo hace falta que tenga un bebé. Estoy seguro de que es adecuada para esa tarea.

«¿Y qué hay entonces de mi formación? —pensó Vivenna—. ¿Veintidós años preparándome? ¿Para qué, si lo único que se buscaba con enviarme allí era proporcionar un vientre adecuado?».

Mantenía el pelo negro, la voz solemne, el rostro en calma.

—Siri debe de estar inquieta —dijo—. No creo que sea emocionalmente capaz de lidiar con esto.

Su padre alzó la cabeza mientras su pelo enrojecía un poco, perdiendo el negro como pintura chorreando por un lienzo. Mostraba su malestar.

«Está más alterado por su partida de lo que quiere admitir».

—Es lo mejor para nuestro pueblo, Vivenna —dijo él, concentrándose con evidente esfuerzo para convertir de nuevo su pelo en negro—. Si estalla la guerra, Idris te necesitará aquí.

—Si estalla la guerra, ¿qué será de Siri?

Su padre guardó silencio.

—Tal vez no haya guerra —dijo por fin.

«¡Por Austre! —pensó Vivenna con sorpresa—. No se lo cree. Piensa que la ha enviado a la muerte».

—Sé lo que estás pensando —dijo su padre, atrayendo su atención hacia sus ojos.

Qué solemnes eran—. ¿Cómo pude elegir a una y no a otra?

¿Cómo pude enviar a Siri a la muerte y dejarte a ti aquí para que vivas?

No lo hice por preferencias personales, piense lo que piense la gente.

Hice lo que será mejor para Idris cuando se declare esta guerra.

« Cuando se declare». Vivenna lo miró a los ojos.

—Se suponía que yo iba a impedir la guerra, padre. ¡Iba a ser la esposa del rey-dios! Iba a hablar con él, persuadirlo. Me han formado con conocimientos políticos, con la comprensión de las costumbres, la…

—¿Impedir la guerra? —la interrumpió su padre.

Solo entonces advirtió Vivenna el descaro de sus palabras. Apartó la mirada.

—Vivenna, hija —prosiguió el rey—. No se puede impedir esta guerra.

Solo la promesa de una hija de linaje real la ha postergado todo este tiempo, y enviar a Siri puede ganarnos más.

Y… tal vez la haya enviado a un lugar seguro, incluso cuando estalle la guerra.

Tal vez valoren su linaje hasta el punto de dejarla viva…

como seguro, por si el heredero que engendre llegara a fallecer.

—Asumió un tono pensativo—. Sí, tal vez no es de Siri de quien tengamos que preocuparnos, sino…

«Sino de nosotros», terminó Vivenna para sus adentros. No la informaban sobre los planes bélicos de su padre, pero sabía lo suficiente. La guerra no favorecería a Idris. En un conflicto con Hallandren, tenían muy pocas posibilidades de vencer. Sería devastador para su pueblo y su modo de vida.

—Padre, me…

—Por favor, Vivenna —musitó el rey—. No puedo seguir hablando de esto. Vete ya. Conversaremos en otro momento.

En otro momento. Cuando Siri se hubiera alejado más todavía, cuando traerla de vuelta fuera aún más difícil. Pero Vivenna se levantó. Era obediente, así la habían educado. Era una de las cosas que siempre la habían distinguido de su hermana.

Salió del estudio de su padre, cerró la puerta a su espalda y recorrió los pasillos de madera del palacio, fingiendo no ver las miradas ni oír los susurros. Llegó a su habitación, pequeña y sin adornos, y se sentó en la cama con las manos recogidas en el regazo.

No estaba en absoluto de acuerdo con la evaluación de su padre.

Ella sí que podría haber hecho algo. Ser la esposa del rey-dios le habría dado influencia en la corte.

Todo el mundo sabía que el propio rey-dios se mostraba distante en lo referente a la política de su nación, pero, sin duda, su esposa podría haber influido en algo a la hora de defender los intereses de Idris.

¿Y su padre había echado eso a perder?

«Debe de estar convencido de que no hay nada que hacer para detener la invasión».

Eso convertía el haber enviado a Siri en otra mera maniobra política para ganar tiempo, lo que Idris llevaba haciendo desde hacía décadas.

Fuera como fuese, si el sacrificio de una hija de la realeza a Hallandren era tan importante, entonces tendría que haberle correspondido ir a Vivenna.

Siempre había sido su deber prepararse para el matrimonio con el rey-dios. No el de Siri, ni el de Fafen. El suyo.

No se sentía agradecida por haberse salvado. Tampoco sentía que serviría mejor a Idris quedándose en Bevalis. Si su padre moría, Yarda sería más adecuado que Vivenna para gobernar durante la guerra. Además, a Ridger, el hermano menor de Vivenna, lo habían educado como heredero durante años.

Ella había sido preservada sin motivo. Parecía, en cierto modo, un castigo. Había obedecido, se había preparado, aprendido y ejercitado. Todo el mundo decía que era perfecta. ¿Por qué, entonces, no era lo bastante buena para servir como se había pretendido?

No tenía ninguna respuesta satisfactoria. Solo podía sentarse y vacilar, con las manos quietas en el regazo, y enfrentarse a la horrible verdad. Le habían robado su propósito en la vida para dárselo a otra. Ahora era una persona redundante. Inútil.

De escasa importancia.

—Pero ¿cómo se le ocurre? —estalló Siri.

Colgaba casi fuera de la ventanilla del carruaje, que se sacudía con los baches del camino de tierra. Un soldado joven marchaba junto al vehículo, con aspecto incómodo bajo el sol de la tarde.

—A ver, en serio —insistió ella—. ¡Mira que enviarme a mí a casarme con el rey de Hallandren! Menuda tontería, ¿verdad? Seguro que habrás oído las cosas que hago. Me escapo cuando no me ven. Me salto mis lecciones. ¡Me dan arrebatos de genio, por todos los colores!

Por toda reacción, el guardia le lanzó una mirada con el rabillo del ojo.

En realidad, a Siri le daba igual. No estaba gritándole a él, sino solo gritando.

Colgaba de la ventanilla en precario equilibrio, sintiendo cómo el viento jugaba con su lacia melena rojiza y avivaba su ira. La furia le impedía llorar.

Las colinas de las tierras altas de Idris, tapizadas de verde por la primavera, habían ido quedando atrás con el paso de los días.

De hecho, cabía la posibilidad de que ya hubieran entrado en Hallandren: la frontera entre los dos reinos era imprecisa, lo cual no tenía nada de extraño, dado que hasta la Multiguerra habían constituido una sola nación.

Siri miró al pobre guardia, cuya única forma de tratar con una princesa airada era hacer como si no existiera.

Luego por fin volvió a desplomarse en el interior del carruaje.

No tendría que haberlo tratado así, pero…

bueno, acababan de venderla como si fuera un lomo de cordero, condenada por un documento redactado años antes de que hubiera nacido.

Si alguien tenía derecho a un berrinche, era Siri.

«Igual esa es la razón de todo esto —pensó, cruzando los brazos sobre el borde de la ventanilla—. A lo mejor padre se había hartado de mis berrinches y solo quería librarse de mí».