Capítulo 1 #2
Mab se volvió para coger algo de la mesa, y cuando miró hacia atrás, Siri ya había salido corriendo por la puerta en dirección a las cuadras reales.
Minutos más tarde, galopaba lejos del palacio, llevando su capa marrón favorita, sintiendo un estremecimiento de emoción que volvió su pelo de un rubio brillante.
Una bonita cabalgada sería una buena manera de redondear el día.
A fin de cuentas, su castigo sería el mismo.
Dedelin, rey de Idris, depositó la carta sobre la mesa. La había contemplado largo rato. Era hora de decidir si enviaría o no a su hija mayor a la muerte.
A pesar de la llegada de la primavera, sus aposentos estaban fríos.
El calor era cosa rara en las tierras altas de Idris, anhelado y disfrutado, pues los veranos eran breves.
Los aposentos estaban también desnudos. Había belleza en la sencillez.
Ni siquiera un rey tenía derecho a mostrar arrogancia haciendo ostentación.
Dedelin se levantó y contempló el patio por la ventana.
El palacio era pequeño según los baremos del mundo, de un solo piso de altura, con un tejado de madera en pico y achaparrados muros de piedra.
Pero era grande según los baremos de Idris, y bordeaba lo ampuloso.
Se le podía perdonar, pues el palacio era también una sala de reuniones y el centro de operaciones de todo su reino.
El rey alcanzaba a ver al general Yarda con el rabillo del ojo. El hombretón esperaba, las manos a la espalda, la hirsuta barba recogida en tres trenzas. Era la otra única persona presente en la sala.
Dedelin volvió a mirar la carta. El papel era rosa brillante, y el color chillón destacaba en su mesa como una gota de sangre sobre la nieve. El rosa era un color que nunca se veía en Idris. Pero en Hallandren, centro de la industria de tintes del mundo, esos tonos de mal gusto eran comunes.
—¿Y bien, viejo amigo? —preguntó Dedelin—. ¿Tienes algún consejo que darme?
El general Yarda negó con la cabeza.
—La guerra se avecina, majestad. La siento en los vientos y la leo en los informes de nuestros espías. Hallandren sigue considerándonos rebeldes, y nuestros pasos hacia el norte son demasiado tentadores. Atacarán.
—Entonces no debería enviarla —dijo Dedelin, mirando de nuevo por la ventana hacia el patio, lleno de gente ataviada con pieles y abrigos que venía al mercado.
—No podemos detener la guerra, majestad —dijo Yarda—. Pero… podemos retrasarla.
Dedelin se volvió.
Yarda dio un paso adelante y habló en voz baja.
—No es buen momento. Nuestras tropas aún no se han recuperado de esas incursiones vendis del otoño pasado, y con los incendios de los graneros este invierno…
—Sacudió la cabeza—. No podemos permitirnos librar una guerra defensiva en verano.
Nuestro mejor aliado contra Hallandren son las nieves.
No podemos dejar que este conflicto se desarrolle según sus términos. Si lo hacemos, estamos acabados.
Todas esas palabras tenían sentido.
—Majestad —prosiguió Yarda—, están esperando a que rompamos el tratado y tener una excusa para atacar. Si nos movemos primero, golpearán.
—Si cumplimos el tratado, lo harán también —replicó Dedelin.
—Pero más tarde. Quizá meses más tarde. Ya sabéis lo lenta que es la política hallandrense. Si cumplimos el tratado, habrá debates y discusiones. Solo con que duren hasta las nieves, habremos ganado el tiempo que tanto necesitamos.
Tenía sentido. Un sentido sincero y brutal.
Durante los últimos años, Dedelin había ganado tiempo y visto cómo la corte de Hallandren se volvía cada vez más agresiva, más agitada.
Cada año había voces pidiendo que se atacara a los «idrianos rebeldes» que vivían en las tierras altas.
Cada año esas voces se hacían más estridentes y abundantes.
Y cada año la diplomacia conciliadora de Dedelin mantenía a los ejércitos a raya.
Había esperado que tal vez el líder rebelde Vahr y sus disidentes de Pahn Kahl distrajeran la atención de Idris, pero Vahr había sido capturado y su supuesto ejército desmantelado.
Sus acciones solo habían servido para que Hallandren se concentrara más en sus enemigos.
La paz no duraría. No con Idris madura, no con lo valiosas que eran las rutas comerciales.
No con la actual cosecha de dioses de Hallandren, que parecían mucho más erráticos que sus predecesores.
Dedelin sabía todo eso. Pero también sabía que incumplir el tratado sería una locura.
Cuando te arrojan al cubil de una bestia, no osas provocar su furia.
Yarda se unió a él junto a la ventana y miró al exterior, apoyando un codo contra el marco. Era un hombre duro nacido en inviernos duros. Pero también era un hombre bueno, el mejor que Dedelin había conocido, y una parte del rey anhelaba casar a Vivenna con el hijo del general.
Era absurdo. Dedelin había sabido siempre que llegaría ese día.
Él mismo había redactado el tratado, que exigía enviar a su hija a casarse con el rey-dios.
Hallandren necesitaba una hija de sangre real para volver a introducir el linaje tradicional en su monarquía.
Era algo que los depravados y engreídos habitantes de las tierras bajas codiciaban desde hacía tiempo, y esa cláusula específica del tratado era la única garantía que había salvado a Idris durante veinte años.
El tratado había sido el primer acto oficial del reinado de Dedelin, alcanzado mediante arduas negociaciones tras el asesinato de su padre.
Dedelin apretó los dientes. Qué poco había tardado en plegarse a los caprichos de sus enemigos.
Sin embargo, volvería a hacerlo: un monarca idriano haría cualquier cosa por su pueblo.
Esa era la gran diferencia entre Idris y Hallandren.
—Si la enviamos, Yarda, la mandaremos a la muerte —dijo Dedelin.
—Tal vez no le hagan daño —respondió Yarda al cabo de un momento.
—Sabes que es imposible. Lo primero que harán cuando llegue la guerra es usarla contra mí. Se trata de Hallandren. ¡Invitan a los despertantes a sus palacios, por el amor de Austre!
Yarda guardó silencio. Luego negó con la cabeza.
—Los últimos informes dicen que su ejército incluye ya a unos cuarenta mil sinvidas.
«Santo Dios de los Colores», pensó Dedelin, mirando de nuevo la carta. Su lenguaje era sencillo. Vivenna había cumplido veintidós años, y los términos del tratado estipulaban que Dedelin no podía esperar más.
—Enviar a Vivenna es un plan mediocre, pero es nuestro único plan —dijo Yarda—.
Con más tiempo, sé que podría atraer a Tedradel a nuestra causa, porque odian a Hallandren desde la Multiguerra.
Y quizá encontraría un modo de alzar la facción rota de los rebeldes de Vahr en el propio Hallandren.
Como mínimo, podríamos hacer acopio de suministros y vivir otro año.
—Se volvió hacia el rey—. Si no enviamos a los hallandrenses la princesa que anhelan, considerarán que la guerra es culpa nuestra.
¿Quién nos apoyará? ¡Exigen saber por qué nos negamos a cumplir el tratado que redactó nuestro propio rey!
—¡Y si les enviamos a Vivenna, introduciremos la sangre real en su monarquía, y eso les dará un argumento aún más legítimo para reclamar las tierras altas!
—Tal vez —admitió Yarda—. Pero, si los dos sabemos que van a atacar de todas formas, ¿qué más nos dan sus argumentos? Al menos, así tal vez esperen a que nazca un heredero antes de atacar.
Más tiempo. El general siempre pedía más tiempo. Pero ¿y si ese tiempo era a costa de la propia hija de Dedelin?
«Yarda no vacilaría en enviar a un soldado a la muerte si con eso ganara tiempo para situar al resto de sus tropas en mejor posición de ataque —pensó Dedelin—. Somos Idris. ¿Cómo puedo pedirle a mi hija menos de lo que le exigiría a uno de mis soldados?».
Solo pensar en Vivenna entre los brazos del rey-dios, obligada a engendrar el hijo de aquella criatura… casi le blanqueaba el cabello de preocupación. Ese vástago se convertiría en un monstruo mortinato que luego pasaría a ser el próximo dios retornado de los hallandrenses.
«Existe otra vía —susurró una parte de su mente—. No tienes por qué enviar a Vivenna».
Alguien llamó a la puerta con los nudillos. Yarda y él se giraron, y Dedelin dio permiso para pasar al visitante. Tendría que haber adivinado de quién se trataba.
Vivenna iba ataviada con un sobrio vestido gris.
Qué joven le parecía a Dedelin aún. Sin embargo, era la imagen perfecta de una mujer idriana: el pelo recogido en un modesto rodete, ningún maquillaje que atrajera la atención sobre su rostro.
No era tímida ni blanda, como algunas nobles de los reinos del norte.
Era simplemente serena. Serena, sencilla, dura y capaz. Idriana.
—Llevas aquí dentro varias horas, padre —dijo ella, e inclinó la cabeza ante Yarda en señal de respeto—. Los criados hablan de un sobre colorido que el general traía al entrar. Creo que sé lo que contiene.
Dedelin la miró a los ojos y le indicó que se sentase.
Vivenna cerró la puerta sin hacer ruido y acercó una silla de madera de las que había a un lado de la habitación.
Yarda permaneció de pie, al modo masculino.
Vivenna miró la carta sobre la mesa. Estaba tranquila, con el pelo controlado y mantenido de un respetuoso negro.
Era el doble de devota que Dedelin y, al contrario que su hermana menor, nunca llamaba la atención con arrebatos emotivos.
—Entiendo que debo prepararme para partir —dijo Vivenna, las manos sobre el regazo.
Dedelin abrió la boca, pero no pudo encontrar ninguna objeción. Miró a Yarda, quien meneó la cabeza, resignado.
—Me he preparado toda mi vida para esto, padre —prosiguió ella—. Estoy preparada. Pero Siri no se lo tomará nada bien. Ha salido a cabalgar hace una hora. Debería marcharme de la ciudad antes de su regreso. Eso evitará la escena que puede montar.
—Demasiado tarde —dijo Yarda con una mueca, y señaló con la cabeza hacia la ventana.
En el patio, la gente se dispersó mientras una figura entraba al galope por las puertas. Llevaba una túnica marrón oscuro casi demasiado colorida, y, por supuesto, llevaba el pelo suelto.
El pelo era amarillo.
Dedelin sintió que su rabia y su frustración crecían.
Solo Sisirinah podía hacerle perder el control.
Como en un irónico contrapunto a la fuente de su ira, sintió que su pelo cambiaba.
Para quien estuviera mirando, unos cuantos mechones de pelo en su cabeza se habrían decolorado de negro a rojo.
Era la marca distintiva de la familia real, que había huido a las tierras altas de Idris en el momento álgido de la Multiguerra.
Otros podían ocultar sus emociones. La casa real, en cambio, manifestaba lo que sentía en el mismísimo pelo de la cabeza.
Vivenna lo observó, prístina como siempre, y su serenidad dio fuerzas a Dedelin para convertir de nuevo su pelo en negro.
Controlar los traicioneros Mechones Reales requirió una fuerza de voluntad incomprensible para cualquier hombre corriente.
Dedelin no tenía ni idea de cómo Vivenna lo hacía tan bien.
«La pobre niña nunca ha tenido infancia», pensó.
Desde su nacimiento, la vida de Vivenna había apuntado hacia ese único acontecimiento.
Su primogénita, la niña que siempre le había parecido una parte de sí mismo, la niña que siempre lo había hecho sentirse orgulloso, la mujer que ya se había ganado el cariño y el respeto de su pueblo.
En su imaginación vio a la reina en la que podría convertirse, más fuerte incluso que él.
Alguien que podría guiarlos a través de los oscuros días venideros.
Pero solo si sobrevivía hasta entonces.
—Me prepararé para el viaje —dijo ella, poniéndose en pie.
—No —dijo Dedelin.
Yarda y Vivenna se volvieron para mirarlo.
—Padre —dijo la muchacha—, si rompemos este tratado, significará la guerra. Estoy preparada para sacrificarme por nuestro pueblo. Tú mismo me enseñaste eso.
—No irás —repuso Dedelin con firmeza, volviéndose hacia la ventana de nuevo.
Fuera, Siri reía con un mozo de cuadra. Se la oía incluso desde esa distancia.
El pelo se le había vuelto de un rojo llameante.
«Santo Dios de los Colores, perdóname —pensó Dedelin—.
Qué terrible decisión para un padre. El tratado es claro : debo enviar a los hallandrenses a mi hija cuando Vivenna cumpla veintidós años.
Pero en realidad no especifica a qué hija he de enviar».
Si no enviaba una de sus hijas a Hallandren, los atacarían de inmediato. Si enviaba a la que no era, podrían enfurecerse, pero Dedelin sabía que no atacarían. Esperarían hasta tener un heredero. Eso le concedería a Idris al menos nueve meses.
«Además —pensó—, si intentaran utilizar a Vivenna contra mí, sé que no podría impedirme a mí mismo ceder». Era vergonzoso admitirlo, pero, al final, eso fue lo que le hizo tomar la decisión.
Dedelin se volvió para mirarlos.
—Vivenna, no te casarás con el dios tirano de nuestros enemigos. Voy a enviar a Siri en tu lugar.