El aliento de los dioses Capítulo 1
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Capítulo 1

enía sus ventajas ser una persona de escasa importancia.

Era cierto que, según el baremo de muchas personas, Siri no era «de escasa importancia».

Al fin y al cabo, era hija de un rey. Por suerte, su padre tenía cuatro descendientes con vida, y Siri, a sus diecisiete años, era la más joven de todos.

Fafen, la hermana que la precedía en edad, había cumplido con los deberes familiares y se había unido a los monjes.

Por delante de Fafen estaba Ridger, el varón. El heredero al trono.

Y luego estaba Vivenna. Siri exhaló un suspiro mientras recorría el camino de regreso a la ciudad.

Vivenna, la primogénita, era… en fin, era Vivenna.

Hermosa, desenvuelta, perfecta en todos los aspectos.

Lo cual estaba bien, claro, teniendo en cuenta que se había prometido con un dios.

En cualquier caso, Siri, como cuarta hija, era redundante.

Vivenna y Ridger debían concentrarse en los estudios, y Fafen tenía que hacer su trabajo en los pastizales y en los hogares.

Pero Siri podía vivir con su escasa importancia.

Le permitía disfrutar de la naturaleza y perderse de vista durante horas seguidas.

A veces la gente se percataba, cómo no, y eso le había deparado problemas. Pero incluso su padre debía admitir que sus desapariciones no causaban graves inconvenientes. La ciudad se las apañaba sin Siri; de hecho, solía irle un poquito mejor cuando ella no andaba cerca.

Escasa importancia. Cualquier otro podría tomárselo como una ofensa. Para Siri era una bendición.

Entró en la ciudad con una sonrisa en los labios y atrajo las inevitables miradas.

Aunque en teoría Bevalis era la capital de Idris, no era demasiado grande y todo el mundo la reconoció al verla.

A juzgar por las historias que Siri había oído a comerciantes de paso, su hogar era apenas una aldea, comparada con las enormes metrópolis de otras naciones.

Le gustaba como era, con sus calles fangosas, las casas de techo de paja y las aburridas, aunque recias, murallas de piedra.

Las mujeres perseguían a los gansos que huían, los hombres tiraban de los burros cargados con semillas de primavera, y los niños sacaban a las ovejas a pastar.

Una ciudad grande en Xaka, Hudres o incluso el terrible Hallandren podría tener vistas exóticas, pero estaría repleta de multitudes sin rostro que gritarían y se apretujarían, y de nobles altivos.

No era algo que entusiasmara a Siri, que por lo general incluso consideraba a Bevalis demasiado bulliciosa para su gusto.

«Aun así —pensó, contemplando su sencillo vestido gris—, seguro que esas ciudades tendrán más colores. Eso sí que me gustaría verlo».

Su cabello no destacaría tanto allí. Como de costumbre, los largos mechones se habían vuelto rubios de alegría mientras estaba en el campo.

Se concentró, tratando de controlarlos, pero solo pudo reducir el color a un marrón opaco.

En cuanto dejó de concentrarse, su pelo recuperó el color de antes.

Nunca se le había dado muy bien controlarlo. No como a Vivenna.

Mientras atravesaba la ciudad, un grupo de figuras pequeñas empezó a seguirla.

Fingió no haber reparado en la presencia de los niños hasta que una se atrevió a correr hacia ella y tirarle del vestido.

Entonces Siri se dio media vuelta, sonriente.

La miraron con rostros solemnes. Incluso a esa edad, los niños idrianos estaban educados para evitar vergonzosos estallidos de emoción.

Según las enseñanzas austrinas, no había nada malo en los sentimientos, pero llamar con ellos la atención no era bueno.

Siri nunca había sido muy devota. No era culpa suya, razonaba, que Austre le hubiera otorgado una clara incapacidad para obedecer.

Los niños esperaron sin impacientarse hasta que Siri metió la mano en el delantal y sacó unas flores de vivos colores.

Los ojos de los niños se abrieron de par en par, admirando aquellos tonos intensos.

Tres de las flores eran azules, una amarilla.

Las flores destacaban contra la persistente monotonía de la ciudad. Aparte de lo que podía encontrarse en la piel y los ojos de la gente, no había ni una gota de color a la vista. Se habían encalado las piedras, teñido de gris o pardo las prendas de vestir. Todo para mantener el color a raya.

Pues sin color, no había despertantes.

La niña que había tirado de la falda de Siri cogió las flores con una mano y echó a correr con ellas, seguida por los otros niños. Siri vio reproche en los ojos de varios transeúntes. Pero ninguno de ellos se encaró con ella. Ser princesa, incluso una de escasa importancia, tenía sus ventajas.

Continuó su camino hacia el palacio. Era un edificio bajo de un solo piso, con un gran patio de tierra prensada. Siri evitó las multitudes de buhoneros en la puerta, dio la vuelta y entró por las cocinas. Mab, la cocinera, dejó de cantar cuando se abrió la puerta y miró a Siri.

—Tu padre te ha estado buscando, niña —dijo, y se volvió canturreando para atacar una pila de cebollas.

—Eso me temía.

Siri se acercó y olfateó una olla, de la que emanaba un reconfortante aroma a patatas cocidas.

—Ya te has ido otra vez a las montañas, ¿a que sí? Seguro que saltándote tus clases.

Siri sonrió y sacó otra de las brillantes flores amarillas para hacerla girar entre dos dedos.

Mab puso los ojos en blanco.

—Y sospecho que también has estado corrompiendo a los jóvenes de la ciudad. De verdad, niña, a tu edad ya tendrías que haber superado estas cosas. Tu padre va a decirte un par de palabras sobre tus responsabilidades.

—Me gustan las palabras. Y siempre aprendo algunas nuevas cuando padre se enfada. No debería descuidar mi educación, ¿no?

Mab resopló y mezcló unos pepinillos cortados con las cebollas.

—De verdad, Mab —dijo Siri, haciendo girar la flor, sintiendo que el tono de su pelo se volvía un poco rojizo—.

No entiendo cuál es el problema. Austre creó las flores, ¿no?

Puso los colores en ellas, así que no pueden ser malignas.

Quiero decir, lo llamamos el Dios de los Colores, al fin y al cabo.

—Las flores no son malignas —respondió Mab, añadiendo algo que parecía hierba a su mezcla—, suponiendo que se queden donde las puso Austre. No deberíamos usar la belleza de Austre para darnos importancia.

—Una flor no me hace parecer más importante.

—¿Ah, no? —repuso Mab, metiendo la hierba, el pepinillo y las cebollas en una de las ollas que tenía al fuego.

Golpeó el lado con el plano de su cuchillo, escuchó, asintió para sí y empezó a rebuscar más verduras bajo la encimera—.

Dime —prosiguió con voz amortiguada—, ¿de verdad crees que no has llamado la atención al caminar por la ciudad con una flor?

—Eso es solo porque la ciudad es muy gris. Si hubiera un poco de color, nadie se fijaría en una flor.

Mab se incorporó cargando con una caja con tubérculos.

—¿Y qué quieres, que lo decoremos todo como si fuera Hallandren?

Quizá deberíamos empezar a invitar a despertantes a la ciudad.

¿Qué te parecería eso? ¿Diablos que sorbieran las almas de los niños, que estrangularan a la gente con sus propias ropas?

¿Levantar a los muertos de las tumbas para usarlos como mano de obra?

¿Sacrificar mujeres en sus altares impíos?

Siri notó que su pelo se emblanquecía un poco de ansiedad. «¡Basta!», pensó. El pelo parecía tener mente propia y respondía a sus instintos.

—Eso de que sacrifiquen doncellas es solo un cuento —dijo—. En realidad no lo hacen.

—Los cuentos vienen de alguna parte.

—Sí, de viejas sentadas al calor del fuego en invierno. No creo que tengamos que estar tan asustados. Los hallandrenses van a seguir haciendo lo que quieran, y a mí me parece bien, siempre que nos dejen en paz.

Mab empezó a cortar verdura, sin levantar la cabeza.

—Tenemos el tratado, Mab —añadió Siri—. Mi padre y Vivenna se asegurarán de que estemos a salvo, y eso hará que los hallandrenses nos dejen en paz.

—¿Y si no?

—Lo harán. No te preocupes.

—Tienen mejores ejércitos —repuso Mab mientras cortaba una raíz de vanavel—, mejor acero, más comida y… y esas cosas. La gente se preocupa. A lo mejor tú no, pero las personas sensatas sí.

Costaba desoír sin más las palabras de la cocinera. Mab era sabia, más allá de su maña con las especias y los guisos. Sin embargo, también era asustadiza.

—Te preocupas por nada, Mab. Ya lo verás.

—Solo digo que es mal momento para que una princesa vaya por ahí con flores, haciéndose ver y coqueteando con la antipatía de Austre.

Siri suspiró.

—Muy bien, de acuerdo. —Arrojó la última de sus flores al puchero—. Ahora todos podremos destacar juntos.

Mab se detuvo y puso los ojos en blanco mientras seguía cortando.

—Supongo que eso sería una flor de vanavel.

—Pues claro. —Siri olisqueó la olla humeante—. Jamás se me ocurriría estropear un buen guiso. Y sigo diciendo que exageras.

Mab arrugó la nariz.

—Toma —dijo mientras sacaba otro cuchillo—. Haz algo útil. Hay raíces que picar.

—¿No debería ir a ver a mi padre? —preguntó Siri, cogiendo una retorcida raíz de vanavel para empezar a cortarla.

—Te enviará de vuelta aquí y te pondrá a trabajar en las cocinas como castigo —respondió Mab, utilizando el cuchillo para darle otro golpecito al puchero. Según ella, se podía juzgar cuándo estaba lista la comida por el sonido que hacía la olla.

—Que Austre me ayude como mi padre descubra que me gusta estar aquí abajo.

—Te gusta estar cerca de la comida —dijo Mab, sacando la flor del guiso y arrojándola a un lado—. En todo caso, no puedes ir a verlo. Está reunido con Yarda.

Siri no mostró ninguna reacción y se limitó a seguir con su tarea. Su pelo, sin embargo, se volvió rubio de emoción. «Las reuniones de mi padre con Yarda suelen durar horas —pensó—. No tiene mucho sentido estar allí esperando a que termine».