El aliento de los dioses Prólogo #2
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Prólogo #2

Conociendo la clase de hombres que solían vigilar esos calabozos, estaba relativamente seguro de que intentarían desenvainar a Sangre Nocturna. Eso le había dado la distracción que necesitaba para conseguir las llaves.

Pero la siguiente parte era la impredecible.

Se detuvo con un roce de su capa despertada.

Fue fácil localizar la celda que quería, pues a su alrededor una gran zona de piedra había perdido el color, dejando tanto las paredes como las puertas de un gris opaco.

Era un lugar concebido para aprisionar a un despertante, pues la ausencia de color le impediría despertar ningún objeto.

Vasher se acercó a la puerta y miró a través de los barrotes.

Un hombre colgaba del techo por los brazos, desnudo y encadenado.

Su color era vibrante a los ojos de Vasher, su piel de un pardo puro, sus magulladuras brillantes manchas de azul y violeta.

El hombre estaba amordazado. Otra precaución.

Para despertar, necesitaría tres cosas: aliento, color y un Mandato.

Las armonías y los matices, lo llamaban algunos.

Los Tonos Iridiscentes, la relación entre color y sonido.

Había que pronunciar un Mandato claro y firme en la lengua materna del despertante: cualquier tartamudeo o cualquier fallo de pronunciación, invalidaría el despertar.

El aliento brotaría, pero el objeto no podría actuar.

Vasher empleó las llaves de la prisión para abrir la puerta de la celda y entró. El aura de ese hombre hacía que los colores se volvieran mucho más brillantes cerca de él. Cualquiera podría advertir un aura tan fuerte, aunque era más fácil para alguien que hubiera alcanzado la primera elevación.

No era el aura biocromática más fuerte que Vasher hubiera visto nunca; esas pertenecían a los retornados, conocidos como dioses allí en Hallandren.

Pero el biocroma del prisionero no dejaba de ser impresionante, mucho más fuerte que el del propio Vasher.

El preso tenía un montón de alientos. Cientos y cientos.

El hombre se balanceaba en sus ataduras, estudiando a Vasher, con los amordazados labios sangrando por la deshidratación. Tras una breve vacilación, Vasher extendió la mano y retiró la mordaza.

—¿Tú? —susurró el prisionero, y tosió un poco—. ¿Vienes a liberarme?

—No, Vahr —dijo Vasher en voz baja—. Vengo a matarte.

Vahr bufó. El cautiverio no había sido fácil para él. La última vez que Vasher lo había visto, Vahr estaba rechoncho. A juzgar por su cuerpo demacrado, llevaba tiempo sin comer. Los cortes, magulladuras y marcas de quemaduras en su piel eran recientes.

Pero la tortura y la expresión turbada de sus ojos macilentos revelaban una solemne verdad. El aliento solo podía transferirse mediante un Mandato expreso e intencionado. Pero ese Mandato sí que podía incentivarse.

—Así que me juzgas —graznó Vahr—, como hace todo el mundo.

—Tu fracasada rebelión no es asunto mío. Solo quiero tu aliento.

—Tú y toda la corte de Hallandren.

—Sí, pero no vas a dárselo a uno de los retornados. Vas a dármelo a mí. A cambio de que te mate.

—No me parece ninguna maravilla de trato.

Había una dureza, un vacío emocional en Vahr que Vasher no había visto la última vez que se separaron, años antes.

«Qué extraño —pensó— que al final, después de todo este tiempo, encuentre algo en él con lo que pueda identificarme».

Mantuvo las distancias con Vahr. Teniendo la voz libre, el prisionero podía Mandar.

Pero solo estaba en contacto con las cadenas de metal, y el metal era notablemente difícil de despertar.

Nunca había estado vivo y distaba mucho de tener forma humana.

Incluso en el apogeo de su poder, Vasher solo había podido despertar metal en unas pocas ocasiones contadas.

Cierto era que los despertantes más poderosos eran capaces de animar algunos objetos sin necesidad de tocarlos, solo con que estuviesen al alcance de su voz.

Pero hacerlo requería la novena elevación.

Ni siquiera Vahr poseía tanto aliento. De hecho, Vasher solo sabía de una persona viva que lo tuviera: el rey-dios en persona.

Por tanto, casi con toda seguridad, Vasher estaba a salvo.

Vahr tenía una gran riqueza en alientos, pero nada que despertar.

Vasher rodeó al hombre encadenado y encontró muy difícil mostrarle comprensión alguna.

Vahr se había ganado su destino. Pero los sacerdotes no lo dejarían morir mientras contuviera tanto aliento.

Si moría, se desperdiciaría. Se perdería. Sería irrecuperable.

Ni siquiera el gobierno de Hallandren, con sus estrictas leyes sobre la compra y el traspaso de alientos, podía dejar que semejante tesoro se perdiera.

Lo deseaban tanto que retrasaban la ejecución incluso de un criminal tan notorio como Vahr.

No tardarían en maldecirse por no haberlo vigilado mejor.

Pero también era cierto que Vasher llevaba dos años esperando una oportunidad como esa.

—¿Y bien? —preguntó Vahr.

—Dame el aliento, Vahr —respondió Vasher, dando un paso adelante.

Vahr bufó.

—Dudo que tengas la habilidad de los torturadores del rey-dios, Vasher…, y llevo dos semanas resistiéndome a ellos.

—Te sorprendería. Pero eso no importa. Vas a darme tu aliento. Sabes que solo tienes dos opciones. Dármelo a mí o dárselo a ellos.

Vahr colgaba de las muñecas, girando lentamente. En silencio.

—No tienes mucho tiempo para pensártelo —añadió Vasher—. De un momento a otro, alguien descubrirá a los guardias muertos ahí fuera. Dará la alarma. Te dejaré aquí, volverán a torturarte y acabarás por rendirte. Entonces todo el poder que has acumulado irá a la misma gente que juraste destruir.

Vahr miró al suelo. Vasher lo dejó reflexionar unos instantes y vio que la realidad de la situación le quedaba clara. Al cabo, Vahr levantó la cabeza.

—Esa… cosa que llevas. ¿Está aquí, en la ciudad?

Vasher asintió.

—¿Esos gritos que he oído… son cosa suya?

Vasher volvió a asentir.

—¿Cuánto tiempo estarás en T’Telir?

—Una temporada. Un año, tal vez.

—¿Utilizarás esa cosa contra ellos?

—Mis objetivos son cosa mía, Vahr. ¿Aceptas mi trato o no? Una muerte rápida a cambio de esos alientos. Una cosa te prometo: tus enemigos jamás los tendrán.

Vahr guardó silencio.

—Son tuyos —susurró por fin.

Vasher se acercó y posó la mano sobre la frente de Vahr, cuidando de que nada de su ropa tocara la piel del hombre, no fuera a ser que absorbiera color para despertar.

Vahr no se movió. Parecía aturdido. Entonces, justo cuando Vasher empezaba a temer que hubiera cambiado de opinión, Vahr exhaló aliento.

El color se borró de él. La hermosa iridiscencia, el aura que le hacía parecer majestuoso a pesar de sus ligaduras y cadenas, fluyó de su boca y pendió en el aire, como una bruma titilante. Vasher la absorbió, cerrando los ojos.

—Mi vida a la tuya —Mandó Vahr, con un atisbo de desesperación en la voz—. Mi aliento es tuyo.

El aliento fluyó hacia Vasher y todo se volvió vibrante.

Su capa marrón pareció de pronto rica en intenso color.

La sangre del suelo era de un rojo brillante, como una llamarada.

Incluso la piel de Vahr parecía una obra maestra de color, la superficie marcada por profundos pelos negros, magulladuras azules y nítidos cortes rojos.

Habían pasado años desde la última vez que Vasher sintiera tanta… vida.

Jadeó, cayó de rodillas abrumado y tuvo que apoyar una mano en el suelo para no desplomarse de bruces. «¿Cómo he vivido sin esto?», pensó.

Sabía que sus sentidos no habían mejorado y, sin embargo, se sentía mucho más alerta.

Más consciente de la belleza de la sensación.

Cuando tocó el suelo de piedra, se maravilló de su aspereza.

Y el sonido del viento entrando por el ventanuco del calabozo.

¿Siempre había sido tan melódico? ¿Cómo podía no haberse dado cuenta antes?

—Cumple tu parte del trato —dijo Vahr.

Vasher advirtió los matices de su voz, la belleza de cada uno, lo cerca que estaban de lo armónico. Vasher había adquirido el tono perfecto. Un don para quien alcanzase la segunda elevación. Era bueno volver a tenerlo.

Por supuesto, Vasher podría llegar a la quinta elevación en cualquier momento, si lo deseaba. Pero requeriría ciertos sacrificios que no estaba dispuesto a hacer. Por eso se obligaba a hacerlo a la antigua usanza, recogiendo alientos de gente como Vahr.

Se irguió y sacó el pañuelo incoloro que había utilizado antes. Lo arrojó sobre el hombro de Vahr y exhaló aliento.

No se molestó en dar forma humana al pañuelo, ni necesitó tampoco emplear una brizna de su cabello o su piel como foco, aunque sí hubo de absorber el color de su camisa.

Vasher miró a los resignados ojos de Vahr.

—Estrangula cosas —Mandó, rozando con los dedos el tembloroso pañuelo.

Se retorció de inmediato, extrayendo una cantidad de aliento enorme, aunque ya intrascendente. El pañuelo se enroscó veloz en torno al cuello de Vahr y se tensó, ahogándolo. Vahr no se debatió ni boqueó, sino que se limitó a mirar a Vasher con odio hasta que sus ojos se desorbitaron y murió.

Odio. Vasher había conocido odio más que de sobra a lo largo de su vida.

Extendió la mano, recuperó su aliento del pañuelo y dejó a Vahr colgando en la celda.

Recorrió la prisión en silencio, admirando la tonalidad de las maderas y las piedras.

Cuando ya llevaba caminando un tiempo, advirtió un nuevo color en el pasillo. Rojo.

Sorteó el charco de sangre, que se expandía por el suelo inclinado de la mazmorra, y entró en la sala de los guardias.

Los tres hombres yacían sin vida. Uno estaba sentado en una silla.

Sangre Nocturna, todavía en su vaina puntiaguda, estaba empalada en el pecho del hombre, atravesándolo.

Bajo la funda plateada se veía una pulgada de lustrosa hoja negra.

Vasher envainó el arma por completo de nuevo y aseguró el cierre.

Hoy lo he hecho muy bien , dijo una voz en su mente.

Vasher no le respondió a la espada.

Los he matado a todos , continuó Sangre Nocturna. ¿No estás orgulloso de mí?

Él cogió el arma, acostumbrado a su inusitada ligereza, y la cargó con una mano. Recuperó su morral y se lo echó al hombro.

Sabía que te quedarías impresionado , dijo Sangre Nocturna en tono satisfecho.