El aliento de los dioses Prólogo
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El aliento de los dioses

El aliento de los dioses

Por Brandon Sanderson

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Prólogo

nteresante, cuántas cosas empiezan conmigo arrojado a la cárcel», pensó Vasher.

Los tres guardias rieron y cerraron la puerta de golpe. Vasher se levantó, se sacudió el polvo y meneó el hombro con una mueca de dolor.

Aunque la mitad inferior de la puerta era de gruesa madera, la superior tenía barrotes, y vio a los guardias abrir su gran morral y rebuscar entre sus pertenencias.

Uno de ellos advirtió su mirada. Era un hombretón bestial de cabeza afeitada, cuyo uniforme sucio apenas conservaba los brillantes colores amarillos y azules de la guardia de la ciudad de T’Telir.

«Colores brillantes —pensó Vasher—. Tendré que acostumbrarme de nuevo a ellos».

En cualquier otra nación, aquellos azules y amarillos tan chillones habrían quedado ridículos en los soldados.

Pero aquello era Hallandren, la tierra de los dioses retornados, los servidores sinvida, la investigación biocromática y, por supuesto, el color.

El corpulento guardia se acercó a la puerta de la celda, dejando a sus amigos entretenerse con las pertenencias de Vasher.

—Dicen que eres bastante duro —dijo, evaluando a Vasher con la mirada.

No obtuvo respuesta.

—El tabernero dice que derrotaste a unos veinte hombres en una pelea. —El guardia se frotó la mandíbula—. A mí no me pareces tan duro. En todo caso, deberías haber sabido que no te conviene pegarle a un sacerdote. Los demás pasarán una noche entre rejas. Pero a ti… te colgarán. Idiota incoloro.

Vasher se dio media vuelta. Su celda era funcional, aunque falta de originalidad. Una fina rendija en lo alto de una pared dejaba entrar la luz, las paredes de piedra rezumaban agua y moho, y en un rincón se descomponía una pila de paja seca.

—¿Haces como si no estuviera? —preguntó el guardia, acercándose a la puerta.

Los colores de su uniforme se avivaron, como si hubiera entrado en una zona más iluminada.

Fue un cambio leve. A Vasher ya no le quedaba mucho aliento, por lo que su aura no afectaba mucho a los colores que lo rodeaban.

El guardia no advirtió el cambio en el color, igual que no lo había advertido en la taberna, cuando sus colegas y él recogieron a Vasher del suelo y lo arrojaron al carro.

El cambio era tan sutil a simple vista que resultaba casi imposible de detectar.

—Vaya, vaya —dijo uno de los que rebuscaban en el morral—. ¿Qué es esto?

A Vasher siempre le había parecido interesante que quienes vigilaban las mazmorras solían ser tan malos, o peores, que aquellos a quienes vigilaban.

Tal vez era deliberado. A la sociedad no parecía importarle si esos hombres estaban dentro o fuera de las celdas, mientras se mantuviesen apartados de la gente honrada.

Suponiendo que tal cosa existiera.

El guardia sacó un objeto largo envuelto en lino blanco. Silbó mientras desenvolvía la tela, revelando una espada larga de hoja fina en una vaina plateada. La empuñadura era de un color negro puro.

—¿A quién creéis que le habrá robado esto?

El líder de los guardias miró a Vasher, quizá preguntándose si sería alguna clase de noble.

Aunque en Hallandren no existiera la aristocracia, muchos reinos vecinos tenían sus lores y damas.

Sin embargo, ¿qué noble llevaría una sucia capa marrón llena de desgarrones?

¿Qué noble tendría magulladuras de una pelea de taberna, barba de varios días y unas botas gastadas tras años de caminar?

El guardia se volvió, al parecer convencido de que Vasher no era ningún lord.

Llevaba razón. Y se equivocaba.

—Déjame ver eso —dijo, y cogió la espada.

Gruñó mientras la alzaba, claramente sorprendido por su poco peso. La giró, fijándose en el cierre que sujetaba la vaina a la empuñadura e impedía desenvainarla. Lo abrió.

Los colores de la habitación se intensificaron. No se volvieron más brillantes como había sucedido con el jubón del guardia cuando se acercó a Vasher. Se hicieron más fuertes. Más oscuros. Los rojos se volvieron granate. Los amarillos se endurecieron a dorado. Los azules tendieron hacia el marino.

—Ten cuidado, amigo —dijo Vasher en voz baja—. Esa espada puede ser peligrosa.

El guardia alzó la mirada. Todo estaba en silencio. El guardia bufó y se alejó de la celda, llevándose la espada. Los otros dos lo siguieron con el morral de Vasher y entraron en la sala de guardia, al fondo del pasillo.

La puerta se cerró de golpe. Al instante, Vasher se arrodilló junto al montón de paja y seleccionó un puñado de briznas recias.

Sacó unos hilos de su capa, que empezaba a ajarse por abajo, y ató la paja hasta darle la forma de una persona pequeña, de unos ocho centímetros de altura, con brazos y piernas hirsutos.

Se arrancó un pelo de una ceja, lo colocó en la cabeza de la figura, rebuscó en su bota y sacó un brillante pañuelo rojo.

Vasher exhaló aliento.

Brotó de él hinchándose en el aire, traslúcido pero radiante, del color del aceite sobre agua al sol. Lo sintió fluir: aliento biocromático, lo llamaban los eruditos. La mayoría lo llamaban solo aliento. Cada persona tenía uno. O, al menos, eso era lo normal. Una persona, un aliento.

Vasher tenía unos cincuenta, los suficientes para llegar por los pelos a la primera elevación.

Tener tan pocos le hacía sentirse pobre comparado con lo que una vez tuvo, pero muchos considerarían cincuenta alientos un gran tesoro.

Por desgracia, incluso despertar una figura pequeña hecha de materia orgánica, usando algo procedente de su propio cuerpo como foco, consumió la mitad de sus alientos.

La figurita de paja se sacudió, absorbiendo el aliento. En la mano de Vasher, la mitad del brillante pañuelo rojo se decoloró a gris. Vasher se agachó, imaginando lo que quería que hiciera la figura, y completó el último paso del proceso con un Mandato:

—Trae llaves.

La figura de paja se levantó y alzó su única ceja hacia Vasher.

Este señaló la sala de los guardias, donde se oyeron unos repentinos gritos de sorpresa.

«Ya no falta mucho», pensó.

La personita de paja corrió por el suelo, saltó y atravesó el hueco entre los barrotes.

Vasher se quitó la capa y la colocó en el suelo.

Tenía la forma perfecta de una persona, marcada con desgarrones que recreaban las cicatrices del cuerpo de Vasher, y su capucha tenía unos agujeros cortados que hacían las veces de sus ojos.

Cuanto más se parecía un objeto a la hechura y la forma humana, menos alientos hacían falta para despertarlo.

Se agachó, tratando de no pensar en los días en que tenía suficientes alientos para despertar cosas sin preocuparse por la forma ni el foco. Había sido una época diferente. Con un respingo, se arrancó un mechón de la cabeza y lo esparció por la capucha de la capa.

Una vez más, exhaló aliento.

Necesitó agotar todo el que le quedaba. Sin él, viendo cómo temblaba la capa y cómo el pañuelo perdía el resto de su color, se sintió…

más tenue. Perder el aliento propio no era letal.

De hecho, los alientos adicionales que Vasher usaba habían pertenecido a otra gente.

Vasher no sabía a quiénes; no había recolectado esos alientos él mismo.

Se los habían dado. Así se suponía que funcionaba siempre.

No se podía tomar alientos por la fuerza.

Pero estar vacío de aliento sí que tuvo el efecto de cambiarlo.

Los colores ya no le parecían tan brillantes.

No podía sentir el bullir de la gente deambulando arriba en la ciudad, una Conexión que por lo general daba por sentada.

Era la conciencia que todas las personas tenían de otras, eso que susurraba una advertencia, en la modorra del sueño, cuando alguien entraba en la habitación.

En Vasher, ese sentido se había amplificado cincuenta veces.

Y acababa de desaparecer, absorbido por la capa y la personita de paja, para darles poder.

La capa se agitó. Vasher se agachó.

—Protégeme —pronunció como Mandato, y la capa se quedó quieta.

Vasher se levantó y volvió a ponérsela. La figura de paja regresó a la celda. Llevaba un gran aro con llaves. Sus piececitos estaban manchados de rojo. ¡Qué apagado le parecía el escarlata de la sangre ahora!

Cogió las llaves.

—Gracias —dijo. Siempre daba las gracias. No sabía por qué, sobre todo teniendo en cuenta lo que hizo a continuación—. Tu aliento, al mío —Mandó, tocando el pecho de la figura, que de inmediato cayó desde la puerta, despojada de vida, y Vasher recuperó su aliento.

El familiar sentido de conciencia regresó, el conocimiento de Conexión, de encaje.

Solo podía reclamar el aliento porque él mismo había despertado a esa criatura.

De hecho, los despertares de esa clase rara vez eran permanentes.

Vasher usaba su aliento como una reserva, entregándolo para recuperarlo de nuevo más tarde.

Comparado con lo que tuvo una vez, veinticinco alientos era un número ridículo. Pero comparado con nada, parecía infinito. Se estremeció de satisfacción.

Los gritos de la sala de guardia se apagaron. Las mazmorras quedaron en silencio. Tenía que empezar a moverse.

Vasher metió la mano entre los barrotes y usó las llaves para abrir la celda.

Empujó la gruesa puerta y corrió por el pasillo, dejando la figura de paja olvidada en el suelo.

No se dirigió a la sala de los guardias para alcanzar la salida al otro lado, sino que giró en dirección sur y se internó más en las mazmorras.

Esta era la parte más precaria de su plan.

Encontrar una taberna frecuentada por sacerdotes de los Tonos Iridiscentes había sido bastante fácil.

Meterse en una pelea y agredir a uno de dichos sacerdotes resultó igual de sencillo.

Hallandren se tomaba muy en serio a sus figuras religiosas, y Vasher se había ganado no el habitual encierro en la cárcel local, sino un viaje a los calabozos del rey-dios.