Capítulo 10 #2
—¿Sabes, princesa? —dijo Denth desde atrás—. Nadie les cuenta las cosas a los mercenarios. Es una pega lamentable, pero muy real, de nuestra profesión. No se fían de nosotros nunca. No nos piden consejo.
Ella se volvió para mirarlo. Estaba apoyado en la puerta, con Tonk Fah no muy lejos. Parlin estaba allí también, sujetando aquel ridículo sombrero verde entre los dedos.
—Pero ojo, si alguien me pidiera mi opinión —continuó diciendo Denth—, le señalaría cuánto valen esos alientos. Vendiéndolos, tendrías suficiente dinero como para comprar tu propia red de espías… o más o menos cualquier cosa que quisieras.
Vivenna miró de nuevo al moribundo. Murmuraba para sí.
—Si muere —añadió Denth—, ese aliento morirá con él. Todo.
—Una lástima —dijo Tonk Fah.
Vivenna palideció.
—¡No traficaré con el alma de nadie! No me importa cuánto valga.
—Como quieras —dijo Denth—. Pero espero que nadie sufra cuando tu misión fracase.
«Siri…».
—No —dijo Vivenna, en parte para sí misma—. No podría tomarlos.
Era cierto. Incluso la idea de dejar que el aliento de otra persona se mezclara con el suyo, la idea de absorber un alma ajena en su propio cuerpo, la asqueaba.
Se volvió hacia el espía moribundo. Su biocroma ardía brillante y sus sábanas prácticamente resplandecían. Era mejor dejar que el aliento muriera con él.
Pero, sin Lemex, Vivenna no tendría ninguna ayuda en la ciudad, nadie para guiarla y proporcionarle refugio.
Apenas había traído dinero suficiente para alojamiento y comida, no digamos ya para sobornos ni suministros.
Se dijo que tomar el aliento sería como usar artículos encontrados en una cueva de bandidos.
¿Había que renunciar a ellos, solo porque se hubieran adquirido por medios delictivos?
La formación y las lecciones de Vivenna le susurraban que necesitaba recursos desesperadamente, y que el daño ya estaba hecho…
«¡No! —pensó de nuevo—. ¡No está bien y punto! No puedo quedármelo. No podría hacerlo».
Aunque quizá sería buena idea dejar que otra persona se quedara con los alientos durante un tiempo.
Así ella tendría tiempo para pensar con calma qué hacer con ellos.
Tal vez… tal vez incluso encontrar la gente a quien se los habían quitado y devolverlos.
Se dio la vuelta y miró a Denth y Tonk Fah de nuevo.
—No me mires así, princesa —dijo Denth, riendo—. Veo el brillo en tus ojos. No voy a tomar ese aliento por ti. Tener tanto biocroma hace que un hombre sea demasiado importante.
Tonk Fah asintió.
—Sería como pasear por la ciudad con una bolsa de oro a la espalda.
—Me gusta mi aliento tal y como está —dijo Denth—. Solo necesito uno, y me funciona de maravilla. Me mantiene con vida, no llama la atención y siempre puedo venderlo en caso de necesidad.
Vivenna miró a Parlin. Pero… no, no podría obligarlo a aceptar el aliento. Se volvió hacia Denth una vez más.
—¿A qué tipo de cosas te obliga tu acuerdo con Lemex?
Denth miró a Tonk Fah y luego otra vez a Vivenna. La expresión de sus ojos fue suficiente. Le habían pagado por obedecer. Aceptaría el aliento si ella se lo ordenaba.
—Ven aquí —dijo Vivenna, señalando un taburete que había a su lado.
Él se acercó, reacio.
—¿Sabes, princesa? —dijo, sentándose—. Si me das ese aliento, podría escaparme con él y ya está. Sería un hombre rico. No te interesa poner ese tipo de tentación en manos de un mercenario sin escrúpulos, ¿a que no?
Ella vaciló.
«Si huye con él, ¿qué habré perdido?». Eso le resolvería un montón de problemas.
—Tómalo —ordenó.
Él negó con la cabeza.
—No es así como funciona. Nuestro amigo, aquí presente, debe entregármelo.
Ella miró al anciano.
—Te…
Empezó a ordenarle a Lemex que lo hiciera, pero entonces se lo pensó mejor. Austre no querría que ella tomara el aliento, bajo ninguna circunstancia, porque quien arrebataba el aliento a un semejante era peor que un esclavista.
—No —dijo—. No, he cambiado de opinión. No tomaremos el aliento.
En ese preciso instante, Lemex dejó de murmurar. Alzó la cabeza y miró a Vivenna a los ojos.
Su mano todavía le sujetaba el brazo.
—Mi vida a la tuya —dijo Lemex con voz extrañamente clara, agarrándola con fuerza mientras ella intentaba apartarse de golpe—. ¡Mi aliento es tuyo!
Una vibrante nube de aire trémulo e iridiscente brotó de su boca y voló hacia ella.
Vivenna cerró su propia boca, con los ojos como platos y el pelo blanco.
Logró zafar el brazo de la presa de Lemex, mientras la cara del anciano se apagaba, sus ojos perdían el brillo, los colores a su alrededor se desvanecían.
El aliento salió disparado hacia ella. Su boca cerrada no tuvo ningún efecto; el aliento la golpeó como una fuerza física y se extendió por todo su cuerpo.
Vivenna dio un respingo y cayó de rodillas mientras el cuerpo le temblaba con perverso placer.
De pronto pudo sentir a la otra gente en la habitación.
Percibió que la observaban. Y, como si hubieran encendido una luz, todo a su alrededor se volvió más vibrante, más real, más vivo.
Jadeó, temblando asombrada. Oyó vagamente que Parlin llegaba corriendo a su lado y decía su nombre. Pero, extrañamente, lo único que pudo pensar Vivenna fue en la melódica cualidad de su voz. Podía detectar cada tono en cada palabra que pronunciaba. Los reconoció instintivamente.
«¡Austre, Dios de los Colores! —pensó, equilibrándose con una mano apoyada en el suelo de madera mientras los temblores remitían—. ¿Qué he hecho?».