Capítulo 30 Zoe y Matt #3
Él explica que mis abuelos ingresaron sobre el mediodía en el «Salón de Juntas Blanco» del hotel, junto con el Alfa de la Manada de Roma y dos empleados a los que iban a entrevistar.
Añade que mi abuelo le había encomendado con total firmeza que nadie, pero absolutamente nadie del personal, se atreviera a molestarlos o interrumpir la sesión bajo ninguna justificación, y que específicamente lo mandó a él, como el empleado de mayor jerarquía a trasladar unos documentos confidenciales de urgencia hasta la sede oficial de la Manada de Roma.
Lucius, el Alfa de allí, tenía la necesidad de llevarlos con urgencia a su sede y, como pensaban que se iban a demorar por mucho tiempo en las entrevistas, necesitaba que alguien de confianza realizara el traslado de la documentación.
Después de que el gerente concluyó el recado, su turno laboral había terminado, entonces, llamó por teléfono para corroborar que el gerente nocturno estuviera presente en el hotel.
Y cómo le informaron que todo marchaba en perfecto orden, se retiró a descansar a su residencia.
Nosotros en Sicilia acabábamos de enfrentarnos a una rebelión y a mis abuelos en Roma estoy prácticamente seguro de que algo malo les estaba pasando.
Ahora la intuición en mi pecho era infinitamente más fuerte; el malestar lo sentía vibrar directamente en mis huesos.
Le pedí a Zoe que enlazara la llamada con la recepción y la transformara en videollamada.
Quería hablar cara a cara con el gerente nocturno para ordenarle que con más personal de seguridad se dirigieran de inmediato al Salón Blanco a buscar a mis abuelos.
Exigí ver todo el trayecto en la pantalla en tiempo real.
Ejecutaron mi orden tal como se les dijo.
El propio gerente nocturno avanzaba rápidamente por los pasillos cargando con su tableta con la cámara apuntando firmemente hacia el frente mientras caminaban todos a paso veloz hacia la sala de juntas.
En cuanto se presentaron ante el salón, comprobaron que la pesada puerta de madera estaba cerrada con cerrojo; les exigí que usaran la llave maestra y abrieran sin demoras.
Yo ignoraba lo que encontraríamos detrás, pero ya para este momento tenía la absoluta certeza de que el escenario no sería de mi agrado.
Cuando finalmente abren la puerta de la sala y apuntan con el lente de la cámara hacia el interior, es que empieza el terror.
En ese mismo instante se sienten varios gritos del otro lado de la pantalla y de la propia Zoe, que también está gritando a mi lado.
La escena dantesca que se estampa en la tableta me hiela por completo el alma.
Hay tres cuerpos tirados en el piso de la sala.
Hay charcos de sangre en los tres. Bastante sangre.
Mucha sangre. Tanto o más fluido vital esparcido del que había debajo de mi propio cuerpo esta tarde en el Recinto del Palazzo.
Los tres cuerpos inertes pertenecen a mis abuelos Calo y Sophie, y al Alfa de Roma, Lucius.
El caos y el movimiento se vuelven masivos del otro lado de la pantalla; la tableta de la videollamada sale disparada porque el gerente nocturno suelta el dispositivo para arrojarse al suelo e ir a socorrer a mi abuela.
Por azares del destino, cuando la tableta finalmente termina de aterrizar queda en posición invertida, pero todavía apuntando de forma periférica hacia el sector donde yacen los cuerpos.
Zoe, que ha conseguido dejar de gritar y contener el llanto, se apresura a girar nuestro dispositivo para que podamos continuar observando.
Escuchamos por el altavoz a uno de los oficiales de seguridad del hotel decir gritando:
—¡El señor Calo está vivo! Tiene un pulso débil y errático, pero lo siento bajo mis dedos.
—¡Él también conserva el pulso! —grita otro empleado del hotel desde el fondo.
Mi abuelo y el Alfa de Roma siguen respirando, luchando por sus vidas; pero nadie entre los empleados dice nada sobre el estado de mi abuela. No escucho que nadie reporte algo sobre ella... Cuando, de repente, el gerente nocturno habla con una voz quebrada por el pánico:
—No consigo encontrarle el pulso por ningún lado —dice él, que se encuentra inclinado directamente sobre el cuerpo de ella revisándola—. Parece… parece… que está muerta.
Alguien libera un grito desgarrador: «¡Noooo!», tan fuerte y cargado de furia animal que hace que mis propios oídos retumben por la frecuencia, y es ahí cuando me doy cuenta de que el que está gritando, soy yo mismo.
—¡Abuela! —le grito con total desesperación a la pantalla de la tableta.
Yo no sé qué hacer, me encuentro completamente bloqueado, en un estado de shock absoluto, sin saber que acción tomar; pero Zoe, demostrando su fuerza toma el mando de la situación y comienza a dar órdenes con absoluta seriedad.
Mi familia se está desmoronando a la distancia y yo no estoy ahí para hacer algo por ellos.
La nebulosa de mi mente se aclara en cuanto escucho a Zoe exigirles a los empleados que llamen a emergencias y apliquen presión en las heridas sangrantes de mi abuelo y del otro Alfa mientras llegan las ambulancias.
Inmediatamente después, mi Luna ordena una maniobra que me devuelve un hilo de esperanza en el pecho.
Pide que, si hay algún humano cerca de la sala, lo busquen inmediatamente, y le pregunten si de forma voluntaria está dispuesto a brindar su sangre o si la quiere vender, que paguen el precio que sea.
Dictamina con severidad que es de extrema necesidad que le suministren sangre humana fresca a mi abuela de forma urgente en la boca, porque todavía es posible salvarla.