El Alfa y la Princesa de Sangre (Secretos de Sangre 1) Capítulo 29 Matt
89%

Capítulo 29 Matt

El sexo arregla todo lo malo… o casi todo…

Yo también toco mis colmillos, reconociéndolos por primera vez.

Antes no lo hice cuando emergieron y bebí de Zoe en el cuadrilátero.

Luego, cuando ella me pidió que me detuviera, simplemente los colmillos se retrajeron en mis encías.

Pero ahora están aquí; sobresalen un poco de mis labios y están deseosos por prenderse a la vena de mi compañera.

Casi me abalanzo sobre ella; solo la fuerza de voluntad de Alfa me detiene.

Esto es algo que voy a tener que aprender a controlar.

No es nada fácil dominar este tirón de necesidad por su sangre.

Sí, es una sensación fabulosa, pero debo controlarme o la voy a dejar seca; sino lo hago, voy a tomar hasta su última gota y lo que menos quiero es hacerle daño.

Ella también está haciendo un esfuerzo por contenerse; sus colmillos están listos para perforarme y sus ojos resplandecen en ese tono rojo encendido.

No sé por cuánto tiempo más podremos frenar este deseo salvaje.

Vamos quitándonos la ropa y dejándola tirada a cada paso que damos por la habitación, y poco a poco nos metemos en el cuarto de baño.

No dejamos de mirarnos ni un solo segundo; ella sonríe, sabe perfectamente lo que quiere y sabe que se lo daré sin límites.

Pero yo también sonrío, porque sé que ella también me entregará lo que mi cuerpo reclama.

Escucho su risa en mi mente; está feliz porque está a punto de obtener lo que desea.

Sin apartar mis ojos de los suyos, abro la llave de la ducha.

Hubiera querido darnos un baño de inmersión relajante, pero no hay tiempo para eso.

La necesidad carnal que tenemos uno por el otro crece a pasos agigantados.

Todavía no sale el agua caliente y ya estamos metidos bajo el chorro.

Tomo una esponja, le pongo jabón de ducha y estiro mi mano para comenzar a enjabonarla, pero ella niega con la cabeza, sonríe traviesamente y me dice que ella quiere la esponja, porque quiere limpiarme a mí primero.

Sin pensarlo, solo reaccionando por puro instinto animal, transformo mi mano en garra y, aprovechando el filo de mi uña, corto la esponja en dos mitades perfectas.

Luego regreso mi garra a su forma humana y le entrego una mitad de la esponja para que los dos podamos enjabonarnos mutuamente.

Así es como empieza la sesión de limpieza más erótica que jamás pude soñar tener.

Zoe está en todos lados a la vez, aplicando la espuma por todo mi cuerpo.

Pasa una vez, dos, tres veces por el mismo lugar.

Está eliminando de mi piel todo rastro de lo que hoy ocurrió.

Quiere tener mi cuerpo completamente limpio a su disposición.

Hago exactamente lo mismo con ella. Quiero que se sienta bien, plena y, si pudiera borrar de su mente todo lo que pasó con Alaric, lo haría también; no quiero que nada altere su paz.

—No necesito que borres de mi mente lo que pasó, de verdad que no estoy alterada —me dice Zoe—. Ya pasó, todo se va a solucionar.

—Creía que solo lo estaba pensando, no me di cuenta de que estaba hablando, nena.

—En realidad me hablaste por el lazo, aunque se sintió distinto a cuando lo haces habitualmente en mi cabeza.

Lo percibí más cercano, no sé cómo explicártelo, pero es como si estuvieras siempre en mi mente y tus pensamientos fluyeran hacia los míos.

Pero no nos enfrasquemos en eso ahora, relájate; déjame seguir limpiándote y tú haz lo mismo con mi cuerpo.

Hay zonas que todavía no has aseado correctamente —me dice con tono pícaro.

Está plenamente consciente de que le he recorrido todo el cuerpo con la esponja y mis manos; solo he evitado tocar directamente sus pechos y su intimidad.

Su jugoso coño, que huelo perfectamente y que gotea por mi verga.

A lo único que me atreví, fue a pasar la esponja con firmeza por su trasero, y bueno, tal vez alguno de mis dedos se olvidó de sostener la esponja y quiso entrar en Zoe por ahí, pero conseguí controlarme a tiempo.

Igualmente, ella ha ejecutado la misma tortura; no ha tocado ni una vez mi verga que está completamente erguida, con la cabeza púrpura e hinchada, a punto de explotar por su causa.

Pero ni una vez la ha rozado y, al igual que yo, sí ha limpiado mi parte trasera, demorándose en esa zona.

Parece que también le agrada bastante esa parte de mi anatomía.

—¿Dónde quieres que te limpie? Indícame el lugar exacto —le digo con voz ronca, perdiendo la batalla. Ya quiero entrar a jugar, basta de limpieza.

Ella sonríe, sabiendo que va a obtener todo lo que quiere de mí, y lo hará ahora mismo.

—Tienes que limpiarme aquí y aquí —me pide, tocando con sus dedos cada uno de sus pezones, a los que ella misma les aplica un poco de presión pellizcándolos —, y aquí —añade, pasándose la palma de la mano por su coño, deslizándola hacia atrás y hacia adelante.

Está desesperada por obtener placer, aunque sea ella misma la que se lo provoque.

En esta relación los términos deben ser de igualdad, por lo que me niego a dejarla sola en eso; este es mi trabajo, quiero ser yo el que le dé placer.

Tomo la mitad de la esponja —el jabón ya completamente olvidado—, y suavemente la voy deslizando con una mano por uno de sus pechos.

Lo recorro pausadamente mientras que, con la otra mano, aprieto su otro seno, dándole pequeños golpecitos sobre su pezón antes de retorcerlo.

Ella no ha dejado de masajearse el coño; está impaciente, nada dispuesta a esperar a que sea yo el que descienda a ese lugar con mis dedos.

La dejo continuar. Es imposible contenerla y yo no podré negarle nunca nada; menos el placer.

Mis colmillos están ansiosos por ella. Quiero tomar uno de sus pechos en mi boca y beber de él.

Pero primero está su placer, su satisfacción, luego la mía.

Retraigo mis colmillos por la fuerza de voluntad de mi Alfa y cubro un pezón solamente con mis labios y lo succiono con fuerza.

Mientras tanto, no dejo de acariciar y pellizcar su otro pezón.

Sus senos tienen el tamaño perfecto: llenos, suaves, ideales para colmar mi mano y mi boca.

Me deleito con ellos, alternando entre uno y otro.

Zoe ya ha soltado y olvidado su mitad de la esponja; solo está concentrada en el roce vigoroso que se da en el coño.

Emite pequeños gemidos ahogados, está a punto de llegar al clímax y yo seré el único espectador de tan mágico momento.

Verla entregada al éxtasis es lo mejor del mundo.

Saber que he colaborado para que ella se sienta de la manera en que se siente infla mi orgullo.

Está ahí, está llegando al límite, y sus colmillos emergen de golpe de su boca.

Abre sus ojos verdes, ahora con ese matiz de rojo, que mantenía cerrados por puro placer, y salta abalanzándose sobre mí cuerpo y prendiéndose directo de mi cuello.

Comienza a succionar de mi vena con fuerza, tal como yo quiero tomar de la suya.

Con sus piernas me rodea firmemente la cintura y se monta en mi verga prácticamente en un solo movimiento.

Y se corre… lo hace de la forma más brutal y espasmódica que haya presenciado jamás, y yo la sigo como un loco al segundo.

Y como siempre, cada orgasmo al que llegamos es mejor que el anterior.

Yo ya me encontraba al límite solo por tocarla y mirarla, pero ahora, enterrado en su coño, no tengo más escapatoria que liberarme también.

Su sexo es un nido de suavidad; está tan mojada, tan resbaladiza porque se ha tocado, que es fácil para ambos estallar en el fondo de su ser.

A través de nuestra conexión me dice que necesita que beba de ella también.

No pienso desobedecerla, yo también lo necesito, por lo que ordeno a mis colmillos a descender y me prendo de su vena.

Nos seguimos entregando al clímax juntos bajo el agua, perdiendo la noción del tiempo; es un liberación salvaje tras otra.

La sensación es increíble. Cuando bebí por primera vez en el cuadrilátero estaba inconsciente, pero al recuperar la consciencia supe lo excitado que me había dejado su sangre.

Beber de nuestras venas, y más mientras follamos, produce esto en nosotros; eleva nuestra excitación a una dimensión superior.

No tiene comparación con ningún placer conocido.

Llegar al clímax como locos mientras nos alimentamos mutuamente solo intensifica aún más las sensaciones viscerales.

Finalmente desprendemos nuestros colmillos; ha pasado bastante tiempo desde que empezamos a succionar.

Cada uno pasa la lengua por las marcas de los mordiscos que hemos dejado en la piel del otro, cerrando los puntos al instante.

Todavía sigo enterrado en Zoe, completamente duro —no podría ser de otra manera con ella cerca de mí—, pero ya estamos más calmados.

Hemos reafirmado que estamos vivos. Ella posa su cabeza en mi hombro; está relajada y en mi mente percibo su sonrisa de felicidad y absoluta satisfacción.

Nos estamos arrugando; llevamos mucho tiempo bajo el agua de la ducha.

Aunque no sé si estamos del todo limpios, porque noto cómo se desliza parte de mi semilla que se escapa de su intimidad, pero al menos no cargamos con rastros de sangre traidora.

La ducha ha servido para limpiarnos de algunos fluidos y para ensuciarnos por completo con otros…

Me agrada mucho esta parte de ensuciarnos mutuamente de esta manera, en la ducha o en cualquier otro rincón.