Capítulo 25 Marco… y Matt #2
—Bienvenido amigo. Te resumo: creo que la espada de Mortimer estaba envenenada —le respondo—.
Sangraste demasiado, principalmente por las pequeñas heridas de los tobillos, desprendías un olor acre y te desplomaste inconsciente.
Yo había ido en busca de Zoe a la salita, así que Severo envió a Giuseppe y Antonio a buscarme, mientras él te custodiaba con tu propia espada y tu daga —Matt asiente, dándose cuenta de inmediato lo que eso significa; realmente tenemos aliados firmes en el Consejo—.
Cuando llegamos aquí, Zoe empujó a Severo y lo lanzó varios metros hacia atrás, pensando que te iba a atacar.
Y luego parece ser que también eres un vampiro, porque tus colmillos emergieron cuando Zoe estuvo lo suficientemente cerca; te prendiste de la vena de su muñeca, tus heridas cerraron y te recuperaste.
Después te cuento más detalles, pero creo que eso lo resume todo —le digo con una sonrisa de medio lado, tomándole el pelo.
Matt suelta una sonora carcajada y Zoe comienza a reír con él.
En ese preciso momento llega el personal de emergencias y quedan paralizados en el umbral de entrada al Recinto.
El espectáculo que tienen enfrente es algo totalmente surrealista: hay charcos de sangre por todos lados, una cabeza decapitada por aquí, un cuerpo sin cabeza por allá y un Alfa completamente desnudo y todavía erecto sentado en un charco de sangre que ríe como loco; una mujer hermosa que ríe a la par de él y, no olvidemos la última parte, un Beta que se acaba de percatar que está en calzoncillos, porque ha destrozado su túnica para atender al Alfa y no se había dado cuenta de eso hasta ese momento.
∞∞∞
MATT…
El maldito las pagará…
Estoy riendo a carcajadas. Llegaron paramédicos y nos miran sorprendidos, no saben cómo reaccionar.
Creo que a Mortimer ya le pasó el momento en que podía ser curado.
No veo posible que puedan volver a conectar la cabeza a su cuerpo.
Yo estoy totalmente desnudo, lleno de sangre…
, literalmente. Estoy sentado sobre mi sangre derramada y la rica sangre de Zoe corre por mis venas, dándome una vitalidad devastadora.
Me siento más fuerte que nunca, en todos los sentidos; mi miembro erecto está con toda su fuerza apuntando hacia mi compañera.
Zoe está riendo a carcajadas a mi lado; sentirla feliz me hace más dichoso, me devuelve la vida por completo.
Y Marco…, mi Beta, es lo más gracioso que he visto últimamente.
Su túnica ceremonial está destrozada, solo conserva colocada la parte superior del torso, y debajo se encuentra en calzoncillos…
unos calzoncillos blancos con besitos rojos.
Él también se pone a reír con nosotros al notar su indumentaria y todo el mundo nos mira sin saber qué hacer.
De a poco me voy calmando; reír ha sido catártico.
Mi mente se ha despejado totalmente y por esa razón me doy cuenta de que cinco miembros del Consejo están aprovechando el alboroto e intentan abandonar el Recinto con sigilo.
Así que, desatando la potencia de mi voz de Alfa, los detengo en seco.
Son los miembros representantes de Trapani, Agrigento, Caltanissetta, Enna y Messina.
—¡Ustedes cinco, Consejeros, deténganse donde están! ¡No tienen permitido abandonar el lugar! —les ordeno, señalándolos—. Nadie sale del Recinto sin mi autorización expresa —aprovecho a detener cualquier intento de escape por parte del público; ellos también serán interrogados.
Inmediatamente lo hacen, quedando inmóviles en sus posiciones. No hay forma de que continúen con su intento de escape. Así que sigo dando órdenes, aunque ahora utilizando mi voz normal.
—Severo, búscame algo de ropa limpia que ponerme, por favor, y también tráele algo a Marco —le pido para dejar de dar espectáculo público.
Mi cuerpo desnudo solo le pertenece al escrutinio de Zoe y no estoy interesado en absoluto en seguir viendo a Marco en calzoncillos, ni que, para el caso, Zoe continúe viéndolo así vestido.
—Sí, Alfa. Me alegro profundamente de que esté a salvo. Enseguida les traeré unas túnicas limpias de los armarios —me responde Severo y sale disparado en busca de ropa para nosotros. Luego le agradeceré que me custodiara con su propia vida mientras estuve inconsciente e indefenso.
—Marco, ¿dónde demonios está Alaric?
—Lo siento, Matt. Escapó en algún momento del duelo; no logré dar con él.
Y con lo que pasó contigo, me resultó imposible salir a darle caza —me dice, y por nuestra vía mental, con un tono de profunda gravedad, agrega que es sumamente importante atraparlo a como dé lugar, que luego me explicará los motivos.
—Está bien, después lo encontraremos.
—Ten por seguro que yo mismo encontraré al maldito bastardo.
Algo más ha ocurrido y todavía no me lo quiere revelar delante de testigos; me lo podría decir por nuestro canal mental, pero por su mirada, sé que no me gustará lo que me dirá, por eso es importe limpiar este desastre.
Me dirijo al personal de emergencias médicas, les agradezco por acudir con celeridad, y los despido para que se retiren, ya que estamos todos bien.
Le pido formalmente a Antonio y Giuseppe que convoquen al personal de seguridad junto con los forenses oficiales de la Manada para iniciar una investigación criminal exhaustiva.
Quiero que retiren los restos de Mortimer y realicen una autopsia minuciosa; el hecho de que el desgraciado estuviera castrado ha llamado poderosamente mi atención.
Cuando aparece Severo con las túnicas limpias, me coloco una encima con rapidez. Estoy todo sucio, cubierto de sangre seca, pero ya basta de permitir que todos me contemplen desnudo; lo mismo hace Marco con la suya, cubriendo sus calzoncillos de besitos.
—Gracias, Severo. Espera cerca la entrada del corredor a que se te unan Antonio y Giuseppe cuando regresen de los encargos que les hice; luego me reuniré con ustedes.
—Por supuesto, Alfa.
—Cariño —le digo a Zoe en voz baja—, tú también espérame junto a Severo, por favor.
—Claro que sí, Matt. De paso aprovecharé el momento para disculparme formalmente con él por la fuerza con la que lo empuje.
Le doy un pequeño y casto beso en la frente, porque soy plenamente consciente de que, si llego a rozar la suavidad de sus labios en este estado de agitación que todavía cargo, podría perderme en ellos.
Los cinco representantes que demostraron estar complotados con Mortimer, o al menos con su discurso, no sé aún si con sus acciones, no movían ni un solo músculo de sus cuerpos.
No podían hacerlo; habían quedado completamente inmóviles de espaldas a nosotros en su intento de fuga debido al mandato de mi voz. Ahora me ocuparé de ellos.
—Ustedes cinco: Leonardo, Francesco, Lorenzo, Adriano y Riccardo, quiero que se den la vuelta de inmediato y se pongan enfrente de mí.