El Alfa y la Princesa de Sangre (Secretos de Sangre 1) Capítulo 24 Zoe… un rato antes.
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Capítulo 24 Zoe… un rato antes.

¿Por qué, Matt?

Detesto profundamente estar alejada de él.

Sophie me pidió que buscara la forma de venir, y lo conseguí manipulando sutilmente a Sofer.

Pero ahora Matt me presentó como la Luna y luego me pidió que me retirara del Recinto.

Acepté a regañadientes porque comprendí que lucharían y no creo que él quiera verme cerca de dónde la violencia se desataría.

No entiendo muchas de las normas de los lobos, y en algún momento las tendré que aprender ya que soy la Luna oficialmente; de lo que estoy segura es de que lo que está pasando es fundamental para que Matt siente las bases de su poder.

Me conmovió y sorprendió a partes iguales que me presentara ante el Consejo; fue una maniobra impecable para marcarle los límites a cada miembro.

Ese tal Mortimer no me gusta, me causó una profunda repulsión desde que fijé mi vista en él.

El corredor de piedra que cruzamos es bastante largo, o tal vez me lo parece porque a cada paso que doy me aleja de Matt.

Utilizando la llave que él me entregó, abro la pesada puerta de la salita donde debo esperarlo.

Sofer me escolta guardando un silencio respetuoso.

No lo expresa con palabras, pero me doy cuenta de que está tan preocupado como yo.

En cuanto entramos a la estancia, él extrae de sus ropajes otro dispositivo similar al que dejó grabando la sesión en el Recinto.

Lo posiciona con cuidado encima de un armario de madera maciza que resguarda, me imagino, la ropa que utiliza Matt seguramente para las sesiones.

El aparato queda a una altura accesible para su manipulación, pero camuflado a la vista de cualquiera que cruce el umbral de la puerta.

—¿Tiene que grabar aquí también nuestra conversación, Sofer? —le pregunto, porque me resulta sumamente extraño que decida utilizar y camuflar ese aparato.

—No, mi Luna… Es un alivio poder llamarla así ahora que nuestro Alfa la anunció como tal —me responde con una voz impregnada de cariño—.

Solo experimento una «sensación», digámosle una corazonada, de que debo poner el dispositivo aquí mismo.

Estos aparatos tienen un hechizo, además de servir para grabar conversaciones.

—¿Un hechizo? ¿De qué naturaleza?

—Sí, verá… tengo una amiga desde hace muchísimos años; ella es una bruja, blanca, por supuesto.

Se llama Adelina y vive en Catania, cerca del Etna.

Ambos tenemos un pasatiempo que compartimos: nos apasiona coleccionar libros, escritos y documentos.

Uno asumiría lógicamente que yo, siendo el Escriba y custodio de toda la documentación de una Manada, lo menos que desearía hacer en mi tiempo libre es estar rodeado de más pergaminos; pero ocurre exactamente lo contrario, me fascina.

Poseo una biblioteca privada con ejemplares sumamente valiosos y cosas muy interesantes, no solo referente a los lobos, sino de todas las razas del mundo.

Aunque me veo en la penosa obligación de admitir que la colección privada de Adelina supera a la mía.

Sostenemos una pequeña competencia sobre eso; albergo la firme esperanza de que en algún momento del siglo pueda superar sus adquisiciones, además la apuesta que pactamos consiste en…

—Sofer, disculpe que interrumpa su entusiasmo, pero se está desviando por completo del punto —lo interrumpo lo más educadamente posible; ya he comprobado que él tiende a divagar de forma extensa en cuanto se apasiona con sus historias—.

He escuchado comentarios sobre Adelina, y tengo entendido que es conocida de la familia de Matt, pero lo que quiero saber es ¿Qué es ese aparato que puso ahí? ¿Qué hechizo dice que tiene?

—Sí, por favor, perdóneme, mi Luna; tiene usted toda la razón del mundo.

En resumen, Adelina me entregó estos dispositivos hace ya varios años y me advirtió con mucha seriedad que, si algún día de mi vida sentía el impulso de utilizarlos, era de vital importancia que no me negara a cumplir con esa corazonada.

Ella me aseguró que los aparatos se «comunicarían» conmigo para indicarme el cuándo, el cómo y el dónde debía usarlos.

Ella misma fue la que los hechizó; les colocó un hechizo protector y no sé qué otras cosas más.

Hoy por la mañana, justo antes de salir en mi auto hacia su oficina, tuve que regresarme y recogerlos.

Sentí una necesidad imperiosa de traerlos conmigo.

Cuando el Alfa me pidió que la acompañara, lo supe.

Comprendí que por eso debía traerlos. No puedo faltar a mi deber y responsabilidad de registrar las sesiones, pero cumplir el pedido del Alfa es más importante, y más cuando el pedido trata sobre la seguridad de nuestra Luna.

Gracias a estos aparatos podré hacer las dos cosas.

Además, mi amiga me confió que no solo registran las voces; si los grabadores así lo quieren, incluso pueden llegar a mostrar imágenes grabadas.

—Comprendo que haya dejado uno en el Recinto, ¿pero por qué puso uno aquí y camuflado de esa manera?

—En cuanto cruzamos el umbral de la salita, experimenté la necesidad urgente de hacerlo. Pero si usted quiere lo quitaré, haré lo que me diga.

—Está bien, Sofer, puede dejarlo. Si su intuición le dicta eso, por algo será, así que mejor déjelo.

Ahora que aclaramos todo esto, puede seguir contándome sobre Adelina y la competencia que tienen entre ustedes —le pido, para que ambos nos distraigamos y además de esa manera intentar calmar mis nervios.

Probablemente pase bastante tiempo antes de que Matt venga por mí.

Por suerte, el escriba se embarca en una explicación muy extensa de la que seguramente me estoy perdiendo muchas cosas.

Mi mente está concentrada única y exclusivamente en Matt.

No sé si transcurren minutos o verdaderas horas, pero finalmente la voz de él me contacta de forma nítida en mi mente a través de nuestro lazo.

Me explica con una calma tensa que está haciendo frente a un golpe de Estado y que ha sido retado formalmente a un duelo por Mortimer.

Me suplica que mantenga la serenidad y esté tranquila, porque él confía en su habilidad y en sus armas para salir victorioso; solo quiere que me mantenga aquí para no distraerlo y, cuando termine, vendrá a buscarme tal como prometió.

Acepto quedarme resguardada con Sofer, y al final se despide y me dice que me ama para siempre.

A él le gusta tanto decírmelo y a mí que me lo diga, pero a la vez me duele, estrujándome el pecho de dolor por el abismo de nuestras longevidades.

Pero no quiero que vaya a un duelo sin haber escuchado que lo amo con la misma intensidad devoradora.

Incluso, sabiendo en el fondo de mi corazón que este sentir no es por la vinculación, sino que es un sentimiento que siempre ha estado ahí, es real y puro.

Por eso le respondo con las palabras que sé que quiere escuchar y que yo me muero por decir: «Yo también te amo para siempre».

La comunicación mental se ha cortado y una ola de lágrimas calientes se desliza por mis mejillas.

Sofer me observa con el semblante desencajado, sin comprender absolutamente nada sobre lo que me pasa.

Me sugiere ir a buscar a Matt, pero lo detengo y le explico detalladamente sobre el duelo que está a punto de ocurrir en el Recinto y que Matt me ha contado por el lazo.

—Pero, Luna, no debe permitir que el temor opaque su brillo. Nuestro Alfa es fuerte, él vencerá al traidor, confíe en él.

—Por supuesto que confío en él, pero es un Reto, Sofer, y sé que estos duelos entre lobos se ejecutan a muerte. ¿Cómo pretende que no me preocupe?

—No debería sentir temor porque nuestro Alfa se ha preparado para este escenario de traición —me asegura con tono de total certeza—.

Ayer investigamos mucho sobre lo que podría pasar hoy y el Alfa tiene un plan sólido con nuestro Beta.

Hoy el señor Marco mandó a preparar armas para el señor Matt, y esas armas son letales.

—¿A qué armas se refiere?

—Nuestro Alfa las cargaba ceñidas a su cinturón cuando ingresó al Recinto; yo mismo las vi y observé con detenimiento cuando pasamos a su lado camino a esta sala.

Aunque a simple vista son parecidas, no eran las reliquias que heredó del señor Calo; las que cargaba eran completamente nuevas.

El Herrero de nuestra manada es un experto que no solo diseña trabajos hermosos, sino que sus armas forjadas son herramientas letales.

El señor Marco le iba a pedir que forjara unas urgentemente para nuestro Alfa y luego las iban a convertir en «Armas de Alfa». Yo mismo le enseñe el ritual.

Sofer me sigue contando detalles sobre esos rituales y sus efectos en las armas y lo que les sucede a los oponentes cuando entran en contacto con ellas.

También me detalla las formalidades de los retos, cómo se desarrollan y lo que implican.

De pronto el ambiente de la salita se tensa, algo extraño está sucediendo y justo en ese instante escuchamos cómo la puerta se abre bruscamente de par en par y en el umbral aparece un hombre cuya mirada siniestra vi antes en la reunión; estaba cerca de Mortimer, pero ahora su aura es definitivamente oscura, hostil, me aterra.

Sofer, sobresaltado, reacciona con un instinto de guardia impecable, se interpone entre la criatura y mi posición, increpándolo con una autoridad severa:

—¡Tú no puedes entrar aquí! Este sector privado está prohibido para cualquiera que no sea…

El intruso eleva su mano derecha con un movimiento veloz y de la punta de sus dedos brota disparado un rayo de energía negro.

El estruendo que causa es un sonido distorsionado, ensordecedor, haciendo vibrar los muros de piedra.

El impacto da en pleno pecho de Sofer, quien sale despedido hacia atrás por la onda de choque desplomándose en el suelo de la estancia a mis pies antes de poder concluir su advertencia.