El Alfa y la Princesa de Sangre (Secretos de Sangre 1) Capítulo 23 Matt #2
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Capítulo 23 Matt #2

Es un corte superficial, apenas una línea, pero de inmediato comienza a sangrar un poco y desprende un olor acre, sumamente desagradable, que azota mis fosas nasales.

Seguimos enfrascados en el combate; pierdo la noción de cuánto tiempo transcurre.

En los Retos al Alfa no existen los asaltos o treguas como en algunos deportes; aquí se lucha de forma ininterrumpida hasta el final.

Estoy disfrutando de la pelea; ver a Mortimer desangrarse me hace sentir completamente vengado por cada una de las ofensas que escupió contra mi familia.

Sin embargo, pareciera que mi pequeña herida del tobillo ha empezado a sangrar de forma anormal, diría que por momentos, abundante, y el olor acre que desprende se vuelve cada vez más denso en el aire de la sala.

El corte debería haber cicatrizado hace ya varios minutos, pero la piel se niega a cerrarse.

Mi cuerpo, reforzado por el poder de Alfa debería haber sellado esa minúscula herida en cuestión de segundos, pero no es así y la sangre sigue brotando.

¿Puede ser que sea sin control?, me pregunto.

Por un instante me desconcentro; una pequeña descarga de electricidad recorre mi pierna herida y me entumece un poco los músculos; Mortimer aprovecha de inmediato mi distracción para asestarme un corte idéntico en el tobillo izquierdo.

Más sangre oscura brota de mis extremidades y el olor acre se vuelve insoportable.

Creo que ya va siendo hora de terminar con esta farsa; necesito ir de inmediato con Zoe.

Siento una necesidad, una urgencia física, casi asfixiante, de estar cerca de mi compañera.

Intento contactarla a través de nuestro lazo mental, pero su mente se encuentra completamente cerrada, blindada a mi contacto.

No me permite entrar. Me invade una terrible sensación de aislamiento, me siento solo, y la necesidad de su presencia crece exponencialmente en mi pecho.

Me cuesta un esfuerzo descomunal seguir el hilo de mis propios pensamientos y continuar frustrando las embestidas de Mortimer.

Mi mente se siente extraña, distinta, algo lenta, como si una densa niebla estuviera invadiendo mis neuronas.

¿Qué demonios me está pasando? No voy a esperar un segundo más; terminaré con esto aquí mismo y correré al encuentro de mi Luna.

Me enfurece no poder contactarla y estoy completamente seguro de que envié a un lobo de mi total confianza con ella para protegerla; podría contactarlo y saber si ella está a salvo, pero soy incapaz de recordar su maldito nombre.

Miro a mi costado y veo que Marco está aquí.

¿Él es mi Beta, verdad? No lo recuerdo, pero seguro de que él conoce a mi amada, así que intento hablar con él mentalmente para que la busque y no puedo.

Por ahora me tendré que concentrar solo en luchar para después ir yo mismo con ella.

Le asesto un fuerte golpe descendente con toda mi fuerza a la espada de Mortimer; ese maldito nombre sí lo recuerdo.

El impacto es tan devastador que su arma sale disparada de su mano, extraviándola en el proceso.

El traidor trastabilla hacia atrás, perdiendo el equilibrio, y antes de que impacte con el suelo, le hago otro corte en diagonal y profundo sobre su torso.

Sangra profusamente por múltiples heridas que le he ido haciendo en la batalla.

Está tirado en el piso, indefenso y a mi merced, pero si decide rendirse en este instante, ese corte que le acabo de propinar será el último que reciba de mi parte.

—Ya es suficiente, Mortimer. Debes rendirte ahora mismo ante tu Alfa, y te perdonaré la vida ante los testigos.

Mi propia voz resuena rara en mi cabeza; parece extraña, lejana y distorsionada siento mi lengua pastosa, pero nadie dice nada así que debe de ser solo mi imaginación por el profundo cansancio que tengo.

Le posiciono la punta de mi espada a escasos milímetros de la nuez de su garganta, y la acerco un poco más pinchándole la piel pero no al punto de sangrar.

Deseo genuinamente perdonarle la vida; ya me siento saciado y vengado.

El infeliz solo debe ceder, humillarse y pronunciar su rendición para que yo pueda ir en busca de Zoe.

—¡Jamás me rendiré ante ti, híbrido malnacido! —me dice, escupiéndome, con los ojos inyectados en sangre y una exaltación desquiciada.

De reojo, percibo que la figura de Marco sale disparada desde donde está mirando el combate, hacia el pasillo que lleva a mi vestuario.

¡Ahí está Zoe! Necesito correr hacia ella.

Mortimer aprovecha ese microsegundo de distracción y, en un parpadeo de furia ancestral, invoca la transformación y se convierte en un lobo gris de tamaño considerable.

Su espada estaba tan lejos de su alcance, que su única alternativa para seguir luchando era desatar a su bestia, y lo hizo sin dudarlo.

Se abalanza sobre mí con las fauces abiertas e intentando desgarrarme el cuello con sus garras.

Su lobo es fuerte, masivo para mi cuerpo humano que empieza a rendirse bajo el impacto físico de su peso.

Yo solo tengo el interés desesperado de correr con Zoe; si Marco ha salido disparado de esa manera es por algo, debe de haber alguna amenaza en ese pasillo.

Esto no me deja otra opción que transformarme yo también para liquidar el asunto, pero estoy muy lento; mis movimientos no tienen su gracia y agilidad habituales.

La descarga de electricidad que empezó en uno de mis tobillos y se desplazaba por mi pierna ahora viene desde las dos y ya la siento arañando las paredes de mi estómago.

No consigo completar la transformación a tiempo antes de que Mortimer clave sus garras delanteras en mi pecho; las entierra con saña, profundamente y sus falanges se quedan trabadas entre mis costillas.

En cuanto mi cuerpo completa la transformación a mi colosal lobo Alfa, acciono mis garras retráctiles de plata lo más rápido que mis neuronas ralentizadas me lo permiten.

Con un solo zarpazo ascendente, corto la cabeza de lobo de Mortimer, que rueda por el suelo de roca varios metros lejos del resto de su cuerpo.

Cuerpo que sigue colgado de mi pecho de lobo por sus garras.

La cabeza del maldito traidor se detiene a los pies de algunos miembros del Consejo transformándose a su forma humana en mitad de un charco espeso de su sangre.

El resto de su cuerpo experimenta el mismo proceso de reversión; y ya sin garras trabadas en mi carne, se desprende de mi pecho y cae pesadamente al suelo a mi lado.

Al quedar completamente transformado a su forma humana, desnudo y expuesto ante todos, exhibe un pequeño miembro flácido, completamente desprovisto de testículos, con marcas de cicatrices antiguas. El bastardo estaba castrado.

Completar la transformación a lobo me ha dado algo de energía, y es la energía que consumo hasta el último rastro para regresar a mi forma humana.

Observo que sangro de forma alarmante por las perforaciones de mi pecho y los pequeños cortes de ambos tobillos; mi fluido vital es excesivamente oscuro y el olor acre continúa inundando el ambiente.

Mi mente es un caos absoluto de ideas inconexas.

Caigo de rodillas sobre la roca volcánica; todo mi ser arde en agonía con un dolor sordo y la corriente recorre ahora cada terminal nerviosa de mi cuerpo.

Pienso desesperadamente en Zoe. Mis músculos dejan de responderme.

La pérdida de sangre es demasiada para estas heridas; la más profunda es la del pecho, pero las otras, que apenas son pequeños cortes superficiales que deberían haber sanado, sangran por igual.

Finalmente comprendo la verdad: el maldito bastardo me ha jugado sucio desde el primer segundo; seguramente me ha envenenado con su espada, de ahí debe de ser el olor acre que estoy desprendiendo de los cortes.

Quisiera tener la certeza de que Zoe está bien, pero carezco del más mínimo rastro de fuerza; ni siquiera puedo mantenerme de rodillas y termino desplomándome contra el suelo apoyando las manos en un intento desesperado por no quedar completamente plano en el piso.

Me sostengo con los brazos temblando, negándome a caer del todo.

Todo el mundo está gritando. Hay pánico y confusión en el Palazzo.

Severo salta de inmediato colocándose a mi lado y levanta del suelo mi espada consagrada, la que solté al convertirme en lobo.

El metal no lo quema, eso confirma su lealtad pura hacia mí.

Se pone en posición de combate y comienza a rugir órdenes:

—¡Que nadie se atreva a dar un solo paso hacia el Alfa o conocerán el filo de esta espada! ¡Antonio! ¡Giuseppe! ¡Corran a buscar de inmediato al Beta! ¡Es urgente!

Veo dos siluetas salir corriendo, pero mi mente está tan devastada que ya no recuerdo sus nombres, a pesar de que el que me protege los acaba de nombrar a gritos.

Algunos de los que me rodean intentan acercarse, pero el que tiene la espada no los deja.

Ahora, además de una espada, tiene una daga que no sé de dónde ha sacado, y con las dos armas, mantiene a todos alejados.

Ya me resulta imposible controlar ni un solo músculo o hueso de mi cuerpo y mis brazos ceden, terminando de caer sobre el suelo.

Mi vista consigue enfocar, un instante antes de apagarse, hacia dos sillas apartadas del lado de…

Palermo: una de Mortimer y otra Alaric. Ahora lo recuerdo; Alaric estaba aquí presente y ya no está.

¿Por qué demonios mi cerebro había olvidado su presencia?

¡ZOE! Con el último rastro de mi conciencia intento contactarla, pero solo hay silencio y, finalmente, desprovisto de toda fuerza, pierdo el conocimiento y me hundo en la oscuridad.