Capítulo 23 Matt
Finalmente ocurrió…
Qué bien se siente que Zoe finalmente me lo haya dicho.
No podría haber encontrado una mayor motivación para entrar a este duelo a muerte.
Saber que ella me ama con la misma intensidad devoradora con la que yo la amo, me hace sentir exultante, invencible.
Deseo darle fin drástico y rápido a esta farsa cuanto antes para poder correr a su encuentro.
Quiero devorar su boca, besarla y hacer una infinidad de cosas con su cuerpo, mi ser la necesita siempre.
Marco tiene todo perfectamente dispuesto; estamos listos para definir los últimos detalles protocolares previos al combate.
Miro de reojo hacia la posición de Mortimer; está hablando en susurros con su hijo Alaric, quien esboza una sonrisa extraña.
Recorro la sala con la mirada y noto que los demás miembros del Consejo permanecen rígidos en sus puestos, atentos a cada uno de nosotros.
Vuelvo a clavar mi vista en Mortimer, y lo llamo al centro del cuadrilátero.
Él avanza solo, abandonando el lugar donde estaba a un costado.
Alguien más estaba hablando con él hace un instante, pero no consigo recordar quién era.
Lo dejo pasar; no parece ser un detalle importante en este momento.
Me concentro únicamente en lo que viene.
Me enfrentaré a Mortimer y dejaré sellado mi lugar legítimo en la Manada.
Nadie se mete con los Capolupi y sale vivo para contarlo.
Como Marco, por ser mi Beta, no puede ser parte directa ni intervenir en el Reto, le ha pedido a uno de los tres miembros —de los que creemos con Marco que no están implicados ni confabulados con Mortimer—, que sea juez del duelo.
A los otros dos les ha pedido que actúen como testigos oficiales junto con dos personas más elegidas del público.
Nos negamos rotundamente a que alguno de los otros miembros meta sus manos en esto; queremos evitar cualquier tipo de confabulación o sabotaje.
Las cosas se resolverán bajo la estricta justicia.
El lobo que aceptó la responsabilidad de ser juez se llama Severo, es el representante de Ragusa; los otros dos testigos son Antonio, de Siracusa, y Giuseppe, de Catania.
A los lobos del público no los conozco personalmente, pero no detecto malas intenciones en ellos.
Severo se coloca en el centro, mientras que los testigos ocupan una esquina cada uno, delimitando el área de combate.
Acto seguido, el juez nos llama a Mortimer y a mí al centro para finiquitar las reglas del Reto.
En primer lugar nos consulta formalmente si estamos listos para dar inicio al combate físico; ambos le respondemos con un asentimiento afirmativo.
Luego se gira hacia mí y me pregunta bajo qué términos deseo luchar.
Cómo yo fui el retado, las leyes me permiten elegir la forma en la que me defenderé; sin embargo, le cedo ese derecho de elección a Mortimer; nadie podrá decir que obtuve ventaja de alguna manera en este duelo.
El traidor prefiere que no luchemos como lobos; una decisión sumamente inteligente por su parte, porque su bestia no tendría la menor oportunidad de rozar siquiera a mi lobo Alfa.
Para no demostrar lo que me imagino que es cobardía, justifica su elección diciendo con altanería que no está dispuesto a dar el espectáculo denigrante de quedarse desnudo delante de todos cuando se tenga que transformar de regreso, justo después de que me mate y corte mi cabeza.
El infeliz desborda una confianza ciega en sí mismo; se muestra arrogante, pero con su elección de modalidad de combate y su posterior justificación, solo demuestra que ni siquiera tiene un ápice de aprecio por los lobos, la raza que tanto dice defender en sus discursos puristas, al negarse a luchar como tal.
Creo que simplemente va detrás del estatus y del poder que le otorgaría convertirse en Alfa de Sicilia.
¿Va o van? Él tenía… estoy seguro… de que tenía a alguien que lucharía en su lugar…
No consigo recordarlo; el pensamiento se me escapa de mi mente como arena entre los dedos.
He sido muy descuidado con mi propio cuerpo; no me he alimentado correctamente en las últimas horas y le he dado de beber demasiada sangre a Zoe.
Debo empezar a prestar atención a estas cosas.
Pero no siento miedo; estoy completamente confiado, seguro de que, aunque estuviera famélico y con apenas unas gotas de sangre recorriendo mi sistema, tengo la fuerza suficiente para vencer al malnacido que se atrevió a desafiarme.
Decidida la modalidad humana, Severo procede a explicar en voz alta y clara a los presentes las condiciones estrictas bajo las que se desarrollará el Reto:
—El duelo del Reto será en forma humana y a muerte. El vencedor se quedará con el puesto de Alfa de la Manada de Sicilia.
Luego nos informa de que podremos usar nuestras armas y que, cuando estemos listos, podemos iniciar con las hostilidades.
Nos desea buena suerte a ambos, pero únicamente lo hace por educación; me mira fijamente e inclina su cabeza.
Es una sutil señal de respeto. Por medio de la compartimentación, me comunica mentalmente que cumplirá con su cometido neutral como juez, pero que su lealtad sigue siendo hacia mí, su Alfa legítimo.
Luego da unos pasos hacia atrás y se retira colocándose en la tarima cerca de Marco.
Desde ese ángulo podrá vigilar claramente el desarrollo del combate e intervenir de inmediato en caso de que ocurra una violación a las reglas y sea necesario.
Los testigos también están preparados en su posición en las esquinas.
Cuando nos colocamos frente a frente, Mortimer desenvaina una espada rápidamente de su espalda —alguien en su esquina le había ayudado a ajustarse el cinturón, pero no sé quién fue—.
El traidor no tiene intención de realizar el saludo formal; pretende ir directo a la carnicería.
Me parece perfecto. Eleva su espada con violencia e inmediatamente ejecuta una estocada descendente, intenta partirme el cráneo en mitad de la frente.
Desenvaino mi espada consagrada con un movimiento reflejo para repeler su primer ataque.
El choque de los metales resuena en todo el Palazzo.
Desvío su hoja con facilidad con un golpe seco de mi muñeca y pongo en alto mi Arma de Alfa.
Todos los consejeros ahogan una exclamación y se sorprenden al verla.
Seguramente los traidores pensaron que utilizaría la antigua espada de mi abuelo, la que me legó con el traspaso de mando; un arma que me habría servido, sí, pero jamás con la sintonía y devastación de la espada que fue especialmente forjada para mí y ungida con el ritual de mi sangre.
Mortimer da un pequeño paso hacia atrás, visiblemente desconcertado.
No esperaba en lo más mínimo que cargara con una espada nueva.
No le será tan sencillo vencerme y arrebatarme la vida como supuso en sus planes.
Está furioso, completamente fuera de sí.
Sus ojos están tan desorbitados que parecen salirse de sus cuencas; el odio lo tiene desquiciado.
Lo demuestra abalanzándose hacia adelante con brutalidad, intentando embestirme con el peso de su cuerpo como si fuera una topadora sin control.
Está blandiendo su espada hacia todos los flancos de forma caótica, desesperada.
Repelo su ofensiva sin el menor esfuerzo; doy un paso lateral ágil y lo dejo pasar de largo por la inercia de su propio ataque.
Mortimer se gira con rapidez, me apunta de nuevo con la punta de su acero y vuelve a arremeter contra mí, pero uso mi fuerza para ir frustrando cada uno de sus movimientos con desplazamientos quirúrgicos.
Mi potencia física no tiene comparación alguna con la suya, pero no deseo vencerlo tan rápido, prefiero que nos enfrasquemos en un intercambio prolongado.
Necesito descargar la furia de mi lobo y divertirme un poco a su costa frente a sus cómplices, quiero que todos reciban el mensaje.
El imbécil siempre ejecuta el inicio de cada uno de sus ataques por el flanco derecho, y yo le repelo la hoja obligándolo a desviarse por la izquierda.
Le resulta imposible cambiar la trayectoria de sus golpes; carece por completo de mi habilidad ambidiestra.
Cada vez que detengo uno de sus impactos con mi acero, el filo de mi espada consagrada aprovecha el roce para causarle pequeños cortes en los brazos y hombros.
Y en cuanto esto pasa, Mortimer va dando pequeños gemidos de dolor; lo está tocando un «Arma de Alfa» y eso le va generando pequeñas quemaduras.
Tampoco se imaginaba que yo hubiera realizado el ritual con mi nueva espada; comprenderlo solo lo enfurece más.
Sus heridas comienzan a sangrar profusamente; este tipo de quemadura rúnica no sirve para cauterizar, todo lo contrario, hace que la hemorragia sea constante.
Lo observo cansado, pero su mirada sigue destellando una astucia maliciosa.
Algo está tramando. Continúa intentando cortar mis brazos, pero sin el menor éxito; para mi percepción, esto parece un simple ejercicio matutino de entrenamiento.
De pronto, hace el amago obvio de incrustarme la hoja directo en mi corazón; es una maniobra muy previsible que me dispongo a desviar con un bloqueo ascendente, pero en el último milisegundo Mortimer cambia drásticamente el rumbo de su acero y apunta con saña hacia mis piernas.
Es una jugada sumamente sucia porque en este tipo de enfrentamientos, atacar las piernas no es de caballeros.
Intento esquivar la estocada baja, pero el traidor alcanza a rozarme la piel con la punta de su espada justo en el tobillo derecho.