Capítulo 20 Matt… esa mañana.
Las armas pueden ser fabulosas…
Me miro al espejo mientras me arreglo para enfrentar este día y noto lo pálido que estoy.
Definitivamente necesito el té de Jeffrey.
Zoe también se ha dado cuenta y me lo ha hecho saber; no quiero preocuparla con esto.
Deseo seguir alimentándola constantemente, y para lograrlo debo prestarle atención a mi propia salud, pero ayer estuve demasiado ocupado, y hoy no será muy diferente.
Cuando bajamos al comedor, Jeffrey ya me tiene preparado un termo con el bendito brebaje concentrado y unos emparedados para el camino.
Zoe decide no desayunar; debemos partir rápidamente cada uno a nuestras respectivas actividades.
Ella está investigando con mi abuelo a los lobos de Roma, así que le entrego la combinación de mi caja de seguridad para que acceda a los documentos que guardo en el despacho y prometo enviarle a Sofer para que la asista.
Como ya cuento con mis credenciales para acceder al Archivo si lo necesito, Sofer le será de mucha más utilidad a ella con su investigación.
Antes de que Zoe salga hacia las oficinas, acordamos intentar almorzar juntos, pero ya preveo la imposibilidad del plan.
Lo intentaré porque me gustaría verla antes de enfrentarme al Consejo, pero no lo encuentro viable.
Es probable que con Marco tengamos el tiempo justo.
Además, quizás sea mejor que no me vea; mi rostro seguramente delatará mis sentimientos.
Sé que la fuerza del linaje de todos los Alfas predecesores recorre mi cuerpo y me he entrenado para este cargo mucho tiempo, pero es probable que Mortimer o Alaric no jueguen limpio si me retan y las cosas pueden salir mal.
Ella me pregunta si puede acompañarme a la reunión del Consejo por la tarde, pero me niego a tenerla cerca de lo que podría convertirse en una lucha a muerte.
No quiero que corra ningún peligro, y más previendo el juego sucio de mis oponentes.
Intento posponer la decisión con una respuesta ambigua, pero no parece muy convencida.
Su mirada verde me traspasa, especulativa y termina asintiendo.
Nos despedimos besándonos con desesperación contenida y luego se marcha.
Salgo rápidamente de la mansión mientras me comunico con Marco.
Él me pasa una dirección que introduzco de inmediato en el GPS para dirigirme al lugar donde me espera.
También me comunico con Sofer para explicarle lo que Zoe necesita y me incorporo al tránsito de Palermo.
Odio no poder convertirme en lobo en mitad de la avenida.
Se supone que somos seres civilizados y no andamos a cuatro patas por las calles públicas, pero sería infinitamente más rápido si lo hiciéramos.
A lo largo de los años se han presentado muchas quejas en nuestra comunidad, porque al transformarnos nuestra ropa se hace añicos y, cuando regresamos a la forma humana, quedamos completamente desnudos; y los humanos no encuentran eso muy «civilizado».
Además, desde que asumí como Alfa no me he transformado; me intriga saber si mi forma lobuna será distinta.
Me lleva más de cuarenta valiosos minutos llegar a la ubicación de Marco. Ha estado todo el trayecto vociferando dentro de mi cabeza; quiere ir y despedazar a Mortimer y Alaric con sus propias manos. Es un Beta formidable; no podría haber elegido uno mejor.
—Menos mal que llegaste; me preocupaba que el tráfico te atrasara demasiado, hoy está peor que nunca —me dice en cuanto bajo del auto. Está en modo Beta puro, con la adrenalina a tope.
—Rompí varias reglas de tránsito para acortar tiempo; seguramente me lloverán las multas —le digo.
—Se las enviaremos a Mortimer y a su hijo. ¡Unos malditos desgraciados!
—¿Hiciste lo que te pedí? —pregunto, cambiando de tema y enfocándome en lo importante.
—Por supuesto. El Herrero de la Manada ya está trabajando adentro.
Nos indicará cuando podemos pasar; todavía le falta un poco, pero me aseguró que terminaría a tiempo.
Tendrás que probar el peso y, si te funciona, realizaremos el ritual para convertirla oficialmente en «Arma de Alfa».
Necesitas donar sangre, además del juramento que te enseñó Sofer.
—De acuerdo. ¿Por qué nos citó en este lugar? ¿La fragua del Herrero no está en su propia residencia?
—Sí, tiene una allá, pero esta es la que utiliza exclusivamente para este tipo de encargos.
Es un lugar aislado, de difícil acceso y cuenta con varios hechizos protectores; dice que por eso es más seguro.
No le agrada mezclar los materiales de su herrería comercial con su cargo de Herrero de la Manada.
—No lo sabía, ni pensaba tener que estar buscando un arma tan pronto —admito—. Pero si me obligan a usarla, te juro que los haré pagar tan caro que aprenderán a no jugar con el Alfa. No toleraré ninguna otra insubordinación en mi territorio.
—Claro que no. Cuando hablé con el Herrero, interpretó perfectamente la gravedad de la situación y sugirió además un arma adicional para tu forma de lobo.
Sé que tu idea es luchar en forma humana porque crees que es más justo para ellos debido a que tu lobo será más poderoso, aunque esos bastardos no se merezcan ninguna justicia; pero él tiene razón: si te ves obligado a combatir como lobo, es mejor que estés preparado.
Ellos son capaces de salir con cualquier trampa.
—Sí, tienen razón, es mejor estar preparado. ¿Tendré que hacer lo mismo que con la otra arma?
—Solo me dijo que tendrías que transformarte mientras realizas el ritual mentalmente.
—Aceptaré las dos armas, entonces. Si me retan, intentaré combatir en forma humana; no quiero que luego anden diciendo que me aproveché de mi fuerza de Alfa. Pero si no lo aceptan así, o si noto el más mínimo indicio de trampa, me transformaré y terminaré con esto como un lobo.
Esperamos poco más de una hora repasando toda la información por enésima vez hasta que el Herrero finalmente concluyó su trabajo y nos hizo pasar a su fragua.
Adentro el calor es intenso y sofocante.
El taller es imponente; tiene bloques de metales apilados con un orden casi militar en distintos estantes.
Muchos brillan en su estado natural, otros lo harán cuando el Herrero los moldee.
En un costado hay una vitrina reforzada que resguarda piedras preciosas en bruto y otras ya pulidas, listas para ser engarzadas en las empuñaduras.
En la esquina opuesta se eleva una tarima de piedra bastante grande que tiene un círculo de runas rojo pintado en su centro.
Ahí debo hacer el ritual; nunca tuve la oportunidad de ver a mi abuelo consagrar sus armas, pero conozco el procedimiento.
El olor aquí adentro es visceral, denso; no es solo la combustión o la manipulación de los metales incandescentes, es algo místico lo que se percibe.
Es almizclado, picante, con notas a bosque viejo; es el olor puro de la Manada.
Ahora comprendo perfectamente por qué este taller está separado de su trabajo particular: la fuerza de la manada siciliana habita entre estas paredes.
El Herrero me explica los pasos detalladamente mientras me entrega la espada que ha forjado a contrarreloj para mí.
Todavía noto el calor emanando del metal.
Al sostenerla, compruebo que tiene un contrapeso impecable y una descarga de energía recorre mi brazo de inmediato.
Efectivamente, es mi espada; ya se está enlazando con mi lobo interior.
No solo es una herramienta letal de combate, sino que el Herrero se ha esmerado en decorarla: lleva el Emblema de Armas de Sicilia con incrustaciones de rubíes rojo intenso por un lado y el Escudo de la Familia Capolupi decorado con oro y plata por el otro, similar a la que heredé de mi abuelo al asumir como Alfa.
Después me pasa una daga que también ha forjado; es totalmente de plata, de líneas sencillas pero con un peso poderoso.
Es un obsequio personal, de él especialmente para mí, para que en caso de necesitarla en el duelo, no manche con sangre traidora la daga ceremonial con la que se me cedió el poder.
Estoygradecido por su gesto desinteresado y así se lo hago saber.
Pasamos a activarlas formalmente como «Armas de Alfa».
Una vez completemos el ritual, serán una extensión de mi propia energía, de mi poder de Alfa y solo responderán ante mí.
Primero consagramos la espada, luego la daga.
Subo a la tarima de piedra y, usando el filo de la espada, me hago un corte profundo en la palma de mi mano derecha —la que sostendrá el metal en la lucha— y la sujeto con fuerza por la empuñadura.
La sangre gotea abundantemente dentro del círculo rojo preparado para el ritual. Recito las palabras con voz firme:
—«Alma de Lobo Siciliano Ancestral: magnifica esta espada para investirla con tu poder.
Que el fuego de la fragua temple su voluntad y mi sangre selle su destino.
No dejes que nadie la dañe; solo aquel que sea digno podrá sostenerla, y ante la justicia de un Alfa se han de doblegar.
Que sea puño y garra en la batalla, y escudo para mi manada. »
Al pronunciar la última sílaba, la espada resplandece con un brillo cegador y de su hoja brota fuego ardiente por un segundo.
Ya es un Arma de Alfa. Hago exactamente lo mismo con la daga, pero está vez me corto ambas palmas, porque este tipo de arma se debe poder empuñar con cualquiera de las dos manos.
Mi sangre se desliza desde el filo hasta la empuñadura donde la sostengo.
Repito el juramento del ritual, reemplazando la palabra espada por daga.
Sucede el mismo fenómeno místico. Ambas armas están listas.