El Alfa y la Princesa de Sangre (Secretos de Sangre 1) Capítulo 16 Matt
44%

Capítulo 16 Matt

Revelaciones: Llegó el momento de hablar con mi abuelo…

Estoy escoltando a Sofer a la salida del edificio y, al recordar mi promesa a Zoe, le pido si me acompaña a conocer a mi «socia». No encuentro otra palabra para describirla sin delatarme. Sofer accede de buen grado, por supuesto, de modo que nos dirigimos hacia su oficina.

—Zoe, disculpa que te moleste e interrumpa tus labores —le digo llamando a la puerta de su despacho, que permanece abierto—.

Deseo presentarte al señor Sofer. Él es el Escriba de la Manada.

Cómo me habías manifestado que nunca habías conocido a un escriba y que tenías curiosidad por conocer las funciones de un archivista licántropo, te presento al nuestro.

Me esmero en modular las palabras para mantener la fachada profesional.

No sé qué otra cosa decir para no parecer un tonto, ya que carece de lógica que un Alfa le presente un escriba de lobos a una vampiresa ajena a la comunidad sin un trasfondo mayor; pero se lo prometí y pretendo cumplirle.

Ya cargo con suficiente peso al tener que faltar a la promesa que le hice a mi abuelo.

Esta misma noche hablaré con él y seré sincero.

Zoe merece ser reconocida, no quiero seguir ocultando lo nuestro; y él merece saber la verdad por mi propia boca.

—Un verdadero honor, señor Sofer —le saluda Zoe con una sonrisa luminosa—.

Cuando Matt me dijo que usted vendría de visita, yo le comenté que nunca había tenido el privilegio de conocer a un escriba de una manada.

Como se habrá dado cuenta, soy una vampiresa y no es un concepto que me resulte familiar, pero encuentro su tarea fascinante.

Matt me contó sus funciones y la relevancia de estas y me parece un universo sumamente interesante.

—Oh, señorita, sus palabras me honran y me halagan —responde Sofer, ruborizándose de inmediato como un adolescente de instituto cuando la chica más popular le dirige una mirada inesperada—.

Si es de su agrado, estaría encantado de contarle todas las funciones y responsabilidades que tengo a mi cargo.

Hay muchas historias y crónicas interesantes que podría revelarle bajo la debida autorización de mi Alfa; le aseguro que le resultarán de lo más entretenidas e ilustrativas.

—Claro que sí, será un placer escuchar sus relatos —le dice ella, haciendo un movimiento de pestañas que deja aún más colorado a Sofer. Ya lo tiene en el bolsillo. No me pongo celoso porque Sofer podría ser, no se… ¿mi tatarabuelo?

—Creo que eso será para otro día, Sofer.

Tengo unas reuniones con unos clientes y la señorita Zoe me tiene que acompañar —intervengo, dedicándole una mirada cómplice a Zoe, pues si dejo que Sofer empiece con sus historias no saldremos temprano de las oficinas—; pero, no obstante, cuentas con mi autorización para hablar con Zoe sobre todo lo que ella quiera saber. No hay ningún problema.

Sofer me mira algo intrigado; ha notado lo raro que es que autorice de esa manera a Zoe, una vampiresa, para que tenga acceso a cualquier información.

Al diablo con mi idea de pasar desapercibidos.

En ese instante observo que inhala sutilmente, olfateando el aire hacia Zoe.

Nos huele a uno en el otro… se ha dado cuenta, sonríe y noto cómo lo aprueba.

—Claro, claro, Alfa, entendido. En cuanto me indique y la señorita Zoe disponga de tiempo, le contaré todo lo que desee saber —asiente con picardía—.

Que pase una excelente velada, señorita, ha sido un honor y un placer conocerla —se despide—.

Alfa, quedo a su disposición. Mañana atenderé al señor Marco cuando se presente en el Registro y, si necesita algo más, sabe cómo contactarme.

No es necesario que me acompañe a la salida, conozco el camino.

Los dejo para que sigan con sus asuntos…

comerciales —sonríe con picardía el viejo lobo.

En cuanto Sofer abandona el despacho, nos quedamos solos y las chispas parecen saltar entre nosotros. Somos como un compuesto explosivo. Nos miramos intensamente, devorándonos con los ojos.

—Ya terminé el trabajo por hoy. ¿Tienes planes para esta noche? —me pregunta, mirándome fijamente, con sus pupilas encendidas.

—Sí, los tengo —y bajando la voz para imprimirle crudeza carnal, añado—: mis planes incluyen el uso de unas esposas, un antifaz y plumas…

—sus ojos resplandecen de rojo por su hambre de mi sangre, pero lamentándolo me pongo un poco más serio—, pero antes incluyen una conversación sincera con mis abuelos. ¿Me acompañas, nena?

Ella recupera la seriedad de inmediato y asiente; toma su bolso y nos dirigimos hacia el estacionamiento subterráneo.

Abordamos mi vehículo, dejando el suyo estacionado, y nos vamos a casa tomados de la mano.

En el camino hablamos sobre la próxima conversación con mis abuelos y sobre lo que pienso que está pasando con Mortimer y su hijo.

Ella me infunde aliento, dándome ánimos; tiene plena confianza en mí.

Yo también comparto esa certeza: mi familia me apoyará, mi Beta cuidará mis espaldas y mi compañera estará siempre a mi lado. Todo va a estar bien.

∞∞∞

Ha llegado el momento. Voy a hablar con mi abuelo y enfrentar la situación.

En un principio pensé en postergarlo y tomarme unos días, pero la realidad se impone y no me siento bien ocultándole mis sentimientos por mi compañera.

No quiero que se entere por terceros y, además, mi Luna merece ser reconocida como tal.

Decidimos que primero abordaré solo la videollamada para hablar con él; o al menos estaré solo frente a la pantalla, porque Zoe estará detrás, a escasa distancia, escuchando, y luego se unirá a la conversación.

Ya le mandamos un mensaje a mi abuela y nos dijo que se enorgullece de nosotros por decidir dejar de ocultarnos.

Ella estará atenta al teléfono para facilitarnos la comunicación.

Zoe me da un beso tierno antes de marcar; ambos tenemos que esforzarnos para que no dispare una sesión loca de sexo sobre la mesa del comedor.

Reúno fuerzas y marco el número. Ojalá la conexión no demore; aunque me cueste admitirlo, estoy algo nervioso.

Demonios, soy el Alfa y mi abuelo ya no lo es, pero nunca dejará de ser mi abuelo, una de las personas más trascendentales e importantes de mi vida. Con suerte, no se sentirá defraudado.

—¡Matt, cariño! ¿Cómo te encuentras? No esperaba tu llamada —me saluda mi abuela guiñándome un ojo frente a la cámara. Su sonrisa cómplice es encantadora; una delicia. Capturo la pantalla para mostrársela a Zoe después.

—Hola, abuela, me encuentro muy bien —le respondo—. Recién llego de la oficina; hoy retomé la actividad en la empresa. Ustedes, ¿cómo están? ¿Han paseado mucho? ¿Disfrutaron del día?

—Sí, hoy dedicamos las horas a visitar y recorrer los Museos Vaticanos —explica con entusiasmo—.

Tu abuelo ya ha examinado esas galerías un centenar de veces con esta; por mi parte, yo apenas ochenta y ocho, pero él jura que siempre descubre detalles inéditos.

Yo le aseguro que es porque siempre que los visitamos juntos se distrae, porque suele tener las manos ocupadas acariciándome y no presta total atención al recorrido.

—¡Abuela! ¡No digas esas cosas, por favor! Esos detalles los podrías omitir —suplico avergonzado.

—Pero, querido, ¿de qué manera supones que llegaste a este mundo? —se mofa ella—. Tu abuelo tuvo que meterme mano y luego tu padre tuvo que hacer lo mismo con tu madre. ¡No naciste de la nada!

—Es verdad, lo sé, pero preferiría no escucharlo ni imaginarlo… —replico desviando la mirada.

—Peor sería presenciar una escena, ¿no lo crees? No vaya a ser que encuentres alguna prenda íntima colgada… no sé… por ejemplo, en una araña de cristal —añade y vuelve a guiñarme un ojo.

Me provoca, burlándose de cómo nos encontró el sábado. Zoe está conteniendo la risa. No puedo ganar esta discusión; mejor me dirijo a otro terreno y paso a lo que es importante.

—Tienes razón, abuela. ¿Podrías pasarme con el abuelo? Necesito hablar con ambos, ¿puede ser?

—Sí, querido, por supuesto, ahí viene. Acaba de salir de la ducha —ella asiente, cediéndole a él el espacio.

—Hola, Matt. ¿Todo bien? ¿Surgió algún problema? —me interroga mi abuelo, ocupando ahora la mayor parte del encuadre.

—Hola, abuelo. Sí, todo bien —le aseguro—. Solo hay algo que tengo que contarles a ambos, y probablemente no te guste —por ahora solo le hablaré del vínculo; lo de Mortimer será después.

—¿Qué pasa? Habla de una vez muchacho, tu tono me preocupa.

—Tengo que hablarte sobre lo que me pediste que te prometiera cuando decidiste cederme el mando.

—Continúa —su voz es algo dura; se ha dado cuenta de que no le gustará nada lo que viene. Mi abuela está detrás de él y sonríe de oreja a oreja.

—Pues… resulta que me vinculé —le suelto de golpe.

—¿Te has vinculado? ¡Pero eso es perfecto, magnífico!

—exclama mi abuelo, trasformando su seriedad en una dicha absoluta—.

¿Cómo se llama la loba? ¿Es de nuestra manada?

—continúa, y se pone a hablar con mi abuela—: ¿Escuchaste, cariño?

¡El muchacho se vinculó, se enlazó! Con seguridad pronto tendremos pequeños cachorritos, pequeños lobitos corriendo por el jardín.

Serán lobos fuertes, formidables, como somos todos los Capolupi.

Mi primer deseo es una bisnieta, una pequeña lobita para llenar de obsequios, incluso viajar con ella y consentirla; la mimaríamos mucho. ¿Te imaginas?