Capítulo 14 Zoe y Matt #2
—Entonces, cuéntame la situación del Consejo.
—Está bien, lo haré. Dispuse una reunión del Consejo para el miércoles, ahí los enfrentaré. Y Marco, durante el almuerzo, me dijo que cree que se está gestando una conspiración.
—¿Qué tipo de conspiración? —no puedo creer que apenas asumido Matt tenga que enfrentar algo así, debo ayudarlo.
—Pretenden coaccionarme, es decir, forzarme a emitir un decreto de separación de razas, quieren hacer obligatoria la segregación de razas dentro de la manada, y usarán mi promesa al abuelo como palanca —me explica—.
Pero Marco ahora sospecha que incluso puede haber algo más detrás, él cree que hay una amenaza mayor oculta en ese pedido.
Por esa razón, he citado al responsable del Registro de la Manada.
Necesito investigar antes de enfrentarme al Consejo el miércoles. Necesito armas, Zoe. Y las necesito ya.
—Bien, podemos trabajar con eso. Asígname una tarea —le ordeno.
—Es muy mandona, señorita Zoe. Se está comportando como una mujer muy autoritaria.
Quizás deba aplicarle algún correctivo; a un Alfa no se le mangonea ni se le imponen condiciones de esa manera —murmura, mientras sus dedos ahora están buscando meterse entre mis nalgas…
sigue con su idea de distraerme… a este juego se puede jugar de a dos.
—Alto ahí, detén tus manos, lobo, no intentes distraerme otra vez. No sabes lo mandona que puedo ser —le desafío, aprisionando su rostro—. Te ordeno que tomes mi pecho entre tus labios y me otorgues placer, mientras me informas aquí —le señalo mi cabeza— cuáles son los pasos que seguiremos.
—Puedo trabajar con eso —murmura contra mi piel, acatando mi orden.
Ataca mis pezones con pequeños mordiscos mientras reanuda el movimiento con sus caderas en mi interior. Sigue rígido, no se ha retirado de mi cuerpo en ningún momento desde que entramos al despacho, su voracidad es insaciable y yo soy completamente adicta a él.
Luego de alcanzar mi enésimo orgasmo, hablamos sobre la sesión, y la información que necesita obtener; promete mantenerme al tanto y solicitar mi ayuda si la requiere.
Será su primera sesión oficial ante el Consejo y quiere estar preparado y, desde ese momento, establecer cómo será su mandato.
No piensa tolerar ninguna insubordinación de nadie y pretende blindar su autoridad desde el primer segundo.
Cuando finalmente decidimos parar y que él vaya a atender a su cita, el desorden es total; el despacho acusa el rastro de una batalla carnal.
Sale de mi cuerpo y goteo el rastro de su liberación; ha eyaculado tantas veces dentro mío que agradezco estar tomando mis propias precauciones; si seguimos así, manteniendo este ritmo salvaje, quedaré embarazada pronto a menos que me siga cuidando.
Es un tema del que debemos hablar: quiero hijos y me imagino que él también, pero quizás podríamos esperar un poco.
Tampoco hemos hablado sobre dónde viviremos.
Tenemos tantas cosas que solucionar que por momentos me siento desbordada, pero lo contemplo y veo su fuerza y con eso se me pasa cualquier inquietud.
Nos higienizamos en el cuarto de baño del despacho, mientras me da besos suaves, prometiéndome que habrá más después; ya estoy imaginando el fuego en que encenderemos nuestros cuerpos en las horas nocturnas.
Aunque intentamos parecer presentables, irradiamos sexo por cada poro.
El despacho huele a nosotros, está impregnado con nuestra esencia física, con lo que hemos hecho tan intensamente.
Pero no queda otra opción que salir de la estancia de esta manera.
Parto hacia mi oficina para terminar la jornada, mientras Matt se encamina a la sala de juntas.
No puede recibir a nadie aquí; hemos consumido todo el oxígeno.
∞∞∞
MATT
La tengo estrechada en mis brazos, su piel todavía arde bajo la mía, y mi único impulso es continuar enterrando mi miembro en su interior hasta que las intrigas del mundo exterior se desvanezcan. Sin embargo, el intercomunicador es implacable. Mi cita ha llegado.
—¿Con quién tienes esa audiencia? ¿Necesitas mi ayuda? —pregunta Zoe, y noto en su voz que ya no es solo curiosidad. Hay un filo de autoridad que me fascina y me aterra a partes iguales.
—No, nada importante, nena. Únicamente quiero verificar ciertos datos —miento, o más bien trato de restarle importancia mientras le acaricio la espalda de forma perezosa. Mi instinto me ruge que la mantenga alejada del Consejo, de las sombras que Marco ha empezado a ver.
—Por favor, Matt, dime qué pasa, no me dejes fuera —su mirada se clava en la mía con una fijeza implacable—.
Sé que algo te preocupa más allá de tu abuelo y me estás excluyendo deliberadamente.
Hoy lo hiciste por la mañana, antes de hablar con mi padre, luego también cuando estabamos con Marco y no me gusta.
Soy tu Luna, tu compañera y tu igual, no quiero, me niego a permanecer al margen.
Sus palabras me golpean como una descarga física. Comprendo que, en mi afán por protegerla, estoy incurriendo en el mismo error de criterio que tanto critiqué en mi abuelo: tratar el vínculo como si constituyera una debilidad, en lugar de la fortaleza que representa.
—Lo sé, tienes razón, pero mi único propósito es evitarte tensiones innecesarias, no quiero preocuparte sin necesidad.
Por la mañana me dominaba la furia, estaba enojado con tu padre, por esa razón te bloquee mentalmente.
Él se presentó imponiéndome la reunión, ya anoche me llamó para organizar mi agenda y yo ignoraba que además hoy él ya sabía sobre lo nuestro.
—Está bien, ¿Y ahora qué me ocultas? ¿De qué cosa hablabas con Marco? —no lo dejará pasar, quiere saberlo todo.
—El motivo de mi reserva es porque Marco sospecha que se está gestando una rebelión en el Consejo de la Manada y no pensé en involucrarte porque no quiero que nada te afecte.
—Matt, si soy tu compañera, soy la Luna, y paso a formar parte de la manada aunque sea una vampiresa. ¿Acaso mi raza me priva del derecho a saber qué pasa con la manada de mi compañero? ¿A tu abuela no la consideras parte? —me reclama con firmeza.
—Tienes toda la razón, no lo había pensado desde esa perspectiva, cometí un error de criterio —acepto, rindiéndome ante su lógica mientras mis dedos se hunden en su carne, acariciando sus nalgas—.
El que nos hayamos vinculado, que lo hayas aceptado, va a traer mucho trabajo para ti, será un gran esfuerzo.
Como Luna de Sicilia, tendrás un rol que desempeñar, tendrás responsabilidades.
Me comporté como un estúpido al pretender aislarte, ha sido una insensatez no haberlo considerado.
Deberías pedirle ayuda a mi abuela; ella planeaba seguir cumpliendo el papel, pero ahora ese puesto es tuyo, te pertenece por derecho.
Ella tiene la razón. Si mi abuela es la Luna de mi abuelo, Zoe es la mía, y eso conlleva un peso que ella está más que dispuesta a cargar con orgullo.
—Entonces, cuéntame la situación del Consejo.
—Está bien, lo haré. Dispuse una reunión del Consejo para el miércoles, ahí los enfrentaré. Y Marco, durante el almuerzo, me dijo que cree que se está gestando una conspiración.
—¿Qué tipo de conspiración? —pregunta, y veo cómo su mente analítica empieza a trabajar.
—Pretenden coaccionarme, o sea, forzarme a emitir un decreto de separación de razas, quieren hacer obligatoria la segregación de razas dentro de la manada, y usarán mi promesa al abuelo como palanca —le explico, mientras la atraigo más hacia mí—.
Pero Marco ahora sospecha que incluso puede haber algo más detrás, él cree que hay una amenaza mayor oculta en ese pedido.
Por esa razón, he citado al responsable del Registro de la Manada.
Necesito investigar antes de enfrentarme al Consejo el miércoles. Necesito armas, Zoe. Y las necesito ya.
—Bien, podemos trabajar con eso. Asígname una tarea —me ordena con firmeza.
—Es muy mandona, señorita Zoe. Se está comportando como una mujer muy autoritaria. Quizás deba aplicarle algún correctivo; a un Alfa no se le mangonea ni se le imponen condiciones de esa manera —murmuro, y mis dedos buscan meterse en su cuerpo… quiero distraerla, no me gusta que se ponga tan seria.
—Alto ahí, detén tus manos, lobo, no intentes distraerme otra vez.
No sabes lo mandona que puedo ser —me desafía aprisionando mi rostro, creo que ha dado vuelta la situación y es ella ahora la que me quiere distraer—.
Te ordeno que tomes mi pecho entre tus labios y me otorgues placer, mientras me informas aquí —me señala su cabeza— cuáles son los pasos que seguiremos —me responde ingeniosamente y recalcando que lo haremos juntos.
Verla aceptar el peligro con esa determinación real me inunda de un orgullo que me endurece de nuevo, tensando mi miembro de inmediato.
Me provoca dándome órdenes, y yo no puedo más que obedecer.
Soy un Alfa, pero soy su esclavo para cumplir sus deseos.
La satisfago física y mentalmente, nos quebramos en simultáneo otra vez en un nuevo clímax poderoso y le cuento mis preocupaciones y sospechas, lo que pienso hacer con el Consejo, la información que busco y le prometo pedirle ayuda si lo necesito.
Cuando finalmente nos separamos para ponernos presentables, el despacho es un caos de aromas y fluidos.
Nos higienizamos, compartiendo algún que otro beso.
Son besos castos que esconden una promesa de fuego para más tarde.
Ella sale hacia su oficina, irradiando ese brillo que solo los Lucentezza poseen después de una batalla ganada, y yo me dirijo a la sala de juntas a reunirme con Sofer.