Capítulo 14 Zoe y Matt
Rico almuerzo, mejor postre...
ZOE
Noto a Matt considerablemente más sereno; ha solucionado las hostilidades con Marco y establecido una tregua con mi padre, pero igualmente intuyo que algo más le está pasando.
Una sombra distinta continúa perturbando sus pensamientos.
Mientras almorzamos, intento acercarme mentalmente para que me confiese qué le inquieta, pero por el contrario, el muy astuto esquiva mi escrutinio.
En su lugar se dedica a distraerme, saboteando mi control, describiéndome con crudeza lo que pretende hacer con mi cuerpo, lo bien que estamos juntos, lo adictivo que le resulta y el ansia salvaje que lo domina por devorar y jugar con mis pezones.
Me quiere volver loca, desquiciarme sensualmente.
Sabe perfectamente que mis pezones ya se dibujan erectos bajo la tela de mi blusa debido a su provocación y tiene el descaro de pedirme que deje de distraerlo.
Me resulta un poco complejo prestarle atención a Marco, siguiendo el hilo de la conversación y, en simultáneo, descifrar qué oculta Matt.
Yo no soy un Alfa; carezco del atributo de la compartimentación, y él lo sabe, por eso me provoca, explotando esa ventaja para distraerme con sus ataques lujuriosos.
Asumí que le había quedado claro en la confrontación con mi padre que no necesito que me proteja, ni ser resguardada en una urna de cristal, pero parece que es algo que tendremos que hablar de nuevo, requerimos redefinir los terrenos nuevamente, en esta relación los términos deben ser de igualdad.
Demonios, sostengo un debate interno, una conversación conmigo misma, mientras le respondo a Marco sobre los reportes de Roma y me defiendo del acoso carnal de mi compañero.
Creo que finalmente estoy haciendo varias cosas en simultáneo en mi mente.
¿Será que algo de su compartimentación la esté asimilando por ser la Luna de Sicilia?
¿O simplemente soy más rápida mentalmente como lo soy físicamente porque bebí de forma directa de su vena, algo que nunca había hecho?
Es otra interrogante que archivaré para mi futura conversación con Sophie.
Ahí es cuando me doy cuenta y comprendo que es probable que la inquietud de Matt sea por la futura conversación con su abuelo.
Aunque Sophie opere como nuestra aliada y nos apoye, Calo será un hueso duro de roer.
Se pondrá tenso, de eso no hay duda. Intento transmitirle calma a Matt por el lazo, asegurándole que resolveremos juntos cualquier inconveniente con su abuelo, pero él asiente demasiado rápido.
No. Definitivamente no es la reacción de Calo lo que lo preocupa. Ya descubriré que esconde
Disfrutamos en nuestro almuerzo unas pastas a la carbonara que resultan un manjar absoluto.
Es un verdadero milagro que Marco haya conseguido mesa en «Señoras Pastas»; debo conocer su secreto, porque la lista de espera suele ser de semanas.
Rogelio, su dueño, es un encanto, se presentó a saludarnos antes de irnos y felicitó a Matt por su ascenso como nuevo Alfa.
Al abandonar el establecimiento se nos acercó un reportero interceptándonos.
La noticia del nuevo Alfa de Sicilia ya es pública y los paparazis disputan la exclusiva.
Matt responde con paciencia y le pide su contacto asegurándole que si frena la nota unos días, le dará una entrevista exclusiva.
Registré que el reportero ha fijado su atención en que Matt me lleva de la mano; de ahí la urgencia de pactar un silencio hasta el anuncio oficial.
El reportero ya saborea la exclusiva de dos noticias: el nuevo Alfa y, la nueva relación de la alta sociedad.
Pero para dejarlo aún más conforme, le doy el número de mi secretaria, Carolina; ella podrá darle información sobre el hotel que inauguraremos en París; sabe manejar muy bien a la prensa encauzando a los medios a los temas del plano profesional.
Además, no viene mal el beneficio de la publicidad gratuita.
Libres del reportero, Marco se despide alegando recados fuera de la oficina.
Al saludarse con Matt, percibo que hablan de algo que no quieren compartir conmigo; la mirada entre ellos delata que intercambian información confidencial de la que no estoy siendo parte.
No me gusta. Si soy la Luna de Matt, quiero serlo en todos los sentidos.
Me niego a ser marginada, no soy una damisela indefensa.
El trayecto de regreso a las oficinas pasa volando en un silencio denso. Matt permanece ensimismado, pensativo, observando por la ventanilla. Lo dejo pasar; postergo la confrontación; no parece prudente tener este debate delante del conductor, ni siquiera mentalmente.
En cuanto cruzamos el umbral de su despacho, Matt asegura el cerrojo, activa el sistema de insonorización ambiental y, en un parpadeo, me toma aprisionándome en sus brazos.
Devora mi boca con una furia implacable, como si pretendiera meterse bajo mi piel, fundir su carne con la mía.
Está encendido, excitado a más no poder, completamente rígido.
Su fragancia se intensifica en esa mezcla de especias que despiertan mis instintos más primitivos, dándome ganas de saborearlo, devorarlo por completo.
La charla sobre la honestidad tendrá que esperar.
No hay preámbulos. Él es consciente de que estoy empapada y deseosa por él desde el restaurante y su provocación mental.
Desliza mi falda hacia arriba y se sorprende al descubrir que no llevo ropa interior; no anticipaba esa jugada, no se la esperaba para nada.
Libera su verga y se entierra profundamente en mí en una embestida con un suspiro ronco; su hombría caliente está tan dentro mío que es delicioso.
Mentalmente, me confiesa que «ha llegado a casa» y que se dispone a saborear y disfrutar de «su postre».
Asegura que no querría salir de mí cuerpo en todo el día, que sería capaz de trabajar, comer y hablar mientras me posee.
Jadeo ante la crudeza de su confesión, suspiro porque deseo lo mismo, siento la misma urgencia carnal, pero seríamos noticia antes de lo previsto si fuera montada en su miembro durante toda la rutina laboral.
Él se vuelve un animal salvaje moviéndose, embistiéndome sin piedad, marcándome con cada golpe, buscando el fondo de mi carne con contracciones rítmicas que activan cada una de las terminaciones nerviosas en mi pubis.
Nos corremos tan fuerte y rápido que no han pasado ni dos minutos desde que entramos.
Alcanzamos un clímax tan violento que solo demuestra la intensidad arrolladora que nos domina.
El juego mental ayudándonos a estimularnos y llegar al clímax, está bien, más que bien en realidad, pero jamás igualará la sensación de tener su verga tocando mi útero, de sentir la fricción física de su carne golpeando dentro de mí.
Le aseguro en un jadeo que haber pasado más de doce horas privados de este contacto ha sido una agonía intolerable; él se ríe y la vibración de su miembro en mí interior me arranca un gemido delicioso.
Me confiesa que estaba pensando lo mismo, compartía el mismo tormento y por eso estaba evaluando encontrar la forma para poder poseerme cada hora… ¿o quizás cada media?
Me carga en sus brazos sin romper la unión y nos traslada hacia el sofá —acabamos de comprobar la solidez de la pared junto a la entrada— y vuelve a tomarme devorándome con una fuerza física brutal.
Dedicamos más de una hora a explorar y probar posiciones y desafiar cada rincón del despacho.
El hambre no disminuye, no nos saciamos, pero la realidad nos interrumpe cuando su secretaria le avisa por el intercomunicador que su próxima cita lo aguarda en la sala de espera.
—¿Con quién tienes esa audiencia? —inquiero intentando recuperar el aliento—. ¿Necesitas mi ayuda?
—No, nada importante, nena —responde Matt—. Únicamente quiero verificar ciertos datos.
—Por favor, Matt, dime que pasa, no me dejes fuera, no quiero estar al margen.
Sé que algo te preocupa más allá de tu abuelo y me estás excluyendo deliberadamente.
Hoy lo hiciste por la mañana, antes de hablar con mi padre, luego también cuando estábamos con Marco y no me gusta.
Soy tu Luna, tu compañera y tu igual; no quiero, me niego a permanecer al margen.
—Lo sé, tienes razón, pero mi único propósito es evitarte tensiones innecesarias, no quiero preocuparte sin necesidad —me explica mientras sus manos recorren mi espalda en una caricia reconfortante—.
Por la mañana me dominaba la furia, estaba enojado con tu padre; por esa razón te bloqueé mentalmente.
Él se presentó imponiéndome la reunión, ya anoche me llamó para organizar mi agenda —eso no me lo había contado, me alegro de que ahora lo haga— y yo ignoraba que además hoy él ya sabía sobre lo nuestro.
—Está bien, ¿Y ahora qué me ocultas? ¿De qué cosa hablabas con Marco?
—El motivo de mi reserva es porque Marco sospecha que se está gestando una rebelión en el Consejo de la Manada, y no pensé en involucrarte porque no quiero que nada te afecte.
—Matt, si soy tu compañera, soy la Luna, y paso a formar parte de la manada aunque sea una vampiresa. ¿Acaso mi raza me priva del derecho a saber qué pasa con la manada de mi compañero? ¿A tu abuela no la consideras parte? —le rebato desafiante.
—Tienes toda la razón, no lo había pensado desde esa perspectiva, cometí un error de criterio —admite él, rindiéndose ante mi lógica, mientras sus dedos van acariciando mis nalgas—.
El que nos hayamos vinculado, que lo hayas aceptado, va a traer mucho trabajo para ti, será un gran esfuerzo.
Como Luna de Sicilia, tendrás un rol que desempeñar, tendrás responsabilidades.
Me comporté como un estúpido al pretender aislarte, ha sido una insensatez no haberlo considerado.
Deberías pedirle ayuda a mi abuela; ella planeaba seguir cumpliendo el papel, pero ahora ese puesto es tuyo, te pertenece por derecho.