El Alfa y la Princesa de Sangre (Secretos de Sangre 1) Capítulo 11 Zoe
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Capítulo 11 Zoe

Será un choque de mundos.

Sentirme distinta nunca me ha preocupado.

Al ser una princesa de la Familia Vampírica Real Lucentezza; la diferencia es mi estado natural.

Mis padres son, a efectos prácticos, los reyes vampíricos de Italia; no hay nadie por encima de ellos en nuestro territorio, salvo mis abuelos.

Ellos representan lo que los humanos llamarían «Reyes del Mundo Vampírico» y son los únicos vampiros inmortales conocidos, seres que han visto pasar las eras hasta olvidar su propia edad.

Hace muchísimos siglos delegaron el mando en sus hijos, repartiendo sus dominios.

A mi padre, Zareb, le correspondió Italia, mientras que a mis tíos, el resto de las regiones donde nuestra raza habita.

Solo mi tío Zane, el menor con apenas ciento cincuenta años, permanece sin un dominio propio; creo que se debe a que nació muchos siglos después de la repartición.

Por otra parte, mi tía Zuri tampoco dirige un territorio; al enviudar, lo cedió a mis primos y ahora suele pasar gran parte del año con nosotros ya que se lleva muy bien con mi madre.

Mientras mis abuelos viajan disfrutando de su eternidad, el resto de nosotros nos enfrentamos a una realidad distinta.

Los vampiros no somos inmortales; simplemente estamos congelados en el tiempo.

Una vez alcanzamos la madurez, nuestra apariencia se detiene, permitiéndonos vivir entre tres mil y cuatro mil años.

Es una cifra vasta, sí, pero tiene un final.

Nadie sabe por qué mis abuelos rompen esta regla.

Sé que existe una profecía que explica su longevidad infinita, pero en mis cortos treinta y nueve años, aún no he logrado descifrarla.

Algún día lo haré; la curiosidad investigativa es parte de mi ser.

Soy la menor de catorce hermanos. Mis padres han traído un hijo al mundo casi cada siglo durante los más de mil quinientos años que llevan juntos.

Mi padre, Zareb, tiene mil novecientos cuarenta y ocho años y mi madre, Mirella, mil ochocientos veintitrés.

Son el retrato vivo de la felicidad: él es estricto pero devoto; ella es la dulzura personificada, con una amabilidad que me recuerda mucho a Sophie, la abuela de Matt.

Precisamente pensar en ellos es lo que me atormenta esta mañana mientras cruzo el umbral del «Castillo Lucentezza», la residencia de mis padres.

Anoche, tras ese clímax por inducción mental que me dejó temblando, Matt se despidió con cuatro palabras que cambiaron mi perspectiva: «Te amo para siempre» —me dijo, y luego se desconectó—.

Me quedé aturdida. No solo por ser su primer «te amo», sino por la aterradora comprensión de que su «para siempre» no es igual al mío.

La brecha entre las esperanzas de vida de nuestras razas es un abismo que no había querido ver.

Él es un lobo; yo soy una vampiresa. Nuestros relojes se detendrán en momentos muy distintos.

He pasado la noche en vela, devorada por la duda.

¿Cómo se construye un futuro cuando el concepto de eternidad tiene fechas de caducidad tan diferentes?

Con ese peso en el pecho me dispongo a entrar en el hogar de mi familia.

Cuando me recibe el mayordomo de mis padres —un vampiro que servía a mi padre incluso desde antes de su matrimonio— y me hace pasar a la pequeña sala de visitas de mi madre, inundada por el sol a raudales.

Sonrío al recordar la antigua creencia de los humanos de que el sol nos calcinaba, nacida en la época anterior a que nuestras razas decidieran convivir libremente, de que el sol nos calcinaba.

Nuestra piel, por el contrario, resplandece bajo sus rayos; es como si los absorbiéramos y retuviéramos su luz por mucho tiempo.

Por eso, si no queremos parecer una lámpara andante, solemos usar algún protector cuando estamos muy expuestos, pero nada más.

Todos los vampiros disfrutamos enormemente al sentir el calor solar en la piel.

A los pocos minutos llega mi madre. Está vestida muy elegante para un lunes por la mañana.

Seguramente se dirige hacia algún evento; tendrá que acudir a alguna recaudación de fondos para su ONG o, si mi padre tiene suerte, irá a acompañarlo en algún almuerzo de negocios.

A él le gusta que ella lo acompañe a determinados compromisos porque posee la capacidad de «influir» en algunas personas —principalmente humanos—, relajándolas y facilitándoles la toma de decisiones.

No es que las personas hagan lo que ella quiere, pues así no funciona su poder, pero sí las calma, les quita presión y, de esa manera, pueden elegir mejor.

Sin embargo, ella solo lo acompaña si él se ha portado «bien», lo que en lenguaje de mi madre significa: únicamente si no se entrometió en la vida de ninguno de sus hijos.

—Cariño, estás muy guapa como siempre, pequeñita de mamá —me saluda con una sonrisa cariñosa—. Aunque pareces un poco fatigada, ¿te encuentras bien?

Ya dije que soy la menor de mis hermanos, ¿verdad? ¿Y que algunos de ellos tienen más de mil años? Así que, pues sí, sigo siendo la pequeña de la casa.

—Hola, mamá. Estoy bien, no te preocupes —le respondo con un beso—. Tú sí que estás hermosa con ese conjunto. ¿Es nuevo? ¿Vas a algún almuerzo con papá?

—¿Esto? No, no es nuevo. Hay que reutilizar la ropa, cariño.

Este conjunto ya lo he usado muchas veces; lo habrías visto si me visitaras más seguido —añade, sin dejar pasar la oportunidad de reclamar mi atención—, pero sí, es verdad que me encanta; me siento fabulosa —me dice sonriendo; sabe que está más que fabulosa, está espectacular—.

Y no, no voy a almorzar con tu padre; tengo una recaudación de fondos del museo Etna de tu tía Zuri.

Voy para allá de inmediato porque se encuentra en mitad de un colapso nervioso; hay algunos problemas con los camareros y necesita ayuda para resolverlo.

—Oh, pobre tía. No voy a demorarte entonces —asiento—. Mi tío Zane me avisó que me enviaría un paquete aquí y que tenía que pasar a buscarlo. ¿Lo tienes tú?

—Sí, lo guardé en el cajón del escritorio.

Mi madre saca un pequeño paquete envuelto en papel marrón, lo más común del mundo. Me lo entrega junto a un sobre cerrado adherido por detrás que dice: «Querida Zoe, abre a solas. Primero el sobre, después el paquete».

—Qué extraño. El tío Zane siempre tiene estas ocurrencias, pero no entiendo por qué lo envió aquí en lugar de mi casa o la oficina.

—Ya sabes cómo es tu tío; siempre tiene alguna excentricidad —comenta mi madre, quien adora a su cuñado—.

Pero creo saber el motivo. Verás, este paquete venía en una caja dirigida a mí que contenía varios envíos: para ti, tus hermanos, tú padre y para mí.

Los míos eran obsequios de Estados Unidos, su último destino, por mi próximo cumpleaños.

El de tu padre contenía aquel collar de diamantes y esmeraldas de tu abuela, el que usó la navidad pasada, ese que tanto me gusta, ¿te acuerdas?

—Sí, el de las hojas de parra. Siempre te ha fascinado.

—Ese mismo. El sobre de tu padre tenía la misma indicación de «abrir a solas», pero como a él no le gusta que le digan qué hacer, lo abrió delante de mí.

Allí leyó la sugerencia de Zane: que me lo regalara en mi próximo cumpleaños y que este año no se olvidara de felicitarme, como le ocurrió el año anterior.

Obviamente, tu padre se enfureció porque su hermano le recordó su descuido y, en represalia, me lo entregó en ese instante.

Yo, feliz de igual manera. Esos dos se llevan como el perro y el gato; son divertidísimos cuando se lo proponen y estoy segura de que tu abuela se alió con Zane para molestarlo un poco.

Siempre le dice que tiene que ser más relajado y menos serio.

—¡Mamá! No digas eso —me río—. Me alegro por tu collar, pero me sigue pareciendo extraño el paquete para mí. Yo nunca me he olvidado de tu cumpleaños.

—Es verdad, cariño, pero bueno, ya nos enteraremos cuando lo abras. ¿Lo harás ahora, verdad?

Ya está intentando convencerme, segura de que dentro hay otro detalle para ella… Pero no; voy a cumplir el pedido de mi tío. Lo abriré a solas.

—No, lo abriré después—le informo.

—¿Y si vienen los pendientes a juego? Ábrelo ahora, por favor —me suplica.

—No, y no intentes persuadirme —le respondo mientras ella me mira haciendo un puchero como una niña—. Debo marcharme, ya llego tarde a la oficina.

—Está bien. Tus hermanos tampoco se dejaron convencer; tendré que mejorar mi método de persuasión. Vete a tu trabajo, entonces.

—Suerte con el evento de la tía —me despido con un beso.

—Sabes… podrías aprovechar ahora que tu padre va a ir a tu oficina y recordarle que, por mi cumpleaños, podría regalarme los pendientes a juego con el collar.

—¡Mamá! Basta. Tendrás tus obsequios, no te preocupes —le digo sorprendida—. No sabía que papá iba hoy a la empresa.

—Sí, antes de salir me comentó que tenía una reunión allí a las diez.

—Qué extraño. No me avisó —comento—. Tal vez sea con Matt; él sí mencionó que papá quería verlo.

—Qué hermosa fiesta la del sábado, Matt estuvo fantástico, ¿no crees? ¿Y viste con quién se fue Sara?

Mi madre me acompañó a la salida hablando de los cotilleos de la recepción, pero yo solo podía pensar en Matt y mi padre.

¿Qué asunto tendrían que tratar que no me invitaron a participar de la reunión?

Todo se siente extraño. Dejé a mi madre, guardé el paquete en la guantera y salí rápidamente hacia la oficina.

En mi mente persistía la preocupación sobre la diferencia de longevidades con Matt.

No es algo que pueda hablar con mi madre, al menos no por ahora, hasta que demos a conocer la noticia; por el contrario, la única que podría ayudarme es Sophie, ya que ella vive exactamente en mi misma situación.

Aunque no tendría lógica molestarla cuando está de viaje precisamente para darnos espacio.

Tendré que concentrarme en el trabajo y dejar las dudas a un lado. Por el momento…