El Alfa y la Princesa de Sangre (Secretos de Sangre 1) Capítulo 7 Zoe, Calo y Matt #3
21%

Capítulo 7 Zoe, Calo y Matt #3

—Claro, claro, querida, tienes toda la razón —concede mi abuelo acariciando su mano antes de continuar la charla conmigo, mientras las mujeres continúan su debate sobre vestidos y condes—.

Consulté con Adelina sobre este tema en particular; en realidad, sobre qué facultades perdería y cuáles conservaría. Ella sostiene que…

—¿Quién es Adelina? —lo interrumpo porque no sé exactamente de quien está hablando, pero ese nombre me resulta conocido, lo he sentido nombrar en alguna oportunidad.

—Disculpa, me olvidé que no la conoces —responde—.

Adelina es una bruja blanca; vive en Catania, cerca del Etna.

Es una coleccionista de libros, textos antiguos y archivos de historias de las razas.

Lo hablé con ella y me aseguró que es probable que conserve algunos poderes de Alfa, pero disminuidos.

Según ella, mi sangre no deja de ser sangre de Alfa porque haya transferido el mando.

Dice que seguramente algunos poderes perderán intensidad, pero es probable que conserve la gran mayoría de ellos.

Tendré que ir probándolos, pero por ahora eso no me preocupa.

—Nunca me mencionaste que hablaste con ella sobre ese asunto, querido —interviene mi abuela, ahora concentrada en nuestra conversación al igual que Zoe— ¿Por qué lo hiciste? ¿Estabas preocupado por perder tus poderes?

—No, por supuesto que no estaba preocupado; solo quería asegurarme de conocer cómo iba a ser después —le explica mi abuelo—. Cuando me convertí en Alfa, mi padre había fallecido y no fue el mismo proceso. No quería sorpresas, eso es todo.

—Lo que hiciste con Matt fue un gesto colmado de amor y confianza, Calo, pero sobre todo un acto valiente, al ceder el poder —añade Zoe contemplando a mi abuelo—. Estoy segura de que Matt estará a la altura del legado.

—Gracias, Zoe, es muy amable de tu parte decirlo —responde mi abuelo—, y perdónanos a todos porque te hemos hecho trabajar el doble en la empresa durante estos días en que has tenido que asumir las tareas de Matt.

Ahora él podrá volver al trabajo y nosotros, con mi princesa, también les brindaremos apoyo.

—No ha sido nada, Calo —dice Zoe con cortesía—. Me encanta mi trabajo, pero es refrescante a veces encargarse de tareas distintas, como ocuparme de cosas que habitualmente hace Matt. Fue divertido en realidad.

Está siendo educada con mi abuelo porque sé perfectamente que fue agotador.

Aunque en su agotamiento probablemente haya tenido algo que ver el hecho de que el vínculo estaba forjándose y su cuerpo al parecer empezaba a sentir necesidad de mi sangre, estoy seguro de que siempre preferirá alimentarse de mí en vez de utilizar alguna opción embotellada.

Lo que me recuerda el té de Jeffrey; tengo que conseguir más información sobre ese bendito brebaje.

—Deberías tomarte unas vacaciones —le propone mi abuelo—. Si lo deseas puedo hablar con Zareb para solicitarle que te autorice un descanso. Sé que es tu padre, pero debemos reconocer que es un tanto tirano en cuanto alguien le pide un receso laboral —comenta divertido.

—No te preocupes por Zareb —interrumpo la respuesta que Zoe estaba por dar—. Anoche me pidió una cita porque quería comentarme algunas cosas del trabajo, así que yo hablaré con él.

—Gracias a ambos, pero no necesito vacaciones; de verdad me encuentro muy bien —nos asegura, y me transmite mentalmente que se siente fuerte y plena, que mi sangre ha hecho eso por ella.

Nos avisan que todo está listo para la partida de mis abuelos, así que los acompañamos hasta el vestíbulo de entrada.

Le pregunté a mi abuelo sobre si llevaba suficientes provisiones del té de Jeffrey y me aseguró que siempre que le preparan la maleta se encargaban de cargárselas.

«Le doy un buen uso», me dice guiñándome un ojo.

Mi abuela, lejos de ruborizarse, sonríe como una boba.

Me imagino que debe de estar pensado en la cantidad de brebaje que usará mi abuelo en estas semanas y creo que soy yo quien termina ruborizado.

Zoe no entiende este intercambio; luego se lo le explicaré.

Nos despedimos en la entrada. Mi abuela nos besó a ambos y nos dedicó pequeños guiños cómplices mientras nos acariciaba la mejilla con afecto; mi abuelo besó a Zoe y me estrechó en un abrazo de oso, bueno, más bien de lobo.

En cuanto el vehículo partió rumbo al aeropuerto, con mis abuelos y sus asistentes que los acompañarían hasta el jet para luego tomarse sus propios días de descanso, nos quedamos completamente solos.

En la residencia no permanecía más personal que la señora Pompey, nuestra ama de llaves —quien fue mi niñera— y Jeffrey.

El resto disfrutaba de varios días libres tras la recepción.

Y ni la señora Pompey ni Jeffrey irrumpirían en esta sección de la mansión a menos que solicitáramos su presencia.

Finalmente estábamos a solas, y en lo único en que podía pensar era en el imperioso deseo de cargar a Zoe sobre mi hombro para conducirla directamente a mi dormitorio. No lo medité dos veces; lo hice sin dudarlo…