Capítulo 15
Annalise
Lo sentí antes de verlo. Aquel cosquilleo familiar en las terminaciones nerviosas que antes significaba consuelo y pertenencia, ahora era solo un doloroso recordatorio de lo que había perdido.
La cafetera que sostenía de pronto me pesó una barbaridad, y tuve que agarrarla con ambas manos para que no se me cayera.
Está aquí, dijo Sapphire con voz cortante de alarma. Nuestro antiguo compañero está aquí.
El corazón me latía con tanta fuerza contra las costillas que estaba segura de que todos en el restaurante podían oírlo. El bebé pateó frenéticamente, como si percibiera mi angustia, y me llevé la mano libre al vientre en un gesto protector instintivo.
Me giré lentamente, con las piernas como de agua, y ahí estaba él.
Marshall Kane. Alfa de la Manada Cascade. El hombre que había destruido mi vida, plantado en la entrada del Restaurante de Rita como si aquel fuera su sitio.
Parecía el mismo y a la vez completamente distinto.
Seguía siendo imposiblemente guapo, con esos ojos ámbar que habían poblado mis sueños durante meses.
Seguía moviéndose con esa autoridad natural que hacía que la gente se apartara a su paso.
Pero había algo nuevo en su expresión —incertidumbre, quizá incluso miedo— que jamás le había visto.
Se me aflojaron las rodillas y tuve que agarrarme al borde de la mesa más cercana para no tambalearme. Toda la fuerza que había construido, toda la confianza que había ganado, amenazaba con desmoronarse con solo verlo.
Respira, me ordenó Sapphire. Ya no somos aquella chica destrozada. Respira.
Obligué al aire a entrar en los pulmones mientras enderezaba la espalda y alzaba la barbilla. El peso familiar del vientre redondeado me recordó quién era ahora: no la adolescente desesperada y desconsolada que él había desterrado, sino una mujer que había aprendido a valerse por sí misma.
Todo el restaurante se había quedado en silencio. Las conversaciones se habían interrumpido a mitad de frase cuando todos se giraron a mirar al desconocido que acababa de entrar. En un pueblo como Crescent Bay, donde todo el mundo se conocía, un forastero llamaba la atención.
Pero este no era un forastero cualquiera. Este era el hombre del que había huido cinco mil kilómetros.
Los ojos de Marshall se cruzaron con los míos desde el otro lado del local, y vi algo centellear en sus profundidades. Reconocimiento, sí, pero también conmoción. Me miraba como si no me hubiera visto en la vida, con la mirada yendo de mi cara a mi vientre y volviendo.
—Annalise —dijo, pronunciando mi nombre apenas en un susurro.
Oír su voz pronunciando mi nombre después de tantos meses me oprimió el pecho de dolor. Había soñado con este momento, lo había imaginado de mil formas distintas, pero ninguna de mis fantasías me había preparado para la realidad de volver a verlo.
—Marshall.
Me enorgullecí de que no me temblara la voz, aunque las manos me temblaban tanto que tuve que soltar la cafetera antes de que se me cayera.
Dio un paso adelante y yo, instintivamente, di uno atrás. El movimiento fue pequeño, pero bien podría haber sido una bofetada. Lo vi quedarse paralizado, el rostro descomponiéndosele levemente al percatarse de mi retroceso.
—Yo... —empezó, pero se detuvo, y sus ojos recorrieron el restaurante como si acabara de darse cuenta de que teníamos público.
Y vaya público. Brett, el pescador de langostas, se había quedado inmóvil, con las manos curtidas aferrando la taza de café como si fuera un arma.
La señora Walker miraba con preocupación manifiesta.
Tom había empezado a levantarse de su asiento, su rostro habitualmente jovial endurecido en un gesto protector.
Puede que esta gente no conociera toda la historia, pero sabían lo suficiente. Sabían que huía de alguien y me habían acogido bajo su ala.
—¿Qué haces aquí? —logré preguntar, con la voz apenas más alta que un susurro.
—Vine a buscarte —dijo Marshall, con esa nota familiar de autoridad en la voz que en otro tiempo me derretía.
Ahora solo me daba rabia.
—Tenemos que hablar.
—No.
La palabra salió más cortante de lo que pretendía.
—No, no tenemos nada que hablar.
Sentía el peso de cada mirada en el restaurante, la tensión protectora que emanaba de las personas que se habían convertido en mi familia. Jimmy apareció en la entrada de la cocina, limpiándose las manos en el delantal, con el rostro joven ya endurecido por la determinación.
—Cometí un error —dijo Marshall, acercándose otro paso.
—Me equivoqué en todo: en cómo te traté, en lo del embarazo. Por favor, déjame explicarte...
—Para.
Levanté una mano temblorosa y él se quedó paralizado.
—No. No te acerques más.
—Por favor, déjame explicarte —repitió.
La desesperación en su voz casi bastó para quebrar mi determinación. Casi. Pero entonces recordé la sensación del vínculo de compañeros al romperse, la agonía de su rechazo, cómo me había mirado con tanto asco y furia.
—No quiero escuchar tus explicaciones —dije, con la voz cada vez más firme.
—No quiero oír que te equivocaste ni que has cambiado. Viví con las consecuencias de tus decisiones. Sigo viviendo con ellas.
—Annalise, por favor...
—¿Hay algún problema aquí?
La voz de Rita cortó la tensión como un cuchillo. Salió de detrás del mostrador, con todo su metro cincuenta y cinco erizado de furia protectora. A pesar de su escasa estatura, consiguió parecer formidable al colocarse entre Marshall y yo.
Marshall se giró para encararla, y lo vi parpadear sorprendido ante la feroz determinación que ardía en sus ojos.
—Soy Marshall Kane. Soy el... —se detuvo, mirando los rostros humanos que nos rodeaban—. Soy su... pareja. Tenemos que hablar.
—¿Pareja?
La risa de Rita fue cortante y amarga.
—Muchacho, perdiste todo derecho a llamarte así cuando la abandonaste embarazada. Ella no es nada tuyo.
Nuestra familia, dijo Sapphire con feroz orgullo. Estos humanos son más familia de lo que nuestra manada lo fue jamás.
—No lo entiendes —dijo Marshall, y percibí el primer atisbo de su vieja arrogancia asomando en su voz.
—Esto es entre ella y...
—Y nada —lo interrumpió Tom, levantándose del todo.
El dueño de la ferretería era un hombre corpulento, y aprovechó cada centímetro de su estatura para imponerse sobre Marshall. El Alfa seguía siendo más grande, pero el gesto no pasó desapercibido para Marshall.
—La chica ha dejado claro que no quiere hablar contigo. Es hora de que te vayas.
—Lleva a mi hijo en su vientre —dijo Marshall, con voz desesperada—. A mi hijo.
Meses después de llamar bastardo a mi bebé, de acusarme de haberle sido infiel, ¿ahora se atrevía a reclamarlo como suyo?
—¿Dónde estabas cuando vomitaba cada mañana durante dos meses? —exigió Rita, acercándose a Marshall con la valentía de una mujer que se había enfrentado a cosas mucho peores que un Alfa engreído—. ¿Dónde estabas cuando apenas tenía para comer? ¿Dónde estabas cuando estaba asustada y sola?
—La estaba buscando —dijo Marshall, pero su voz sonaba poco convincente—. He estado buscándola...
—¿Durante cuánto tiempo? —intervino la señora Walker desde su mesa; su voz de profesora cortó en seco sus excusas—. ¿Cuánto tiempo exactamente llevas buscándola?
Marshall apretó la mandíbula.
—Semanas.
—¿Y antes de eso? —insistió Tom—. ¿Qué hacías cuando ella se marchó?
Vi cómo el rostro de Marshall se desmoronaba al darse cuenta de que no podía responder a esa pregunta.
No podía admitir que probablemente no había hecho nada durante semanas, que se había conformado con dejarme desaparecer hasta que la culpa, o quizás el deseo de Luna Etta de conocer a su nieto, finalmente lo empujó a actuar.
—Cometí un error —repitió, y sus palabras sonaron huecas y desesperadas.
—Tomaste una decisión —dije en voz baja, y la sala volvió a quedarse en silencio.
Todas las miradas se volvieron hacia mí, pero yo solo tenía ojos para Marshall—.
Elegiste creer lo peor de mí en lugar de lo mejor.
Elegiste tu orgullo por encima de nuestra...
relación. Elegiste tirarme a la basura en lugar de admitir que podías haberte equivocado.
Algo en la expresión de Marshall se quebró, y por un momento pude ver más allá de su cuidadosa compostura, el dolor que ocultaba debajo.
—Tenía miedo —dijo, con la voz ligeramente quebrada—. Tenía veintitrés años y nunca había sentido nada como lo que sentía por ti. No sabía cómo gestionarlo. Pero siempre tuve la intención de ser la pareja que merecías en cuanto cumplieras dieciocho. Iba a dejarlo todo y ser completamente tuyo.
La confesión quedó suspendida en el aire entre nosotros, cruda y honesta, de una manera que me recordaba al chico del que me había enamorado. Pero no era suficiente. Nunca podría serlo.
—¿Después de mi decimoctavo cumpleaños? —repetí, y mi voz fue cobrando fuerza—. ¿Ibas a ser completamente mío después de pasarte años demostrándome lo poco que te importaba? ¿Después de dejar que todas las demás chicas me acosaran mientras tú te entretenías con ellas?
Marshall se estremeció, pero yo estaba lanzada.
—¿Tenías miedo? —continué, con la voz convertida en un susurro—. Yo tenía diecisiete años, estaba embarazada y sola. ¿Y tú tenías miedo?
—Lo sé —dijo Marshall, dando otro paso adelante—. Sé que no merezco tu perdón. Sé que no merezco una segunda oportunidad. Pero te ruego que me la des de todos modos.
—¿Por qué? —La palabra salió como un sollozo roto—. ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de todo este tiempo?
—Porque no puedo vivir sin ti —dijo simplemente—. Porque me despierto cada mañana deseando poder borrar lo que hice. Porque nuestro hijo merece conocer a su padre.
Palabras bonitas, dijo Sapphire con disgusto. Pero las palabras son fáciles. Las acciones son lo que importa.
—¿Tu hijo? —Me llevé ambas manos al vientre, sintiendo las fuertes patadas de la vida en mi interior—. ¿Te refieres al niño del que no querías saber nada? ¿Al que me acusaste de haber concebido con otro?
Marshall se estremeció como si lo hubiera golpeado.
—Me equivoqué en eso. Me equivoqué en todo.
—Sí —dije, con la voz cada vez más firme—. Te equivocaste. ¿Y ahora quieres que simplemente lo olvide? ¿Que finja que esos meses, no, años de infierno nunca existieron?
—Quiero arreglarlo —dijo con desesperación.
—No puedes arreglar esto, Marshall. —Me sorprendió lo firme que sonaba mi voz, lo fuerte que me sentía a pesar del caos emocional que me desgarraba por dentro—.
No puedes deshacer lo que hiciste. No puedes devolverme los meses que pasé creyendo que la persona que más amaba en el mundo pensaba que yo no valía nada.
—Nunca pensé que no valieras nada —dijo, con la voz quebrada—.
Pensaba que eras demasiado buena para mí.
Intentaba protegerte, esperar hasta que estuvieras lista.
Me estaba reservando para ti: mi verdadero compromiso, mi devoción.
Pensé que merecías algo mejor que alguien que ni siquiera podía recordar...
—Para. —No podía soportar oírlo hablar de aquella noche, del recuerdo que había perdido y de cómo nos había destruido a ambos—. Solo para.
El local se había quedado en completo silencio. Incluso los sonidos habituales de la cocina habían cesado, como si el mundo entero contuviera el aliento. Podía sentir el peso de la atención de todos, su preocupación protectora, su disposición a defenderme.
—Me iré —dijo Marshall finalmente, con la voz apenas audible—. Pero no me voy del pueblo. No voy a renunciar a nosotros.
—No hay ningún nosotros —dije; las palabras me supieron a ceniza en la boca—. No lo ha habido en mucho tiempo.
—Por favor —dijo, y la desesperación en su voz casi quebró mi determinación—. Solo cinco minutos. Cinco minutos para explicarme, para disculparme como es debido. Es lo único que te pido.
Lo miré a los ojos ámbar y vi al chico del que me había enamorado durante cinco años, al hombre que me había abrazado con tanta ternura una noche y luego me había desechado a la mañana siguiente. El padre de mi hijo, que había recorrido cinco mil kilómetros para encontrarme.
No lo hagas, advirtió Sapphire. Nada bueno saldrá de esto.
Pero estaba cansada de huir. Cansada de mirar por encima del hombro, a la espera de este momento. Quizás había llegado la hora de plantarle cara, de mostrarle exactamente lo que había perdido.
—Cinco minutos —dije finalmente—. Fuera. Lejos de aquí.
Rita me agarró del brazo; sus ojos ardían de preocupación.
—Cariño, no tienes que...
—Está bien —dije, posando mi mano sobre la suya—. Necesito hacer esto. Necesito decir lo que debería haber dicho hace meses.
—Estaremos aquí mismo —dijo Tom con firmeza—. Grita si necesitas algo.
—Lo haré —prometí.
Marshall parecía sorprendido de que hubiera aceptado; un destello de esperanza le iluminó los ojos. Pero mientras me dirigía hacia la puerta, me aseguré de que viera la fuerza de mi paso, la curva protectora de mis manos sobre el vientre, cómo mantenía la cabeza bien alta.
La chica rota que había desterrado ya no existía. La mujer que la había reemplazado estaba a punto de dejarle muy claro lo que eso significaba.
Cinco minutos, dijo Sapphire con seriedad. Y después habremos acabado con él para siempre.
—Cinco minutos —acepté, y salí a la luminosa tarde para enfrentar mi pasado una última vez.