El alfa descuidado (Cascada nº 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Salí de la consulta del Dr. Harrison al brillante sol de la tarde, con la mano sobre el vientre.

Las palabras tranquilizadoras del doctor me habían reconfortado, pero su pregunta sobre el padre del bebé había despertado un dolor familiar.

Hoy cumplía dieciocho años, era legalmente adulta en el mundo humano, pero nunca me había sentido más como una niña jugando a las casitas, intentando construir un futuro desde cero.

Aparté ese pensamiento y me dirigí a la ferretería Brady. El pequeño apartamento sobre el restaurante era mi refugio, pero estaba muy vacío. Quería pintarlo, crear un verdadero rincón para el bebé. Un amarillo suave, como de mantequilla, pensé. Algo cálido y esperanzador.

La ferretería olía a serrín, metal y el tenue aroma terroso del fertilizante de un expositor del fondo.

Era un olor reconfortante y práctico que me hacía sentir con los pies en la tierra.

Tom estaba detrás del mostrador, ayudando a un pescador a encontrar el calibre de alambre adecuado para sus nasas.

Levantó la vista cuando entré y se le arrugaron las comisuras de los ojos al sonreír.

—Annalise. Me alegro de verte. ¿Todo bien? —Su voz era un murmullo grave y amable.

—Todo bien, Tom. Venía a mirar pintura.

Terminó con su cliente y rodeó el mostrador; sus botas de trabajo resonaban suavemente en el viejo suelo de madera.

—¿Grandes planes?

—Solo para mi habitación —dije, notando cómo me sonrojaba—. Para el rincón del bebé. Quiero que quede bonito.

Me llevó al expositor de muestras de pintura, un arcoíris de posibilidades. Se movía despacio y con cuidado, como hacen los hombres corpulentos que no quieren intimidar.

—Este —dije, pasando el dedo por el borde de una muestra de amarillo suave llamada «Primera Luz».

—Buena elección —dijo, sacándola del estante—. Cálido. Alegre.

Se apoyó en un estante robusto lleno de cajas de herramientas y cruzó los brazos. Su expresión era amable, pero su mirada escrutaba, veía más de lo que yo decía.

—¿Estás consiguiendo todo lo que necesitas? ¿Para el pequeño?

—Más o menos. Rita y la señora Walker me traen cosas constantemente. Es... mucho.

—Este pueblo cuida de los suyos —dijo simplemente.

Se quedó callado un momento, y supe lo que venía. Era la pregunta que toda persona bondadosa acababa haciendo, tarde o temprano, con delicadeza.

—¿Has... eh... sabido algo del padre?

Mi mano voló a mi vientre como un escudo.

—No. No forma parte de esto, Tom. Solo estamos el bebé y yo.

Mi voz sonó firme, un límite que había aprendido a marcar.

Tom no insistió. Solo asintió, y su mirada se suavizó con una comprensión que iba más allá de la lástima.

—¿Sabes? —dijo, bajando la voz—. Cuando mi mujer, Suzie, estaba embarazada de nuestra primera hija, de Katie... estaba muerto de miedo.

Levanté la vista, sorprendida. Era difícil imaginar a aquel hombre tan sólido y capaz asustado por algo.

—Ya lo creo —se rio con una risa autocrítica—.

Tenía veintidós años, apenas llegaba a fin de mes con esta tienda.

Teníamos un piso diminuto, tan pequeño como el tuyo.

Recuerdo mirar aquella cunita que habíamos montado y pensar: «¿Qué demonios sé yo de ser padre?

¿Cómo se supone que voy a proteger a esta personita? ».

Negó con la cabeza al recordarlo.

—Me temblaban tanto las manos que apenas podía cogerla cuando la enfermera me la dio.

Me miró entonces, con los ojos llenos de una calidez paternal y amable que me hizo un nudo en la garganta.

—Lo que quiero decir, chica, es que todos tienen miedo.

Todos sienten que van improvisando. Lo importante no es ser perfecto.

Es estar presente. Es dar lo mejor de ti, día tras día.

Y tú… —Hizo una pausa, y la voz se le quebró de emoción—.

Tú lo estás haciendo. Llegaste aquí sin nada más que una bolsa y un mundo de dolor, y has construido una vida.

Trabajas duro, eres amable, y vas a ser una madre maravillosa.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y las contuve con todas mis fuerzas. Aquel apoyo sincero e incondicional me resultaba más extraño y más valioso que nada de lo que hubiera experimentado.

—No estás sola en esto, ¿me oyes? —dijo, ahora con voz firme—. Rita, yo, todo el maldito pueblo. Somos tu familia, y la familia está cuando se la necesita.

—Gracias, Tom —susurré. Las palabras me parecían del todo insuficientes ante tanta bondad.

—Bueno, ya está bien. —Dio una palmada, retomando su tono práctico de siempre, y me salvó de la vergüenza de mis lágrimas—. Vamos a buscarte una lata de «Primera Luz». Te la regalo. Por tu cumpleaños.

—Tom, no, no puedo permitir que—

—No me estás dejando hacer nada —me interrumpió con suavidad—. Te estoy diciendo que es un regalo. A ver, vas a necesitar un rodillo, una bandeja, cinta de carrocero… vamos a equiparte como es debido.

Mientras reunía todo lo necesario y me explicaba la mejor manera de preparar la pared, una profunda sensación de paz se apoderó de mí.

Había perdido a mi padre hacía años y luego al Alfa Orion, pero aquí, en una ferretería que olía a serrín y a trabajo honesto, había encontrado algo igual de valioso.

Terminó de llenar una caja con todo lo que iba a necesitar y la dejó sobre el mostrador.

—Muy bien, te lo llevo mañana por la mañana.

—Gracias, Tom, de verdad. Puedo llevarlo yo—

Levantó una mano para detenerme.

—Para empezar, no deberías estar respirando vapores de pintura —dijo en un tono que no admitía discusión—. Y desde luego no deberías subirte a un taburete para llegar a las esquinas altas. Paso mañana y te doy la mano de pintura. En una hora lo tengo listo.

—Tom, ya me has regalado la pintura. No puedes dedicar tu tiempo libre a pintarme la habitación —protesté, abrumada por tanta generosidad.

Se limitó a mirarme con expresión amable pero firme, y se señaló el pecho con el pulgar.

—¿Qué acabo de decir? La familia está cuando se la necesita. Ahora vete de aquí y descansa. —Sonrió, y aquella calidez disipó cualquier otro argumento—. Feliz cumpleaños, chica.

Al salir de la ferretería, caminé hacia el puerto en busca de la paz que solo el mar parecía ofrecerme.

Al poco rato, la luz del atardecer tiñó el agua de dorado mientras los barcos pesqueros regresaban con la captura del día.

Las gaviotas revoloteaban en lo alto, y sus graznidos se mezclaban con el rumor de las olas contra el muelle.

Me senté en un banco y me llevé la mano al vientre, maravillada ante la vida que crecía dentro de mí. Cuatro meses de embarazo de un heredero alfa, y la única persona que jamás conocería ese significado sobrenatural era yo.

Es fuerte, dijo Sapphire con orgullo maternal. Ya noto cómo se agita su lobo.

—¿Estará bien sin una manada? —pregunté en silencio—. ¿Sin otros lobos que le enseñen?

Le enseñaremos nosotras. Lo querremos. Nos aseguraremos de que conozca su valor. Quizá encontremos otra manada.

Un suave aleteo en el abdomen me hizo contener el aliento. El bebé, que se movía con más claridad que las mariposas que le había descrito al Dr. Harrison. Mi hijo, que hacía notar su presencia el día en que oficialmente me había convertido en adulta.

—Hola, pequeño —susurré mientras las lágrimas me corrían por las mejillas—. Sé que hoy no es lo que planeamos. Sé que tu padre debería estar aquí, abrazándonos a los dos y celebrando lo que significamos el uno para el otro. Pero vamos a estar bien. Vamos a construir algo hermoso, solo nosotros dos.

El movimiento se repitió, más fuerte esta vez, como si respondiera a mi voz.

Tres, me corrigió Sapphire con dulzura. Somos tres, y estamos completas.

Me quedé en aquel banco hasta que el sol empezó a ponerse, viendo cómo se encendían las luces en las casas del otro lado del puerto.

Familias que se acomodaban para pasar la noche, padres que ayudaban a los niños con los deberes, parejas que preparaban la cena juntas.

La vida que creí que estaba destinada a tener, el futuro que había quedado trazado desde que tenía trece años.

Pero esta nueva vida, este camino inesperado, me estaba enseñando cosas que nunca había aprendido en todos mis años de formación como Luna. Independencia. Una autoestima que no dependía de la aprobación de nadie. La diferencia entre ser deseada y ser valorada.

Marshall me había querido como una obligación, un puesto que cubrir, un deber que cumplir. Estas personas —Rita, Tom, Jimmy— me valoraban por quien era, no por lo que se suponía que debía representar.

Estamos aprendiendo a ser quienes queremos ser, observó Sapphire.

—Así es —coincidí.

Volví a mi pequeño apartamento mientras caía la noche y subí las escaleras hasta mi estudio con vistas al puerto. No era la Casa Alfa con sus grandes habitaciones y sus tradiciones ancestrales. No era la vida con la que había soñado desde niña.

Pero era mía. Cada elección, cada decisión, cada momento de alegría o de lucha: todo me pertenecía ahora.

Me preparé una cena sencilla y me acomodé en mi silla favorita con uno de los libros que la señora Walker me había traído. Fuera, las olas mantenían su ritmo eterno contra la orilla, un sonido que se había vuelto tan reconfortante como una nana.

Dieciocho años. Cuatro meses de embarazo. A cinco mil kilómetros de la vida que un día creí que era mi destino.

Y por primera vez desde que Marshall me reclamó a los trece años, sentí que estaba exactamente donde debía estar.

Feliz cumpleaños para nosotras, dijo Sapphire, satisfecha.

—Feliz cumpleaños para nosotras —repetí, llevándome la mano al vientre, donde nuestro hijo seguía moviéndose suavemente.

Mañana llegarían nuevos desafíos, nuevas preguntas sobre el futuro. Pero esa noche, estaba contenta.

Había sido el mejor cumpleaños en años.