El alfa descuidado (Cascada nº 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

El ajetreo matutino estaba en pleno apogeo en el restaurante de Rita, y yo me movía entre las mesas con la soltura que da la práctica, haciendo equilibrios con platos de huevos y beicon mientras intentaba ignorar la importancia de la fecha.

Mi decimoctavo cumpleaños. El día en que se suponía que Marshall y yo completaríamos nuestro vínculo de pareja y comenzaríamos nuestra vida juntos como Alfa y Luna.

En cambio, estaba embarazada de cuatro meses, trabajando de camarera a cinco mil kilómetros de casa, y el hombre que había jurado ser mi destino me había tirado como si fuera basura.

Hoy es nuestro, dijo Sapphire con firmeza en mi mente. No es suyo. Ni de ellos. Es nuestro.

—Tienes razón —susurré mientras rellenaba las tazas de café en la mesa seis—. Hoy va de nosotras.

Los clientes habituales del restaurante de Rita se habían convertido en una especie de familia durante los últimos dos meses.

Estaba Brett, el pescador de langostas que siempre pedía el mismo desayuno y dejaba generosas propinas.

La señora Walker, que daba clases en la escuela primaria del pueblo y me traía libros que creía que me gustarían.

Tom Brady, que llevaba la ferretería y siempre me preguntaba qué tal me encontraba.

No sabían que yo era una loba cambiante.

No sabían nada de vínculos de pareja, ni de jerarquías de manada, ni del complicado mundo sobrenatural que había dejado atrás.

Para ellos, yo era simplemente Annalise, una chica trabajadora a la que algún imbécil había dejado embarazada y que hacía todo lo posible por construirse una vida junto a su bebé.

Y quizás eso era exactamente lo que era ahora.

—¡Pedido listo! —gritó Jimmy desde la cocina.

Era el sobrino de Rita, más o menos de mi edad, con ojos amables y manos encallecidas por su trabajo a tiempo parcial en el puerto deportivo.

Me había invitado a salir dos veces en el último mes, siempre con una calidez sincera, y las dos veces había aceptado mi amable rechazo con elegancia.

Recogí los platos y se los llevé a una familia de turistas que discutía si pasar el día en el faro o en la playa. Gente normal con problemas normales, que vivía vidas normales sin tradiciones ancestrales ni política sobrenatural.

¿Lo echas de menos?, preguntó Sapphire mientras yo observaba a la familia discutir sus planes de vacaciones.

—A veces —admití en silencio—. Echo de menos a Luna Etta. Echo de menos el bosque. Echo de menos sentir que pertenecía a algún lugar.

Ahora perteneces aquí. Esta gente se preocupa por ti.

Tenía razón. La gente de Crescent Bay me había acogido sin hacer preguntas, creando una red de seguridad que nunca había esperado.

Cuando las náuseas matutinas me impedían hacer turnos completos, Rita me había ajustado el horario sin rechistar.

Cuando no me llegaba para ropa nueva, la señora Walker me había dejado discretamente una bolsa de «extras» que decía no necesitar.

Cuando la cuna de segunda mano que había comprado se tambaleaba demasiado, Tom se pasó una tarde entera reforzándola y se negó a cobrarme los herrajes nuevos.

Amabilidad sin esperar nada a cambio. Ayuda sin jerarquías ni obligaciones. Fue toda una revelación.

—¿Estás bien, cariño? —Rita apareció a mi lado y sus penetrantes ojos azules me escrutaron la expresión.

Era el alma del restaurante y de la pequeña comunidad que giraba a su alrededor.

Siempre llevaba el pelo canoso recogido en un moño práctico y calzaba el mismo tipo de zapatos cómodos todos los días, pero no había nada corriente en la fiereza con que protegía a quienes le importaban.

—Pensando en mis cosas —dije, forzando una sonrisa.

—Hábito peligroso —dijo con una sonrisa—. Sobre todo el día de tu cumpleaños.

Casi se me cae la cafetera.

—¿Cómo lo has...?

—Cariño, llevo más de treinta años al frente de este restaurante.

¿Crees que no me doy cuenta cuando una de mis chicas anda más pensativa de lo normal en lo que podría ser una fecha importante?

—La expresión de Rita se suavizó—. Además, rellenaste los papeles del contrato hace dos meses. Seré vieja, pero todavía sé sumar.

Se me encendieron las mejillas. Me había esforzado tanto en no mencionar mi cumpleaños, para evitar la lástima y las celebraciones incómodas. La idea de celebrar el día en que se suponía que me convertiría en Luna estando embarazada y sola me resultaba demasiado dolorosa.

—No quería... o sea, no quería que fuera para tanto —tartamudeé.

—¿Por qué no? Cumplir dieciocho es importante. Es el día en que oficialmente te conviertes en adulta, puedes tomar tus propias decisiones, trazar tu propio rumbo. —Rita me miró con complicidad—. Diría que eso tiene un significado especial para alguien en tu situación.

Tenía razón, aunque no del modo que ella creía.

En una manada de lobos, nos convertimos en adultos a los dieciséis, cuando despertamos a nuestro lobo interior.

Se suponía que a los dieciocho adquiriría la capacidad de percibir el olor de mi compañero destinado, de sentir nuestro vínculo en toda su intensidad.

En cambio, la conexión cercenada donde debería estar ese vínculo era un dolor constante en el pecho.

—No tengo a nadie con quien celebrarlo —dije en voz baja.

La expresión de Rita se endureció.

—Y un cuerno. La familia no es solo la sangre, cariño. A veces son las personas que eligen estar a tu lado cuando las cosas se ponen feas.

Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, ya se había ido, de vuelta a la cocina con paso decidido. Seguí con mis rondas, intentando no darle demasiadas vueltas a sus palabras.

El ajetreo del almuerzo me mantuvo lo bastante ocupada como para no pensar en la importancia del día.

Hasta media tarde no me di cuenta de que algo había cambiado.

Los clientes habituales, que normalmente se marchaban después de comer, se estaban quedando y pedían más café y postres que apenas tocaban.

—¡Annalise! —me llamó Rita desde detrás del mostrador—. ¿Puedes venir un momento?

Me acerqué con cautela. Las conversaciones se habían apagado y varias personas me observaban con sonrisas apenas contenidas.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Bueno —dijo Rita con los ojos brillantes—, un pajarito nos ha dicho que hoy alguien cumple dieciocho años.

Antes de que pudiera responder, todo el restaurante estalló en un coro de «¡Feliz cumpleaños!» y Jimmy salió de la cocina con una pequeña tarta con dieciocho velas.

—No teníais que... —empecé a decir, pero se me quebró la voz cuando los ojos se me llenaron de lágrimas.

—Claro que teníamos que hacerlo —dijo la señora Walker con firmeza mientras se levantaba—. Los cumpleaños hay que celebrarlos, sobre todo los importantes como este.

—Además —añadió Tom con una sonrisa—, cualquier excusa es buena para comer tarta, ¿no?

Se apiñaron a mi alrededor mientras pedía un deseo y soplaba las velas.

La tarta era sencilla, de vainilla con cobertura de chocolate, pero bien podría haber sido la creación más elaborada de la mejor pastelería.

Aquella gente había sacado tiempo de su día para asegurarse de que no pasara mi decimoctavo cumpleaños sola.

Esto es lo que se siente tener una familia, dijo Sapphire maravillada. Sin obligaciones ni jerarquías. Solo... amor.

—Gracias —logré decir, aceptando abrazos y felicitaciones de personas que se habían vuelto más importantes para mí de lo que ellas mismas imaginaban.

—Hay una cosa más —dijo Rita cuando la gente se había marchado y estábamos recogiendo después de la celebración improvisada.

Me entregó un sobre.

—De parte de todos nosotros.

Dentro había un vale de regalo para la tienda de maternidad del pueblo, junto con una tarjeta firmada por lo que parecía la mitad de los vecinos. Los mensajes eran sencillos pero sinceros: «Felicidades por tu nueva vida». «Vas a ser una madre maravillosa». «Bienvenida a la familia».

—No puedo aceptar esto —dije, abrumada.

—Puedes y lo harás —dijo Rita con firmeza—. Ese bebé va a necesitar ropa, y tú vas a necesitar apoyo. Para eso está la familia.

Después de terminar mi turno, fui a mi cita con el Dr. Harrison en el Centro Médico de Crescent Bay.

A sus sesenta y cinco años, estaba semijubilado, pero había aceptado atenderme cuando Rita le pidió el favor.

Su trato amable y su genuina preocupación habían hecho que la aterradora perspectiva de afrontar el embarazo sola pareciera más llevadera.

—¿Cómo te encuentras, Annalise? —preguntó mientras revisaba mi historial.

—Bien. Mejor de lo que esperaba.

—¿Se te han calmado las náuseas matutinas?

—Casi del todo. Todavía tengo náuseas a veces, pero nada comparado con las primeras semanas.

Asintió mientras tomaba notas.

—Es normal en el segundo trimestre. Pronto deberías empezar a notar los movimientos del bebé, si no los has notado ya.

—Creo que sentí algo ayer. Como mariposas en el estómago, pero más fuerte.

El Dr. Harrison sonrió.

—Eso es exactamente lo que se siente al principio. En las próximas semanas, esos movimientos serán más intensos.

Dejó el bolígrafo y me miró directamente.

—Tengo que preguntarte algo: ¿has pensado en ponerte en contacto con el padre? Sé que dijiste que no forma parte de tu vida, pero ahora que tienes dieciocho años, tienes más opciones legales si necesitas apoyo.

¿Ponerme en contacto con Marshall? El hombre que me había llamado puta y me había desterrado del territorio de la manada. El hombre que había rechazado nuestro vínculo de pareja y amenazado con enviar guerreros a por mí.

—No —dije con firmeza—. Dejó muy claro que no quiere saber nada de nosotros.

El Dr. Harrison me estudió el rostro con la mirada perspicaz de quien llevaba cuarenta años tratando pacientes.

—Entiendo. Bueno, aquí en Crescent Bay tienes gente que te apoya. A veces eso importa más que la biología.