El alfa descuidado (Cascada nº 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Estaba revisando los informes de patrulla fronteriza cuando Annalise llamó a la puerta de mi despacho. El sonido fue tan suave que casi no lo oí, pero algo en aquella vacilación me hizo levantar la vista de los papeles esparcidos sobre mi escritorio.

—Adelante —dije.

Entró lentamente, con los ojos muy abiertos, como asustada. A sus diecisiete años, se había puesto más guapa en los últimos meses, aunque últimamente parecía más delgada, más frágil. Llevaba un jersey holgado que le quedaba grande y unos vaqueros demasiado anchos para su figura menuda.

—Marshall —dijo en voz baja, cerrando la puerta tras de sí—. Necesito hablar contigo de algo importante.

Me recosté en la silla, observando su rostro pálido.

—¿Qué ocurre? ¿Estás enferma? Últimamente has faltado a muchas comidas.

—No estoy enferma, exactamente —respiró hondo, retorciéndose las manos—. Estoy embarazada.

Durante un momento, no pude procesar lo que había dicho. Embarazada. Annalise estaba embarazada.

—¿Qué has dicho? —pregunté con una calma gélida.

—Estoy embarazada —repitió en un hilo de voz—. De unos dos meses.

Las fechas me golpearon como un jarro de agua fría. Dos meses atrás era febrero. El festival del solsticio de invierno. La noche en que bebí demasiado y desperté a la mañana siguiente con recuerdos fragmentados y una satisfacción que apuntaba a una noche excelente con Scarlett.

Por una fracción de segundo, un recuerdo intentó aflorar: el aroma de flores silvestres y algo más, una sensación de plenitud tan profunda que dolía.

Pero desapareció tan rápido como llegó, sepultado bajo mis recuerdos de despertar junto a Scarlett.

Ranger gimió en mi mente, un sonido bajo de angustia, pero alcé una barrera mental y me negué a escucharlo.

La traición se enroscó en mis entrañas, ardiente y venenosa. Annalise estaba embarazada. Lo que significaba...

—¿Quién? —la palabra me salió como un gruñido, y la vi estremecerse.

—¿Cómo que quién?

—¿Quién es el padre? —me levanté de golpe y la silla chocó contra la pared—. ¿Con quién te has acostado?

Su rostro palideció aún más, si es que eso era posible.

—Marshall, sabes quién...

—Sé que hace dos meses eras virgen —gruñí mientras rodeaba el escritorio hacia ella—. Sé que has estado viviendo bajo mi protección en esta casa, rodeada de mi manada. Así que dime, Annalise, ¿cuál de mis lobos me ha traicionado tocando lo que era mío?

—Fuiste tú —susurró—. El bebé es tuyo. La noche del festival de invierno, viniste a mi habitación...

—Esa noche estuve con Scarlett —dije con frialdad—. Recuerdo perfectamente dónde estaba y con quién. Inténtalo de nuevo.

—Marshall, por favor —los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas—. Sé que no lo recuerdas, pero pasó. Estabas borracho, y nosotros...

—¡BASTA! —rugí, y ella se encogió contra la puerta—. No sé qué fantasía enfermiza te has montado en la cabeza, pero jamás estuve en tu habitación. Jamás tocaría a una niña.

—No soy una niña —dijo con la voz rota—. Soy tu compañera.

—Eres una mentirosa —escupí—. Y una puta también.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre nosotros como veneno. Vi cómo se le descomponía el rostro, vi el momento exacto en que se le partió el corazón, pero la rabia era demasiado intensa para sentir otra cosa.

La agarré del brazo con brusquedad.

—Si vas a ir difundiendo mentiras sobre mí, que las oiga toda la manada.

—Marshall, no, por favor...

Pero ya la estaba arrastrando fuera de mi despacho, por el pasillo hacia el comedor, de donde llegaban los sonidos de la cena. Ella tropezaba a mi lado, intentando seguirme el paso, con lágrimas corriéndole por el rostro.

Abrí las puertas del comedor de una patada, con la fuerza suficiente para que golpearan contra las paredes. La manada levantó la vista de sus platos, sorprendida, y las conversaciones se apagaron cuando vieron mi expresión furiosa y el rostro bañado en lágrimas de Annalise.

—Escuchad todos —anuncié; mi voz resonó con facilidad por toda la sala—. Nuestra futura Luna tiene algo que compartir con todos vosotros.

Mi madre se levantó de su asiento en la mesa principal, con el rostro lleno de preocupación.

—Marshall, ¿qué está pasando?

—Díselo —dije, empujando a Annalise hacia el centro de la sala—. Cuéntales a todos en qué estado estás.

Annalise recorrió la sala con la mirada, desesperada, viendo los rostros confundidos de los miembros de la manada que la conocían desde hacía años.

—Yo... no...

—Está embarazada —anuncié al ver que no le salían las palabras—. Nuestra futura Luna de diecisiete años está esperando el bastardo de alguien.

Se oyeron jadeos por toda la sala. Luna Etta se llevó la mano a la boca, conmocionada. Vi a miembros de la manada que se miraban entre sí, algunos escandalizados, otros simplemente curiosos por el drama que se desarrollaba ante ellos.

—Marshall —dijo Luna Etta con severidad—, ya basta. Sea lo que sea esto, debería tratarse en privado...

—No —la corté—. Esto afecta a todos los presentes. Vuestra futura Luna ha estado abriéndose de piernas para alguien que no es su compañero.

—Eso no es verdad —dijo Annalise con desesperación, recuperando al fin la voz—. Marshall, por favor, sabes que no es verdad...

—Lo que sé —dije en voz bien alta para que todos me oyeran— es que intentas convencerme de que soy el padre de esta criatura. Afirmas que de algún modo olvidé acostarme contigo, cuando jamás te he puesto la mano encima.

—Pero lo hiciste —susurró—. Después del festival de invierno. Viniste a mi habitación...

—Esa noche estuve con Scarlett —anuncié a toda la sala—. Preguntádselo a ella.

Scarlett se levantó de su mesa, con una leve sonrisa asomando en sus labios.

—Es verdad. Marshall y yo pasamos una velada maravillosa.

Asentí con firmeza, recordando cómo me había despertado junto a ella la mañana siguiente.

El rostro de Annalise palideció al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Esperaba que luchara, que gritara, que lo negara con más fuerza.

En cambio, solo parecía... destrozada. Una parte de mí percibió la profundidad de su desesperación, la absoluta devastación en sus ojos, pero la furia era un fuego rugiente que lo consumía todo.

Me había hecho quedar como un idiota. Iba a pagarlo.

—Así que ya veis —continué—, nuestra futura Luna no solo es infiel, sino también una mentirosa. Intenta hacer pasar el hijo de otro como mío.

—No estoy mintiendo —dijo Annalise, pero su voz apenas se oía por encima de los murmullos que se extendían por la sala.

—Eres una zorra —dije con frialdad, y la sala quedó en completo silencio—. No eres digna de ser miembro de la manada, y mucho menos Luna.

—¡Marshall! —exclamó Luna Etta horrorizada—. No puedes hablarle así...

—Le hablo como me da la gana —espeté—. Ha traicionado el vínculo de compañeros, ha traicionado a esta manada y me ha traicionado a mí personalmente.

Me volví hacia Annalise, que ahora sollozaba abiertamente. Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas, alimentadas por la rabia y la humillación.

—Yo, Marshall Kane, Alfa de la Manada Cascade, te rechazo a ti, Annalise Sloane, como mi compañera y Luna.

El rechazo formal golpeó la sala como una fuerza física. Los jadeos resonaron desde todos los rincones, y oí a Luna Etta gritar horrorizada. Annalise se tambaleó como si la hubiera golpeado, llevándose la mano al pecho, donde el vínculo de compañeros se estaba rompiendo con una precisión agónica.

—No —susurró, mientras su rostro se volvía mortalmente pálido—. Marshall, por favor...

Pero el vínculo ya se estaba rompiendo, el hilo invisible que nos conectaba se deshilachaba y se separaba. Yo también lo sentí: un dolor agudo y desgarrador en el pecho que me hizo apretar los dientes.

—Por las leyes de esta manada, te destierro de nuestro territorio —continué con voz dura a pesar del dolor—. Tienes treinta minutos para recoger lo que puedas llevar y desaparecer de mi vista.

—No —dijo mi madre con firmeza, dando un paso al frente—. Marshall, no puedes simplemente...

—Puedo y lo haré —rugí, y mi orden de Alfa resonó por toda la sala—. Una palabra más, madre, y te unes a ella en el exilio.

Mi madre cerró la boca de golpe, pero sus ojos ardían de furia y decepción.

—Treinta minutos —le repetí a Annalise—. Si sigues en territorio de la manada después de eso, enviaré a los guerreros a por ti. Y créeme, no serán amables.

Annalise me miró un momento más, con los ojos llenos de desolación y algo que podría haber sido lástima. Luego se dio la vuelta y salió corriendo de la sala; sus sollozos resonaron por el pasillo.

Mi madre me dirigió una mirada de decepción tan profunda que casi me hizo estremecer. Luego siguió a Annalise fuera de la sala sin decir palabra.

El silencio se extendió un momento antes de que comenzaran los susurros. Los miembros de la manada se inclinaban unos hacia otros, cotilleando y especulando sobre lo que acababan de presenciar. Algunos se reían por lo bajo tapándose la boca con la mano, claramente disfrutando del drama.

—¡SILENCIO! —rugí, liberando mi orden de Alfa por toda la sala. El efecto fue inmediato y absoluto: todas las bocas se cerraron de golpe, todos los susurros murieron, todo movimiento cesó. La manada se quedó congelada en sus sillas, incapaz de hablar o moverse sin mi permiso.

Respiré hondo, recorriendo con la mirada la sala llena de rostros inmóviles.

—Bien. Ahora terminad de comer.

La orden los liberó lo justo para comer, pero siguieron sin poder hablar. Me senté a la mesa principal y corté mi filete con precisión deliberada. Los únicos sonidos en la sala eran el suave tintineo de los cubiertos contra los platos y algún que otro trago nervioso.

El silencio se prolongó. Los minutos se convirtieron en una hora mientras me obligaba a comer lentamente, metódicamente, negándome a reconocer el peso de docenas de ojos que observaban cada uno de mis movimientos.

Podía sentir su juicio, su confusión, su miedo, pero ninguno de ellos podía expresarlo.

La silla de mi madre seguía vacía. No había vuelto.