Viaje en el Expreso de Oriente
Un día la siguiente carta fue recibida por Ida de su tía Berta, quien vivía en Estambul.
Querida Ida,
Desde que salí de St. Petersburg y luego Odessa (después de mi divorcio de Mordechai Spector) he vivido aquí en Estambul sola. No estoy aburrida, pero extraño a mi familia. Me encantaría verlos a todos, pero ya no soy tan joven para hacer el largo viaje. Paso mi tiempo escribiendo mis memorias.
Las personas aquí son muy placenteras y amigables y disfruto de muy buenas relaciones con la comunidad Baha'i.
¿Por qué no vienen a verme? Me encantaría verlos y tal vez incluso sus niños.
¿Quizás tú puedas convencer a tu hermana Berta Mirarbel a que venga contigo?
Recuerdo cuando éramos jóvenes creciendo juntas.
¿Has ido alguna vez a visitar la tumba de mi hermano Isaac?
¿Estás en contacto con Lazer e Iliya? No he oído nada de ellos en años.
Espero ansiosa por una respuesta positiva.
Tuya, Berta
Estambul, 2 de febrero 1932
La carta venía de Berta Friedberg, la única hija del famoso escritor Abraham Shalom Friedberg.
Ella había nacido en Grodno, entonces en parte de Polonia, y tenía cuatro hermanos, Elia, Lazer, Boris and Isaac.
Berta, conocida por su seudónimo Izabella Arkadina Grinevskaya, era una poetisa, dramaturgo, escritora y traductora.
Ida, que no esperaba una carta de tía Berta, estaba en shock cuando la leyó. Cuando terminó de leer la carta, ella decidió que sería lindo ir a Estambul a visitarla. El Medio Oriente siempre la había intrigado y esta era una oportunidad única de aprender más sobre otras culturas.
Ida llamó a su hermana Berta y le dijo sobre la carta y sobre el pedido de tía Berta de que fueran a visitarla.
Ella estaba fuera de sí de gozo e inmediatamente estuvo de acuerdo en ir.
Ellas acordaron una fecha para el viaje y decidieron viajar en estilo y tomar el Expreso de Oriente que va desde París, vía Viena, Budapest y Bucarest, a Estambul.
Ida decidió llevar a Lilly por entonces de diecisiete años. David, quien vivía en Varsovia, estaba demasiado ocupado con sus estudios en la universidad para ir, e Izio era demasiado joven para tan largo viaje así que se quedó en casa con su padre y abuela.
El día antes del planeado viaje, tía Berta vino desde Lodz.
Estaba vestida muy elegante, con un colorido sombrero gigante, un parasol en una mano y una pesada maleta en la otra.
Esa noche ella durmió en casa de su hermana Roza.
La mañana siguiente ella se levantó muy temprano para asegurarse que no se perdiera el viaje a la estación de tren.
Stanislaw iba a llevar a todos a la estación de tren en Kielce, ya que era la más cercana a Wloszczowa.
La primera parada fue en la casa de Wolf.
Ida salió, con Wolf y Lilly siguiéndola.
El adiós fue rápido y nada emocional. Lilly entonces abrazó a su padre y hermano menor y entró en el auto.
Justo antes que Ida entrara al auto, ella hizo una pausa por un momento como si hubiera olvidado algo.
En realidad era un momento de miedo. Ella temía dejar a Wolf solo, así que le había pedido a su vecina Zosia que le echara un vistazo a él de vez en cuando y chequeara que todo estuviera bien.
Ida y Zosia eran amigas cercanas y se ayudaban una a la otra cuando era posible.
Ellas no dudaban en enviar a sus niños a la casa de la otra para ser vigilados si tenían que correr por un recado o trámite rápido.
La hija de Zosia, Eva, amaba ir a jugar con el cachorro dachsund de Lilly.
Cuando Stanislaw llegó a la casa de Roza para recoger a Berta, ella ya estaba afuera esperando con su maleta.
El viaje en auto a Kielce fue sin contratiempos. Cuando llegaron, se dieron cuenta que tenían una espera de dos horas hasta que saliera su tren a Viena.
Cuando era finalmente tiempo de abordar, ellos dijeron adiós a Stanislaw y abordaron el tren.
Para cuando llegaron a la estación principal en Viena ya era temprano en la noche. El Expreso de Oriente estaba programado para partir hacia Estambul a la medianoche; consecuentemente ellas tenían una espera de cinco horas.
Pusieron sus bolsos en depósito en la estación de tren y salieron a hacer un poco de excursionismo, ya que el clima era muy agradable y estaba anunciando la primavera que se acercaba.
Los cafés estaban atestados y la atmósfera era muy jovial.
La gente que había estado atrapada en sus casas durante todo el crudo invierno, ahora comenzaba a tomar las calles y llenaba las salas de concierto, museos y cafés.
Ellas alquilaron un carruaje, tirado por dos caballos blancos, para llevarlas por la hermosa ciudad a ver los paisajes. En una de las paradas ellas salieron y fueron a un café para saborear el famoso pastel vienés sacher y strudel del cual Ida estaba tan enamorada.
«Mamá, tu strudel es más sabroso», dijo Lilly después que lo probó. Berta asintió con la cabeza en concordancia.
«Deja de tratar de halagarme, sé que no es verdad. Mi strudel es bueno, pero tomará un largo tiempo, si es que lo logro, hasta que sepa cómo hornear un strudel como éste», replicó Ida.
Era casi medianoche cuando regresaron a la estación de tren.
Ellas contrataron a un maletero para que les llevara su equipaje al tren.
Exactamente a la medianoche el Expreso de Oriente entró en la estación.
El maletero las ayudó a cargar sus maletas en el compartimiento dormitorio que habían reservado.
Lilly se relajó en su mecedora, mientras sus huesos le estaban doliendo por sentarse en el asiento de madera del tren a Viena.
Ella abrió su silla en una cama y se acurrucó para una buena noche de sueño.
"Cuando me despierte, probablemente estaremos en Budapest, si no en Bucarest», dijo ella.
«No creo que estaremos en Bucarest todavía para cuando tú te despiertes.
Es un largo viaje; la distancia entre Viena y Bucarest es de unos mil kilómetros.
Nos tomará al menos un día para llegar allá, especialmente con paradas de al menos una o dos horas en cada ciudad», replicó Ida.
«Ahora ve a dormir y nos despertaremos cuando nos despertemos.
No tenemos apuro para llegar a ningún lado. »