CAPÍTULO 14 — El convento #3
La voz duró poco.
«Dios miró hacia otro lado cuando yo perdía a los míos —le replicó Clara al vacío—. También mirará hacia otro lado ahora. O tal vez no. Tal vez solo está esperando a que yo diga en voz alta lo que él ya escribió en mi vida».
Recogió la capa del suelo.
Volvió a coser.
Nada por fuera delataba el remolino que giraba dentro de ella.
* * *
La maldición nació unas semanas después, en un lugar que había oído demasiados susurros para seguir sorprendiéndose: el claustro.
Era de noche.
Las campanas de completas ya habían sonado.
Las monjas se retiraban lentamente hacia el dormitorio.
Clara no se sumó de inmediato al movimiento.
Se quedó atrás, caminando por el perímetro interior, con los dedos recorriendo distraídos las cuentas del rosario.
El cielo sobre el patio estaba bajo, cargado de nubes pesadas.
En el aire se sentía olor a lluvia y tierra mojada.
Sor Filomena hablaba con una joven novicia cerca de la puerta de la iglesia. Su voz era baja: algún consejo, alguna exhortación. Nada que tuviera que ver con Clara.
Clara se detuvo bajo uno de los arcos.
Miró hacia el sur.
No veía el castillo.
Los muros del convento lo ocultaban. Pero sabía —con esa certeza que no necesita mapas— de qué lado estaba.
«Están allí —pensó—. Entre sus habitaciones cálidas, sus fuegos, sus nuevas costumbres. Ella a tu lado, Ludovico. Mi marido consolándose al llamar “hija” a la sangre de otra. Dos vidas que han tenido todo lo que yo mantuve en pie, al precio de la mía».
El rosario se tensó entre sus manos; apretaba las cuentas con tanta fuerza que se le blanquearon los nudillos.
Fue en aquel momento, en aquel rincón, en aquella hora suspendida entre el día y la noche, cuando las palabras encontraron su forma.
No gritó.
No susurró.
Las pronunció con una claridad fría, como se dictan instrucciones a un sirviente.
—Que nunca conozcan —dijo, marcando cada sílaba— la alegría de ver sus pasos repetidos en pasos pequeños.
No nombró a Eudora.
No nombró a Ludovico.
Pero no hacía falta.
Clara no supo si aquellas palabras habían llegado a alguien. Le bastó haberlas pronunciado.
En el silencio que siguió, pareció que hasta el viento había contenido el aliento.
Después, imperturbable, una ráfaga más fuerte atravesó el claustro e hizo vibrar las hojas del romero y la salvia del huerto. Un extremo del velo de Clara se levantó y volvió a caer.
Un poco más allá, sor Filomena alzó la cabeza.
Había oído las palabras y sentido una corriente de aire más fría, un estremecimiento que no venía del cuerpo y la hizo volverse hacia el arco donde estaba Clara.
La vio de perfil.
La línea del mentón dura, la mirada fija en un punto que los ojos de los demás no podían alcanzar.
La abadesa reconoció en aquel perfil algo que ya había visto otras veces: no en Clara, sino en ciertas mujeres de la aldea que, después de perder demasiado, habían comenzado a hablar solas en los viñedos, lanzando anatemas contra el cielo y contra los vientres de las otras.
«Esa palabra —pensó— no se quedará aquí dentro».
Lo comprendió por la manera en que, durante unos segundos, el claustro le pareció más estrecho.
Como si las propias piedras hubieran tenido que apretarse para soportarla.
* * *
Aquella noche, Clara durmió.
Durmió profundamente, sin sueños.
Al levantarse por la mañana no sintió remordimiento.
Solo sintió un vacío más definido, como cuando se quita un mueble pesado de una habitación: el espacio que queda es más amplio, pero también más frío.
No sabía —no podía saber— que, a muchos kilómetros de distancia, en ese mismo momento, una joven en un castillo de piedra despertaría con un peso inexplicable en el pecho y, al tocar la piedra verde sobre la mesita junto a la cama, la sentiría más fría.
No sabía que aquella piedra —la misma que la había rechazado— vibraría por un instante con una nota discordante, como si tuviera que absorber un sonido que no le pertenecía.
Clara no sabía nada de aquello.
Y tal vez fuera mejor así: no estaba segura de cómo habría soportado saberlo.
Porque, en aquella celda estrecha, con el hábito áspero puesto y las manos agrietadas, esa era la única prueba que le quedaba de haber sido alguna vez alguien que contaba lo suficiente para hacer daño.
No le traía alegría. Solo le traía la certeza, fría y escasa, de no haber desaparecido todavía del todo.
No con la muerte.
La muerte es breve.
Con algo más largo, más fino, más persistente: la falta de aquellos pasos pequeños que para ella habían quedado para siempre como ruido de sábanas sucias y llanto ahogado.
—Que nunca los oigan —se sorprendió repitiendo, casi contra su voluntad, como una letanía invertida—. Que nunca conozcan esa alegría. Que nunca se vean caminar en alguien más.
Y mientras en el coro las monjas comenzaban un salmo de esperanza, Clara abrió el libro.
Los labios se movieron junto con los de las demás.
Pero en su corazón la oración ya había sido sustituida.
En lugar del «fiat voluntas tua» había otra voluntad: la propia.
Y aquella, en ese momento, era la única voz que de verdad oía.