El Agua y el Silencio CAPÍTULO 12 — La nueva casa
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CAPÍTULO 12 — La nueva casa

La nueva casa

Al día siguiente, el castillo de los Camponeschi despertó con una espera distinta del habitual ir y venir de sirvientes y mozos de cuadra.

No había estandartes nuevos en los muros ni mensajeros extranjeros en el patio.

Sin embargo, algo en las piedras parecía escuchar.

La primera noche de Eudora en el castillo, Gismondo la encontró en la habitación que le habían asignado, con todas las ventanas abiertas.

Afuera hacía frío.

—Las sirvientas dicen que quiere congelarse.

Eudora no se volvió.

—Las habitaciones tienen demasiados olores.

—¿Cuáles?

—Cera. Humo. Lana mojada. Perfume. Gente.

Gismondo entró y cerró una de las ventanas.

—Es difícil eliminar a la gente de un castillo.

—Ya me di cuenta.

Sobre la cama había tres vestidos doblados. Eudora solo había tocado uno.

Gismondo señaló el montón.

—¿No le gustan?

—No sé cómo se llevan.

—Son vestidos.

Ella se volvió.

—Y usted es un hombre. No por eso sabría gobernarlo.

Gismondo se rio, pero dejó de hacerlo casi enseguida. La frase le había recordado a Beatrice.

Eudora lo advirtió.

—¿Ella también lo hacía?

—¿Qué?

—Lo hacía reír y después arrepentirse.

Gismondo se sentó en un taburete.

—A menudo.

Eudora cerró la otra ventana.

—Cuénteme algo que no sepa.

—¿Sobre su madre?

—Sobre usted con mi madre.

Gismondo bajó la mirada.

—Es distinto.

—Para usted.

—También para ella, creo.

Eudora esperó.

Gismondo se miró las manos.

—La primera vez que me habló de verdad, me dijo que las hierbas no muerden.

—Eso sí lo diría.

—Yo le mostré una ortiga.

Eudora se rio.

El sonido llenó la habitación y Gismondo sintió que algo cedía en su pecho.

—¿Qué más?

—Tenía un cuaderno.

La sonrisa de Eudora desapareció.

—Lo sé.

—Escribía cuando estaba enojada.

—Escribía siempre.

—Entonces siempre estaba enojada.

—Eso también es posible.

Gismondo la miró.

—¿Le habló de mí?

Eudora apoyó una mano en el alféizar.

—Poco.

—¿Para protegerla?

—Para protegerse ella.

Él encajó la respuesta.

—Me dijo que mi padre era un hombre que no había sabido elegir sin herir a alguien.

—Tenía razón.

—También me dijo que nunca lo había odiado.

Gismondo alzó el rostro.

—No me lo merezco.

—No creo que mi madre repartiera lo que los demás merecían.

—No.

Permanecieron en silencio.

Después Eudora señaló los vestidos.

—¿Por qué tres?

—Uno para los días normales. Uno para las visitas. Uno para la capilla.

—En el bosque tenía un vestido para todo.

—En el bosque no tenía embajadores.

—Ahora tampoco.

—Llegarán.

Eudora se tensó.

—¿Para verme?

—Para ver a la hija que nadie sabía que existía.

—No soy un animal raro.

—No. Pero para los notarios y la curia usted es una cuestión de sangre que nadie había previsto.

Ella lo miró fijamente.

Gismondo sonrió apenas.

—Es peor.

—¿Y qué tendré que hacer?

—Sentarse. Saludarlos. No decir todo lo que piensa.

—Es decir, mentir.

—No. Elegir.

—¿Así llaman aquí a las mentiras?

Gismondo no respondió enseguida.

—A veces.

Eudora tomó el vestido más sencillo y lo levantó frente a ella.

—Mi madre habría odiado todo esto.

—Su madre sabía vestirse mejor que nadie a quien yo haya conocido.

—No dije que no hubiera sabido hacerlo.

Gismondo volvió a reír.

—Esta vez no se ha arrepentido.

—Estoy aprendiendo.

Eudora dejó el vestido.

—No me llame hija delante de todos.

Gismondo se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que lo dice parece que intenta recuperar en una palabra los años que no estuvieron.

La frase lo golpeó sin ruido.

—Tiene razón.

Eudora no esperaba una rendición tan rápida.

—No quería herirlo.

—Lo ha hecho.

Ella bajó la mirada.

—Pero tiene razón de todos modos.

Gismondo se levantó.

—¿Cómo debería llamarla?

—Eudora.

—¿Solamente?

—Por ahora.

Él asintió.

Al llegar a la puerta, se detuvo.

—Eudora.

Ella se volvió.

—Mañana vendrá el notario.

—¿Por qué?

—Para poner su nombre donde debería haber estado desde hace años.

—¿En los documentos?

—Sí.

—No quiero quitarle nada a Ludovico.

—No le quitará nada.

—Clara pensaba lo contrario.

Gismondo se apoyó en el marco.

—Clara pensaba que la herencia era una sola silla. Cualquiera que se acercara quería sentarse en su lugar.

—¿Y no es así?

—No. Una casa lo bastante grande encuentra más de una silla.

Eudora miró los gruesos muros, los vestidos, la ventana que acababa de cerrar.

—Esta casa es grande.

—A veces demasiado.

—Entonces, ¿por qué durante años no hubo lugar para mi madre?

Gismondo no buscó una respuesta elegante.

—Porque yo no se lo hice.

Eudora lo miró fijamente.

—¿No Clara?

—Clara hizo cosas terribles. Pero antes de Clara estaba yo. Yo acepté el matrimonio. Yo creí en el vestido. Yo dejé de buscar.

—Pensaba que estaba muerta.

—Pensar no basta para volvernos inocentes.

Eudora se sentó al borde de la cama.

—Mi madre no hablaba así de usted.

—Su madre era más generosa que yo.

—También era más terca.

—Mucho.

Gismondo sonrió.

Eudora miró el vestido entre sus manos.

—Mañana iré a ver al notario.

—Bien.

—Pero no me pondré el de las visitas.

—¿Por qué?

—Quiero que escriba mi nombre sin distraerse.

Gismondo soltó una carcajada.

Aquella noche, cuando él salió de la habitación, Eudora volvió a abrir una sola ventana.

No lo suficiente para dejar entrar todo el bosque.

Lo suficiente para no olvidar cómo respiraba.

Unos días antes, a su llegada, Gismondo había hecho que los condujeran a sus aposentos privados antes de que la casa se llenara de ojos.

Los hizo entrar, no por el gran salón, sino por una entrada lateral, la que usaba cuando volvía tarde de cazar y no quería el estrépito de los anuncios.

La habitación donde los recibió no era amplia, pero tenía el aire de un lugar vivido: un gran arcón junto al muro, una mesa de roble con pocos papeles, un crucifijo tallado toscamente, una ventana que miraba a las montañas.

Para Eudora, en cambio, todo era nuevo.

Los castillos siempre habían sido siluetas lejanas contra el cielo. De cerca tenían puertas, olores y personas que sabían su nombre antes de que ella supiera el de ellas.

Ahora estaba dentro.

El olor era distinto al del bosque: menos tierra, más cera; menos viento, más telas.

Un olor a humo que no subía libre, sino que se acumulaba arriba, contenido por vigas ennegrecidas.

—Antes que nada —dijo Gismondo, cerrando la puerta a sus espaldas—, recuperarán el aspecto que les corresponde.

Se acercó al arcón y lo abrió.

Dentro, dobladas con un cuidado que delataba más consideración de la que habría admitido con palabras, había prendas que no se habían vuelto a usar en años: túnicas de buen paño, una sobrevesta de lana fina, una camisa de lino.

—Lo eran —respondió Gismondo—. Lo serán de nuevo.

Miró a su sobrino.

—Te cambiarás aquí —añadió—. Después mandaré a una mujer de confianza para que se ocupe de ella.

—No quiero… ser una carga —murmuró.

—No lo es —dijo Gismondo—. Es una señal.

No explicó más.

Llamó con un leve toque de la campanilla de hierro.

Apareció una mujer de unos cincuenta años, con un velo sencillo y manos que sabían más de cuidado que de charla.

La mujer hizo una reverencia sin dejar escapar una sola palabra de sorpresa.

Los sirvientes de muchos años saben cuándo el silencio es el único recipiente que no se rompe.

—Y ella —continuó Gismondo, señalando a Eudora— necesitará agua, un peine y un vestido adecuado para la casa. Sin convertirla en otra persona.

La mujer volvió a asentir.

—En los baúles de mi madre todavía hay vestidos que el tiempo no ha gastado —dijo en voz baja—. Se pueden ajustar, si hace falta.

Los dedos rozaron el paño.

Se vio a sí mismo, a los dieciséis años, riendo con un mozo porque aquella túnica le parecía demasiado seria.

Vio el rostro de su padre corrigiéndolo:

—No es la ropa lo que te da peso, sino la manera en que entras en ella.

Cada capa que se quitaba era una estación que dejaba la piel: un invierno de nieve sobre los hombros, un verano de sudor, una primavera de lluvia que había lavado más miedo que barro.

Cuando se puso la camisa de lino, sintió la aspereza nueva del tejido.

Cuando deslizó la túnica sobre los hombros, tuvo por un instante la sensación de quedar encerrado en un caparazón que ya no le pertenecía.

Después se miró en el espejo de metal.

No vio al muchacho que había partido hacia aquella cacería.

Vio a un hombre que había aprendido a morir y a no morir el mismo día.

—No tengo muchas palabras —había dicho, dejando las cosas sobre la mesa—. Pero tengo tiempo. Lávese con calma. Si no entiende cómo se pone uno de estos vestidos, se lo mostraré.

Estaba acostumbrada a lavarse en el río, con el agua que no pide permiso y el viento que seca sin discreción.

La palangana, cerrada, le pareció por un instante una pequeña prisión.

Pero al hundir las manos en el agua tibia tuvo que reconocer que aquella gentileza tenía un sabor que no conocía.

Mientras se pasaba el paño por el rostro, pensó en su madre.

A Beatrice nunca le habían gustado los espejos de metal: decía que siempre le parecían dispuestos a deformar las cosas para complacer a quien miraba.

Era un vestido sencillo, no de fiesta: paño color miel oscura, mangas estrechas, un cinturón de cuero suave.

—¿De quién era? —preguntó, casi sin querer.

No estaba acostumbrada a telas que hablaran de habitaciones en lugar de bosque.

Cuando Marta le acomodó el velo, Eudora se sintió torpe dentro de unas costumbres que no conocía.

—¿Le aprieta? —preguntó la mujer.

—No. Solo me recuerda que esta ropa no es mía.

Durante un latido, Marta creyó ver un parecido atravesarle el rostro; después bajó los ojos hacia el broche y no dijo nada.

Se persignó apenas.

—Le queda bien —concluyó—. Ahora vamos. Hay quienes la esperan desde hace más tiempo del que imagina.

Cuando Gismondo los vio volver a la habitación, guardó silencio.

No estaba disfrazado: el hombre del bosque seguía viéndose en la manera en que los pies buscaban por instinto el apoyo más firme, en cómo los ojos medían los rincones de la habitación como se miden las vías de escape.

Pero también había vuelto a ser el hijo de aquella casa.

El vestido de miel oscura la hacía distinta, pero no la escondía.