El Agua y el Silencio CAPÍTULO 2 — El vestido ensangrentado #3
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CAPÍTULO 2 — El vestido ensangrentado #3

Renata lo advirtió antes de llegar al puesto de sal. Dos mujeres dejaron de hablar cuando la vieron. Una tercera, que vendía cebollas y conocía cada nacimiento, pelea y deuda en un radio de cinco millas, bajó los ojos con una lentitud demasiado estudiada.

Renata dejó la cesta sobre el mostrador.

—¿Cuánto?

La vendedora señaló la sal.

—Para usted, nada.

—No he pedido limosna.

—No era limosna.

—Entonces dime el precio.

La mujer se secó las manos en el delantal.

—Dos denarios.

Renata los puso sobre la madera. Ninguna de las dos tocó la sal.

—Dilo —dijo Renata.

—¿Qué?

—Lo que estabas diciendo antes de que yo llegara.

La mujer miró por encima de su hombro.

—La gente habla.

—La gente tiene una boca. Tú también tienes un nombre.

—Renata…

—Dilo.

La vendedora tomó aire.

—Dicen que su hermana no entró en un convento.

Renata sintió que la sangre le subía hasta las sienes.

—¿Y adónde se supone que fue?

—No lo sé.

—Pero lo cuentas.

—Yo no cuento nada. Lo he oído.

—¿A quién?

La mujer apretó los labios.

Renata comprendió. No hacía falta un nombre. Los rumores ya eran tan numerosos que no pertenecían a nadie.

Una risa breve llegó del puesto contiguo.

—También dicen que el vestido estaba lleno de sangre.

Renata se volvió.

Quien había hablado era Pietro de Sassa, un mercader de telas que había pedido la mano de Beatrice dos años antes y recibido una negativa tan cortés que la había vivido como una ofensa.

—¿Qué vestido? —preguntó Renata.

Pietro levantó las manos.

—Yo vendo telas. Sé reconocer cuándo un vestido se ha lavado mal.

—¿Has visto el vestido de mi hermana?

—No.

—¿Has visto a mi hermana?

—No.

—Entonces solo has visto tu oportunidad de vengarte de una mujer que no te quiso.

La sonrisa de Pietro desapareció.

Alguien detrás de él ahogó una risa.

—Cuide cómo habla —dijo.

Renata dio un paso hacia él.

—Tú cuida lo que inventas.

—No fui yo quien inventó la huida.

El mercado pareció cerrarse alrededor de ellos.

Renata habría querido golpearlo. En cambio, recogió la bolsa de sal.

—Mi hermana está viva —dijo—. Eso es todo lo que necesitas saber.

Pietro inclinó la cabeza.

—¿Está segura?

Por primera vez, Renata no encontró respuesta.

Aquella noche, en casa, su padre cerró la puerta del salón e hizo que los sirvientes se quedaran fuera.

—No volverás a salir sola —le dijo a Renata.

—¿Por qué? ¿Acaso he hecho algo yo?

—Porque cada vez que sales vuelves con un rumor nuevo.

—Los rumores existen también cuando me quedo aquí.

Su madre estaba sentada junto al fuego, con las manos apretadas en el regazo. Desde la desaparición de Beatrice, parecía haber perdido el derecho a moverse sin pedirle permiso al dolor.

—Basta —dijo en voz baja.

Su padre siguió caminando.

—Mañana enviaré a un hombre al convento.

Renata lo miró fijamente.

—¿A qué convento?

Él se detuvo.

Fue un silencio diminuto. Bastó.

—No sabes dónde está —dijo Renata.

—Sé lo suficiente.

—No. Les dijiste a todos que la habían enviado con las benedictinas. Dijiste que estaba a salvo.

—Era lo que había que decir.

Su madre alzó la mirada.

Renata sintió que el miedo se transformaba en rabia.

—¿Dónde está Beatrice?

—No lo sé.

—Papá.

—No lo sé.

Aquellas palabras rompieron algo en la habitación.

Su madre se llevó una mano a la boca.

—¿La dejaste ir? —preguntó Renata.

Su padre bajó los ojos.

—La ayudé a que no la encontraran.

—¿A que no la encontrara Gismondo?

—Nadie.

—¿Ella quería eso?

—Ella quería vivir.

Renata se sentó. Las piernas ya no la sostenían.

—¿Y nosotros?

Su padre la miró como un hombre que de pronto hubiera envejecido.

—Nosotros tenemos que aprender a no saber.

Aquella noche, Renata entró en la habitación vacía de Beatrice.

No lo había hecho desde la huida. La habitación aún conservaba un peine con tres cabellos claros enredados entre los dientes, una cinta descolorida, una tablilla encerada con una cuenta a medio hacer. En el alféizar estaba la pequeña maceta de terracota donde Beatrice tenía el romero.

La planta estaba casi muerta.

Renata le echó un poco de agua.

—Eres una idiota —susurró.

No sabía si le hablaba a la planta, a su hermana o a sí misma.

La puerta se abrió.

Era su madre.

Se quedó en el umbral.

—Tu padre no quería lastimarte.

—Mintió.

—Para protegerla.

—¿De quién?

Su madre entró y cerró la puerta.

—De un matrimonio que no quería. De un escándalo que la habría destruido. De hombres que habrían decidido qué hacer con su cuerpo y con su nombre.

Renata se volvió.

—¿Y Gismondo?

Su madre vaciló.

—Él la amaba.

—Entonces, ¿por qué no está con ella?

—Porque el amor no hace libres a los hombres que pertenecen a un linaje.

Renata miró la cama vacía.

—¿Volverá?

Su madre se acercó y le tomó la mano.

—No lo sé.

Fue la primera respuesta sincera que Renata recibía en días.

Le dolió más que todas las mentiras.

En el castillo de los Cantelmi, aquella misma noche, Clara durmió un sueño profundo y sin sobresaltos: el primero en semanas.

Todavía no sabía que las mentiras, por bien cosidas que estén, quedan abiertas en las esquinas. Y que alguien, tarde o temprano, tiraría precisamente de ese hilo.