CAPÍTULO 13 #4
Laura cruzó la calle hacia su coche. Sandra la vio alejarse y no pudo evitar pensar que aquella despedida tenía algo de repetición y algo de promesa, aunque no supiera promesa de qué.
La inspectora abrió la puerta, se detuvo un instante y levantó la mano sin volverse del todo.
Sandra respondió del mismo modo. Luego el coche arrancó y se perdió por la calle principal, dejando tras de sí el sonido breve de los neumáticos sobre el asfalto húmedo.
En algún lugar cercano, una fuente pública comenzó a correr cuando una mujer llenó una botella.
Entonces, Sandra escuchó el agua, sólo agua… Y sonrió.
Durante los días siguientes, la sonrisa de Sandra no desapareció del todo, aunque tampoco llegó a instalarse en ella con la facilidad despreocupada de antes.
Era una sonrisa más adulta, menos inmediata, atravesada por la conciencia de que la paz no siempre llega como un regalo sino como una responsabilidad.
Volvió a patrullar las calles de Mondariz, escuchó saludos incómodos, respondió preguntas imprecisas y aprendió a distinguir entre quienes la miraban con afecto sincero y quienes buscaban en sus ojos una confirmación de los rumores.
El pueblo, como todos los pueblos, tenía una memoria selectiva y una imaginación vigorosa.
Durante una semana entera, el caso fue conversación obligada en bares, peluquerías y colas de panadería.
Después, poco a poco, otras urgencias ocuparon su lugar: una obra municipal mal señalizada, la subida de la luz, el nieto de una vecina que había aprobado una oposición y una discusión sobre si el Concello debía limpiar mejor las cunetas antes de las lluvias fuertes.
La vida cotidiana no derrotaba al misterio, pero lo erosionaba.
Laura regresó a Vigo con la convicción provisional de que el caso estaba cerrado en la única forma en que podía cerrarse.
El informe final, si es que aquel documento merecía un nombre tan ambicioso, hablaba de fallecimientos violentos, alteraciones de conducta —tal vez motivo de algunas extrañas alteraciones bioquímicas en las muestras de agua registradas en el lugar de los crímenes—, desaparición de un sospechoso y recuperación inesperada de una víctima inicialmente declarada muerta debido a una cadena de errores médicos y circunstancias excepcionales aún bajo revisión.
Era una obra maestra de la insuficiencia.
El comisario lo leyó con el ceño fruncido, pidió tres correcciones, eliminó dos frases y añadió una fórmula sobre la necesidad de no alimentar especulaciones.
Laura firmó sin discutir más de lo estrictamente necesario.
Fernando, por su parte, se convirtió en el guardián oficioso de todas las preguntas que nadie quería ver formuladas por escrito.
Guardó copias cifradas de análisis, fotografías y lecturas parciales de los cuadernos de Manuel.
No lo hizo por ambición ni por deseo de notoriedad.
De hecho, comprendía mejor que nadie el peligro de convertir aquello en una publicación, una conferencia o un delirio académico.
Lo hizo porque la ciencia, incluso cuando se ve obligada a callar, no sabe obedecer del todo.
Algún día, pensaba, quizá existiría un lenguaje capaz de describir sin destruir.
Hasta entonces, los datos dormirían en silencio, esperando una época menos arrogante o frágil.
En casa de Maruxa, las conversaciones avanzaron con una lentitud desigual.
Hubo noches buenas, en las que madre e hija leían juntas las cartas de Daniel y reconstruían al hombre a partir de frases domésticas, bromas pequeñas y miedos confesados con una caligrafía que se volvía más temblorosa a medida que se acercaba la fecha de su desaparición.
Hubo noches malas, en las que Sandra reprochaba y Maruxa callaba demasiado, o en las que Maruxa intentaba justificarse y Sandra descubría que aún no estaba preparada para perdonar determinadas decisiones.
Pero incluso aquellas noches malas tenían algo nuevo: ocurrían a la luz, sobre la mesa de la cocina, sin sombras en la alacena ni canciones filtrándose por las paredes.
La verdad no había curado nada de golpe, pero había cambiado el lugar donde dolía.
La llave fue guardada finalmente en una caja sencilla de madera, no en la alacena ni en ningún doble fondo, sino en un estante visible del antiguo escritorio de Manuel, junto a los cuadernos que habían sobrevivido.
Sandra decidió que esconderla sería repetir la historia y exhibirla, una imprudencia.
Optó por un término medio imperfecto, como casi todas las decisiones humanas importantes.
La caja permanecía cerrada con un candado moderno cuya llave ordinaria llevaba encima.
La llave antigua, por decirlo de alguna manera, descansaba dentro.
A veces Sandra abría la caja sólo para comprobar que seguía allí.
Otras, pasaba días sin mirarla. Ambas conductas le parecían igual de supersticiosas y, por tanto, igual de comprensibles...