CAPÍTULO 13 #3
No hubo más mensajes. La conversación quedó ahí, suspendida en una ligereza que no eliminaba nada de lo ocurrido y, precisamente por eso, resultaba valiosa.
Laura dejó el móvil sobre la mesa, cerró el informe sin enviarlo y apoyó la cabeza en el respaldo de la silla.
Por primera vez en muchas horas, el silencio del piso no le pareció una acusación.
A la mañana siguiente, Mondariz amaneció convertido en noticia.
Los titulares hablaban de crimen, misterio, milagro médico y posible brote psicótico.
Las redes sociales hicieron el resto con esa eficacia obscena de los tiempos modernos: vídeos del río, fotografías borrosas de ambulancias, hilos delirantes sobre sectas celtas y un supuesto experto en ocultismo explicando en directo que Galicia era un portal energético, expresión que habría hecho a Laura considerar seriamente la legalización selectiva de ciertas bofetadas.
La versión oficial logró contener lo peor durante unas horas, pero no impedir que el caso se transformara en materia narrativa ajena.
Eso era lo que ocurría siempre con el dolor público: dejaba de pertenecer a quienes lo habían sufrido y pasaba a ser consumido por desconocidos con opiniones.
El marido de Clara, la tercera víctima, el hombre que bebía compulsivamente del río y que había desaparecido misteriosamente ante los atónitos ojos de los agentes que lo custodiaban, continuó en paradero desconocido.
Los análisis no arrojaron datos concluyentes que justificaran su paranoia.
Las muestras del río no revelaron nada que no pudiera explicarse mediante parámetros ordinarios, salvo algunas concentraciones minerales extrañas que Fernando decidió investigar con una discreción que Laura definió como «moderadamente sospechosa».
La Fonte Vella fue revisada por técnicos municipales bajo la excusa de un posible hundimiento del terreno.
No encontraron escalera, cueva ni cavidad alguna, sólo un muro antiguo, raíces profundas y una veta de agua limpia que alimentaba la fuente desde quién sabía cuándo.
El informe geológico habló de desprendimiento menor y estabilización natural del terreno.
Laura lo leyó con una mezcla de envidia y desprecio.
Ojalá sus informes pudieran permitirse mentir con tanta elegancia mineral.
Sandra volvió al trabajo una semana después.
No porque estuviera preparada, sino porque quedarse en casa empezaba a resultar más difícil que patrullar calles conocidas.
La gente del pueblo la miraba con una curiosidad distinta.
Algunos con compasión, otros con morbo, otros con esa mezcla de respeto y miedo que los pueblos reservan para quienes han estado demasiado cerca de una desgracia.
Ella aprendió a soportarlo y, por las noches, antes de dormir, leía la carta de Daniel.
En ella Sandra descubría a un hombre imperfecto, bromista, enamorado y asustado que poco a poco iba dejando de ser sombra para convertirse en padre.
Laura la llamó tres veces durante aquella primera semana.
Siempre por motivos profesionales y siempre con alguna excusa impecable.
Un dato del informe, una duda sobre los cuadernos, una aclaración sobre la declaración de Maruxa.
Sandra contestó siempre y ninguna conversación duró menos de veinte minutos.
Ninguna incluyó nada que no pudiera justificarse ante un superior, aunque cualquier superior con un mínimo de sensibilidad habría entendido que las justificaciones eran, en ocasiones, una forma muy educada de engañarse: Excusatio non petita, accusatio manifesta…
El viernes, Laura volvió a Mondariz para recoger una copia digitalizada de los cuadernos de Manuel.
Sandra la esperaba en la plaza, junto a un café pequeño donde los jubilados comentaban el caso con absoluta seguridad y nula información.
Había dejado de llover, aunque las nubes seguían bajas sobre el valle.
Laura bajó del coche con gafas de sol, chaqueta oscura y el gesto habitual de quien sospecha que el mundo le debe explicaciones y se está retrasando en el pago.
—Tiene mejor cara —dijo Sandra.
—Eso es objetivamente falso, pero agradezco tu voluntad de mentirme con cariño institucional.
Entraron en el café, pidieron un cortado y un capuchino y se sentaron junto a la ventana.
Hablaron de los cuadernos, de Marta y su milagrosa recuperación física, de la prensa y de la imposibilidad de que el comisario entendiera por qué ciertas pruebas no debían moverse de ciertos lugares.
Hablaron también de Maruxa, aunque con cuidado.
Sandra explicó que estaban avanzando despacio, que algunas conversaciones terminaban en lágrimas y otras en silencios menos hostiles, y que la casa empezaba a sentirse distinta desde que la alacena había dejado de cantar.
Laura escuchó sin interrumpir demasiado, lo cual en ella equivalía a una forma avanzada de delicadeza.
Al salir, caminaron unos minutos por la plaza.
No había necesidad real de hacerlo. Laura tenía los archivos, Sandra debía volver al puesto y ambas podrían haber despedido la conversación en la puerta del café.
Sin embargo, ninguna propuso marcharse de inmediato.
Caminaron bajo los árboles húmedos, entre bancos vacíos y fachadas conocidas, hablando de cosas menores con la cautela de quienes saben que las cosas importantes están demasiado cerca y conviene rodearlas por un tiempo.
—¿Sigue sonando normal la fuente? —preguntó Laura.
—Sí. Aunque ahora escucho más. El río, la lluvia, los grifos... Supongo que se me pasará.
—Quizá no. Quizá sólo aprendas a vivir con ello.
—Usted también escucha más de lo que dice.
—Eso es porque la mayoría de la gente habla demasiado y alguien tiene que compensar.
Se detuvieron junto a un paso de peatones, aunque no venía ningún coche.
Fue una pausa absurda, breve, sin importancia, y aun así ambas fueron conscientes de ella.
Laura llevaba los cuadernos en una memoria USB dentro del bolsillo y sostenía las llaves del coche.
El mundo, por una vez, no exigía nada inmediato.
—Gracias por venir —dijo Sandra.
—Era trabajo.
—Claro.
La palabra quedó entre ellas con una ironía suave.
Laura giró la cabeza y encontró en el rostro de Sandra una expresión tranquila, casi divertida, que no la acusaba de nada y por eso mismo resultaba difícil de esquivar.
Durante un segundo pensó en decir algo honesto, algo que reconociera que no todo había sido trabajo, que algunas presencias se quedan después del caso, que ciertas noches construyen vínculos que los informes no archivan, pero no lo dijo.
Quizá por cobardía, quizá por prudencia o quizá porque algunas verdades pierden belleza cuando se obligan a existir demasiado pronto.
—Cuídate, Gómez —dijo al fin.
—Usted también, inspectora.