El agua nunca olvida CAPÍTULO 13 #2
95%

CAPÍTULO 13 #2

—Cartas de Daniel. Algunas para mí y una para ti. La escribió antes de ir a la fuente, aunque yo la encontré después.

Sandra sintió que el cansancio desaparecía de golpe. Miró el sobre y durante varios segundos no pudo mover la mano.

—No tienes que leerla ahora —dijo Maruxa.

Sandra casi rio, aunque la risa no llegó a formarse.

—Llevo toda la vida esperando algo así sin saberlo.

Abrió el sobre con cuidado. Dentro había varias cartas y una hoja separada, más fina, doblada en tres partes.

Su nombre aparecía escrito en el exterior con una letra firme y ligeramente inclinada: Para Sandra, cuando pregunte por mí.

Aquella frase bastó para que la emoción se le cerrara en la garganta.

Daniel había sabido que preguntaría. Había imaginado a una hija futura buscando su nombre entre silencios.

Y eso, de algún modo, lo volvía más real que cualquier sombra o aparición.

Sandra desplegó la carta y la leyó en silencio mientras afuera, la Fonte Vella siguió sonando con una normalidad que ya no parecía inocente ni amenazante, sino simplemente antigua.

La carta no contenía revelaciones sobrenaturales ni instrucciones secretas.

Daniel hablaba de su miedo, de su amor por Maruxa, de la alegría absurda que le producía imaginar a una niña a la que aún no conocía y de la sospecha de que algunas familias cargan con deudas que no les pertenecen.

Decía que, si alguna vez ella leía aquellas palabras, él habría fallado en algo importante, pero que no quería ser recordado como una sombra ni como una desgracia.

Quería, que supiera al menos esto: que había sido esperada con amor antes incluso de tener nombre.

Sandra llegó al final de la carta con lágrimas en los ojos y cuando terminó, dobló la hoja con cuidado y la apoyó sobre la mesa.

—Me robaste esto —dijo.

—Sí —asintió Maruxa.

—También me protegiste.

—Sí.

Sandra respiró hondo. A través de la ventana, la noche envolvía la finca con una oscuridad ordinaria.

La fuente sonaba, la alacena permanecía vacía, y, por primera vez en mucho tiempo, la casa no parecía ocupada por algo sin resolver, sino por dos mujeres demasiado cansadas para seguir aplazando la verdad.

—Mañana seguiremos hablando —dijo Sandra—. Hoy no puedo más.

Maruxa asintió.

—Tu habitación está como siempre.

Sandra se levantó con la carta en la mano. Al pasar junto a la alacena, se detuvo. No había sombra, ni canción, sólo madera vieja, vajilla guardada y el olor persistente del café. Aun así, apoyó los dedos sobre la puerta del mueble durante un instante.

—Buenas noches, papá —susurró.

No hubo respuesta. Y aquella ausencia, por primera vez, pareció una forma de descanso.

Sandra subió a su habitación con la carta de Daniel entre los dedos y la llave guardada contra el pecho, en el bolsillo interior de una chaqueta que todavía conservaba restos de barro seco en las costuras.

La casa crujía a su alrededor con los sonidos de siempre: la madera vieja ajustándose a la humedad nocturna, una tubería dilatándose en algún punto de la pared y el murmullo constante de la Fonte Vella al otro lado de la finca.

Durante toda su vida había dormido muchas veces allí, bajo aquel techo inclinado y entre aquellas paredes encaladas, sin saber que a pocos metros de su cama una sombra cantaba para ella y que bajo la fuente se abría una escalera hacia una memoria antigua, hambrienta y paciente.

Aquella idea debería haber convertido la casa en un lugar inhabitable.

Sin embargo, al llegar al descansillo, Sandra sintió algo distinto: no seguridad, todavía no, pero sí una clase de verdad que empezaba a ocupar el espacio donde antes vivía la sospecha.

Su habitación permanecía casi igual que la recordaba.

Maruxa había cambiado la colcha y retirado algunos objetos juveniles, pero seguían allí la estantería estrecha, el escritorio junto a la ventana y una pequeña marca en la pared que Sandra había hecho a los doce años al golpearla con una raqueta de bádminton durante un verano especialmente lluvioso.

Dejó la carta sobre la mesilla, se quitó la chaqueta y se sentó en la cama sin encender la luz grande, iluminada únicamente por la lámpara pequeña de pantalla amarillenta que su madre jamás había sustituido porque, según decía, todavía funcionaba.

No llegó a desvestirse. El cansancio se abatió sobre ella con la contundencia de una marea retrasada y apenas tuvo tiempo de tumbarse sobre la colcha, todavía con los pantalones puestos y el cabello húmedo.

Pensó en Laura sin proponérselo, no de una forma clara ni voluntaria, sino como aparece en la mente la última persona cuya presencia nos ha sostenido antes de dormir.

Vio su mano sujetándola en la cámara, su rostro de cansancio en el hospital, la manera en que había desviado la mirada junto al río y esa frase que seguía resonando con una ambigüedad que ninguna de las dos había querido abrir: no iba a dejarte sola.

Sandra se dijo que era gratitud, que después de una noche como aquella los vínculos se deformaban y que la adrenalina convierte cualquier gesto de cuidado en algo más intenso de lo que realmente es.

La explicación era razonable y precisamente por eso pudo quedarse dormida aceptándola sólo a medias.

Soñó con agua, pero no con el pozo, sino con una corriente clara que bajaba entre piedras pequeñas, con la luz del sol filtrándose entre árboles y con un hombre joven sentado junto a la orilla, de espaldas a ella.

Permanecía allí, mirando el cauce como quien espera sin urgencia.

Al despertar, muchas horas después, recordaría únicamente la tranquilidad de aquella escena y la certeza de que, por primera vez desde niña, había dormido en la casa de su madre sin escuchar ninguna canción al otro lado de la pared.

Laura, en cambio, no durmió. Condujo hasta su piso en Vigo cuando la noche ya había caído por completo, dejó la pistola sobre la mesa de la entrada, se quitó las botas embarradas junto a la puerta y permaneció de pie en el salón durante varios minutos sin encender la televisión ni abrir una botella, dos recursos que en otros tiempos habría utilizado con la eficacia mecánica de quien no desea pensar demasiado.

El piso olía a cerrado, a libros viejos y a café de cápsula.

Sobre la mesa había facturas, un cenicero limpio que conservaba por pura nostalgia de vicios abandonados a medias y una novela policiaca que llevaba semanas intentando terminar sin éxito.

Todo allí parecía pertenecer a una vida anterior a la noche del Tea, y sin embargo nada había cambiado de lugar.

Se duchó con agua muy caliente, más tiempo del necesario, intentando desprenderse del olor a río, hospital y piedra húmeda.

No lo consiguió del todo pues hay olores que no pertenecen a la ropa ni a la piel, sino a la memoria.

Después se puso una camiseta vieja, preparó un café que no necesitaba y se sentó ante el ordenador con la intención de completar un informe preliminar.

Entonces, pensó en Sandra. No en la agente Gómez, ni en la nieta de Manuel, ni en la heredera involuntaria de una llave imposible, sino en la mujer dormida quizá en una habitación de infancia, con una carta de su padre sobre la mesilla y demasiadas verdades recién abiertas.

Laura se sorprendió imaginando si estaría bien, si la casa le resultaría soportable, si Maruxa habría encontrado la manera de no empeorar las cosas hablando cuando debía callar o callando cuando debía hablar.

Abrió el teléfono y estuvo a punto de escribirle, pero no lo hizo.

La pantalla iluminó su rostro durante unos segundos antes de apagarse.

Podría haber enviado un mensaje profesional, algo sobre la declaración del día siguiente o sobre la custodia de la llave.

También podría haber escrito una estupidez práctica, de esas que disimulan el interés bajo una capa de utilidad: «avísame si pasa algo», «duerme con el móvil cerca», «no bebas agua de fuentes antiguas, por si hay que especificarlo», pero desistió.

La prudencia, pensó, era a veces el nombre elegante que se le daba al miedo cuando una ya tenía edad para avergonzarse de ciertas cobardías.

Al final continuó el informe durante tres horas.

Escribió una versión limpia, incompleta y legalmente sostenible de unos hechos que sólo se parecían a la verdad en la medida en que una sombra se parece al cuerpo que la proyecta.

Habló de indicios, de testimonios contradictorios, de anomalías pendientes de verificación y de la necesidad de mantener líneas de investigación abiertas.

No mintió exactamente, ni contó la verdad del todo.

Entre ambas cosas, descubrió, había un territorio amplio y tristemente habitable donde trabajaba buena parte del Estado.

A las cuatro de la madrugada, cuando ya no podía distinguir si le dolía la cabeza por el cansancio, por el café o por la imposibilidad moral del documento que acababa de terminar, recibió un mensaje de Sandra.

«Estoy en casa. He leído una carta de mi padre. La fuente suena normal.»

Laura miró la pantalla durante largo rato. El mensaje no pedía respuesta, pero tampoco la rechazaba. Era una información sencilla, casi doméstica, y quizá por eso le produjo una emoción desproporcionada. Escribió tres respuestas distintas y borró las tres, hasta que finalmente dejó una sola.

«Bien. Duerme. Y si la fuente empieza a cantar, despierta a tu madre y luego me llamas.»

Envió el mensaje antes de arrepentirse. La respuesta de Sandra llegó apenas un minuto después.

«¿En ese orden?»

Laura sonrió sin darse cuenta.

«Depende de lo afinada que esté la fuente.»