El agua nunca olvida CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

M aruxa tardó en hablar y no porque no supiera por dónde empezar, sino porque las historias guardadas durante demasiado tiempo acaban adquiriendo una forma cerrada, casi mineral, y abrirlas exige una violencia que no siempre se ve desde fuera.

Durante años había ordenado los recuerdos en compartimentos cuidadosamente separados: Manuel en uno, Daniel en otro, la llave en el doble fondo de la alacena, Sandra en el centro de todo y la Fonte Vella detrás de la casa, sonando cada noche como una advertencia doméstica que ya casi formaba parte del silencio.

Ahora su hija le pedía el principio, pero las madres que han mentido para proteger descubren, cuando llega el momento de decir la verdad, que el principio rara vez se encuentra donde una lo había colocado.

—Conocí a tu padre en una verbena de San Roque —dijo al fin—.

No parece un comienzo adecuado para todo esto, ya lo sé, pero las desgracias también empiezan a veces con música, vino malo y gente bailando bajo bombillas de colores.

Daniel no era de aquí. Había venido a trabajar unos meses en una obra cerca de Ponteareas y decía que el valle le gustaba porque la humedad le recordaba a su infancia, aunque nunca me contó demasiadas cosas de ella.

Él era muy alegre, hija y no como la gente que hace ruido para que todos sepan que está viva, sino de una manera tranquila, como esos hombres que entran en una habitación y no necesitan ocuparla para que una note que algo ha cambiado.

Sandra escuchaba sin interrumpir. La imagen de Daniel que su madre empezaba a dibujar no coincidía del todo con la sombra de la alacena ni con la figura imposible que el pozo había utilizado para tentarla.

Era más pequeña, más humana y, por eso mismo, más dolorosa.

Durante toda su vida había pensado en su padre como en un hueco abstracto, una palabra acompañada de la fecha de una muerte.

Ahora aparecía de pronto como un hombre que había bailado en una verbena, que había sudado en una obra, que quizá había reído al verla moverse en el vientre de Maruxa antes de saber siquiera si sería niño o niña.

El dolor, descubrió, no siempre aumenta cuando se sabe más y, en ocasiones, simplemente se vuelve más concreto.

Maruxa envolvió la taza con ambas manos, aunque el café ya debía de estar tibio. Miró hacia la ventana de la cocina, hacia la oscuridad exterior donde la fuente seguía murmurando con normalidad, y continuó con la voz de quien camina por un lugar lleno de cristales.

—Tu abuelo no quería que me acercara a él.

No porque Daniel fuera malo, sino porque Manuel veía peligros donde los demás veíamos vida.

Entonces yo no lo entendía. Pensaba que mi padre se había vuelto viejo antes de tiempo, que la muerte de sus amigos de juventud lo había dejado lleno de manías y supersticiones.

Él evitaba el río, evitaba la fuente, evitaba hablar de 1968 y se enfadaba si yo caminaba sola por ciertos senderos.

Cuando una es joven, interpreta la prudencia de sus padres como una forma de control.

A veces lo es y otras es miedo verdadero, pero eso casi nunca se entiende a tiempo.

Sandra bajó la vista hacia sus manos y pensó en Manuel prohibiendo caminos, ocultando cuadernos y sosteniendo durante décadas una puerta que nadie más veía.

Pensó también en Maruxa, joven y enamorada, enfrentándose a un padre que hablaba de peligros invisibles.

La historia familiar dejaba de parecer una sucesión de mentiras para convertirse en algo más triste: una cadena de personas intentando proteger a otras con herramientas equivocadas.

—¿Daniel sabía algo? —preguntó.

Maruxa negó despacio.

—No al principio. Pero tu abuelo cometió el error de vigilarlo demasiado.

Y no hay nada que despierte más la curiosidad de un hombre honrado que descubrir que alguien lo considera peligroso sin explicarle por qué.

Daniel empezó a preguntar. Primero a mí, luego en el pueblo, después a los viejos que aún recordaban los nombres de 1968 y así fue juntando piezas.

Yo creo que Manuel se dio cuenta demasiado tarde de que sus silencios habían hecho más ruido que cualquier advertencia.

La frase quedó suspendida entre ambas. El silencio de Maruxa sobre Daniel había sido tan grande que Sandra había crecido habitándolo como una habitación más de la casa.

—Cuando me quedé embarazada —continuó Maruxa—, tu abuelo cambió.

No se enfadó, que era lo que yo esperaba.

Tampoco se alegró de la manera normal. Se quedó muy quieto, como si hubiera oído una campana que los demás no escuchábamos.

La tarde que se enteró me pidió que no volviera a acercarme a la Fonte Vella y que Daniel no pasara la noche en casa.

Me dijo que algunas líneas de sangre no deberían mezclarse con ciertos lugares, y yo, claro, le contesté que si quería dar sermones podía haberse hecho cura en lugar de maestro.

Sandra sonrió apenas. La respuesta sonaba a su madre.

Incluso en mitad de aquella confesión, incluso con la noche recién cerrada sobre ellas, reconocer aquel carácter seco y combativo produjo un destello de familiaridad casi cálido.

Era justo la contestación que habría dado Laura a su madre si se hubiera visto en similares circunstancias.

Entonces, se preguntó levemente por qué el nombre de la inspectora regresaba una y otra vez a ella, relacionándola con cada pensamiento, por pequeño e insignificante que éste fuera.

No obstante, la dureza de la realidad la devolvió a la conversación con su madre.

—¿Y qué hizo él?

—Lo que hacía siempre que no sabía cómo explicar algo sin parecer loco.

Llenó páginas y páginas de uno de sus cuadernos y sólo años después entendí que estaba intentando dejar instrucciones por si fallaba.

Tu abuelo confiaba en la escritura porque los hombres le parecían demasiado frágiles.

Decía que el papel envejecía mejor que la memoria, aunque en eso también se equivocó, porque arde con demasiada facilidad.

Maruxa apartó la mirada al decirlo. Sandra comprendió que hablaba de las cajas quemadas, de documentos convertidos en ceniza por miedo a que sobrevivieran al momento equivocado.

—Daniel desapareció una noche de octubre —dijo Maruxa—.

No murió en una carretera, ni hubo accidente, ni entierro, ni cuerpo.

Yo inventé esa historia porque estaba embarazada, porque mi padre me lo pidió y porque nadie habría sabido qué hacer con la verdad.

Lo encontré al amanecer junto a la fuente, empapado, temblando y con la llave en la mano.

No hablaba. Sólo tarareaba esa canción que tú escuchaste hoy.

La había compuesto para ti, ¿sabes? Antes de que nacieras, se sentaba junto a mi barriga y la repetía una y otra vez, convencido de que los niños reconocen las músicas antes que las palabras.

Sandra cerró los ojos un instante. Aquella imagen la golpeó con una delicadeza insoportable: Daniel joven, vivo, inclinado sobre el vientre de Maruxa, cantándole a una hija que no llegaría a sostener en brazos.

El pozo había usado esa canción porque sabía dónde dolía.

Pero la canción no era del pozo y aquello importaba mucho.

—¿Qué le hizo la fuente?

Maruxa respiró hondo.

—No lo sé. Cuando lo encontré, seguía teniendo su rostro, pero sus ojos no estaban del todo allí.

Tu abuelo dijo que Daniel había intentado cerrar lo que no podía cerrar y que el agua le había tomado una parte.

Durante unos días permaneció en la casa y, a ratos, parecía él.

Luego me miraba, me pedía perdón y preguntaba por ti.

Después volvía a tararear y se quedaba mirando la pared como si escuchara una corriente muy lejana.

Una madrugada, antes de que nacieras, dejó de tener cuerpo del todo.

La cocina pareció volverse más pequeña. Sandra miró hacia la alacena vacía, hacia el lugar donde durante años había permanecido una sombra que nadie nombraba.

Imaginó a su madre embarazada conviviendo con aquella desaparición gradual, viendo cómo el hombre al que amaba se convertía en algo que ya no podía abrazar, pero tampoco enterrar.

Sintió una rabia antigua y nueva al mismo tiempo.

Rabia contra Maruxa por haberle mentido, contra Manuel por haber construido una vida alrededor del secreto, contra Daniel por haber sido imprudente, contra el río, contra la fuente y contra todos los muertos que habían dejado a los vivos la tarea imposible de ordenar sus restos.

—¿Y yo? —preguntó—. ¿Crecí con él ahí?

Maruxa asintió, y por primera vez las lágrimas le cayeron sin que intentara detenerlas.

—Sí. Pero no siempre estaba presente. A veces pasaban meses sin que la sombra apareciera.

Otras noches lo oía cantar muy bajo, sobre todo cuando estabas enferma o cuando llorabas.

Yo debería haberte sacado de esta casa y haberme marchado lejos, venderlo todo, empezar en otro sitio.

Pero tu abuelo decía que la distancia no servía con ciertas cosas, que el agua encuentra caminos bajo tierra y que, si Daniel aún resistía aquí, era porque su amor por ti mantenía cerrada una parte del paso. Y yo quise creerlo...

Sandra no respondió. Había demasiadas emociones empujando al mismo tiempo y ninguna encontraba salida.

Una parte de ella quería abrazar a su madre y otra quería levantarse y caminar hasta que la rabia se agotara.

Otra, la más nueva y quizá la más adulta, comprendía que todos habían hecho lo que pudieron con un horror que nadie debería haber heredado.

Maruxa se levantó despacio y fue hasta un aparador pequeño junto a la pared. Abrió el cajón superior y sacó un sobre amarillento, atado con una cinta azul. Lo colocó sobre la mesa, entre las dos, con la reverencia involuntaria que se concede a los objetos capaces de modificar el pasado.

—Esto no lo quemé —dijo—. No fui capaz.

Sandra tocó el sobre con la punta de los dedos.

—¿Qué es?