CAPÍTULO 12 #2
Al caer la tarde, Laura salió al aparcamiento de comisaría.
Estaba cansada, necesitaba ducharse y dormir horas y horas hasta que el síndrome de abstinencia del café la obligara a despertarse..
El cielo seguía cubierto, aunque la lluvia había dado una tregua.
Encontró a Sandra sentada en un banco junto a la entrada, con una bolsa de plástico a sus pies y la mirada perdida en el tráfico escaso de la carretera.
Vestía ropa limpia que alguien le había llevado desde casa de su madre, pero conservaba en el rostro esa palidez de quienes han dormido demasiado poco y recordado demasiado.
—Deberías estar en casa —dijo Laura.
Sandra levantó la vista hacia ella.
—Usted también.
—Yo no tengo casa. Tengo un piso donde se acumulan facturas, libros que no leo y una nevera con más personalidad que contenido.
Sandra sonrió con cansancio. La inspectora se sentó a su lado sin pedir permiso, dejando entre ambas una distancia correcta, prudente y absolutamente insuficiente para borrar la sensación de cercanía que la noche había dejado instalada.
Durante unos segundos observaron el movimiento de los coches.
La vida ordinaria pasaba ante ellas con una indiferencia casi obscena: conductores hablando por teléfono, una mujer cargando bolsas de supermercado, dos adolescentes en patinete, un repartidor maldiciendo en voz baja mientras buscaba una dirección.
Sandra pensó que quizá el mundo no era más fuerte que el horror, sino simplemente más insistente.
—Mi madre quiere que vuelva a dormir en casa esta noche —dijo.
—¿Y tú quieres?
—No lo sé. Una parte de mí quiere sentarse con ella en la cocina y obligarla a contarlo todo hasta que no quede nada escondido. Otra parte no quiere volver a oír correr agua detrás de esa casa en la vida.
Sandra bajó la mirada hacia sus manos. La llave no estaba visible, pero Laura supo que la llevaba encima.
Había gestos que delataban el peso de un objeto incluso cuando permanecía oculto.
La joven se tocaba de vez en cuando el bolsillo interior de la chaqueta, no con miedo, sino con la comprobación instintiva de quien porta algo que no puede perder.
—¿Cree que se ha cerrado de verdad? —preguntó.
—Creo que se ha cerrado lo que podía cerrarse anoche. No sé si eso significa para siempre, ni creo que nadie lo sepa. Las cosas importantes rara vez se arreglan de una vez. Se mantienen a raya, como las goteras, los traumas y los cuñados.
Sandra rió suavemente.
—Tiene una visión muy optimista del mundo.
—La experiencia me ha enseñado que el optimismo está sobrevalorado y que una buena linterna tiene más aplicaciones prácticas.
El silencio volvió, aunque esta vez no resultó incómodo.
Había silencios que separaban y silencios que permitían respirar.
Éste pertenecía a la segunda clase. Sandra sintió que el cansancio empezaba a vencer por fin a la tensión y la presencia de Laura a su lado no solucionaba nada, pero volvía el mundo ligeramente más habitable.
Aquello la preocupó un poco, aunque no lo bastante como para apartarse.
—Antes, junto al río, dijo que no iba a dejarme sola —recordó.
—Lo dije.
—¿Lo decía como inspectora?
La pregunta salió más baja de lo que Sandra pretendía.
No había desafío en ella, ni coqueteo consciente, ni voluntad de forzar una respuesta.
Tal vez fue precisamente esa ausencia de intención lo que la volvió peligrosa.
Laura giró lentamente la cabeza y la miró.
Durante un instante pareció a punto de hacer una broma, una de esas salidas suyas capaces de reducir cualquier emoción a un comentario áspero y manejable.
Pero no lo hizo de inmediato, y en esa demora se abrió un espacio pequeño, ambiguo, más intenso de lo que cualquiera de las dos habría permitido en voz alta.
—Lo decía como alguien que estaba allí —respondió al fin.
Sandra sostuvo su mirada unos segundos y luego asintió.
La respuesta no aclaraba nada y, sin embargo, quizá aclaraba demasiado.
Ninguna de las dos intentó avanzar más, tal vez porque habría sido absurdo después de una noche así, tal vez porque ambas entendían que algunas posibilidades deben permanecer sin tocar para no romperse.
O quizá porque la vida, con su crueldad habitual, había elegido el peor momento para insinuar algo que no tenía sitio donde crecer.
Fernando apareció en la puerta de la comandancia con una carpeta bajo el brazo y el aspecto de quien había perdido una discusión contra una impresora.
Al verlas sentadas juntas se detuvo apenas una fracción de segundo, lo suficiente para percibir algo en el aire sin cometer la imprudencia de nombrarlo. Después se acercó con naturalidad.
—He conseguido que acepten enviar las muestras al laboratorio bajo una descripción razonablemente aburrida. Sedimento fluvial, restos orgánicos y fragmentos minerales. Si alguien pregunta por la cueva, diré que era una cavidad de interés geológico colapsada antes de nuestra llegada.
Laura lo miró.
—Estás aprendiendo a mentir con lenguaje técnico. Me emociona verte crecer.
—No miento. Simplifico la verdad hasta que deja de gritar.
—Eso es exactamente mentir, pero con bata.
Sandra observó el intercambio y sintió una gratitud extraña hacia ambos. Dos sencillos y al mismo tiempo complejos seres humanos, que con su naturalidad la devolvían a una realidad contaminada con misterios y secretos.
El comisario los llamó de nuevo poco después, y el resto de la tarde se disolvió en declaraciones, llamadas y decisiones prácticas.
A Sandra le permitieron marcharse al anochecer y Laura insistió en llevarla, no como gesto personal, según afirmó, sino porque «no pensaba dejar que una agente con una llave ancestral en el bolsillo se subiera a un taxi conducido por un señor que escuchara tertulias deportivas».
Sandra no discutió y tampoco lo hizo Fernando, que las observó alejarse con una expresión discreta y quizá demasiado inteligente.
El trayecto hasta la casa de Maruxa fue silencioso.
La noche regresaba al valle, aunque no tenía la misma densidad que la anterior.
Las farolas dibujaban círculos amarillos sobre el asfalto mojado y el río, invisible en algunos tramos, acompañaba la carretera con un rumor que ya no parecía dirigido a ellas.
Sandra miraba por la ventanilla mientras Laura conducía con la concentración de quien utiliza la carretera para evitar pensamientos laterales.
—Puedo quedarme un rato —dijo la inspectora al llegar frente a la casa—. Quiero decir, por seguridad. Nada más…
Sandra giró la cabeza hacia ella. La luz del salpicadero suavizaba el rostro de Laura y le daba un cansancio casi vulnerable. La frase tenía una salida de emergencia incorporada, una justificación profesional colocada allí para que ninguna de las dos tuviera que mirarla demasiado de cerca.
—Lo sé —respondió.
Laura asintió, quizá agradeciendo que no la obligara a explicarse.
Dentro de la casa había luz en la cocina.
Maruxa esperaba despierta, tal como había prometido.
Sobre el alféizar ya no había taza vacía y la ventana estaba limpia.
La Fonte Vella sonaba detrás de la casa con un murmullo bajo y constante, sin llamadas ni silencios imposibles.
Sandra abrió la puerta del coche, pero antes de salir se detuvo.
—Mañana iré al hospital a ver a Marta.
—Te recogeré a las nueve —dijo Laura.
—No se lo estaba pidiendo.
—Ya. Yo tampoco estaba preguntando.
Sandra sonrió, y esa sonrisa quedó entre ellas como una pequeña luz incómoda en mitad del coche.
Después bajó y cerró la puerta con suavidad.
Laura esperó a que entrara en la casa antes de arrancar y, cuando por fin lo hizo, no miró atrás, aunque durante varios kilómetros tuvo la sensación absurda de que una parte de la noche seguía sentada en el asiento del copiloto.
Sandra, desde la ventana de la cocina, la vio alejarse.
Maruxa no preguntó nada. Tal vez porque las madres, incluso las que han mentido demasiado, conservan cierta habilidad para reconocer aquello que aún no debe ser nombrado. Se limitó a poner dos tazas sobre la mesa y a sentarse frente a su hija con las manos cruzadas.
—Empieza por el principio —dijo Sandra.
Su madre respiró hondo. Afuera, la fuente seguía sonando. Dentro, por primera vez en muchos años, ninguna sombra tarareó desde la alacena.