El agua nunca olvida CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

L a rueda de prensa improvisada tuvo lugar una hora más tarde junto a la carretera, bajo un cielo que seguía amenazando lluvia y ante un grupo creciente de periodistas, vecinos curiosos y agentes que procuraban parecer menos exhaustos de lo que estaban.

Laura se mantuvo en segundo plano mientras el comisario pronunciaba la versión oficial con una solvencia digna de mejores causas.

Habló de investigación en curso, prudencia, respeto a las víctimas y colaboración institucional.

No mencionó el río salvo para ubicar la escena, ni mencionó símbolos, voces ni fuentes antiguas.

La realidad pública empezó a construirse allí mismo, frase a frase, con esa mezcla de verdad parcial y omisión calculada que permite a las sociedades seguir funcionando después de aquello que no están preparadas para comprender.

Sandra escuchó desde el borde del grupo.

Le sorprendió no sentir indignación y, en su lugar, recibió con serenidad una sensación de alivio.

Si el comisario hubiera relatado lo sucedido con absoluta precisión, nadie lo habría creído o, peor aún, lo habrían convertido en espectáculo.

Las cámaras habrían invadido la casa de su madre, la Fonte Vella se habría llenado de curiosos, esotéricos y youtubers, y la llave habría terminado en manos de alguien convencido de que todo secreto existe para ser abierto.

El silencio, pensó, podía ser una forma de cobardía.

Pero también, usado de otra manera, podía convertirse en custodia.

Laura se acercó a ella cuando terminó la comparecencia. Tenía el gesto crispado y una paciencia visiblemente agotada.

—Acabo de escuchar a mi jefe decir «no se descarta ninguna hipótesis» cuatro veces en tres minutos. Si lo repite una quinta, me entrego al río voluntariamente.

—Ha sonado convincente —sonrió Sandra.

—Eso es lo inquietante. Los mandos son capaces de sonar convincentes incluso cuando no dicen nada. Es un talento oscuro que debería estudiarse con más miedo del que estudiamos las cuevas.

Caminaron unos metros alejándose del grupo.

No tenían un destino concreto, sólo la necesidad compartida de apartarse un poco del ruido.

El río quedaba a su izquierda, más visible ahora entre los árboles, y durante unos segundos ambas avanzaron en silencio sobre la hierba húmeda.

Sandra notó que Laura moderaba el paso para ajustarse al suyo.

Era un detalle mínimo, pero después de la noche que habían vivido, los detalles mínimos parecían hablar con una claridad excesiva.

—¿Qué vas a hacer cuando esto se calme? —preguntó Laura.

—Hablar con mi madre, leer todos los cuadernos que queden y buscar la partida de nacimiento de mi abuelo.

Después, averiguaré quién fue Daniel Lago antes de convertirse en una sombra en mi cocina.

Luego, supongo, intentar seguir trabajando como si no supiera que bajo algunas fuentes hay cosas que no deberían recordar nuestros nombres.

—Un plan razonable. Ambicioso, pero razonable.

—¿Y usted?

—Yo escribiré un informe que no dirá casi nada, discutiré con mi jefe, mentiré a la prensa, beberé café malo, fingiré que duermo y probablemente seguiré pensando en todo esto hasta que mi cerebro decida archivarlo en la sección de mierdas que no conviene abrir de noche.

Sandra la miró con una mezcla de diversión y tristeza.

—No se le da bien hablar de sí misma.

—Se me da perfectamente. Lo que pasa es que el tema no suele estar a la altura.

La respuesta habría bastado para cerrar la conversación en cualquier otro momento, pero Sandra no se detuvo ahí.

Tal vez porque estaba demasiado cansada para obedecer las fronteras habituales, o quizá porque después de ver su nombre junto a un pozo había desarrollado cierta intolerancia hacia las evasivas.

—Gracias por estar allí abajo.

Laura siguió caminando unos pasos antes de detenerse. El río sonaba cerca, tranquilo, casi inocente. La inspectora no miró a Sandra de inmediato, y cuando lo hizo, su expresión había perdido parte de la dureza habitual.

—No iba a dejarte sola.

No añadió más. Tampoco hacía falta. La frase era sencilla, pero en ella había una densidad que ambas percibieron y ninguna quiso analizar.

Sandra sintió el impulso absurdo de tocarle la mano, quizá sólo para confirmar que aquella presencia seguía siendo real después de tantas cosas que habían dejado de serlo.

No lo hizo. Laura, por su parte, miró hacia el río con excesivo interés, como si el cauce acabara de ofrecerle una salida elegante.

—Deberíamos volver —dijo al fin—. Antes de que alguien nos vea aquí paradas y decida inventar una teoría todavía más rara que la verdadera.

Sandra aceptó la retirada con una sonrisa leve.

Regresaron hacia los demás caminando una junto a la otra, sin rozarse, separadas por apenas unos centímetros que parecían suficientes para mantener intactas todas las negaciones razonables.

A sus espaldas, el Tea continuó fluyendo con la mansedumbre gris de la mañana y, por primera vez en muchas horas, nadie oyó su nombre en el agua.

Las horas siguientes adquirieron una textura irreal, no por la presencia de nuevos fenómenos extraordinarios, sino precisamente por la ausencia de ellos.

El caso comenzó a ser devorado por la maquinaria ordinaria que se activa después de cualquier tragedia: técnicos que recogen muestras, agentes que hacen inventario de pruebas insuficientes, mandos que buscan frases prudentes, periodistas que olfatean contradicciones y vecinos que, a falta de información fiable, completan los huecos con esa imaginación colectiva que en los pueblos puede ser más rápida que cualquier emisora de radio.

Al mediodía, Mondariz ya había construido tres versiones distintas de lo ocurrido.

En una, un hombre había asesinado a su mujer y escapado por el río.

En otra, una secta satánica operaba desde hacía años en los montes cercanos.

En la tercera, la más popular entre los mayores del bar de la plaza, aquello tenía que ver con cosas antiguas que era mejor no remover, afirmación que no explicaba nada y, al mismo tiempo, se aproximaba peligrosamente a la verdad.

Laura pasó la tarde encerrada en dependencias policiales, redactando un informe preliminar que avanzaba con la lentitud de un animal herido.

Cada frase exigía una negociación entre lo que sabía, lo que podía demostrar y lo que estaba dispuesta a permitir que otros le arrebataran.

Escribir «la víctima apareció viva en urgencias tras haber sido declarada muerta» ya resultaba suficientemente problemático sin añadir que, durante el intervalo, su cuerpo había caminado sobre un río, entregado mensajes familiares y sostenido una fotografía que modificaba su contenido bajo la lluvia.

La administración aceptaba muchas formas de absurdo, pero exigía que todas ellas vinieran debidamente fechadas, selladas y formuladas en un idioma donde las palabras más peligrosas quedaran sustituidas por perífrasis tranquilizadoras.

Sandra declaró dos veces más antes de que la dejaran marcharse.

En la primera, respondió como agente. En la segunda, como familiar implicada y, en ninguna de las dos ocasiones, dijo todo lo que sabía.

Había aprendido en apenas una noche que la verdad no siempre podía depositarse entera sobre una mesa de despacho sin que alguien intentara cortarla en trozos manejables.

Los cuadernos de Manuel quedaron registrados como documentos históricos de interés para la investigación, aunque Laura se aseguró de que no salieran de la custodia directa de Sandra hasta haber sido copiados.

La llave, oficialmente, no existía más allá de una referencia vaga a «objeto metálico antiguo vinculado al entorno familiar de la agente Gómez».

Aquella definición resultaba tan pobre que casi parecía una broma, pero era una pobreza útil.

Marta Pereira permaneció ingresada bajo vigilancia.

Los médicos confirmaron que estaba viva con una insistencia que revelaba lo poco acostumbrados que estaban a tener que defender una obviedad.

Presentaba hipotermia, agotamiento extremo y lagunas de memoria, pero ninguna lesión incompatible con la recuperación.

Cuando le preguntaron por las horas desaparecidas, habló de agua, voces y hambre y cuando lo hicieron sobre su marido, lloró en silencio durante varios minutos antes de decir que no recordaba nada de él.

Laura escuchó la grabación de aquella declaración tres veces y en ninguna encontró una manera aceptable de incluirla en el expediente sin que pareciera literatura.

Decidió transcribir únicamente lo imprescindible y guardar el resto en una carpeta aparte, no por manipulación, sino por respeto a la clase de verdades que se deforman cuando se obligan a desfilar bajo la luz blanca de la burocracia.

Por su puesto, omitió del informe el pequeño detalle referido a la desaparición en su cuerpo de los lunares que tanta atención habían despertado en ella…

El marido de Clara, la tercera víctima, no apareció.

Ni vivo, ni muerto, ni de ninguna forma intermedia que los equipos de búsqueda pudieran registrar.

Los GEAS rastrearon varios tramos del Tea, se revisaron presas, orillas, caminos y propiedades abandonadas.

No encontraron cuerpo, ropa, arma ni rastro útil.

Sólo un agente joven, demasiado avergonzado para insistir mucho, afirmó haber escuchado una voz masculina susurrando junto a un remanso, aunque sus compañeros lo atribuyeron al cansancio y él mismo aceptó aquella explicación con la gratitud de quien prefiere parecer agotado antes que cuerdo en un mundo equivocado.

El río lo había reclamado y ahora vagaría por la eternidad tal y como lo había hecho Daniel Lago aunque, en este caso, sin la suerte de contar con un familiar directo que comprendiera y que pudiera liberarlo de su prisión de éter.