CAPÍTULO 11 #8
—A veces la respuesta honesta es la única que no puedes poner en un informe.
El sargento asintió, mirando hacia el río.
—¿Qué versión vamos a dar? —preguntó.
Laura observó el cauce del Tea durante unos segundos antes de responder.
El río bajaba tranquilo, arrastrando pequeñas ramas, hojas oscuras y espuma blanca entre las piedras.
Cualquiera que lo viera aquella mañana pensaría en pesca, en paseos de domingo o en crecidas de invierno.
Nadie imaginaría que durante unas horas había servido de espejo a los muertos y de garganta a una memoria sin alma.
—Diremos que se investiga una posible intoxicación, un episodio violento relacionado con alteración de conducta y fallos graves en la custodia hospitalaria.
Diremos que Marta Pereira continúa ingresada, que su testimonio está siendo evaluado y que no se descarta ninguna hipótesis.
Es una frase maravillosa, esa última. No significa nada y permite parecer competente durante al menos tres días.
Varela tomó nota con expresión resignada.
—¿Y lo demás?
Laura miró de reojo a Sandra, que seguía junto al agua con la mirada baja y una mano apoyada sobre el bolsillo donde guardaba la llave.
—Lo demás queda entre quienes estuvieron aquí.
—Eso es mucha gente, demasiada para ocultar tanta información paranormal.
—No tanta. Y después de lo que han visto, créame, la mayoría preferirá convencerse de que fue cansancio, niebla y sugestión.
La memoria humana es cobarde cuando la verdad amenaza con arruinarle la vida cotidiana.
Dentro de un mes, la mitad jurará que no vio nada claro.
Dentro de un año, algunos contarán la historia borrachos y exagerándola.
Dentro de diez, será una leyenda local más. Así funcionan los pueblos.
Varela no respondió. Quizá porque sabía que Laura tenía razón, o quizá porque aquella explicación, en el fondo, resultaba tan inquietante como los sucesos de la noche. El olvido es, en ocasiones, una forma de supervivencia.
Fernando regresó desde la zona de la orilla con una muestra de barro que probablemente acabaría en algún laboratorio donde nadie entendería por qué el forense insistía en analizar sedimentos recogidos bajo la lluvia.
Se detuvo junto a Sandra, aunque mantuvo una distancia prudente, y durante un momento ambos contemplaron el río sin hablar.
Fernando había conocido a muchos policías a lo largo de su carrera, pero pocos le habían dado la impresión de estar cambiando delante de sus ojos como Sandra Gómez.
No de forma espectacular. Las transformaciones verdaderas rara vez son espectaculares.
Se producen por dentro, en silencio, y sólo mucho después los demás descubren que una persona ya no se dobla por los mismos lugares.
—Si algún día quieres que intentemos analizar la llave sin tocarla, sin dañarla y sin cabrear a ninguna entidad hidrológica ancestral, sabes dónde encontrarme —dijo.
—Lo tendré en cuenta —sonrió Sandra.
—Eso en lenguaje científico significa que no me vas a dejar acercarme a menos de cinco metros.
—Más o menos.
—Lo aceptaré entonces con dignidad y resentimiento.
Laura los observó desde unos metros atrás y sintió algo que no supo clasificar de inmediato.
No eran celos, sino una incomodidad más vaga, un pequeño desplazamiento interno al ver a Sandra sonreír a otra persona después de haber compartido con ella una intimidad que ninguna de las dos sabía dónde colocar.
La inspectora se reprendió mentalmente con dureza.
Se acercaba peligrosamente a los cincuenta años, con un caso imposible entre manos y demasiadas cicatrices como para empezar a comportarse como una adolescente con placa.
Atribuyó aquella punzada al cansancio, a la adrenalina y al café repugnante del hospital.
Las explicaciones razonables, aunque fueran falsas, seguían teniendo cierta utilidad psicológica.
Sandra, como si hubiera percibido algo, volvió la cabeza hacia ella. Sus miradas se encontraron apenas un instante. No hubo nada explícito en ese cruce, pero Laura notó que la incomodidad aumentaba precisamente porque Sandra no apartó la vista enseguida.
Varela, bendito fuera por su capacidad para aparecer en los momentos incómodos con problemas administrativos, interrumpió aquel silencio acercándose con el teléfono en la mano.
—Inspectora, prensa local en camino. Alguien ha filtrado que Marta Pereira está viva.
Laura cerró los ojos y aspiró hondo. El horror ancestral podía esperar; la prensa, jamás.
—Perfecto. Ya tardaban los buitres en oler el milagro.
Prepara una zona de declaraciones lejos del río, lejos de la casa y, si es posible, lejos de cualquier periodista que haya visto demasiadas series de sucesos y crea que preguntar «¿hay miedo en el pueblo?
» constituye periodismo de investigación.
Sandra se apartó por fin de la orilla y regresó hacia el grupo. Al hacerlo, notó que la llave se enfriaba de nuevo hasta volverse casi imperceptible y aquello la alivió e inquietó a partes iguales.