El agua nunca olvida EPÍLOGO
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EPÍLOGO

U n año después, la Fonte Vella seguía sonando con la misma paciencia de siempre.

Había cambiado la casa, habían cambiado las mujeres que la habitaban y había cambiado también la forma en que Sandra escuchaba el agua, pero la fuente permanecía allí, encajada en el muro de piedra, limpia de hiedra excesiva y rodeada de helechos que Maruxa había decidido conservar porque daban sombra a la humedad y porque, según decía, no todo lo viejo debía ser arrancado sólo por haber crecido demasiado.

En primavera, el musgo regresó a las juntas de las piedras con una discreción obstinada; en verano, algunas avispas acudieron a beber al pilón; en otoño, las hojas de los castaños cayeron sobre el agua y Sandra las retiró con una pequeña red de mango corto que había comprado en una ferretería sin explicar demasiado para qué la quería.

La vida, cuando no se la interrumpe con grandes discursos, tiene una habilidad extraordinaria para recuperar sus rutinas.

La caja de madera permanecía sobre el escritorio de Manuel, en la habitación que Maruxa y Sandra habían convertido poco a poco en un archivo familiar.

Allí estaba una copia de los cuadernos digitalizados, las cartas de Daniel en fundas transparentes, varias fotografías recuperadas de vecinos que empezaron a recordar cosas después de que alguien les preguntara con paciencia y una carpeta con anotaciones sobre fuentes, lavaderos, manantiales y antiguos caminos de agua de la comarca.

No era un santuario, Sandra había insistido mucho en eso.

Tampoco era una comisaría privada ni el laboratorio clandestino que Fernando habría organizado si alguien lo dejara sin supervisión.

Era, sencillamente, una habitación donde las cosas difíciles podían existir a la vista sin gobernar la casa.

La llave seguía dentro de la caja, envuelta en un paño oscuro, y algunas semanas pasaban sin que nadie la tocara.

Eso, para Sandra, era una victoria mucho mayor de lo que habría sabido explicar.

Maruxa envejeció de una manera distinta durante aquel año.

No más rápido, sino más a la luz. Había en ella menos rigidez, menos sobresalto cuando caía la noche y menos necesidad de justificar cada silencio.

Seguía siendo reservada, seguía midiendo las palabras con la prudencia de quien ha vivido demasiado tiempo entre peligros reales e imaginados, pero ya no desviaba la mirada cuando Sandra hablaba de Daniel.

A veces incluso era ella quien sacaba una carta, una fotografía o un recuerdo mínimo: la forma en que él apoyaba los codos en la mesa al reír, la manía de cantar mientras arreglaba cualquier cosa o aquella tarde en la que compró un sonajero ridículo porque le dijeron que los bebés distinguían los sonidos graves.

Esos detalles, más que las grandes confesiones, fueron devolviendo a Daniel a una escala humana.

Dejó de ser sombra, mártir o advertencia y se convirtió en un hombre al que habían amado y perdido.

El caso del Tea, oficialmente, era un expediente cerrado con demasiadas notas al margen.

Marta Pereira vivía en Ourense y llamaba a Sandra una vez al mes.

Nunca hablaban mucho de la noche del río, aunque tampoco fingían que no hubiera ocurrido.

Marta había vuelto a trabajar media jornada en una gestoría y había aprendido a ducharse sin dejar la puerta abierta, pero aún no podía dormir si escuchaba lluvia intensa sobre la persiana.

El marido de Clara seguía sin aparecer y la alerta continuaba activa en alguna base de datos, empujada cada cierto tiempo por la obstinación de Laura y por la incomodidad de Sandra, aunque ambas sabían que aquella ausencia pertenecía a una categoría que ninguna orden de búsqueda resolvería fácilmente.

En una ocasión, un pescador aseguró haber oído a un hombre cantar junto a un remanso del Tea, muy lejos de Mondariz, pero al llegar la patrulla sólo encontró huellas de jabalí y una lata de cerveza oxidada.

El informe concluyó que no había indicios relevantes.

Sandra leyó la copia y no supo si sentirse aliviada.

Fernando publicó, bajo un título tan anodino que parecía diseñado para espantar lectores, un breve artículo sobre alteraciones minerales en sedimentos fluviales de la comarca.

Nadie ajeno a su especialidad lo relacionó con el caso.

Laura afirmó que aquello demostraba que la ciencia podía esconder secretos mejor que la policía siempre que utilizara suficientes palabras aburridas.

El forense respondió que la ignorancia pública era una herramienta metodológica infravalorada.

Siguieron siendo amigos, o lo más parecido a amigos que pueden ser una inspectora con tendencia a insultar y un médico que había visto demasiado como para seguir creyendo en los límites cómodos de su oficio.

Pero su amistad se quedó finalmente en sólo eso; una relación que jamás llegó a consumar la promesa de llegar más allá del mundo de las palabras o el respeto mutuo y alcanzar el plano físico que tanto había deseado él.

Laura volvió a Mondariz más veces de las que habría reconocido en voz alta.

Al principio lo hizo por el seguimiento residual del expediente, después por la desaparición de una copia antigua de un mapa parroquial que finalmente apareció detrás de una estantería, y más tarde porque Maruxa le había guardado empanada.

La progresión de excusas fue volviéndose tan transparente que incluso Varela, hombre prudente donde los hubiera, dejó un día sobre la mesa de Sandra dos cafés y comentó que la inspectora Rivas debía de tener un interés extraordinario por la documentación hidrográfica local.

Sandra le respondió que el sarcasmo jerárquico se aprendía con malas compañías.

Varela, que no deseaba morir joven, no añadió nada más.

Entre Laura y Sandra ocurrió algo que no podría contarse con facilidad.

No hubo declaración, ni una noche concreta que transformara la ambigüedad en argumento.

Hubo, en cambio, una constelación de gestos que cualquiera habría podido explicar de forma razonable si hubiese querido hacerlo: llamadas demasiado largas, cafés que se prolongaban sin necesidad, silencios compartidos con una comodidad nueva, una mano en el hombro durante el entierro simbólico de unos restos encontrados sin nombre en otro municipio, una mirada que se detenía medio segundo más de lo prudente al despedirse bajo la lluvia.

A veces, Sandra pensaba que quizá lo que existía entre ellas no necesitaba avanzar para ser verdadero.

Otras, pensaba que esa idea era una forma elegante de cobardía.

Laura, por su parte, evitaba pensar en ello con una disciplina admirable y un éxito bastante irregular.

El aniversario de la noche de la Fonte Vella llegó con una lluvia fina, casi amable.

Sandra había pedido el día libre sin explicar demasiado.

Por la mañana fue al cementerio con Maruxa y dejó flores en la tumba de Manuel, aunque ambas sabían que aquella piedra ya no guardaba exactamente lo que decía guardar.

Después visitaron la tumba vacía de Daniel, añadida meses atrás en un rincón del panteón familiar sin cuerpo y sin mentira, sólo con su nombre, sus fechas y una frase de una de sus cartas: «Fuiste esperada con amor antes de tener nombre».

Maruxa lloró poco y Sandra también. No porque doliera menos, sino porque el dolor, con el tiempo, había encontrado una forma menos urgente de estar.

Por la tarde, Laura apareció en la casa sin avisar, con una botella de vino que Maruxa calificó de demasiado cara y una bolsa de rosquillas que, según dijo, compensaba cualquier pretensión de elegancia.

Cenaron temprano y hablaron de cosas menores y de algunas importantes sin decidir del todo a qué categoría pertenecía cada una.

Al terminar, Maruxa se retiró con una excusa tan poco convincente que Laura la observó salir de la cocina con una mezcla de gratitud, sospecha y temor. Sandra rió al verla.

—Creo que mi madre le ha perdido el miedo.

—Tu madre no ha tenido miedo de mí en su vida. Sólo fingía para no humillarme.

Salieron al patio. La Fonte Vella sonaba bajo la lluvia, limpia, regular, sin interrupciones.

Sandra llevaba una chaqueta oscura y Laura, fiel a su incapacidad para aceptar consejos meteorológicos, se había dejado el paraguas en el coche.

Durante unos minutos permanecieron bajo el alero, observando el agua caer sobre el pilón.

No había solemnidad en el momento, o al menos no una solemnidad evidente.

Sólo dos mujeres escuchando una fuente un año después de haber bajado juntas bajo la tierra para cerrar una puerta que quizá nunca quedaría cerrada para siempre.

Laura metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y miró hacia el muro de piedra.

La lluvia le humedecía el pelo y le oscurecía los hombros, pero no se movió.

Sandra pensó en advertírselo, pero no lo hizo.

Había aprendido que Laura no necesitaba que la protegieran de la lluvia.

Quizá de otras cosas sí, aunque aquéllas no podían nombrarse tan fácilmente.

—A veces sueño con la cámara —dijo Sandra.

—Yo también.

—Nunca me lo había dicho.

—Hay muchas cosas que no digo.

—Lo sé…

La respuesta no fue reproche. Laura lo entendió y, precisamente por eso, le resultó más difícil esquivarla.

Durante un momento escucharon la lluvia sin añadir nada.

La noche no tenía la densidad de aquel otro octubre.

No había campanas, ni luces al otro lado del río, ni teléfonos mostrando imágenes imposibles.

Sólo agua, piedra y el olor de la tierra mojada.

Sin embargo, ambas sabían que la paz no consistía en la desaparición completa del miedo, sino en que el miedo dejara de ocupar el centro de la habitación.

—En mi sueño —continuó Sandra—, la cámara está vacía. El pozo sigue allí, pero no hay voces. Sólo agua negra. Yo estoy en la entrada y sé que podría bajar, pero no bajo. Me quedo fuera y a veces aparece mi padre al otro lado, junto a Manuel, pero no me llaman. Creo que eso es lo importante.

Laura asintió lentamente.

—En el mío, el informe sigue sin estar terminado. Lo cual demuestra que mi subconsciente tiene menos imaginación que el tuyo y mucho peor criterio dramático.

Sandra sonrió. Luego, como si la conversación hubiera abierto un espacio que no convenía desaprovechar del todo, apoyó la mano en el borde de piedra del alero, cerca de la de Laura, aunque no la tocó.

La distancia era mínima y suficiente y la posibilidad quedó allí, humilde y viva, sin exigir resolución.

A veces, pensó Sandra, la vida respetaba mejor las cosas cuando no se empeñaba en convertirlas en promesa.

El agua de la Fonte Vella siguió cayendo.

Durante un instante, muy breve, tan breve que cualquiera habría podido atribuirlo al viento, al roce de las hojas o a la memoria empeñada en fabricar ecos, Sandra creyó escuchar una nota de aquella vieja canción infantil que Daniel había compuesto antes de que ella naciera, pero no sintió miedo, ni respondió.

Laura giró apenas la cabeza, como si también hubiera percibido algo, aunque no preguntó.

Ambas permanecieron quietas bajo el alero, escuchando.

La nota no se repitió. La fuente continuó sonando con absoluta normalidad.

Sandra sonrió, no porque creyera que los muertos hubieran vuelto, sino porque por fin podía aceptar que ciertas despedidas no terminan en silencio perfecto.

A veces quedan en el agua, en una carta, en una casa donde ya no hay sombras o en la presencia de alguien que no se marcha, aunque nunca prometa quedarse.

Miró a Laura de reojo y la encontró observando la fuente con expresión seria, casi tranquila.

No había nada que decir, o tal vez había demasiado.

En cualquier caso, ninguna de las dos eligió las palabras.

Entonces, Laura se volvió hacia ella con expresión seria y ojos vidriosos, como si estuviera a punto de llorar.

Sandra, la miró fijamente a los ojos y después a sus labios, alternando compulsivamente entre unos y otros.

Llevada por el momento, arrastrada por la belleza de aquel lugar, finalmente se decidió y acercó su boca a la de la inspectora con imperativa urgencia, como si bebiendo de aquellos labios encontraría al fin el remedio para dar paz a su complicada vida.

Laura aceptó el beso, se entregó a él con ardiente pasión y la noche avanzó sobre el valle sin abrir ninguna puerta. El agua, por una vez, sólo recordó lo suficiente para dejar vivir a los vivos.

FIN