El agua nunca olvida CAPÍTULO 11 #5
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CAPÍTULO 11 #5

La médica pidió entonces que dejaran descansar a la paciente.

Laura aceptó con una sorprendente ausencia de protesta, quizá porque ella misma estaba al borde de un agotamiento que empezaba a manifestarse en pequeños retrasos de pensamiento.

Salieron al pasillo y, al cerrar la puerta de la habitación, los tres quedaron bajo la luz fría de los fluorescentes, rodeados de celadores, enfermeras, familiares somnolientos y pacientes envueltos en mantas.

La vida ordinaria continuaba a pocos metros de una mujer devuelta por el río, y esa convivencia entre lo cotidiano y lo imposible resultó casi obscena.

Fernando se despidió para hablar con la dirección médica y asegurar, según sus propias palabras, «un perímetro clínico razonable para una paciente ontológicamente problemática».

Laura le dijo que si utilizaba esa expresión en un informe lo negaría todo y lo acusaría de haber lamido una seta.

Él sonrió por primera vez con algo parecido a naturalidad y se alejó por el pasillo, más encorvado de lo habitual, como si la noche también hubiera añadido años a su espalda.

Sandra y Laura quedaron solas junto a una máquina de café que zumbaba con la perseverancia heroica de los electrodomésticos baratos y demasiado viejos como para rendirse al paso de los años.

Durante unos segundos ninguna habló. La intimidad inesperada de aquel pasillo, después de la cámara, la fuente y la habitación de Marta, resultaba más difícil de manejar que cualquier oscuridad.

Allí no había símbolos, ni muertos, ni voces antiguas.

Sólo dos mujeres exhaustas, manchadas de barro y unidas por algo que ninguna estaba dispuesta a definir.

Laura introdujo unas monedas en la máquina y pulsó dos cafés sin preguntar. Uno salió aguado, el otro demasiado oscuro, y ambos olían a derrota administrativa.

—Toma —dijo, entregándole uno a Sandra—. Es horrible, pero al menos no canta canciones de infancia ni intenta escribir tu nombre en una pared.

Sandra aceptó el vaso. Sus dedos rozaron los de Laura apenas un instante.

Fue un contacto mínimo, inevitable, de esos que en otro contexto habrían carecido de importancia.

Sin embargo, las dos lo percibieron. Laura retiró la mano con naturalidad, quizá demasiada, y Sandra bajó la vista hacia el café para ocultar una sonrisa que no sabía interpretar.

—Gracias —dijo Sandra.

Laura se apoyó contra la pared y bebió un sorbo, hizo una mueca de sufrimiento y miró el vaso con desprecio.

—No me las des todavía. Después de esto igual necesitas una autopsia digestiva y una visita rápida al inodoro.

Sandra rió esta vez con más claridad, aunque la risa terminó convertida en una respiración larga. Laura la miró de reojo y se permitió un segundo de alivio. Luego volvió a colocarse la coraza.

—Cuando todo esto termine —dijo Sandra—, si es que termina, no sé qué voy a hacer con mi madre.

—Hablar, pelear, volver a hablar, para luego dejar de hablar unos días. Repetir el proceso hasta que alguna de las dos se canse o hasta que descubráis que las familias no se arreglan, sólo aprenden a romperse y aceptarse, pero con menos ruido.

—Suena a experiencia.

Laura sostuvo el vaso de café entre ambas manos, mirando el pasillo como si allí hubiera una respuesta escrita en las baldosas.

—Suena a que soy una señora mayor con mal carácter y huevos suficientes para opinar de casi todo sin que nadie me lo haya pedido.

Sandra no preguntó qué clase de heridas se escondían detrás de aquella broma, pero algo en la manera en que Laura evitó mirarla le confirmó que la inspectora también tenía su propio río subterráneo, uno sin fuentes antiguas ni llaves de hierro, pero no por ello menos profundo.

El teléfono de Laura vibró de nuevo. Esta vez era el comisario. La inspectora contempló la pantalla con una expresión de puro cansancio institucional y dejó pasar dos tonos antes de contestar.

—Señor, antes de que pregunte, le adelanto que la situación está controlada, siempre que aceptemos una definición muy flexible de control.

Sandra se apartó unos pasos para darle cierta privacidad, aunque no demasiada.

Mientras Laura hablaba con su superior en un tono cada vez más contenido, la joven miró hacia la habitación de Marta y después hacia el reflejo de ambas en el cristal de una puerta automática.

Se vio a sí misma pálida, sucia, con la ropa arrugada y los ojos demasiado abiertos.

Vio a Laura detrás, gesticulando con el vaso de café derramando gotas negras sobre el linóleo, mientras intentaba explicar lo inexplicable sin acabar suspendida de empleo y sueldo.

Y, por primera vez desde que su nombre apareció escrito junto al pozo, Sandra pensó que quizá seguir viva no consistía en salir intacta, sino en encontrar a alguien que pudiera mirarte después de la oscuridad sin pedirte que fingieras no haberla visto.

Laura colgó varios minutos después.

—Tenemos una hora antes de que empiece el circo oficial. El comisario viene para aquí, Varela mantiene el perímetro y alguien de prensa ya ha olido sangre, milagro o ambas cosas. Necesito que descanses, aunque sea media hora.

—No puedo dormir —negó Sandra con suavidad.

Laura la miró con una seriedad inesperada.

—No te he preguntado si puedes. Te he dicho que lo necesitas.

Aquella orden, formulada con su rudeza habitual, habría irritado a Sandra en cualquier otro momento.

Ahora, en cambio, le produjo una extraña sensación de cuidado.

No obedeció de inmediato, pero tampoco discutió.

Se limitó a asentir y dejó que Laura la guiara hasta una pequeña sala de espera vacía al fondo del pasillo.

Había cuatro sillas de plástico, una mesa con revistas antiguas y una ventana desde la que se veía el cielo gris de la mañana abriéndose lentamente sobre el aparcamiento.

Sandra se sentó. Laura permaneció de pie unos segundos, como si no supiera qué hacer con su propio cansancio.

—Usted también debería descansar —dijo Sandra.

—Yo descanso cuando mueren los malos, se archivan los expedientes o cierran los bares. Y hoy ninguna de las tres cosas parece inminente.

Sandra apoyó la cabeza contra la pared. El sueño no llegó, pero sí una especie de agotamiento blando que le aflojó los músculos.

Cerró los ojos, consciente de la presencia de Laura junto a la ventana.

No necesitaba mirarla para saber que seguía allí y aquella certeza, discreta y no formulada, fue lo último que pensó antes de dejarse caer durante unos minutos en una oscuridad sin voces, sintiéndose cómoda y protegida por primera vez en mucho tiempo.

Laura la observó dormir con una expresión que habría negado ante cualquiera.

No había nada impropio en aquella mirada, nada que pudiera convertirse en confesión o promesa.

Era quizá la consecuencia inevitable de haber visto a alguien rechazar el deseo más profundo de su vida para salvar a otros.

O quizá era algo más, una posibilidad apenas nacida y por eso mismo fácil de aplastar bajo el peso del deber, la edad, la prudencia y todos esos nombres respetables que las personas adultas dan al miedo.

El comisario llegó cuarenta minutos después, acompañado por dos inspectores de la provincial y por esa expresión de los mandos que han sido arrancados de la cama demasiado temprano para enfrentarse a un problema que todavía no conocen, pero del que ya intuyen que ensuciará varios despachos.

Laura lo vio atravesar el pasillo de urgencias con el abrigo mal abrochado, el pelo húmedo por la lluvia y el rostro de quien preferiría estar autorizando controles rutinarios antes que intentando comprender por qué una mujer declarada muerta respiraba en una habitación de observación y media docena de agentes hablaban de luces junto al río con la prudencia terminológica de quienes temen acabar en un expediente psiquiátrico.

A ella no le produjo lástima. La jerarquía existía para algo, y si los superiores disfrutaban firmando felicitaciones cuando las operaciones salían bien, también podían desayunar tragedias imposibles de vez en cuando.

—Rivas —dijo él al acercarse—, necesito que me expliques qué demonios está pasando.

Laura miró hacia la sala de espera donde Sandra seguía dormida, con la cabeza apoyada contra la pared y la chaqueta embarrada cerrada sobre el bolsillo interior donde guardaba la llave.

Después volvió la vista al comisario y decidió, con una claridad casi terapéutica, que no tenía fuerzas para una mentira elaborada ni para una verdad completa.

La primera requería imaginación y la segunda un interlocutor preparado, y en aquel pasillo de hospital no abundaba ninguna de las dos cosas.

—Tenemos a Marta Pereira viva, a varios cadáveres pendientes de reinterpretación y a un sospechoso desaparecido; el marido de Clara, la tercera víctima.

También tenemos una escena principal contaminada por lluvia, barro y fenómenos que no pienso describir antes de tomarme otro café.

Además, a una agente que necesita descansar porque lleva toda la noche sosteniendo más información de la que cualquier ser humano debería cargar sin cobrar plus de peligrosidad existencial.

El comisario la observó durante unos segundos.

Era un hombre inteligente, aunque la inteligencia administrativa posee mecanismos distintos a la inteligencia investigadora.

Entendía presupuestos, equilibrios políticos, titulares de prensa y la delicada alquimia de no decir nunca exactamente lo que uno sabe.

Aquello le había permitido sobrevivir a varios cambios de gobierno y a innumerables reuniones con cargos públicos que confundían la seguridad ciudadana con la gestión de su propia imagen.

—Quiero una versión oficial antes del mediodía.