CAPÍTULO 11 #6
—La versión oficial, si quiere que no nos devore vivos, tiene que ser estrecha, aburrida y verificable.
Nada de símbolos, nada de ríos, nada de muertos que vuelven ni de grabaciones que nadie sabrá explicar.
Hablaremos de intoxicación, brote psicótico compartido, posible sustancia en el agua, fallos de procedimiento en la morgue y desaparición bajo investigación.
No será bonito, pero al menos permitirá que la prensa mastique algo sin atragantarse con el apocalipsis.
Uno de los inspectores de la provincial arqueó las cejas.
—¿Brote psicótico compartido? Eso es arriesgado.
Laura se volvió hacia él con una calma peligrosa.
—Más arriesgado es convocar una rueda de prensa y decir que una fuente vieja intentó escribir el nombre de una agente en una cueva bajo Mondariz. Pero estoy abierta a sugerencias si trae usted una alternativa que no termine con todos nosotros vendiendo pulseras en un mercadillo.
El comisario levantó una mano para cortar la discusión.
Durante un momento observó a Laura con algo parecido a la resignación.
La conocía desde hacía años y sabía que su insolencia solía aumentar en proporción directa a la gravedad del caso.
Aquello, paradójicamente, lo tranquilizó.
Si Rivas seguía siendo capaz de insultar al universo con precisión, todavía no estaban completamente perdidos.
—Quiero hablar con la agente Gómez.
—Cuando despierte —sentenció Laura, y esta vez no hubo sarcasmo en su voz— Ha estado directamente implicada en todo esto, su familia forma parte del caso y acaba de pasar por algo que ninguno de nosotros está en condiciones de juzgar desde un despacho.
Si quiere declaración, la tendrá, pero no ahora.
El comisario sostuvo su mirada durante unos segundos y Laura comprendió que estaba calculando hasta dónde podía empujarla sin provocar una escena en mitad de urgencias. Afortunadamente para todos, eligió la prudencia.
—Está bien, media hora —concedió—. Después necesito hablar con ella.
Laura asintió sin dar las gracias. No sería aquella la última vez en pocas horas en que tendría que echar un pulso al comisario para proteger a la agente local de Mondariz.
Sandra despertó antes de que se cumpliera el plazo.
No lo hizo de golpe ni sobresaltada, sino con esa lentitud pesada de quienes emergen de un descanso demasiado breve para ser reparador.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Vio las sillas de plástico, la mesa con revistas viejas, la ventana del hospital y la luz gris del aparcamiento.
Después recordó la fuente, el pozo, la voz de Daniel y la mano de Laura sujetando la suya en la cámara, y todo regresó con una rapidez cruel.
Se llevó instintivamente la mano al bolsillo interior de la chaqueta. La llave seguía allí.
Laura, sentada frente a ella con otro café intacto entre las manos, fingió no haber visto el gesto.
—Has dormido veintisiete minutos y trece segundos —dijo—. Técnicamente no cuenta como descanso, pero en estándares policiales equivale a un balneario con masaje y pensión completa.
Sandra se incorporó con esfuerzo. Tenía la boca seca, dolor en la espalda y una sensación extraña de haber envejecido durante el sueño.
Miró a Laura y descubrió que la inspectora parecía aún más cansada que antes, si eso era posible.
Sus ojeras habían adquirido una profundidad casi geológica y el barro seco en los bajos del pantalón empezaba a cuartearse.
—¿Ha pasado algo?
Laura bebió un sorbo del café frío y puso una mueca.
—Ha llegado el comisario, lo cual en la escala de desgracias de esta noche puntúa bastante alto, aunque por debajo de la cueva devoradora de nombres.
Quiere hablar contigo, y todo lo que he conseguido arrancarle es media hora, que en lenguaje de mando equivale a un gesto humanitario de Naciones Unidas.
Sandra asintió. No parecía sorprendida ni asustada, sólo cansada.
Laura percibió aquel cansancio y, durante un instante, sintió el impulso de decirle que no tenía que hacerlo, que podía retrasar la declaración, que ella se encargaría de sostener la primera embestida burocrática.
Pero sabía que eso habría sido otra forma de apartarla de su propia historia.
—Estaré contigo —dijo Laura.
La frase salió más sencilla de lo previsto, quizás demasiado.
Sandra levantó la vista y ambas permanecieron mirándose un segundo más largo de lo necesario.
No hubo promesa ni confesión, sólo el reconocimiento silencioso de que aquellas tres palabras podían significar muchas cosas y, por ahora, ninguna necesitaba ser escogida.
Laura apartó la mirada hacia el pasillo con la excusa de localizar al comisario.
Sandra no sonrió, pero algo en su respiración se aflojó.
La declaración preliminar tuvo lugar en un despacho prestado por la dirección del hospital, una habitación pequeña con una mesa, tres sillas y una pizarra blanca en la que alguien había escrito horarios de guardia con rotulador azul.
La banalidad del escenario resultaba casi ofensiva.
Allí, bajo una luz fría y junto a un dispensador de gel hidroalcohólico, Sandra resumió lo que podía resumirse y calló lo que ninguna palabra sabría contener sin convertirlo en caricatura.
Habló de los cuadernos de su abuelo, de la llave, de la Fonte Vella y de la necesidad de asegurar la zona.
No habló de Daniel como sombra en la cocina, ni de Manuel desvaneciéndose bajo tierra, porque algunas verdades, comprendió, no se ocultaban para mentir, sino para evitar que fueran destruidas por oídos incapaces de sostenerlas.
El comisario escuchó con el rostro cada vez más cerrado.
De vez en cuando miraba a Laura, quizá esperando que ella matizara o negara alguna parte, pero no lo hizo.
Se limitó a permanecer junto a Sandra, apoyada contra la pared con los brazos cruzados y esa expresión de perro viejo que ha decidido morder si alguien se acerca demasiado.
La joven agente notó aquella presencia con una gratitud que prefirió no examinar.
No era dependencia, ni simple alivio, sino algo más sutil: la certeza de que, si el mundo oficial intentaba reducir lo ocurrido a delirio, ella no tendría que defender sola la realidad de aquella noche.
—Lo que me estáis contando no puede figurar así en ningún informe —dijo finalmente el comisario.
Laura soltó una risa seca.
—Fíjese qué casualidad, jefe. Eso mismo pensaba yo sobre media historia de España y aun así seguimos haciendo manuales escolares.
El comisario la ignoró con una paciencia ensayada.
—Necesito hechos verificables. Lugares, objetos, personas, pruebas materiales.
Sandra sacó la llave del bolsillo y la colocó sobre la mesa.
El gesto fue deliberado y sereno. El hierro oscuro quedó bajo la luz del fluorescente con una modestia que no le restaba gravedad.
Los presentes lo observaron durante unos segundos.
La llave no vibró, no se calentó ni ofreció ningún signo de excepcionalidad.
Parecía lo que cualquier perito cansado habría descrito como un objeto antiguo pendiente de análisis.
Y, sin embargo, Laura sintió que todos en la habitación evitaban tocarla.
—Esto es verificable —dijo Sandra—. La fuente también. El hueco puede haber desaparecido, pero la estructura existe o existió. Los cuadernos de mi abuelo existen. Marta Pereira está viva. Y hay grabaciones, aunque no expliquen nada de lo ocurrido.
—Esto tendrá que quedar bajo custodia policial —apuntó el comisario con el ceño fruncido.
Sandra cerró los dedos alrededor del objeto antes de que él terminara la frase. No lo hizo con brusquedad, pero la decisión resultó evidente. Laura se enderezó levemente contra la pared.
—¡No!
El comisario levantó la vista.
—Agente Gómez, no creo que comprenda la situación.
Sandra sostuvo su mirada. Hace apenas unas horas, quizá habría bajado los ojos ante aquel tono.
Ahora descubrió que algo en ella había cambiado de manera irreversible.
No se trataba de insolencia ni de valentía súbita, sino algo más sencillo.
Había mirado al lugar donde su nombre intentaba convertirse en condena y había dicho no.
Después de eso, ciertas jerarquías humanas resultaban menos impresionantes.
—La comprendo mejor que usted —respondió—. Y precisamente por eso la llave se queda conmigo.
El silencio que siguió fue espeso. Laura sintió una punzada de orgullo tan inesperada que tuvo que ocultarla tras una mueca de fastidio.
—Jefe —intervino—, podemos registrar la existencia del objeto, fotografiarlo, describirlo y hacer constar que permanece bajo custodia de la agente Gómez por razones operativas vinculadas a la investigación en curso. Ya sé que suena a trampa, pero menos que casi todo lo demás.
—Eso no se sostiene —respondió el comisario con dureza.
—Nada de esto se sostiene. La diferencia es que esta opción no nos revienta en la cara antes de comer.
Durante unos segundos pareció que el comisario iba a insistir.
Después miró a Sandra, luego a la llave y finalmente a la puerta cerrada del despacho, tras la cual el hospital seguía funcionando con su rutina de pasos, avisos y máquinas.
Tal vez comprendió que ciertos objetos pesan demasiado para una caja de evidencias.
O tal vez, más pragmáticamente, decidió que arrebatarle aquella llave a una agente implicada emocionalmente, con Laura Rivas delante y una investigación imposible en marcha, podía convertirse en el peor error administrativo de la mañana.
—De momento —dijo—. Pero quiero un informe completo antes de veinticuatro horas.
Laura levantó las cejas.
—¿Completo en el sentido clásico de la palabra o completo dentro de las posibilidades narrativas de una realidad que acaba de perder varios tornillos?
—Rivas…
—Entendido. Haré magia, pero de la aburrida.