El agua nunca olvida CAPÍTULO 11 #4
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CAPÍTULO 11 #4

Sandra apartó la vista de Marta Pereira con una lentitud que no obedecía al cansancio, sino a la prudencia de quien acaba de comprender algo demasiado delicado para mirarlo de frente durante más de unos segundos.

La frase de la mujer había atravesado la habitación de observación y se había detenido en algún lugar incómodo entre ella y Laura, no como una declaración, ni siquiera como una sospecha formulada, sino como una posibilidad que adquiría peso precisamente porque nadie iba a nombrarla.

«Alguien que haya sido amado en silencio».

Aquellas palabras podían significar muchas cosas dentro de una historia atravesada por muertos, padres perdidos y promesas heredadas, pero Sandra sintió que una parte de ellas rozaba algo mucho más inmediato, una zona todavía indefinida de la noche en la que la mano de Laura, su voz áspera y su obstinada manera de permanecer cerca habían dejado una huella que no encajaba del todo en la simple categoría del deber profesional.

Laura también había entendido el peligro de aquella frase, aunque por motivos distintos.

O quizá no tan distintos. Durante años se había entrenado para detectar el punto exacto en el que una conversación podía desviarse hacia terrenos emocionalmente imprudentes, y su estrategia habitual consistía en levantar de inmediato una barricada de sarcasmo, órdenes o mala leche.

Esta vez no lo hizo tan rápido. Se limitó a observar a Marta con una expresión endurecida, aunque Sandra, que empezaba a conocerla mejor de lo que habría imaginado unas horas antes, advirtió un pequeño retraso en su respuesta, una vacilación mínima que habría pasado inadvertida para cualquiera menos atento.

La inspectora Rivas, que podía enfrentarse a un cadáver desaparecido con una blasfemia y a una cueva imposible con una pistola, parecía mucho menos cómoda ante una frase que sugería una forma de afecto sin nombre.

—Los mensajes crípticos empiezan a tocarme bastante las narices —dijo al fin Laura, recuperando el tono con un esfuerzo casi imperceptible—.

Si esa voz quería advertirnos de algo, podría haber probado con un sistema más directo.

Por ejemplo: «cuidado con tal sitio», «no abráis tal puerta» o «la próxima vez traed botas de agua y un notario».

Pero no. Siempre tiene que sonar como si un difunto hubiera ganado un concurso de poesía oscura en una parroquia con problemas de humedad.

Marta escuchó sin sonreír. Estaba demasiado débil para defender el mensaje y quizá demasiado lejos todavía de su propia vida para comprender del todo dónde terminaba ella y dónde empezaba aquello que había usado su cuerpo como vehículo.

La mujer miró sus manos, pálidas sobre la manta térmica, y durante unos segundos pareció sorprendida de verlas allí, obedeciendo de nuevo a una voluntad humana.

Luego levantó la vista hacia Sandra con una mezcla de gratitud y miedo.

—No sé quién me lo dijo —añadió—. O quizá sí lo sé, pero al despertar se me deshizo casi todo.

Recuerdo una oscuridad llena de voces, como cuando una se sumerge en el agua y oye a la gente hablar desde la orilla sin entender las palabras.

Recuerdo a mi marido llamándome y recuerdo que tuve un hambre horrible que no era mía.

Y después recuerdo una canción, muy lejos, como si alguien estuviera cerrando una puerta para que otros pudiéramos salir.

Sandra sintió que la mención de la canción la alcanzaba de nuevo.

Daniel, Manuel, la cámara bajo la fuente...

Las despedidas nunca son limpias, pensó.

Incluso cuando liberan, dejan restos adheridos a la piel.

Miró a Marta y comprendió que la mujer jamás podría regresar del todo a la vida que había perdido.

Estaba viva, sí, y aquello debería bastar para cualquiera, pero los supervivientes saben que la vida devuelta no coincide exactamente con la vida anterior.

Algo cambia en la respiración, en la relación con los espejos, en la manera de escuchar un grifo abierto en mitad de la noche.

Fernando se aproximó a la cama con la cautela de un médico que intenta no parecer demasiado ansioso por interrogar a una paciente recién reaparecida de una categoría clínica inexistente.

Revisó el monitor, observó la vía intravenosa y cruzó unas palabras en voz baja con la médica responsable.

Laura lo dejó hacer, aunque vigilándolo de reojo, convencida de que el forense era capaz de pedir una analítica del alma si alguien le ofrecía una jeringuilla adecuada.

—Desde un punto de vista médico —dijo Fernando finalmente, con ese tono que utilizaba cuando sabía que la frase iba a ser insuficiente antes incluso de pronunciarla—, está estable.

Hipotermia leve, signos de estrés fisiológico intenso y pequeñas lesiones compatibles con inmersión prolongada, aunque ninguna de ellas explica cómo una persona declarada muerta, trasladada a una morgue y desaparecida de una camilla aparece horas después caminando por urgencias y preguntando por su marido.

Laura lo miró.

—Gracias por el resumen técnico de «no tengo ni puta idea».

—Es una disciplina en la que esta noche todos estamos obteniendo excelentes resultados.

Sandra se sorprendió sonriendo apenas, y la sonrisa se desvaneció casi de inmediato al mirar a Marta.

La paciente había cerrado los ojos, pero no dormía.

Sus párpados temblaban y sus labios se movían con palabras que no llegaban a salir.

Tal vez rezaba, repetía nombres o intentaba asegurarse de que su propia voz seguía perteneciendo a su cuerpo.

La habitación olía a desinfectante, plástico caliente y café malo de máquina, olores profundamente humanos y por eso mismo tranquilizadores después del aire mineral de la cámara subterránea.

Aun así, bajo todo ello, Sandra creyó percibir durante un instante un rastro de humedad antigua, un olor tenue a pozo cerrado que desapareció en cuanto intentó localizarlo.

—¿Qué hacemos con ella? —preguntó.

Laura siguió la dirección de su mirada. Marta Pereira no era ya sospechosa en el sentido ordinario, pero tampoco podía ser tratada como una víctima convencional.

Había matado, o su cuerpo lo había hecho.

Había muerto, o algo lo bastante parecido a la muerte como para engañar a médicos y forenses.

Había regresado con un mensaje que parecía confirmar que la noche no había cerrado todas sus grietas.

En cualquier comisaría del país, aquello bastaría para colapsar el sistema nervioso de media cadena de mando.

—De momento, protegerla —respondió Laura—. De la prensa, de los curiosos, de cualquier compañero demasiado listo y, si hace falta, de sí misma. Luego ya veremos qué parte de la verdad cabe en un expediente sin que nos envíen a todos a cultivar grelos como terapia ocupacional.

Marta abrió los ojos entonces.

—No quiero ver el agua.

La frase no sonó como una petición dramática, sino como la constatación humilde de una persona que ha descubierto un límite nuevo dentro de sí misma. Laura asintió con una seriedad que desmintió todas sus bromas anteriores.

—No verá agua. Pediremos que le retiren jarras, vasos transparentes y cualquier cosa que le recuerde a un río. Si alguien protesta por protocolo hospitalario, le explicaré personalmente que el protocolo acaba de ser degradado a sugerencia decorativa.

La médica, que había escuchado aquello desde la puerta, no pareció segura de si debía rebatir la orden o agradecer que alguien pareciera tener un plan. Eligió lo segundo con la sensatez propia de quienes han sobrevivido a una guardia nocturna.

Sandra se acercó un poco más a la cama.

—¿Recuerda algo de su marido?

Marta tardó unos segundos en contestar, y en ese breve intervalo la habitación pareció cambiar de temperatura.

—Recuerdo que lloraba —dijo Marta—. Decía que no quería tener hambre y lo repetía una y otra vez. Y había alguien con él, una voz que le decía que el hambre era una forma de volver a casa. Yo sólo quería que dejara de llorar. Sus gritos eran horribles y me hacían daño en los oídos.

Laura apretó los labios. Aquella frase no le gustó. No por su contenido sobrenatural, que a estas alturas competía en rareza con media noche de sucesos imposibles, sino porque sugería algo más persistente que el pozo de la Fonte Vella.

—¿Sabe dónde está ahora? —preguntó.

Marta negó lentamente con la cabeza, y el movimiento pareció agotarla.

—No. Pero ya no está en el río. Eso también lo sé, porque donde estaba antes había muchas voces y ahora sólo queda una.

—¿Una voz? —preguntó Fernando.

—La suya. Pero no parece humana —asintió Marta.

Laura sintió que el cierre ordenado que empezaba a construir mentalmente se agrietaba un poco. Marta había regresado viva y no recordaba nada de lo que había hecho a su marido. En su lugar, se habían fijado en su mente una serie de inconexos recuerdos más propios de un delirio.

—Una cosa a la vez —dijo la inspectora, más para sí misma que para los demás— Primero aseguramos a Marta, luego hablamos con el comisario, después fingimos que la realidad sigue siendo gestionable y, cuando tenga suficiente café en sangre para no morder a nadie, decidimos qué hacemos para ayudar a esta pobre mujer con lo de su marido.

Sandra debería haber encontrado absurda aquella formulación, pero en cambio le resultó extrañamente tranquilizadora.

Laura tenía esa capacidad: convertía lo inconcebible en un problema operativo sin reducir del todo su gravedad.

Quizá por eso había sobrevivido tantos años en un oficio que devoraba a quienes no aprendían a traducir el horror en tareas concretas.