CAPÍTULO 11 #3
—Dígale a Marta Pereira que iremos al hospital —dijo Laura—. Y, por favor, manténganla acompañada y lejos de cualquier bañera, lavabo, fuente ornamental, dispensador de agua o político que quiera hacerse una foto con la milagrosa superviviente del caso. No necesariamente en ese orden.
La médica no pareció comprender del todo la broma, aunque prometió avisar a seguridad y mantener a la paciente bajo observación.
Laura colgó y guardó el teléfono con esa brusquedad suya que convertía cualquier gesto cotidiano en una pequeña declaración de guerra.
Después miró la llave que Sandra seguía sosteniendo y durante un instante ninguno de los presentes dijo nada.
El objeto había dejado de parecer amenazante, pero no inocente.
—Bueno —dijo Fernando, con una prudencia estudiada—, entiendo perfectamente que no debamos permitir que cualquiera la estudie, pero quizá una observación mínima, no invasiva, bajo condiciones controladas y con todas las garantías…
—No —interrumpió Laura levantando una mano.
—Ni siquiera he terminado la frase.
—Y por eso aún conservas todos los dedos, sacamuelas.
Sandra cerró la mano alrededor de la llave y sintió que el metal permanecía frío, ajeno ya a las vibraciones y llamadas de la cámara subterránea.
Sin embargo, el mensaje de Marta había confirmado algo que temía desde que salieron de la fuente: el cierre no significaba desaparición, sino custodia, y eso, en las familias, suele ser otro nombre para las herencias que nadie pidió.
Maruxa se acercó a su hija y extendió las manos, no para reclamar el objeto, sino para verlo de cerca.
Durante años había escondido aquella llave con la convicción de quien guarda una serpiente dormida en un cajón.
Ahora parecía más pequeña, más vieja y, de algún modo, menos dueña de la casa.
Sandra permitió que su madre la contemplara, pero no se la entregó.
Ambas comprendieron la importancia de ese detalle sin necesidad de explicarlo.
La llave ya no pertenecía a Maruxa, ni a Manuel, ni a Daniel.
Y quizá nunca había pertenecido a nadie del todo.
—La guardaré yo —dijo Sandra.
—Entonces no la guardes donde yo la guardé. No la escondas como si ocultarla bastara para protegernos de su poder.
Sandra pensó en el doble fondo de la alacena, en los cuadernos desaparecidos, en las conversaciones a media voz y en toda aquella arquitectura de silencios que había sostenido su infancia. Su madre tenía razón. Esconder un peligro no lo convierte en inofensivo. Sólo le concede tiempo.
—No —respondió—. Esta vez no.
Laura observó aquel intercambio sin intervenir.
A veces la autoridad consiste precisamente en comprender cuándo una escena no pertenece al caso, sino a la vida privada de quienes han sido arrastrados por él.
Aun así, su mente ya estaba reorganizando las horas siguientes: hospital, declaración de Marta, vuelta al perímetro del Tea, informe preliminar al comisario y posible estrategia para contener a la prensa.
Luego, una explicación verosímil para varias muertes, una desaparecida reaparecida viva, un cadáver ausente y una serie de pruebas que probablemente ningún tribunal aceptaría sin recomendar antes una evaluación psiquiátrica colectiva.
La normalidad, pensó, era una criatura muy exigente, siempre sedienta de papeles.
—Tenemos que irnos —dijo finalmente—. Marta está viva y acaba de traer un mensaje que no me gusta. Además, cuanto antes vuelva a un edificio con máquinas de café, fluorescentes y gente que miente por motivos comprensibles, más posibilidades tengo de no empezar a saludar a las fuentes por la calle.
Sandra miró hacia la casa. Durante un instante quiso entrar, sentarse con su madre y pedirle que le contara todo desde el principio, sin símbolos, sin omisiones y sin esa forma dolorosa que tienen los adultos de decidir qué verdades merecen los hijos. Pero sabía que no era el momento.
—Volveré —dijo a su madre.
—Esta vez te estaré esperando despierta —respondió Maruxa.
Laura fingió revisar el teléfono para no invadir aquel momento, aunque Sandra advirtió el gesto y, por alguna razón, le agradeció aquella discreción poco habitual.
Después caminaron hacia el coche. Fernando ocupó el asiento trasero y abrió la bolsa impermeable para comprobar que el cuaderno de Manuel seguía allí.
Laura se sentó al volante. Sandra permaneció unos segundos junto a la puerta del copiloto, mirando la llave en su mano antes de guardarla en el bolsillo interior de la chaqueta.
Al hacerlo, sintió una punzada de responsabilidad más que de miedo.
No se consideraba elegida, ni guardiana, ni heredera de una misión ancestral.
Aquellas palabras le parecían demasiado solemnes, demasiado peligrosas.
Era policía, hija de Maruxa y Daniel y nieta de Manuel.
Y, ahora, era la persona que sabía que el agua podía recordar de formas que nadie debería despertar.
Cuando el coche arrancó, Laura esperó a que salieran del camino de la finca antes de hablar.
—Estás muy callada.
Sandra apoyó la cabeza contra el respaldo y miró la carretera estrecha que descendía hacia Mondariz. La luz del amanecer avanzaba lentamente sobre los muros de piedra, los prados y las cunetas llenas de agua.
—Estoy intentando decidir si sigo siendo la misma persona que ayer.
Laura condujo unos metros sin responder. La pregunta era demasiado seria para una broma inmediata y demasiado íntima para una respuesta fácil. Además, descubrió que le importaba contestar bien, lo cual la incomodó más que la propia pregunta.
—Nadie sigue siendo la misma persona después de una noche así —dijo al fin—. La diferencia está en si permites que lo ocurrido te convierta en alguien que sólo mira hacia atrás.
Sandra giró apenas la cabeza hacia ella.
—¿Eso lo dice por experiencia?
Laura mantuvo la vista en la carretera. Durante un segundo, la luz gris del amanecer suavizó las líneas de su rostro y dejó ver un cansancio que normalmente ocultaba bajo capas de mala leche.
—Lo digo porque soy inspectora y me pagan por fingir que sé cosas.
Sandra sonrió. La respuesta era evasiva, pero no del todo.
Entre ambas quedó un silencio breve, cómodo y extraño, cargado de algo que ninguna habría sabido explicar sin estropearlo.
Fernando, desde el asiento trasero, tuvo la sensatez de fingir que revisaba el cuaderno y no escuchaba nada.
Por un instante se sintió el incómodo pasajero, un invitado no deseado que estorbaba entre las dos mujeres.
El hospital apareció ante ellos media hora después, recortado contra un cielo bajo y pálido.
A aquellas horas, el edificio tenía esa fealdad funcional de los lugares donde la vida y la muerte trabajan por turnos.
Laura aparcó en urgencias y apagó el motor.
Durante unos segundos permanecieron dentro del coche, sin moverse, como si cruzar aquellas puertas significara abandonar definitivamente la lógica antigua de la noche para entrar en otra clase de pesadilla, una hecha de médicos, formularios y explicaciones oficiales.
—Vamos —dijo Laura—. Antes de que alguien decida darle el alta a la resucitada y mandarla a casa con paracetamol.
Marta Pereira estaba en una habitación de observación, conectada a un monitor cardíaco y envuelta en mantas térmicas.
Tenía el rostro pálido, los labios agrietados y el cabello todavía húmedo, pero sus ojos eran claramente humanos.
Aquello fue lo primero que pensó Sandra al verla.
Ya no estaba aquella distancia imposible, aquella serenidad de mensajera que la había acompañado en el camino forestal.
La mujer que yacía en la cama parecía asustada, agotada y profundamente confusa.
Parecía viva y esa vida, después de todo lo ocurrido, resultaba casi tan inquietante como su muerte anterior.
Laura se presentó con rapidez, pidió a Fernando que hablara con la médica y se acercó a la cama con Sandra a su lado. Marta las miró a ambas, aunque su atención se detuvo en la joven agente con una intensidad que le aceleró el pulso.
—Usted es Sandra Gómez —dijo.
—Me han dicho que tenía un mensaje para mí —asintió Sandra.
Marta cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir fuerzas antes de pronunciarlo. Cuando volvió a abrirlos, había en su mirada un cansancio que no pertenecía sólo al cuerpo.
—No recuerdo casi nada. Sólo agua, frío y voces diciendo nombres, pero había una voz más clara que las demás. Una voz de hombre. Me dijo que, si salía, debía encontrarla a usted y decirle algo exactamente así.
Sandra se inclinó ligeramente hacia ella.
—La puerta está cerrada, pero no sellada para siempre.
Ninguna puerta lo está. Y cuando el agua vuelva a tener hambre, buscará a alguien que haya sido amado en silencio.
Usted debe quedarse la llave. Por favor, no la devuelva al agua, ni la entierre y, sobre todo, no permita que nadie la estudie.
El río ya no recuerda su nombre, pero otros lugares sí podrían hacerlo.
Laura sintió que aquella frase se instalaba en la habitación con la desagradable elegancia de las advertencias verdaderas.
No abría un nuevo misterio de forma inmediata, pero negaba cualquier final absoluto.
Además, difería del mensaje que la enfermera pretendía haber entregado a través de su llamada desde urgencias.