El agua nunca olvida CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Laura se acercó despacio y se situó a su lado.

No la tocó esta vez, aunque su presencia volvió a ocupar ese espacio mínimo y ambiguo que separa la protección del afecto.

Sandra fue consciente de ello y no se apartó y, durante unos segundos ambas contemplaron el cristal en silencio, cada una desde su propia pérdida, sin saber muy bien si aquello que compartían era compañerismo, cansancio o una intimidad nacida en el borde mismo de lo imposible.

Cuando la última huella desapareció, el agua de la Fonte Vella volvió a sonar con absoluta normalidad. Y esa normalidad, por primera vez desde el inicio de la noche, no pareció una amenaza.

El amanecer terminó de insinuarse sobre los árboles con una lentitud casi pudorosa, como si incluso la luz necesitara pedir permiso antes de entrar en aquel lugar después de lo ocurrido.

No fue un amanecer hermoso, pues llegó envuelto en una claridad gris, baja y húmeda, que convirtió la finca en un escenario cansado, lleno de barro, hojas aplastadas y objetos que parecían haber sobrevivido a una tormenta mucho más antigua que la meteorológica.

Sin embargo, para Sandra aquella luz resultó suficiente.

No traía respuestas completas, ni reparaba los años de silencio, ni devolvía a los muertos al lugar exacto donde deberían haber permanecido, pero permitía ver las cosas sin la mediación de las linternas, y a veces la diferencia entre resistir y derrumbarse consiste únicamente en que el mundo vuelva a tener contornos reconocibles.

Laura se alejó unos pasos para hablar de nuevo por teléfono con Varela, y Sandra la observó de reojo mientras escuchaba su voz áspera dando instrucciones con esa mezcla de autoridad, sarcasmo y cansancio que empezaba a resultarle inexplicablemente familiar.

Había en la inspectora una forma de estar en el mundo que, hasta aquella noche, a Sandra le habría parecido excesiva: demasiada dureza, demasiada ironía, demasiada costumbre de ocupar el espacio como si esperara que alguien intentara arrebatárselo.

Ahora, después de verla enfrentarse al pozo, a Manuel, a Maruxa y a todo cuanto no cabía en ningún informe, comprendía que aquella brusquedad no era sólo coraza.

Era también una manera de permanecer junto a los demás sin tener que confesar que le importaban.

Maruxa entró en la cocina para preparar café, probablemente porque los seres humanos, incluso al borde de lo imposible, terminan regresando a los gestos más elementales.

Se hace café después de una muerte, después de un parto, después de una discusión familiar y después de una noche en la que una fuente antigua abre una escalera hacia una cámara prehumana bajo la finca.

Laura, al verla moverse entre la alacena y la cocina de gas, pensó que quizá la civilización entera se sostenía sobre esa clase de actos modestos: calentar agua, servir pan, limpiar una mesa, preguntar si alguien quiere azúcar.

Fernando salió a la finca con el móvil pegado a la oreja y una libreta empapada bajo el brazo.

Hablaba con alguien de la universidad, o quizá con dos personas a la vez, porque alternaba términos como «cavidad artificial», «alteración del sustrato», «posible colapso controlado» y «no, no estoy borracho» con una naturalidad admirable.

Laura lo escuchó durante unos segundos y casi sintió lástima por sus futuros interlocutores.

Intentar convertir aquella noche en un informe técnico sería como describir una guerra mediante una factura de fontanería.

Posible, tal vez, pero profundamente absurdo.

Laura terminó la llamada y regresó hacia Sandra. No dijo nada al principio y se limitó a quedarse a su lado mirando la fuente. Después decidió interrumpir el silencio, tratando de buscar normalidad en mitad de tanta metafísica.

—Varela dice que en el río ya no queda nada raro —comentó al fin—. Lo cual, viniendo de un hombre que hace dos horas estaba intentando incluir luces fantasmales en un parte de servicio, me parece un avance notable hacia la normalidad.

—¿Y usted qué cree?

Laura tardó unos segundos en contestar. No porque no tuviera opinión, sino porque había demasiadas y ninguna le servía del todo.

Creía en lo que había visto, aunque no supiera nombrarlo.

Creía que Manuel Gómez había existido de una forma que ningún juez aceptaría.

Creía que Sandra había cerrado algo bajo la fuente y que la palabra “algo” era vergonzosamente pobre para describirlo.

Pero también creía que, al día siguiente, o al otro, o cuando el cansancio se retirara y el mundo recuperara su insoportable afán por ser razonable, todos empezarían a dudar.

—Creo que hoy no voy a escribir el informe —dijo—. Es una estrategia cobarde, pero muy recomendable.

Sandra sonrió apenas, y aquella sonrisa pequeña bastó para que algo en el pecho de Laura se aflojara de forma incómoda.

La inspectora apartó la vista con rapidez, fingiendo interés por una grieta del muro de piedra.

La proximidad de Sandra le resultó de pronto más difícil de ignorar de lo que habría querido.

No había nada explícito en aquel momento, nada que pudiera formularse sin convertirlo en una tontería nacida del cansancio, del miedo y de la gratitud.

Sin embargo, durante un segundo, Laura fue dolorosamente consciente del olor a lluvia en el cabello de la joven, de la palidez persistente de su rostro y de la fuerza con la que había sostenido la llave cuando todo parecía pedirle que cediera.

Sandra también percibió aquel desvío de la mirada.

No lo interpretó, o prefirió no hacerlo.

Se limitó a cerrar la mano alrededor de la llave y a respirar despacio, agradecida por la presencia de Laura a su lado y por el hecho de que ninguna de las dos sintiera la necesidad de convertir aquel silencio en una conversación.

Maruxa apareció en la puerta trasera con tres tazas de café y una cuarta vacía que dejó sobre el alféizar de la ventana de la cocina, allí donde minutos antes habían aparecido las huellas de las manos sobre el cristal.

No parecía una ofrenda solemne, sino un gesto doméstico, casi matrimonial, nacido de una costumbre que quizá llevaba años repitiéndose sin testigos.

La taza vacía quedó allí, humeando suavemente en el aire frío de la mañana, y nadie hizo comentario alguno.

—Tendrás que dormir —dijo Maruxa a su hija al acercarle una de las tazas.

—No creo que pueda.

—Podrás. El cuerpo siempre termina haciendo lo que la cabeza se niega a aceptar.

Laura, que recibió su café con una gratitud tan intensa como poco expresiva, pensó que aquella frase resumía bastante bien la existencia de media humanidad.

El teléfono de Fernando volvió a sonar. Esta vez no contestó de inmediato, sino que miró a Laura con una expresión de desconcierto contenido.

—Es el hospital.

La inspectora cerró los ojos un instante y murmuró algo que ninguna de las presentes quiso pedirle que repitiera.

Después le hizo un gesto para que respondiera.

Fernando activó el altavoz, quizá porque a esas alturas todos habían renunciado a la ilusión de privacidad.

La voz al otro lado pertenecía a una médica joven, nerviosa y claramente superada por una madrugada que también debía de estar dejando víctimas psicológicas en otros edificios de la provincia.

—Doctor, perdone que lo moleste. Sé que ya han hablado con ustedes sobre la desaparición del cuerpo de Marta Pereira, pero acaba de ocurrir algo que creemos que deben saber cuanto antes.

Ha aparecido una paciente en urgencias. Mujer, algo más de treinta años, hipotermia leve, desorientación y signos de haber estado sumergida en agua durante un periodo prolongado.

No llevaba documentación, pero una enfermera la ha reconocido por las fotografías que circularon internamente durante la noche.

—¿Marta Pereira? —preguntó Laura, sin apartar la vista del teléfono.

—Sí. Pero hay algo más. Está viva, doctor. Viva de verdad. Tiene pulso, temperatura, responde a estímulos y pregunta por su marido.

Durante unos segundos nadie habló. La Fonte Vella siguió murmurando a sus espaldas con una normalidad casi insolente.

Laura sintió que una parte de la noche regresaba, no como amenaza inmediata, sino como recordatorio de que los cierres rara vez son perfectos.

Después miró a Sandra, que sostenía la llave con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos.

—¿Recuerda algo? —preguntó la inspectora.

—Dice que soñó con un río lleno de nombres y que alguien le pidió que llevara un mensaje a Sandra Gómez.

—¿Qué mensaje? —exigió Laura, con una calma que no engañó a nadie.

Al otro lado de la línea se escucharon varios sonidos confusos: pasos en un pasillo, una puerta automática abriéndose, la voz lejana de alguien pidiendo una vía y el zumbido habitual de los hospitales, ese rumor de urgencia organizada que convierte el miedo privado de cada paciente en una maquinaria colectiva.

La médica tardó unos segundos en responder, quizá porque estaba buscando un lugar donde hablar sin que la escucharan demasiadas personas o quizá porque aún no sabía cómo formular aquello sin parecer ella misma parte del delirio.

—Dice que Sandra debe quedarse con la llave —respondió finalmente—. Que no la devuelva al agua, que no la entierre y que no permita que nadie la estudie. Insiste mucho en eso. También dice que el río ya no recuerda su nombre, pero que otros lugares sí podrían hacerlo.

—¿Otros lugares? —preguntó Sandra, aunque su voz sonó más cansada que asustada.

—Dice que el agua tiene muchas casas.

Maruxa se santiguó en silencio. Laura la vio hacerlo y, por primera vez en toda la noche, no sintió la tentación de burlarse.