CAPÍTULO 11
C uando salieron de la abertura bajo la Fonte Vella, la noche seguía allí, pero ya no parecía la misma.
La lluvia había remitido hasta convertirse en una llovizna fina que apenas se atrevía a tocar la piedra, y el agua de la fuente volvía a caer sobre el pilón con un murmullo normal, casi humilde, como si durante los últimos minutos no hubiera servido de garganta a una memoria hambrienta escondida bajo el valle.
Esa normalidad resultó más difícil de soportar que el horror.
Laura lo supo en cuanto aspiró el aire frío del exterior y se dio cuenta de que el mundo tenía la indecencia de continuar funcionando: los árboles seguían en pie, las luces de la casa permanecían encendidas, el barro se pegaba a las botas y, a lo lejos, algún perro ladraba con la estupidez inocente de los animales que no han firmado jamás un atestado.
Sandra salió detrás de ella con la llave aún cerrada dentro del puño.
Tenía la cara pálida, el cabello húmedo pegado a las mejillas y esa expresión vacía que Laura había visto en supervivientes de accidentes cuando el peligro terminaba antes de que el cuerpo pudiera creérselo.
No lloraba ni parecía aliviada, pues estaba en ese territorio intermedio que aparece después de las grandes sacudidas, cuando la mente ya ha comprendido que sigue viva pero el resto del organismo continúa esperando el golpe.
Laura sintió el impulso de tocarle el hombro y lo reprimió durante apenas un segundo, quizá demasiado poco para que nadie lo interpretara como prudencia.
Finalmente lo hizo, con una firmeza breve y casi profesional, aunque la mano permaneció allí un instante más de lo imprescindible.
—Respira —dijo—. Es una orden sencilla, Gómez. Incluso los políticos la cumplen de vez en cuando sin que nadie se lo explique dos veces.
Sandra soltó una risa pequeña, quebrada y absurda, que se pareció lo suficiente a un sollozo como para que ambas fingieran no advertirlo. Agradeció aquella grosería con una intensidad difícil de admitir.
Fernando emergió unos segundos después, cubierto de polvo oscuro y con la bolsa impermeable apretada contra el pecho como si llevara dentro el último fragmento verificable de una realidad que se deshacía.
Tosió, se apoyó en el muro de la fuente y miró hacia la abertura con una expresión que Laura no le había visto nunca, la de una conciencia que había presenciado un fenómeno innegable y que, al mismo tiempo, no sabría explicar sin destruir buena parte del lenguaje con el que había organizado su vida profesional.
—La entrada se está cerrando —dijo finalmente—. La roca se desplaza sola.
Laura se volvió hacia la fuente. La grieta por la que habían descendido se estrechaba lentamente bajo el arco de piedra, no con el derrumbe violento de una estructura inestable, sino con la obstinación silenciosa de una herida que cicatriza.
La inspectora observó aquel movimiento sin acercarse demasiado.
Una parte de ella habría querido ordenar que se asegurara la zona, que se fotografiara cada centímetro y que se llamara a un equipo de geólogos, arqueólogos y artificieros, por si el inframundo requería además informe de riesgos laborales.
Otra parte, más cansada y quizá más sabia, comprendió que no todo lo que se cierra debe ser obligado a permanecer abierto por curiosidad administrativa.
Maruxa esperaba junto a la puerta trasera de la casa.
Al ver a Sandra dio un paso hacia ella, pero se detuvo antes de abrazarla.
A veces las relaciones entre madres e hijas acumulan demasiadas capas para permitirse un gesto sencillo en el momento exacto en que más lo necesitan.
Sandra lo comprendió y fue ella quien se acercó.
No hubo una reconciliación perfecta, ni palabras redentoras, ni esa clase de perdón limpio que sólo existe en las novelas escritas por personas demasiado optimistas.
Sólo un abrazo torpe, húmedo y largamente aplazado, sostenido por dos mujeres que se querían y que, precisamente por eso, se habían hecho daño de maneras distintas.
—Lo siento —murmuró Maruxa contra el cabello de su hija—. Lo siento tanto que ya no sé dónde empieza una disculpa y dónde termina una excusa.
Sandra cerró los ojos. En otro momento habría exigido explicaciones, fechas, documentos, nombres y todas las piezas que aún faltaban para reconstruir su vida.
Lo haría más tarde, porque lo necesitaba.
Pero allí, junto a la Fonte Vella, con la llave enfriándose dentro de su mano y el eco de la melodía de Daniel todavía adherido al fondo de la memoria, comprendió que hay preguntas que no pierden valor por esperar unas horas.
—Luego hablaremos —respondió—. Pero esta vez hablaremos de todo.
Maruxa asintió con la cabeza hundida en su hombro.
Laura apartó la mirada con una discreción que nadie le habría atribuido en comisaría y se encontró observando la ventana de la cocina.
La sombra de Daniel ya no estaba junto a la alacena y la luz interior iluminaba únicamente los muebles, las tazas intactas sobre la mesa y las fotografías familiares de la pared.
Aquella ausencia podía significar muchas cosas y ninguna verificable.
Fernando, probablemente, habría intentado formular hipótesis.
El teléfono de la inspectora vibró entonces en el bolsillo.
Durante un instante, todos se quedaron demasiado quietos.
La noche les había enseñado a desconfiar de cualquier pantalla iluminada.
Laura lo sacó con una mueca de irritación y comprobó que se trataba del sargento Varela.
Aquello, en circunstancias normales, habría sido una excelente noticia: un ser humano vivo, con número identificable, cobertura deficiente y tendencia a formular problemas logísticos.
La normalidad regresaba siempre por los lugares más grises.
—Rivas —contestó.
La voz de Varela llegó entre interferencias, aunque claramente humana, cansada y desprovista de cualquier solemnidad sobrenatural, detalle que Laura agradeció casi con emoción.
—Inspectora, no sé qué ha pasado ahí, pero el río ha vuelto a su nivel normal. Las huellas están desapareciendo y las luces de la otra orilla ya no se ven. También han llamado del hospital. Las cámaras han dejado de funcionar justo después de la grabación que vimos. Nadie sabe cómo explicar nada.
Laura miró hacia la fuente, luego hacia Sandra y finalmente hacia el cielo oscuro que comenzaba a clarear apenas por el este.
El amanecer no había llegado todavía, pero ya se insinuaba en una franja gris sobre los árboles, y aquella pequeña variación de luz le pareció más milagrosa que cualquier aparición de la noche.
—Bienvenido al club —respondió—. Mantenga el perímetro hasta nueva orden, recoja todo lo que pueda recogerse y procure que nadie dé declaraciones a la prensa.
Si algún agente intenta resumir la noche diciendo que ha visto muertos, luces o ríos con cabezas flotando encima, dígale que lo achacaremos al cansancio, a la lluvia y a la falta de café.
—¿Y qué pongo en el informe?
Laura cerró los ojos un segundo. Aquella pregunta merecía un monumento. Después de todo cuanto habían visto, la administración regresaba bajo la forma de un informe.
—Ponga que la investigación sigue abierta —dijo—. Es lo único completamente cierto.
Colgó antes de que Varela pudiera responder y guardó el teléfono.
Sandra se había separado ya de su madre y la observaba con una mezcla de agotamiento y gratitud.
La llave seguía en su mano, pero algo había cambiado en el objeto.
Ya no parecía ejercer presión sobre ella y era sólo hierro viejo, pesado y frío.
Fernando se acercó a la fuente y enfocó el muro con la linterna.
La abertura había desaparecido casi por completo.
Sólo quedaba una línea oscura entre dos piedras, cubierta de musgo húmedo y tan discreta que cualquiera habría pasado por delante sin reparar en ella.
El forense extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarla. Laura lo vio y arqueó una ceja.
—Vas aprendiendo, sacamuelas.
—Estoy madurando a una velocidad alarmante —respondió él—. También es posible que haya desarrollado miedo racional a las fuentes antiguas. Tendré que actualizar mi currículum.
Sandra sonrió apenas. Aquella normalidad vacilante, hecha de ironía y cansancio, empezó a llenar el espacio que el terror había dejado atrás.
Entonces, Maruxa miró hacia la cocina y palideció.
Se llevó una mano al pecho y fijó la vista en la ventana con una expresión que hizo que todos se volvieran al mismo tiempo.
Laura sintió que el cansancio se transformaba de nuevo en alerta, pero lo que vio no fue una sombra ni una figura imposible, sino una pequeña marca de humedad extendiéndose lentamente por el cristal desde el interior de la casa y que iba adoptando la forma de una mano adulta, abierta, apoyada contra el vidrio.
Sandra dio un paso hacia la ventana antes de que Laura pudiera detenerla.
No parecía asustada. En su rostro había dolor, sí, pero también una serenidad nueva.
La huella permaneció unos segundos sobre el cristal empañado y después comenzó a desvanecerse con la misma lentitud con la que desaparece el vaho cuando una habitación recupera su temperatura.
Antes de borrarse por completo, una segunda marca más pequeña apareció a su lado.
Maruxa se llevó los dedos a la boca y rompió a llorar en silencio.
Sandra no dijo nada. Comprendió, sin necesidad de que nadie se lo explicara, que aquella segunda mano no pertenecía a ningún niño muerto ni a ninguna criatura del pozo.
Era el recuerdo de la niña que ella había sido, sostenida durante años por una canción que no pudo salvar a su padre, pero quizá sí logró impedir que la oscuridad llegara antes hasta ella.