CAPÍTULO 10 #15
Sandra no pudo evitar una sonrisa quebrada, mínima, atravesada por lágrimas que no había notado hasta entonces.
La frase era tan impropia de cualquier consuelo convencional que precisamente por eso logró alcanzarla.
Miró a Laura, a sus ojeras, a la mandíbula tensa, al pelo húmedo pegado a la frente y a esa expresión de mujer que parecía dispuesta a pelearse con el universo entero por pura incapacidad de aceptar una derrota administrativa.
Y durante un instante, tan breve y ambiguo que ninguna de las dos habría sabido nombrarlo después, algo se desplazó entre ellas.
No era amor, quizá ni siquiera atracción, sino una conciencia súbita de cercanía que el miedo y la noche habían vuelto demasiado intensa para ser ignorada por completo.
Sandra cerró los dedos alrededor de la mano de Laura.
Luego soltó despacio, como si el gesto hubiera cumplido ya su función y prolongarlo pudiera convertirlo en otra cosa.
Se volvió hacia el pozo con una serenidad nueva, no exenta de dolor, y comprendió que la escena ofrecida por la oscuridad no era una promesa, sino un robo.
Para recuperar aquella vida imposible tendría que entregar todas las vidas reales que aún podían continuar después de esa noche.
—Recuerdo a Daniel Lago —dijo, y su voz tembló al principio, aunque no se quebró—.
Recuerdo que fue mi padre, aunque no pudiera criarme.
Recuerdo que mi madre lo amó y que mi abuelo intentó salvarlo demasiado tarde y recuerdo su canción, su sombra y su nombre.
Pero no le pertenezco, ni a él, ni a este pozo, ni al río que lo guarda.
La cámara respondió con un crujido profundo.
Las paredes vibraron y el agua que recorría los nichos se precipitó hacia el pozo como si hubiera perdido de pronto toda resistencia.
El hueco vacío comenzó a oscurecerse alrededor de los bordes, y durante un instante Laura temió que el nombre de Sandra apareciera grabado en la piedra.
En cambio, lo que surgió fue otra cosa. Las líneas húmedas se unieron formando una inscripción irregular, más antigua que las letras y menos precisa que un símbolo, pero de algún modo todos comprendieron su significado sin necesidad de traducirlo… El séptimo lugar no quedaba ocupado.
Manuel Gómez dejó escapar un suspiro que pareció llevarse consigo medio siglo de espera.
Su nombre terminó de borrarse del sexto nicho y, al hacerlo, las figuras de los otros desaparecidos comenzaron a perder presencia en la cámara.
No hubo despedidas grandiosas ni discursos finales, sólo una disminución gradual de la tensión, como si una cuerda estirada durante generaciones empezara por fin a aflojarse.
—Ahora —dijo Manuel, y su voz sonó más lejana—. Gira la llave de vuelta.
Sandra obedeció y el metal cedió con una suavidad que resultó casi dolorosa.
Al girar, todos los signos de la pared se iluminaron apenas con un resplandor oscuro, una contradicción visual que Fernando no habría sabido explicar ni con cien años de informes.
El pozo emitió un sonido grave, no de derrota, sino de retirada.
La presencia que lo habitaba no parecía destruida.
Algo en ella sugería una antigüedad demasiado grande para ser vencida por una sola mujer, una sola llave o una simple noche.
Pero la abertura se estaba cerrando, y tal vez la historia humana nunca había consistido en vencer definitivamente a la oscuridad, sino en obligarla, una y otra vez, a retroceder lo suficiente para que los vivos pudieran seguir viviendo.
La escalera tembló a sus espaldas. Pequeñas piedras cayeron desde el techo y Fernando levantó la linterna hacia la salida con una expresión que devolvió a Laura, por fin, al terreno conocido de las urgencias físicas.
—La estructura se está moviendo —advirtió—. Y antes de que alguien haga una observación poética sobre los cimientos de la memoria, sugiero que salgamos de aquí.
—Por una vez —respondió Laura, tirando de Sandra hacia el corredor—, estoy completamente de acuerdo contigo.
Avanzaron hacia la escalera con rapidez, aunque sin correr al principio, porque el suelo húmedo y los escalones irregulares podían matarlos de una forma mucho más vulgar que cualquier entidad precristiana.
Manuel caminaba detrás de ellos cada vez más despacio.
Sandra quiso detenerse, pero él negó con una suavidad que no admitía discusión.
—No puedo subir —dijo—. No esta vez.
La joven se volvió hacia él con la llave aún en la mano.
—Abuelo, no.
Manuel sonrió. La luz de la linterna atravesaba ya parcialmente su figura, y sin embargo su sonrisa seguía siendo tan reconocible que Sandra sintió una punzada de gratitud en medio del dolor.
—Debes despedirte sin intentar salvarme, esa es la última lección. Vive, niña y no dejes que nuestra culpa te organice la vida.
El techo volvió a crujir, esta vez con mayor violencia, y Laura decidió que la emoción ya había tenido suficiente margen operativo.
Tiró de Sandra hacia arriba con firmeza, seguida por Fernando, mientras Manuel Gómez permanecía al pie de la escalera, apoyado en su bastón y cada vez más confundido con la penumbra de la cámara.
Al llegar al primer tramo, Sandra miró atrás por última vez y vio que el anciano no estaba solo.
Junto a él, en el umbral de la oscuridad, se perfilaba la sombra de Daniel Lago, menos deformada que antes, casi humana bajo aquella luz imposible.
Entonces, la melodía infantil sonó una última vez desde abajo, pero ya no arrastraba promesa ni llamada, sólo despedida.